HERMANOS KING CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Montañas de Antioquia, Colombia

El ceño fruncido de Jaime Vergara hacía que sus cejas parecieran unidas en una sola línea, lo que, junto a la forma filosa de su rostro, le había valido el mote de Navaja. Era el hombre de confianza de Marcos Rodríguez, uno de los mejores rastreadores que existían, y tan mortífero como parecía.

Vergara estaba sentado a la derecha de Marcos, quien era consciente de que a Javier Orjuela no le inspiraban confianza ninguno de los dos.

Tal vez se había precipitado y se arrepintió al momento de haberlo contactado, a lo mejor la noticia que le tenía no era la que el hombre había esperado durante esos ocho años.

Estaban reunidos en un punto neutral de las montañas después de comunicarse a través de una serie de correos humanos, lo que les había llevado un par de semanas.

Cada uno de los narcos estaba rodeado de un ejército de hombres, pues no confiaban el uno en el otro, y en esas circunstancias, ninguno se atrevería a intentar nada, correría demasiada sangre.

Ambos eran narcotraficantes y hampones de mucho cuidado.

Orjuela estaba en la lista de los organismos de seguridad nacionales y norteamericanos, y cargaba entre pecho y espalda más muertes de las que se podían contar.

Rodríguez era sospechoso de una serie de asesinatos y algunos delitos que las autoridades norteamericanas no habían podido probar.

Había contactado a Orjuela debido a la aparición de unas fotografías que uno de los investigadores que tenía alrededor del mundo le había hecho llegar por otra serie de correos humanos en un sobre sellado y cerrado, una semana atrás.

Javier Orjuela llevaba tres años viviendo en la clandestinidad y se había jurado que así moriría, antes que pisar una cárcel en el extranjero.

En el rostro se le notaba el cansancio por la situación.

Arrugas prematuras, el cabello con mechones grises y algo de sobrepeso hablaban de una vida sedentaria.

El que otrora fuera el padrino de candidatas a reinas de belleza, el rey de las cabalgatas en las principales fiestas del país con una cuadra de caballos que envidiaría cualquier jeque árabe, el hombre que compraba políticos y vidas a su antojo ahora estaba sentado en un sillón de madera con la camisa a medio desabrochar y una esquirla de barba que le daba un aspecto macilento.

Rodríguez se dijo que él tenía mejor aspecto: la juventud, la compañía de mujeres jóvenes, y el no tener a las autoridades detrás, gracias a la manera en la que hacía las cosas, le habían dado más bravura a su expresión.

Aunque en el último año había tenido a la policía detrás de su rastro en más de una ocasión.

Por ello esa reunión había requerido de todo un despliegue de logística.

Rodríguez les pasó las fotografías, que los hombres enseguida empezaron a detallar.

Recordó su propia reacción al ver las imágenes.

En cuanto la vio, con un vestido de fiesta, supo que era ella, se levantó en tensión y empezó a caminar de un lado a otro, observando la foto con rabia.

En esos momentos, volviendo al presente, se dijo que tendría que controlarse ante el padre de la joven y seguir haciendo el papel de enamorado abandonado o no le vería ni el pelo a María Fernanda, y tenía cuentas que saldar con ella.

Hubiese podido esconder la información y hacerse cargo de su búsqueda, pero necesitaba mirar a Orjuela a los ojos y saber si siempre había sabido dónde se escondía su hija.

—¿Dónde está? —preguntó en un susurro el padre, sin poder creer que esa elegante mujer fuera la jovencita que había huido de su país y de su familia años atrás.

—Chicago, vive allí hace ocho años, se hace llamar Elizabeth Castillo.

Orjuela levantó la cabeza con celeridad.

—El hijo de puta de Macías hizo bien su trabajo. —Se refería al mejor falsificador de documentos que había habido en el país, gracias al cual, Elizabeth había burlado al gobierno de los Estados Unidos.

—Así es, y lo único que lamento es no haberle retorcido el cuello con mis propias manos —afirmó Rodríguez.

—Está muerto y es lo que cuenta.

—Como todos los que estuvieron involucrados en la huida.

—¿Qué sabes de ella? ¿Tienes el itinerario de su día a día?

Orjuela llamó a uno de sus hombres de confianza, Cesar Suárez, que se sentó al lado del narco.

—Aún no, esta es la primera noticia que me llega, he entrado en Internet y he visto artículos de la empresa en la que trabaja. Tendremos que enviar a Vergara para que averigüe mucho más.

Orjuela asintió, sin dejar de mirar el rostro de su hija, y disimuló su desasosiego como pudo.

Quería descerrajar su arma y volarle la tapa de los sesos a Rodríguez.

Él y contadas personas sabían perfectamente el paradero de Elizabeth, pero no contaba con el resentimiento de Rodríguez, imaginó que a esas alturas ya lo habría superado.

Si trataba de convencer al hombre de que dejara en paz a su hija, sabría que él tuvo conocimiento de su ubicación todo el tiempo.

—No estoy seguro de que sea ella, esta mujer no se ve como María Fernanda —lo intentó el padre—. Debemos actuar como zorros o tendremos a los malditos gringos detrás de nosotros en un santiamén, hay que investigar primero, puede ser una maldita trampa de ellos para echarnos el guante.

—No lo creo, ¿qué saben ellos de María Fernanda? —El tono en el que pronunciaba el nombre de la mujer hablaba de todo tipo de emociones contenidas.

Uno de los hombres de Orjuela llegó con una botella y cuatro vasos, sirvió el licor en cada uno y salió silencioso de la carpa en la que estaban reunidos.

—No lo sé, solo sé que tenemos que tener mucho cuidado al acercarnos a ella —intervino por primera vez Vergara en la conversación—. La vigilaré durante un tiempo, me aprenderé sus rutinas y averiguaré si las autoridades están detrás de todo esto.

—Será costoso —señaló Orjuela—, menos mal que te sobra el dinero. En cambio, yo no he podido acceder a ninguna caleta desde hace más de un año. Mantener este ejército es cada día más difícil. Los traslados, el untar las manos a las autoridades, esto es desgastante.

—Espero que no me impidas ir tras tu hija.

Orjuela se quedó en silencio, observándolo con algo de desdén.

—No viniste a pedirme permiso. ¿A qué viniste realmente?

—¡Me lo debes! —Rodríguez se levantó furioso.

Los hombres de Orjuela empuñaron las armas, pero el hombre mayor les ordenó que las bajaran.

Orjuela recurrió a toda su sangre fría al tiempo que maldecía la suerte de su hija, que parecía haberse acabado. Inspiró profundo.

—Sé que María Fernanda te pagó muy mal, pero creo sin temor a equivocarme que esta mujer no es mi hija —afirmó, levantando por primera vez el tono de voz. Tenía que atenerse a lo que acababa de decir, creérselo a como diera lugar para convencer en algo al furioso hombre que lo enfrentaba.

—¡Es ella! —exclamó Marcos exaltado—. ¡No estás mirando bien!

—Estoy seguro de que es una trampa de los malditos gringos y cuida tus modales, le aguanté mucha mierda a tu familia por culpa de lo ocurrido, pero ya están muertos y enterrados, a estas alturas no tengo que hacerlo más.

El hombre joven hizo una seña a sus hombres y se dispuso a salir de la carpa.

—Si esta chica es María Fernanda y le llegas a tocar un pelo, no te alcanzará el mundo para esconderte, te atraparé y te haré picadillo —amenazó Orjuela.

—No le haré daño, solo quiero que cumpla sus promesas —dijo Marcos con amargura.

—Promesas que ambos quisimos que cumpliera y de las que me arrepentiré toda la vida.

Hizo una seña a otro de sus hombres y le dio unas cuantas instrucciones al oído.

A la sala entró una mujer muy joven, que por lo que Rodríguez sabía, era la última acompañante de Orjuela, no tendría más de veinte años, y llevaba ya un par con él.

Luego entró otro escolta para acompañarlos al primer anillo de seguridad del campamento, que levantarían desde ese mismo instante.

—Si esa joven es María Fernanda, espero verla tan pronto pise suelo colombiano —ordenó el mayor de los mafiosos.

En cuanto salieron del lugar, Orjuela despidió a la joven y a los demás, y se quedó con Cesar Suárez, su mano derecha, delante de quien se quitó la careta.

—Ese maldito hijo de puta la encontró. ¿Cómo lo hizo? —Se levantó de la butaca y caminó con paso furioso por la tienda.

—Pensé que le ibas a pegar un tiro.

—Ganas no me faltaron, pero estábamos muy expuestos, tenía un jodido ejército allá afuera. Hubiera sido un completo baño de sangre.

—Hay que hacerle llegar un mensaje a Mafe. —Ese era el mote con el que conocían a Elizabeth y que acortaba su largo nombre—. Ese hijo de puta no la dejará viva, los ojos le brillaban en cuanto pronunciaba su nombre.

—Todos los que podemos enviarle un mensaje estamos en la mira.

Orjuela se quedó callado unos momentos, tantos sacrificios de su hija para nada, a cada tanto le llegaban noticias suyas y era duro verla pasar necesidades y no poder hacer nada por ella, aunque había sido lo mejor o entraría enseguida en el radar de las autoridades norteamericanas, si es que no estaba ya en él.

Aunque era consciente de que esa vida era preferible a la que él la hubiera obligado a llevar en el pasado, años huyendo de la ley le habían enseñado esa lección.

Él tendría que pagar por sus crímenes y malas acciones tarde o temprano, pero su hija no tenía por qué hacerlo, admiraba el temple que la había mantenido lejos de su país.

Aunque las maldiciones transgeneracionales existían y ella no se salvaría de recibir su castigo por ser hija de quien era, y sus hijos. y los hijos de sus hijos.

—Debemos traerla y pronto, pero el mensajero tiene que ser alguien que no tenga cuentas pendientes en Estados Unidos y que pueda acercarse a ella sin disparar las alarmas, ni las de los gringos, ni las del maldito de Marcos.

—No se me ocurre quién.

De repente, Orjuela recordó algo.