CAPÍTULO 15 #2
—Ese ahijado tuyo que estudia en Nueva York, ¿tienes contacto con él?
Suárez se masajeó la barba, meditando.
—Fíjate que podría ser, puedo enviarles un mensaje a mis compadres, que enseguida hablarán con el joven, total, está haciendo una maestría en esa universidad porque soy un padrino generoso. Me lo deben.
—Recuerdo muy bien a Luis Contreras, es un año mayor que María Fernanda.
—No se llevaban muy bien y menos después de lo ocurrido. Ella supo que fue él el que te chivateó todo…
—No me importa, él podría traerla, hazlo enseguida.
—Bien, preparemos todo.
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—Estás tratando de emborracharme —dijo Elizabeth cuando Nathan le pasó una copa de champaña que tomó de la bandeja que les ofreció uno de los meseros que pululaban por el lugar.
Él vistió su rostro con una sonrisa perezosa, sus ojos brillaban con su típico encanto.
—No te quiero borracha, te quiero feliz.
Elizabeth echó la cabeza hacia atrás, se rio, y todo lo que pudo hacer Nathan fue mirarla fijamente.
—Soy feliz —le contestó ella.
Estaban en la fiesta de clausura de la convención, que había durado tres días, pero ellos habían llegado a la Ciudad del Pecado cinco días antes.
Las Vegas podía ser un paraíso interesante de diversión, pero esos días habían sido de mucho trabajo, lo que no les había dejado tiempo ni siquiera para caminar por el Strep, darse un baño en alguna de las lujosas piscinas del hotel, jugar en los casinos o dar la reglamentaria vuelta en helicóptero por el Gran Cañón.
Nathan había sellado acuerdos comerciales con una cadena de joyerías asentada en Singapur y en Hong-Kong, y la pequeña muestra de Elizabeth había causado tal sensación, que Brandon tendría que conformarse con la idea de incluir los diseños en la próxima colección.
Los diferentes medios de comunicación hablaron de manera positiva de la muestra de morrallas, y las fotografías con la creadora de los innovadores diseños habían sido inevitables, pero Elizabeth estaba tan entusiasmada por el éxito de sus diseños y el romance con Nathan, que había bajado la guardia por primera vez en años.
Se sentía poderosa y con ganas de comerse el mundo.
Recordó la escena vivida con el joven ejecutivo una hora antes.
Cuando ella se acercó a él, estaba tan guapo con su esmoquin y su barbilla recién rasurada, y su aura de chico malo emitía tan increíbles vibraciones masculinas, en el buen sentido de la palabra, que había sido inevitable perder la cabeza por él.
Nathan King era todo un coctel de emociones: atractivo, inteligente, intenso y arrojado, leal, cariñoso y con buen humor.
—¡Oh, Dios mío! Acabo de ver a la mujer más hermosa de la fiesta —exclamó Nathan sin dejar de mirarla.
Elizabeth levantó una ceja y antes de mostrar los celos, se obligó a preguntar.
—¿Dónde está?
Nathan le rodeó la cintura y le susurró al oído.
—Date la vuelta, muy despacio, no quiero que se dé cuenta de que la estamos mirando.
Ella frunció el ceño, furiosa consigo misma y sin poder creer que Nathan estuviera hablando con ella de alguna otra mujer.
—Eres un descarado, Nathan King. —Se negó a darse la vuelta—. Te libero de mi compañía, ve y habla con ella, sedúcela con tu encanto de serpiente y a mí déjame en paz —soltó visiblemente descompuesta.
—Tus celos son un regalo del cielo.
—No estoy celosa.
Se negó a soltarla a pesar de los intentos de la joven por desasirse, le dio la vuelta despacio y detrás de ella había un enorme espejo del techo al piso.
La imagen de Elizabeth, con su vestido rojo ceñido a sus curvas, se reflejó en el cristal; se había dejado el cabello suelto peinado en ondas artísticamente hechas por uno de los estilistas más afamados del hotel, y su piel relucía por culpa de un masaje dado en el spa y de otro tipo de masaje dado por Nathan antes de la recepción.
Estaba hermosa y lo sabía, el brillo en los ojos de él la hizo sentir apreciada. Lo miró seria.
—Sería muy fácil enamorarme de ti.
—Hazlo —contestó él contundente.
—¿Y que me rompas el corazón? No, gracias.
En ese instante, fue él quien le destinó una mirada de talante sombrío.
—Tengo el presentimiento de que, de los dos, al que le romperían el corazón sería a mí.
Volvió al momento presente. Estaba enamorada de Nathan, el amor salía por sus poros, estaba en el brillo de sus ojos cuando lo miraba, en el deseo de tocarlo a cada momento, se sentía aterrada y eufórica a la vez.
La aparición del chico en aquella fiesta del cuatro de julio, que ahora se le antojó lejana, no era el resultado de una premonición del zodiaco, sino la certeza de que ya era hora de encarar sus demonios para volver a volar, de dejar de castigarse por los errores que había cometido.
¿Correspondería él sus sentimientos? El problema era que a lo mejor si él se enteraba de toda la verdad, la miraría como el objeto sucio que en realidad era y no como la joya de incalculable valor que creía tener en sus manos.
Sería tan fácil acostumbrarse a su olor, a su fuerza, a su risa, nunca había encarado sus mañanas con ese chute de energía.
Nathan era incansable, en la cama y fuera de ella.
Era su igual en muchos aspectos, compartían múltiples intereses, podían ir de fiesta hasta el amanecer, dormir un par de horas y levantarse a enfrentar la jornada con nuevos ímpetus como si hubieran dormido toda la noche.
Lo admiraba como hombre y como profesional, en medio de sus bromas y su chulería, podía vislumbrar un ser humano cálido, generoso y arrojado.
Brindaron por el éxito de la convención.
Nathan no podía apartar sus ojos de Elizabeth, que para él realmente era la mujer más hermosa de la fiesta.
Podría haber verdaderos monumentos en el lugar, pero para su corazón, ella era simplemente perfecta: poco convencional, llamativa, misteriosa y tan independiente como un gato.
Cada día compartido era un desafío repleto de trampas ocultas y en la cama era dinamita pura.
Nunca olvidaría, ni en mil años, la expresión de su rostro durante el orgasmo, su placer era algo increíble de ver.
—Debes estar pensando en algo muy caliente, tienes ese gesto... —ronroneó ella, acariciándole la solapa del esmoquin.
Nathan medio sonrió.
—No tienes ni idea.
Ella se acercó a él, que tuvo que hacer un esfuerzo gigante para no olfatearla como un perro.
—Dímelo ahora, chico guapo.
Sus labios se curvaron en una sonrisa y se quedó callado, con una mano acarició sus largos pendientes, ya iba descubriendo su estilo, al menos algo en medio de todo lo que la chica ocultaba.
—Estoy esperando —insistió ella con sonrisa engreída.
Él le aferró el rostro y con su boca le recorrió la mandíbula hasta llegar a su oído. Se miraron en silencio, midiendo cada uno la expresión del otro.
—Podría marearte con palabras sexis, calientes y con todo lo que haremos más tarde cuando te tenga entre mis brazos.
Adoro el brillo de tus ojos, tu aliento y tu calor.
Cuantas más jodidas piedras me pones en el camino, más quiero seguir caminando contigo.
—La mirada de Elizabeth se dulcificó hasta que el fuego iluminó sus ojos, un fuego que Nathan también estaba aprendiendo a conocer—.
Estar dentro de ti es morir un poco, pero me encanta la manera en que renacemos, como si estuviéramos inventando el amor, porque esto es más que follar, y creo que ya te has dado cuenta de eso, pero quiero de ti lo que no tengo en este momento —hizo una pausa llevando sus ojos más allá de ella, como sopesando muy bien lo que iba a decir, y cuando su mirada volvió a Elizabeth, vestía un halo de resolución que a ella le causó un estremecimiento—, quiero atrapar tus inseguridades, tus miedos, quiero ser partícipe de todo lo que te causa dolor, quiero acceder a tu lado oscuro, quiero esa llave, Elizabeth, no tendrías que seguir escondiéndote y me sentiría honrado si me brindaras tu confianza.
La mirada de ella brilló con lágrimas contenidas. ¿Cómo se sentiría soltar por unos momentos el control? Algo en su corazón pedía que descosiera ese profundo dolor, como una vieja herida que necesitaba de manera urgente sanar o el tejido gangrenaría, y después ya sería demasiado tarde.
Nathan, adivinando que algo en la conciencia de Elizabeth había cambiado, la tomó de la mano.
—Salgamos de aquí. Nos divertiremos, quiero llevarte a mi lugar favorito aquí en Las Vegas, y después, si lo deseas, me contarás lo que quieras contarme. No quiero verte preocupada, sabes que soy paciente.
—Pero faltan las menciones, estoy segura de que tu nombre…
—Michael puede encargarse de eso.
Ella frenó de golpe.
—¡No! La diversión puede esperar. Esto no, es tu noche más importante.
Nathan soltó un profundo suspiro.
—Está bien, pero tan pronto nos mencionen, nos escabullimos.
Al llegar el momento de la ceremonia, Joyerías Diamond se llevó varias menciones honor, como mejor colección primavera 2020 y dos menciones más, una a su compromiso con hacer un mundo ecosostenible —al implementar, políticas sobre el cuidado del medio ambiente—, y otra a los ítems sobre los que trabajaba la empresa para tratar las emisiones de carbono.
Mientras Nathan hablaba de la influencia que ejercían para defender las medidas climáticas responsables y cuando recalcó la necesidad urgente de tomar dichas medidas y promover la responsabilidad medioambiental, Elizabeth se preguntaba cómo adornar una verdad tan terrible.
Si optaba por decirle todo, saldría corriendo espantado.
No, no podría. El corazón galopó en su pecho cuando él bajó del podio y sin mirar a nadie más caminó hasta ella, la tomó de la mano y la sacó del lugar.