CAPÍTULO 16
Nathan vio a Elizabeth tan nerviosa y reticente a confiar en él, que decidió no presionarla y le sugirió que se cambiara con algo más informal, para llevarla a un lugar que poca gente conocía.
No estaba seguro de si ella se abriría a él, pero aprovecharía para distraerla y a lo mejor un poco de licor y baile, bajarían sus defensas.
No era que le hubiera funcionado en el pasado, pero no perdía la esperanza.
Le dijo que se encontrarían en el bar del lobby, en veinte minutos.
Cada uno fue a su respectiva habitación, la de Nathan apenas la había utilizado para cambiarse, porque pasaba la mayor parte del tiempo en la de Elizabeth.
Pero de haberse ido ahora con ella, estaba seguro de que no hubieran salido de allí hasta el momento del regreso a Chicago.
Llegó al bar antes que ella y pidió un shot de tequila. Hizo una llamada para confirmar la reservación del lugar a donde irían. Había escogido una indumentaria de color oscuro. Estaba de espaldas cuando sintió una presencia detrás de él.
—Vaya, vaya, sí que abundan los chicos guapos, ¿me invitas a un trago?
Nathan sonrió y al darse la vuelta, su corazón danzó de emoción, su chica vestía una minifalda negra, botas a la rodilla y una camiseta de encaje negro pegada al pecho, que dejaba traslucir un sujetador del mismo color, llevaba una chaqueta de cuero igual que la de él, pero con aplicaciones doradas en los hombros y mangas.
Se veía hermosa y sexi; si con el vestido de gala brillaba, con esa indumentaria de chica mala prendía fuego como pólvora al caminar.
—Con mucho gusto, hermosa. —Le hizo una seña al camarero y la miró con un halo de desconfianza y admiración—. ¿Conque así es como te vistes cuando quieres ir de marcha?
—¿Y qué tiene de malo? —inquirió ella alegremente, encogiéndose de hombros y recibiendo el trago que un mesero le acababa de pasar.
—Es lo que estoy tratando de averiguar. —Entrecerró los ojos—. Sé que hay algo.
—Déjate llevar por la corriente, estamos en la Ciudad del Pecado.
Nathan sonrió con presunción, como si escondiera un gran secreto.
—Brindemos por eso —dijo.
—Eso es, sabía que entenderías, ya estamos llegando.
—¿A dónde? —preguntó él levantando una ceja, después de tomar su trago de tequila.
—A la corriente, chico guapo. —Elizabeth dejó el vaso de licor en la mesa, lo tomó de la mano—. Vamos, enséñame el lugar.
La fila de gente se extendía por varias cuadras, la limosina los dejó al frente de una puerta pequeña, que era la entrada a la zona vip de un exclusivo club de música electrónica, famoso entre los adeptos a ese género, que venían de todas partes del mundo, muchas veces para ser rechazados por su indumentaria o por alguna otra conducta que los de seguridad evaluaban desde el momento de colocarse en la fila.
—Deberíamos hacer fila como todos los demás. Es lo más sectario y clasista que he experimentado en mi vida. —Se quejó ella en cuanto entraron al lugar.
—No creo que cause daño permanente, podrías acostumbrarte —retrucó él.
—No lo creo. Todos tenemos los mismos derechos.
—¿Por qué tengo la impresión de que no es así? —inquirió él—. Está bien pasarla bien, la vida no siempre es tan divertida.
Ella obvió el comentario. Llegaron a la recepción donde un hombre de cabello rojo con un corte punk y el rostro lleno de tatuajes pidió el dinero de la entrada. Nathan puso sobre la mesa un billete de cien dólares y el tipo les puso un brazalete fosforescente.
—El dueño es muy amigo de Mathew, no sufras y disfruta, una o dos horas de fila pueden enfriar las ganas de fiesta de cualquiera.
—Nathan King, eres un esnob y pareces un anciano.
—No, hermosa, no puedes juzgar a nadie por las apariencias, ¿o sí? —Ella se quedó mirándolo pensativa, él le acarició la mano—. Simplemente me valgo de mis privilegios.
Después de dejar las chaquetas en el guardarropa, se hundieron en la marea de gente que entraba y salía de la pista de baile. El bar era una larga hilera, pidieron dos tragos.
—¡Vamos a bailar! —exclamó ella y le dio un profundo beso en la boca.
Al entrar en la pista, comenzaba un número musical.
La música se extendió por el lugar, arrasando con su fuerza cualquier pensamiento; el ritmo atravesó el pecho de cada danzante y rebotó por sus cuerpos.
La pista brillaba en luces bicolores que se estrellaban en los techos altísimos y volvían al lugar en el que cientos de cuerpos se movían aislados de cualquier otra realidad.
Nathan y Elizabeth bailaron hasta el cansancio, un ritmo se encadenaba a otro ritmo y así transcurrieron un par de horas.
Él cerró los ojos unos instantes, y luces multicolores bailaron tras sus pupilas; al abrirlos, observó a Elizabeth, que tenía los brazos arriba y una hermosa sonrisa descollando bajo sus ojos cerrados; la cadencia de sus caderas lo llevó por el camino de las memorias, de cuando esas mismas caderas giraban solo para él.
La abrazó y le besó la piel sudada del cuello, deseoso de ella.
La tomó de la mano y la llevó escaleras arriba, atravesaron una pista de baile más pequeña, donde unos malabaristas representaban un espectáculo sobre cuerdas gruesas, al ritmo del beat y las luces.
Elizabeth observó todo sin perder detalle.
Cruzaron una barra donde vendían comida.
Nathan aceleró el paso y ella se dejó llevar.
En un tercer piso había una serie de cuartos oscuros, entraron a la habitación y a tientas encontraron un sofá desocupado.
Escuchaban el sonido de respiraciones aceleradas y gemidos.
Elizabeth se sentó a horcajadas sobre Nathan.
—En la pista no estabas lo suficientemente cerca para tocarte —dijo él.
Se besaron hasta quedar sin aliento, se tocaron por encima de la ropa, mientras disfrutaban de la sensación del roce de sus cuerpos. Nathan se desabotonó el pantalón con celeridad, pero antes le susurró al oído:
—¿Cómo nos sentimos? —Si ella se sentía incómoda teniendo sexo en público, así el lugar estuviera tan oscuro que no distinguía ni siquiera sus rostros, lo dejaría enseguida, pero en su fuero interior rogaba porque ella siguiera adelante, estaba muy excitado.
Su sexo lo llamaba como si hubiera sido marcado, era una necesidad que estaba por encima de todo lo que había experimentado en su vida.
Elizabeth estaba más allá de las palabras, del deseo, de sus más encarnizadas fantasías, pintaba sus días de colores vibrantes.
No quería separarse de ella nunca. Nathan siempre había sido muy sexual, pero ahora, cuando pensaba en sexo, era solo en términos de Elizabeth. Nadie más lo excitaba, en absoluto.
Ella sintió su aliento contra su oreja, lo que provocó un escalofrío en todo su cuerpo. Él sabía perfectamente que sus oídos eran zonas muy erógenas. Le respondió con un beso voraz y lo único que le preguntó fue:
—¿Condones?
Nathan soltó un gemido estrangulado.
—No tengo, los dejé en la chaqueta.
Ella soltó un suspiro, y lo volvió a besar, llevó la mano a su miembro, él soltó un quejido de satisfacción cuando ella empezó a masajearlo de arriba abajo, en una caricia enloquecedora.
—Mi amor —rogó él—, por favor.
Elizabeth se levantó un poco, se subió la falda, Nathan la acarició por entre la ropa interior, la piel sedosa de su sexo estaba resbaladiza y húmeda, hundió la cara en la curva de su cuello, enloquecido por su aroma.
—¡Quítalos! —ordenó ella, refiriéndose a la ropa interior, emocionada porque Nathan la había llamado “mi amor”. Aunque bien sabía que un hombre decía cualquier cosa al calor del momento, le gustó ser llamada así.
Nathan los quitó con agilidad y los guardó en un bolsillo mientras le mordisqueaba los labios, la tocó con más libertad, la penetró con los dedos, así como deseaba hacerlo con su miembro.
Encerrados en la burbuja del deseo, apenas eran conscientes de las demás parejas del lugar, escuchaban los suspiros y gemidos, sin observar un solo trozo de piel, ya que la oscuridad era total, lo que agudizó los otros sentidos.
Nathan se sentía arder ante cada gemido de ella.
Del roce de sus pieles en los puntos donde podían sentirse, saltaban chispas.
Las caricias se volvieron más atrevidas en cuanto él le subió la blusa y el sujetador, dejando libres los pechos, que besó y chupó con fruición.
Desesperado por calmar la excitación, se empezó a masajear el sexo.
—Hagámoslo sin condón —barbotó ella—, tomo la píldora.
Nathan soltó un fuerte suspiro y la encerró en un abrazo ardiente que apenas la dejaba respirar.
—¿Estás segura? —preguntó con dificultad.
—Sí.