CAPÍTULO 14
Elizabeth bebía de su copa de champaña mientras observaba a los novios bailar una melodía lenta.
La ceremonia había estado preciosa y el salón de uno de los clubes de más prestigio de la ciudad estaba ataviado de manera elegante y sencilla para la ocasión.
El brindis y el discurso de boda, a cargo de Nathan, habían sido muy emotivos, le encantaba la dinámica que llevaban los tres hermanos, se notaba la camaradería y el cariño que se tenían.
Todos los invitados disfrutaron de sus bromas en el momento de rifar la liga y de cómo se pelearon por bailar con la señorita Selma, a lo que la mujer, en medio de su delirio, reía encantada.
(Se la habían llevado una hora atrás, ya que no convenía que estuviera levantada hasta tan tarde).
Unos pasos más allá, Mathew bailaba con una joven morena, y se escuchaban las carcajadas de la madre de Eva, que bailaba con su esposo, un apuesto hombre maduro que se veía que la adoraba.
El corazón de Elizabeth estaba plagado de sentimientos agridulces, ella no hacía parte de esas personas, era una simple observadora, pero la asombró su deseo de pertenecer a algo o a alguien, que la reconocieran como miembro de una familia, poder contar con padres, hermanos, tíos, abuelos.
Su familia, a años luz de su vida, no era como la que tenía enfrente, no debía olvidarlo.
Minutos después, los novios se despidieron y el baile se reanudó, ella estaba de pie en una esquina, había rehusado una invitación a bailar y pensaba que ya era hora de irse a casa.
En ese preciso momento, se atravesó en su campo de visión el hombre al que había evadido casi toda la noche, que bailaba con una rubia a la que sonreía con ese gesto que debería ser suyo.
Tuvo que reprimirse para no ir hasta ellos y arrancar a Nathan de brazos de la mujer.
No entendía de dónde emergía ese deseo de marcar territorio, sonrió consternada.
Era una locura, esa atracción era peligrosa, ya tenía varios cargos en su conciencia por culpa de su maldito egoísmo.
Otra vez esa sonrisa que no era para ella, aferró con fuerza la copa de champaña.
Su corazón entró en pugna, luchaba por atajar el sentimiento y su deseo de correr a él, y la contraparte trataba de hacerla entrar en razón.
En el momento en que sus miradas se cruzaron, el brillo de los ojos de Nathan la enredó, la envolvió, se sintió nerviosa como una adolescente, el corazón se le aceleró y un nudo le apretó el estómago.
Fue incapaz de alejarse y supo que mandaría todos sus resquemores al diablo, no quería a la rubia manoseándolo, no quería su sonrisa en el rostro de la chica, ni sus manos tocándole la piel de la espalda.
Nathan era suyo y que se jodiera el mundo.
En cuanto terminó la pieza, él soltó a la mujer sin dejar de mirar a Elizabeth, lo que le dio a ella la valentía para acercarse, erguida, con una sensación de inevitabilidad que la hizo sentir viva y arriesgada.
Nathan se quedó quieto, con sus ojos puestos en ella todo el tramo, esperándola, tocándola con la mirada.
Cuando estuvo junto a la pareja, él la miró, saboreando el momento con anticipación.
—¿Bailamos? —pidió ella, rogando en su fuero interior que el hombre huyera de su anhelo egoísta, porque si accedía, no habría marcha atrás.
—Claro —contestó enseguida Nathan, ajeno a las especulaciones de la mujer y alejándola unos pasos de su anterior pareja de baile, que entendió el mensaje y se dio la vuelta, no sin mirar con algo de desagrado a Elizabeth.
Ella le puso las manos en la nuca y lo pegó a su cuerpo como si ese gesto brindara calma a las turbulentas emociones que no encontraban el camino de retorno.
El tema I say a little prayer, en voz de la cantante del grupo musical que amenizaba la fiesta, se deslizaba por todo el salón.
The moment I wake up
Before I put on my makeup (make up)
I say a little pray for you
Nathan le acarició el cabello mientras la miraba con seriedad.
—Antes de arruinarlo de alguna forma —señaló aspirando su aroma—, déjame decirte que estás muy hermosa y si no te hubieras acercado ahora, hubiera ido por ti en los próximos cinco minutos.
—¿Por qué me cuesta tanto creerlo? Parecías muy acaramelado con esa rubia, muy bella, por cierto.
Lo notó nervioso, y sin mudar el gesto de seriedad, le susurró.
—Nadie se te compara, te he visto bailar con cada hombre de la fiesta y no sabes las ganas que he tenido de romper narices toda la noche, debes ser consciente del efecto que causas, eres hermosa y sexi.
Él le dio la vuelta al ritmo de la canción.
—Y tuya.
Nathan se quedó quieto en medio del baile y la soltó.
—¿Qué dijiste? —preguntó con urgencia—. Repítelo, por favor.
Ella lo miró, ya sin sombras de vacilación.
—Soy tuya, no quiero luchar más.
Nathan se percató de lo difícil que había sido para ella claudicar, era orgullosa. La miró con suma ternura, había sido una estupenda contrincante.
—No puedo negar que estoy orgulloso de ser el vencedor de esta contienda, ya que el premio que me llevo es muy preciado para mí.
—Le dio un apretón a la mano, bajó la cabeza y reanudó el baile.
Esta vez fue él quien la pegó a su cuerpo y enterró el rostro en su cuello, sus palabras le erizaron la piel—.
Tienes mi más profundo respeto y no tienes idea de cuánto deseo demostrártelo, hermosa.
Nathan se obligó a seguir el paso, el corazón le tronaba y solo podía percibir la respiración agitada de Elizabeth, lo que le indicó que ella estaba nerviosa.
—Toda mi vida ha sido una lucha, Nathan, quiero que sepas que a veces no he jugado limpio.
—Yo tampoco soy quién para juzgarte, solo espero el día en que me otorgues el don de tu confianza.
Elizabeth sonrió.
—Dame tiempo, el hablarte de mi vida depende de muchas cosas.
—¿De qué depende? —inquirió Nathan, levantando el rostro de ella y obligándola a mirarlo, al ver que se quedaba en silencio.
Elizabeth se sacudió mentalmente, decidiendo quitarle hierro a la charla. No quería espantarlo, ni delatarse con sus palabras o su mirada. Nathan era muy inteligente y sabría leer entre líneas enseguida. Necesitaba tranquilizarse, distraerlo y la mejor manera era sugerirle algún reto tonto.
—De si puedes sostener la mirada fija durante varios minutos.
Él se quedó en silencio observándola.
—Podemos hacerlo, si es con charla incluida. —La entendía más de lo que ella creía. Respetaría sus tiempos. No deseaba presionarla.
—Es más difícil, pero soy experta.
Dieron una vuelta y se movieron por la pista a paso lento, como si estuvieran dentro de una burbuja de emociones.
—No lo dudo, ¿por qué me quieres distraer? Me gustan las conversaciones profundas.
—Podremos hablar de algo profundo mientras nos miramos fijamente —refutó ella.
—¿Te das cuenta de que es una propuesta un poco rara después de tu declaración amorosa?
—No me he declarado.
Nathan sonrió, giró de nuevo, con ella en sus brazos, antes de que terminara la melodía.
—Hermosa, ya lo creo que sí, fue una admisión y no sabes las ganas que tengo de pasar por alto tu reto e irnos directamente a mi casa, donde podremos iniciar otro tipo de lucha. Esta vez te daré ventaja, puedes quitarte el vestido y para que estés más cómoda, puedes luchar encima de mí.
—¿Por cuánto tiempo?
Él le obsequió una mirada lasciva. La canción terminó.
—Toda la noche si quieres.
—No estoy hablando de eso. ¿Cuál es tu mejor tiempo para mantener fija la mirada?
—Tres minutos. —Miró su reloj de pulsera—.
Hagámoslo antes de que cambie mi suerte.
Entre más pronto empecemos, más rápido podré sacarte de aquí.
Mi horóscopo tenía razón cuando me señaló que hoy me iría a casa con la mujer más bella de la fiesta.
—Viendo que estaba nerviosa y que para ella no era fácil abrirse a una persona, valoró más el maravilloso regalo.
“Tuya”, al oírlo casi se le doblan las rodillas como adolescente enamorado, le haría repetir esa palabra esa noche hasta que quedara tatuada en su piel y en su alma a punta de orgasmos—.
¿Será muy difícil para ti, si a lo anterior adicionamos baile?
—comentó cuando escuchó los acordes de una nueva melodía.
—No hay problema. Yo tengo un karma con el zodíaco —comentó Elizabeth mientras observaba los puntitos dorados en los ojos café de Nathan, al tiempo que le seguía el paso sin dificultad—. Siempre me salen los horóscopos más optimistas, lo he comprobado hasta en cuatro revistas diferentes.
—Yo tengo un karma con las monedas de diez centavos —dijo él, que enfocaba la mirada en los ojos oscuros de ella, y ya empezaba a sentir algo de incomodidad—. Siempre hay una moneda en algún bolsillo del traje o del jean. Siempre. ¿Te puedo regalar mi karma de diez centavos?
—No creo que uno se pueda desprender de su karma personal.
—¿Quién lo dice? Hemos intercambiado otras cosas, estoy seguro de que podremos intercambiar karmas. Es más, ya siento que la mirada me va a quedar fija para siempre. Tú ganas.
Dejó de bailar y la tomó de la mano.
—¿Vamos?
Elizabeth asintió, ya incapaz de resistirse a él.
Especialmente en ese momento, en que sus ojos brillaban con un sinfín de promesas, empezaba a amar ese brillo, que tenía el poder de ver cosas que nadie más veía; un brillo que la perseguía, la adoraba, la armaba y la desarmaba, dejando al descubierto su vulnerabilidad.
Se engañaba alejándolo, cuando lo único que deseaba era permanecer entre sus brazos.
En cuanto llegaron al estacionamiento, Nathan aprisionó su cuerpo y capturó sus labios, al tiempo que pegaba las caderas, mientras el valet traía el auto.
Ella se perdió de nuevo en la caricia y apretó los ojos, sintiendo cada centímetro de su piel, anhelando mucho más.
Sus labios presionaron con más firmeza, consumiéndola, mordiéndola, marcándola.