HERMANOS KING CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

—¿Tu casa o la mía? —A ella no podía importarle menos. La invadió la urgencia por sentirlo, necesitaba sus brazos, sus caricias, ser parte de él, y aunque nunca lo reconocería, ansiaba sentirse protegida y libre a la vez.

—La que quede más cerca. —Rastrilló su mejilla antes de juntar sus labios de nuevo.

Llegaron al departamento de ella con las ansias alborotadas, enredadas en sus manos, sus labios y sus lenguas.

La pasión y la incertidumbre por culpa del sentimiento al que no eran capaz de darle nombre los encerraba en un campo magnético del que deseaban no salir jamás, porque era un espacio más allá del miedo y de las carencias de cada uno.

A medida que exploraban sus pieles, sus humedades, sus aromas, y se conectaban en uno solo, aceptaron la grandeza del sentimiento que los abrumaba.

Elizabeth advirtió lo opuesto al miedo, fue como si la emoción que experimentaba al conectar con Nathan borrara sus memorias tristes, como si el amor respondiera a las preguntas que tenía atravesadas en el alma y él, con sus besos, sus caricias y sus embistes, le diera la absolución.

La promesa de sus ojos derribó sus defensas y se dejó ir, soltó el control de sus emociones, y en el momento de la liberación, las palabras y caricias de Nathan fueron como un bálsamo para su alma cansada de luchar y de pedir indultos.

Era como si por fin hubiera vuelto a casa, pero no a la de su infancia, sino a la casa sagrada, al hogar de su alma.

Las lágrimas se agolparon en sus ojos y cuando mojaron su cara, Nathan, con reverencia, las besó.

—Todo estará bien.

Y por primera vez en ocho años, ella lo creyó.

****

Tommy Marshall observaba docenas de fotografías de la boda de Brandon King y Eva James, todo un acontecimiento social en el que primó la frase: “Menos es más”.

Había varias fotografías de los novios con todos los invitados y había también varias con las damas de honor, donde se observaba apenas el perfil de Elizabeth Castillo: la mujer había aprendido a ocultarse ante el lente de una cámara.

La ventaja era que uno de sus chicos, camuflado como fotógrafo de una revista de sociedad, había entrado a la ceremonia y había tomado una fotografía en la que Elizabeth estaba de frente, en el momento en que caminaba hacia el altar.

Esa fotografía y otras más serían las que publicaría una revista del jet-set con la que ya habían hecho los arreglos pertinentes.

El mismo fotógrafo estaría presente en la convención de Las Vegas, y tomaría al menos otro par de fotografías, que la revista también publicaría.

Ellos estaban seguros de que tanto Orjuela como Rodríguez la seguían buscando por cielo y tierra, y con ayuda de esas fotos, era cuestión de tiempo que la localizaran y enviaran a sus hombres a por ella.

Y ellos tendrían que estar alertas, sobre todo cuando aunaran fuerzas con la DEA, para que no se les adelantaran.

Era ya inevitable hacerlos partícipes de sus investigaciones, John no podría mantenerlos mucho tiempo más en la ignorancia, sería arriesgarse demasiado.

Siguió observando las fotografías, se notaba que Nathan King estaba enamorado de la mujer, apenas podía desprender su mirada de ella.

Estaba visto que el pobre tipo no tenía idea del cúmulo de problemas que podría acarrearle esa relación.

Otra opción era que lo supiera y no le importara, porque fuera uno de esos tipos amantes del peligro y los riesgos.

Tommy se decantaba más bien por lo primero: el hombre no tenía idea del cartucho de pólvora que tenía entre manos.

Llamó al fotógrafo de la revista e hizo un trato con él.

Tendría que colaborar, y, a cambio, había una investigación por violencia doméstica que se podría traspapelar en cualquier parte.

Le molestaba tener que brindarle ayuda a un hijo de puta que no se la merecía, pero esto era más importante.

Más adelante se ocuparía de pegarle un buen susto, no iba a permitir que una mujer saliera lastimada y perdiera la fe en la justicia, todo porque él necesitaba la cara de Elizabeth Castillo en esa jodida revista.

Se tomó su pastilla para la gastritis y se prometió que después de que entregara el caso, haría una vida más sana. “Oh, sí, y los cerdos vuelan”.

—¡Diablos! —gritó Elizabeth, que no encontraba armonía en los colores del catálogo de la muestra de joyas que llevarían a Las Vegas.

Michael, que escuchó el exabrupto, se asomó por entre la puerta de la oficina.

—Sí, lo sé —dijo el chico, observando el trabajo de fotografía del departamento de publicidad—. Pienso que debes darle oportunidad al par de diseños de morrallas, esas que entregaron del taller hace tres días.

—Brandon pediría mi cabeza en bandeja de plata donde lo ponga en consideración.

—Mira, yo entiendo el punto de vista de Brandon y Mathew, pero pienso que hay que hacerles caso a los resultados del estudio de tendencias, háblalo con tu chico.

—No es mi chico.

Michael sonrió.

—Ya lo creo que sí.

Elizabeth soltó un suspiro. De nada valía negarlo si se iban juntos todas las tardes.

Llevaban saliendo casi dos semanas; desde el día del matrimonio de Brandon y Eva, apenas se habían separado.

Compartían todas las comidas, claro que ninguno de los dos era muy adepto a las labores del hogar, pero ambos, solteros recursivos, se habían agendado las cartas de los mejores sitios de comida de la ciudad, y pasaban la mayoría de las noches juntos, ya fuera en uno u otro departamento.

Elizabeth, solitaria por naturaleza, descubrió que le gustaba compartir tiempo con él, lo acompañaba al gimnasio y a navegar, salían a correr en la mañana y él había prometido que después del viaje a Las Vegas, irían a esquiar a Colorado, donde se alojarían en una cabaña que tenía la familia en un lugar de paisaje paradisiaco.

Una vez habían caminado a la orilla del lago Michigan al amanecer, con una temperatura que empezaba a descender, e hicieron el amor en la playa.

En las reuniones de trabajo mostraban todo su profesionalismo y se percataban de que estaban de acuerdo en muchos de los puntos de las agendas que se trataban en dichas juntas.

—Déjame a mí.

Michael tomó las fotografías.

—Los chicos de publicidad ya no saben qué hacer conmigo, es la cuarta vez que rechazo sus propuestas —dijo Elizabeth con talante preocupado.

Michael observaba las fotografías de los diseños con gesto concentrado.

—Hazle caso a tu intuición, si te dice que algo no está bien, es porque no lo está. Pero hacer este tipo de trabajo es una de mis fortalezas, así que largo de aquí.

Elizabeth dejó trabajar al chico y salió para la oficina de Nathan.

Necesitaba un descanso. Verónica, que estaba tecleando algo en su ordenador, ni siquiera la anunció.

Lo encontró en mangas de camisa, de pie y con las manos apoyadas sobre el escritorio, tan concentrado en una serie de imágenes y fotografías, que ni siquiera levantó la mirada.

Se recostó en la puerta para observarlo trabajar.

—Si vienes por más café, tendrás que prepararme uno —dijo como si le hablara a Verónica—. Y ni sueñes que saldrás a una hora decente hoy, esto tiene que quedar listo para pasarlo a impresión mañana a primera hora.

—Como usted diga, jefe —contestó Elizabeth imitando el acento de Verónica.

Nathan levantó la mirada enseguida y el gesto que le destinó le ocasionó piruetas en el corazón.

—Espero escucharte decir lo mismo esta noche mientras te esposo al cabezal de mi cama.

Ella elevó las cejas y sonrió.

—¿Te van ese tipo de juegos? —Su tono sonó bajo, sensual, íntimo.

Se acercó a él, se abrazó a su cuello y su aroma le saturó las fosas nasales. Inspiró profundo, disfrutando de la sensación de sentirlo tan cerca. Nathan le devolvió el abrazo.

—Me va lo que haga a mi chica feliz y si soportas un par de esposas en las muñecas y unas cuantas nalgadas, estoy dentro.

La miró con ese gesto que atravesaba sus defensas, como si su alma le preguntara a la suya lo verdaderamente importante.

“¿Cómo estás?”, “¿por qué cuando me despierto tu mirada está perdida en la oscuridad?”, “¿qué diablos sucedió en Colombia que no te deja vivir?”.

Metió la mano por debajo de su espesa cabellera para asirla por la nuca y robarle el aliento con un beso tan ávido, que Elizabeth tuvo la sensación de desparecer entre la ropa, como un objeto sometido a una alta temperatura.

Se separaron después de unos minutos, cuando Nathan se dijo que no le importaría despejar el escritorio de un manotazo y hacerla suya allí mismo, pero que necesitaban conectar de otra forma que no fuera sexual.

Disfrutaba del sexo con ella, era su igual, pero estaba cansado de dar palos de ciego a una pared que a ratos percibía resquebrajada y otros tan dura como el diamante.

—¿Y si soy yo la que desea amarrarte al cabezal y utilizar una fusta contigo?

Nathan soltó una carcajada.

—Por qué diablos no me sorprende. Lo de las esposas me parece bien —entrecerró los ojos—, una fusta es…

—Te dan miedo las palizas —interrumpió Elizabeth enseguida—. Eres un cobarde, ¿qué dices de algunas bolas?

—Con tal de que sean las mías pegadas a tu trasero, no hay problema.

—No me refiero a esas, me refiero a esas que vimos en ese sex-shop al que me arrastraste hace casi una semana por ese aceite de sabores.

Elizabeth se acercó a la máquina de hacer café. Nathan recostó la cadera en una esquina del escritorio.

—¿El collar de bolas para el trasero? Ni lo sueñes.

Ella lo miró de reojo, mientras accionaba la máquina.

—Eres un reprimido, tienes que expandir tus horizontes sexuales.

Nathan soltó un suspiro.

—Podemos negociar algunas cosas, tengo las herramientas para hacerlo —soltó un gesto lascivo, observando el trasero de la chica—. Todo me va, menos compartirte, bolas en orificios y latigazos.

Ella chasqueó los dientes y negó con la cabeza mientras servía la bebida en una taza.

—Terminaré aburriéndome de ti. La buena noticia es que esta conversación me distrajo de una preocupación que traía.

Nathan se quedó serio de repente.

—Me gusta que recurras a mí cuando algo te preocupa.

—Sé que no soy la persona más abierta del mundo, me cuesta mucho trabajo confiar, pero vas por buen camino. —Le pasó una taza de café que había preparado como a él le gustaba y se sirvió una igual para ella.

—Me alegra saberlo, ahora cuéntame tus preocupaciones. —Sorbió del líquido, que le supo a gloria.

—No encuentro armonía en los colores del catálogo de muestra, sé que es una decisión que no solo me compete a mí, pero quiero que sea perfecto.

—Te entiendo, en este momento estaba observando lo que les has devuelto a los chicos de publicidad y no veo el motivo de tu preocupación.

—Se quedó callado unos segundos y dejó la taza a medio camino de su boca en cuanto cayó en cuenta de algo—.

¿Tendrá algo que ver el que quieras incluir otras piezas que no estaban contempladas?

Elizabeth soltó la taza en una mesa, se acercó al escritorio, y observó las imágenes encima de la mesa.

—Michael te ha venido con el cuento.

—No, dale un poco de crédito al chico. Te he escuchado hablar de esos diseños cada vez que estamos juntos.

Elizabeth le tenía una fe ciega a ese trabajo, y Nathan lo sabía. El hecho de no incluir esa muestra bloqueaba su trabajo de alguna forma.

—Tienes razón, eso es, necesito que una pequeña, pequeñísima muestra, esté en este catálogo —señaló esperanzada al gesto serio de Nathan.

—Sabes que Brandon nos matará y Mathew nos dará un puntapié hasta África.

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza,

—Si los resultados son los que espero, a lo mejor no lleguen a tanto —insistió.

Nathan caminó por la estancia, sopesando el modificar el trabajo hasta el punto de que Elizabeth pudiera incluir la pequeña muestra.

—Podría funcionar, tendrás que trabajar más horas de las que tiene el día, destinaré a tres operarios para elaborar las joyas según tus especificaciones, no puedo destinar más, serán doce diseños, tú sabrás cuáles son los mejores.

En menos de una semana estaremos en Las Vegas.

La colección no irá incluida en la grande, la haremos independiente para que mis hermanos no pidan nuestras cabezas y, además, vamos algo retardados, habrá que modificar el estand.

—Michael y yo nos encargaremos de eso —interrumpió ella, emocionada.

—Tendrás que darle un nombre propio y ser muy clara en lo que quieres transmitir, del mensaje que demos, a lo mejor podremos abrir un nicho de mercado que la firma no se ha preocupado en explorar. Seremos pioneros en esto.

Elizabeth lo miró, agradecida de contar con su apoyo, otra persona hubiera desestimado su idea sin contemplaciones. Nathan no, su chico sería el gestor de uno de sus sueños.

—Ahora estoy más nerviosa que antes.

—Yo tengo el remedio.

—Es cierto. Ven, hombre guapo, necesito unos hombros donde poner mis piernas.

Nathan soltó la carcajada, la alzó, la sentó en la superficie del escritorio, y se dispuso a complacerla.