HERMANOS KING CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

La colección diseñada por Elizabeth recibió el beneplácito de los profesionales de los departamentos de marketing y también del departamento de calidad, luego pasó a los talleres de la empresa, después de la aprobación de los tres hermanos en la junta mensual.

La semana siguiente a la boda de Brandon y Eva, Nathan y Elizabeth volarían a Las Vegas para asistir a un congreso de joyería en el que participarían como exponentes de éxito en el mercado de tendencias.

Elizabeth había estado algo reacia a asistir, no deseaba figurar, pero Brandon le había insistido en la importancia de que el ámbito del mercado de joyas a nivel nacional conociera a la diseñadora.

Le había sido difícil negarse, ya que Joyerías Diamond participaría también con una pequeña muestra de lo que se vería en la siguiente temporada y ella, como diseñadora de la firma, debía avalar el trabajo con su presencia.

Nathan se percató de que Brandon deseaba borrar la imagen de Cassandra a toda costa, se le notaba una imperiosa necesidad de que el nombre de Elizabeth figurara en todos los medios de comunicación y publicidad relacionados a la empresa, como si con ello pudiera hacer desaparecer cinco años de mentiras y desdicha, y reparar en algo el daño hecho a gente inocente, cuyo único pecado fue estar a la hora y en el lugar equivocado.

Mathew le sugirió que poco a poco fuera retirando de la joyería los pocos diseños que eran exclusivos de su antigua prometida.

Elizabeth no se había opuesto a que la nombraran cuanto quisieran, pero era reacia a las fotografías, y el ejecutivo no entendía el porqué.

Nathan, que se había percatado del hecho hacía tiempo, terciaba con Brandon en favor de la joven.

—No entiendo por qué Elizabeth desaprovecha la oportunidad de aparecer en la revista de moda más importante del país, casi tuve que dejar uno de mis testículos sobre el escritorio de Victoria para que nos concediera la foto de portada y un reportaje a doble página.

—Brandon se refería a Victoria Pottiers, editora jefa de la revista Tendencias de la moda y estilo, una institución casi sacramental de todo lo que tenía que ver con esos temas en el país.

—Estoy seguro de que Victoria deseaba hincarle el diente a otra parte de tu anatomía cercana a tus testículos —señaló Nathan, tratando de disimular el humor sombrío que lo acompañaba desde que Elizabeth lo había rechazado días atrás.

Brandon rechazó sus palabras con un gesto y soltó el lapicero encima del escritorio.

—No me interesa en lo más mínimo y espero que Eva no se dé cuenta, ya le tiene algo de manía a esa mujer.

—Las mujeres tienen radares para esas cosas, dan miedo.

En cuanto a Elizabeth, déjala tranquila —siguió Nathan—, el reportaje no tiene que ser sobre ella, la joyería tiene mucho que mostrar en una publicación, no solo el trabajo del departamento de diseño.

Sé que deseas borrar el nombre de Cassandra, me imagino que tu rubia no te hace las cosas fáciles —Brandon resopló y le imprimió a su rostro una mueca desorientada—, pero la mujer está en otro continente, no hay de qué preocuparse.

En cuanto a Elizabeth, la convenciste de volver a trabajar en este lugar, y ha creado una colección en tiempo récord de la que estoy seguro se hablará por mucho tiempo, no la lleves al límite y tenle un poco de paciencia.

—Sigues acostándote con ella —señaló Brandon en tono de reproche.

—No entiendo.

—Sé que me sigues —retrucó Brandon—, no me hagas darte una clase de anatomía, te dije que la dejaras quieta en los pantalones, pero no debí advertirte nada, porque enseguida vas y haces lo que te da la gana, es como si la jodida vida te retara todo el tiempo.

Nathan se levantó de la silla y caminó por la oficina, se quitó la chaqueta y fue al mueble donde su hermano mayor guardaba el licor.

—Vaya, es más grave de lo que pensé —dijo Brandon con talante bromista, al ver a Nathan servir licor de manera generosa en dos vasos.

—Lo que no entiendo es que tú me hagas ese tipo de comentario, pues tuviste tu historia con Eva.

—Siempre he estado enamorado de Eva. Estaba loco por ella, por eso la traje a trabajar conmigo. Nunca me acosté con una empleada.

Nathan deseaba ganar tiempo, pues Brandon lo conocía como a la palma de su mano. Se quedó pensativo unos instantes.

—¿Cómo supiste que estabas enamorado de Eva?

Brandon levantó la ceja derecha.

—No dejaba de pensarla, cuando ni siquiera había cruzado palabra con ella, su mirada inteligente, su cabello, el color de sus ojos, y luego, cuando me dio una oportunidad, veía la seriedad con que se tomaba los estudios, la vida y la manera de luchar por sus sueños —suspiró—.

La deseaba, no solo por su cuerpo, admiraba todo de ella.

—Ya veo.

—¿Sientes algo por Elizabeth…?

Nathan lo interrumpió enseguida.

—No sé qué diablos me pasa con ella.

La admisión sorprendió a su hermano mayor, a lo mejor Nathan estaba enamorándose y no se había dado cuenta.

—Pues tendrás que averiguarlo, no quiero problemas ahora que estamos a punto de dar el gran salto.

Nathan estaba desconcertado, había leído en algún libro o artículo de revista, no recordaba cuál, que nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido y no podía estar más de acuerdo.

Lo que él sentía por Elizabeth nunca lo había experimentado.

Él era un hombre que dominaba su entorno y que evadía las emociones fuertes con retos que a veces amenazaban su integridad personal, esa era su coraza.

Este nuevo sentimiento no lograba catalogarlo en algo que hubiera vivido antes, no tenía rostro ni identidad, era lo más parecido a alguna vivencia sagrada, una sensación terrible y fascinante que apenas estaba a las puertas de su corazón.

Tenía el presentimiento de que, si lo dejaba entrar, ese sentimiento tendría un enorme poder sobre su alma, y experimentaba el temor, el miedo a lo desconocido, en conjunción con un violento ardor que amenazaba con incinerarlo.

A medida que aumentaban sus sentimientos, se incrementaba su curiosidad por saber todo de ella; le daría unas semanas y si no confiaba en él, pagaría por una investigación.

Necesitaba saber qué terreno pisaba. No había prisa, en su momento lo haría.

—No te preocupes, parece que mis atenciones no son bien recibidas.

—Déjalo, entonces. Con la boda, la colección y la luna de miel tengo las manos llenas, lo último que necesito es verte sufrir por amor.

Llegó el día de la boda, que habían aplazado ya en una oportunidad. Los novios se habían dado un mes de plazo desde el día del compromiso, pero los preparativos de una boda como la querían les llevaron tres meses y eso que no sería tan fastuosa como muchos esperaban.

Brandon y Eva habían preparado un comunicado en el que informaban a sus conocidos y amigos que lamentaban profundamente que Anne no pudiera asistir, ya que un terrible resfriado de última hora le había impedido acompañarlos en el día más especial de sus vidas.

Por eso, de camino a la ceremonia, Nathan se sorprendió al ver a su madre en la limosina de la familia, aparcada a pocos metros de la iglesia.

Recordó la discusión que tuvo con ella dos días después de enterarse de todo.

Había llegado a la mansión antes de la hora de la cena, su madre estaba en el estudio.

—Buenas noches, madre.

—¡Dios mío, querido, estás guapísimo! ¿Qué diablos has estado haciendo que me has tenido tan abandonada? —interrogó la mujer mientras se quitaba las gafas de leer, que dejó junto a un libro en una mesa al lado de la silla.

Nathan se llevó las manos al cabello, mientras observaba el entorno familiar en el que había crecido. ¿Qué hubiera sido de sus vidas si su padre no hubiera fallecido?

—He tenido cosas que hacer —aseveró con talante serio.

Una de las empleadas entró con una bandeja y le sirvió el café como le gustaba.

—Gracias Ruth, ¿cómo está tu hija? ¿Consiguió la beca?

—Sí, señor Nathan, Paulina entró a su primer año de universidad, no me había tomado el tiempo de comentarle.

—Me alegro mucho.

—Si terminaste, puedes retirarte, Ruth. Supongo que tienes cosas que hacer más urgentes que contarle tu vida a mi hijo —dijo Anne.

Nathan, furioso, dejó la taza en la mesa con un movimiento un poco brusco.

—Eres tan displicente, madre.

—No deberías darles tanta confianza.

—¿Por qué? Fueron nuestra compañía mientras tú y papá recorrían el mundo.

La mujer enarcó la mirada mientras sorbía la bebida caliente.

—Te estás pareciendo mucho a Brandon, hasta hablas como él…

—Somos hermanos.

Anne no notó el sarcasmo que destilaba la voz de Nathan.

— A propósito, ¿cómo está él?

—¿Me preguntas si sigue cabreado contigo? Aunque creo que cabreado es muy poco para el odio que te tiene mi hermano en estos momentos —atacó, y observó cómo su madre se hacía la desentendida.

—No entiendo su actitud. —Llevo la taza de té a su boca, su postura era tensa.

—¿Seguro que no? —inquirió sarcástico Nathan antes de negar con su cabeza—. Lo sé todo, madre, y si sigues sin “recordar” por qué tu hijo mayor te quiere a kilómetros de su vida, yo puedo refrescarte lo sucedido.

—Sigo sin saber de qué estás hablando.

—¿En serio, madre? No sé cómo puedes vivir tan tranquila. Me niego a creer que seas tan fría como una víbora.

—Quería lo mejor para tu hermano, así como para ti y para Mathew, esa mujer no era su mejor opción.

—Su mejor opción era ser feliz… Agradece que Brandon no tomó acciones legales contra ti.

Anne dejó la taza sobre una mesita, se levantó del sillón, visiblemente incómoda, y se acercó a la ventana, desde donde contempló el paisaje nocturno. Luego se volteó para enfrentarlo.

—Sabía que era mucho pedir que Brandon guardara silencio —recalcó entre dientes.

—No me enteré por él —disparó Nathan—. En tu sucio juego de manipulación arrastraste a personas inocentes, personas como Elizabeth.

Anne soltó una risa entre irónica y enfadada.

—La chica te fue con el cuento, me imagino.