HERMANOS KING CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Es que lo eres —contestó rápidamente—. Cada vez que veo tu rostro, tus tetas o tu culo, estoy a esto —señaló la punta del dedo— de enrollarte el cabello y hacerte recordar cómo se siente mi boca al contacto con tu piel.

—Déjate de majaderías —retrucó, mientras él hacía precisamente eso.

—No son majaderías, también me deseabas —murmuró sobre su piel—. Mientras Brandon y Mathew hablaban de sus mierdas, tú me imaginabas dentro de ti.

—Eres un presuntuoso.

—Eso es un sí. —Ella sonrió—. No dejes pasar las cosas por miedo.

—No tengo miedo.

Elizabeth levantó el rostro y lo besó, él soltó un poco el amarre del cabello y se separó de ella unos milímetros.

—Eres valiente. Ganaste una jodida carrera de bote de vela, algo que no todo el mundo logra; has creado la más bella colección de joyas que ha habido en la empresa en mucho tiempo, y lo que sea que te atormenta, lo superarás.

Nathan quería hablarle del profundo sentimiento que le inspiraba, pero no quería llevarla al límite, era un hombre paciente, la follaría hasta dejarla sin aliento y en el camino iría desentrañando su vida.

—No quiero hablar más —dijo ella.

—Yo tampoco.

Se amaban con una pasión que, a medida que pasaban los días, no tenía visos de extinguirse; al contrario, cada encuentro los dejaba más deslumbrados que el anterior. El deseo apenas les daba respiro para trabajar, pero no para hacer planes, ni para separarse y analizar lo que les ocurría.

Hasta que Elizabeth, en una de esas noches en las que Nathan no le daba tregua, le insistió en que deseaba volver a su departamento y dormir sola. Él no trató de detenerla, aunque le molestara sobremanera que quisiera salir corriendo de su cama cuando apenas había quedado satisfecho.

Elizabeth lo hizo debido a un rapto de sensatez.

Lo que sentía por Nathan era mucho más que una simple atracción física y tuvo un ataque de pánico, por él y por ella.

Sería un error enamorarse, al margen de su pasado, nunca se lo había permitido, ¿por qué diablos hacerlo ahora?

Porque nunca se había topado con un hombre como Nathan, tan parecido a ella, se contestó con honestidad.

Elizabeth no debía olvidar quien era y de qué hacía parte, por más que no tuviera nada que ver con su familia, sus acciones la salpicaban y nunca podría huir de aquello, así se fuera a vivir al fin del mundo.

No podía permitirse algo más con Nathan, no cuando su vida, por fin, aparentaba ser normal.

Al día siguiente, se encerró en su oficina y se negó a ver a Nathan, que estuvo por el lugar un par veces y, por lo visto, decidió dejarla en paz.

Cuando se dio cuenta de la hora, era noche cerrada, se desperezó y segundos después, tomó el bolso, la chaqueta y salió del lugar.

Él estaba recostado en la pared frente a su puerta con los brazos cruzados, tan guapo, con su mandíbula firme, sombreada de gris —que le recordó su tacto en ciertas partes de su cuerpo—, el cabello despeinado, como si se hubiera pasado las manos muchas veces y el gesto serio que no perdía ninguno de sus gestos.

—Hola —saludó ella con el corazón acelerado, como se suponía que se sentirían esas chicas de las novelas que leía al ver al guapo protagonista frente a ellas. Ese recuerdo, en vez de hacerla sonreír, la enfureció—. Estoy cansada, Nathan, si no te importa, quiero irme a casa.

—Te llevaré —respondió él sin dejarse amilanar.

—No es necesario, además, quiero caminar.

—Caminaré contigo.

Ella oprimió los botones del elevador.

—Por si no te has dado cuenta, es en serio que deseo estar sola esta noche.

Él se quedó unos segundos mirándola en silencio.

—¿Hasta cuándo vas a seguir fingiendo que no sientes nada por mí?

Elizabeth no admitiría lo que sentía, ni loca que estuviera, y no por protegerse ella, como él a lo mejor pensaba, sino por mantenerlo a él a salvo.

—No voy a contestarte.

Nathan soltó una risa estrangulada.

—No es extraño, nunca contestas preguntas.

Se miraron como gladiadores enfrentados. Él tuvo que luchar contra el deseo de arrastrarla hasta la oficina más cercana y devorar cada centímetro de su piel. Le era difícil contenerse. ¡Maldita fuera su suerte! Tenía que zafarse de ese sentimiento que le estaba carcomiendo la vida.

—Estoy algo cansado de dar un paso adelante y dos atrás, no estoy acostumbrado a salir con mujeres que no saben lo que quieren.

Elizabeth giró la cabeza y observó las luces de los edificios por entre el ventanal del pasillo.

—No te equivoques, Nathan, sé muy bien lo que quiero —dijo, mirándolo de nuevo—. El problema es que tú no estás acostumbrado a que te digan que no.

Las puertas del elevador se abrieron. Elizabeth entró, pero Nathan mantuvo las puertas fijas con sus manos. Una mano se apoyó en su hombro, al darse la vuelta, se encontró con la mirada de Mathew.

—Deja descansar a la chica. Buenas noches, Elizabeth.

Nathan soltó las puertas del elevador.

En cuanto se quedaron solos, Mathew oprimió el botón del otro elevador.

—Necesitas un jodido trago. Me da la impresión de que la chica te inspira algún sentimiento.

—“Algún sentimiento” —repitió Nathan con sarcasmo—. ¿Estás leyendo novelas victorianas?

Mathew blanqueó los ojos.

—Llámalo calentura, deseo, ganas de metérsela, pero tengo la impresión de que lo has hecho ya, y te gusta mucho, ya que la miras con ojos de ternero en las reuniones a las que últimamente les prestas poca atención.

—Eso no es cierto, y en lo que concierne a Elizabeth, es mi vida privada.

—Eres un tipo inteligente y me imagino que pensarás en las consecuencias de liarte con una empleada.

No estamos para demandas —le recordó Mathew.

A Nathan ese tema le importaba bien poco, si tenía que enfrentar algún lío legal, lo haría sin problemas, aunque estaba seguro de que con Elizabeth no los tendría—.

¿Te lo está poniendo difícil? Normalmente no te tomas tantas molestias.

—¡Ya déjame en paz, bajaré por las escaleras!

—El ejercicio es bueno para bajar la calentura, hermano.

Nathan le hizo la seña con el dedo medio, mientras caminaba hasta la puerta que lo llevaba a las escaleras. Mathew se quedó mirándolo con una sonrisa en su rostro. Tenía la impresión de que su hermano estaba más que liado. La chica no se lo pondría tan fácil. ¡Bien por ella!