HERMANOS KING CAPÍTULO 12
44%

CAPÍTULO 12

—Vamos a tu casa —dijo ella con resolución y se dispuso a abrir la puerta del auto, pero Nathan tomó su muñeca con suavidad y le acarició la piel del pulso.

—Ya sabes los términos.

—Lo haremos y que Dios nos coja confesados —claudicó ella, seria, con muchas dudas, pero dispuesta a saltar el precipicio.

—¿Qué quiere decir eso?

—Es un dicho latino.

—Ya veo. Lo tomaré como un sí.

Nathan la abrazó con fuerza y enterró la cara en su cabello, embebiéndose en su aroma, besando su cuello una y otra vez.

Elizabeth apenas podía pensar con palabras.

Se sentía protegida de todo lo que la atormentaba; su cuerpo era pura sensación, como si por su interior, en vez de sangre, pasaran ríos cargados de miel, de verdor, de vino.

Subieron al auto con celeridad y apenas cruzaron palabra durante el corto trayecto.

Las llantas del auto chirriaron al descender al aparcamiento de una lujosa torre de departamentos.

En el ascensor volvieron a comerse a besos y mientras abría la puerta del departamento, Nathan le regaló una mirada tierna e imperiosa, una mirada que ella no le conocía.

La tomó de la mano y la hizo atravesar una estancia lujosa de muebles oscuros —con pinturas abstractas en las paredes y un par de esculturas de metal, una en la sala y otra diagonal a una puerta cerrada—, hasta llegar a su habitación, espaciosa y minimalista, con una cama doble en la mitad.

Nathan se recostó en la puerta sin dejar de mirarla.

—Es muy bonito todo. —Elizabeth se sentía nerviosa de pronto, como si fuera su primera vez.

—Tú sí que eres hermosa —dijo él sin moverse del lugar—. ¿Qué pasa? —preguntó, queriendo transmitirle más certidumbre de la que sentía.

—No sé… —respondió ella. Nathan se le acercó y la abrazó por detrás, Elizabeth se dio la vuelta y puso las palmas en su pecho—. Correré el riesgo.

Él la besó con tanta intensidad que ella pensó que le devoraría los labios.

Se desvistieron con premura. La boca de Nathan se apoderó de sus pechos, así como lo había hecho de su boca.

Ese atardecer, en el ambiente flotaba algo diferente, que los sorprendía y asustaba.

Él deseó todo su cuerpo, la tocó por todas partes, se tomó su tiempo, la respiró sin pausa y la probó con gula, incrementando la necesidad de Elizabeth a límites insospechados.

Después de ponerse un preservativo en tiempo récord, en el momento en que la penetró, los invadió una pasión tan violenta, que de haberse desatado una tempestad afuera ellos no lo hubieran notado.

Ella se permitió, por esos eternos segundos, soñar que Nathan podría, con su aura de alma iluminada y noble, y con su halo de desfachatez, curar su alma atormentada.

Con su mirada cargada de fuego le dio permiso a sus manos para que le sanaran las heridas del pasado, quiso proyectarse en un mundo diferente, con una vida anterior transparente.

En medio de jadeos y vaivenes, anheló reconstruir su historia, ser una mujer nueva.

Tuvo la sensación de flotar, de ser arrastrada por una ráfaga de aire y a la vez quiso morir en esa cama en el momento de la liberación.

Quiso morder, marcar, y tembló de temor por todo lo que experimentaba mientras bailaba la más antigua de las danzas.

Anheló la libertad, jugarse la existencia por esto que empezaba a sentir y que no tenía idea de cómo atajar.

Sí, definitivamente, algo había cambiado en el ambiente, caviló ella mientras Nathan se deshacía del condón en el baño. Lo intentaría, por primera vez en mucho tiempo, los planetas estaban alineados a su favor y se permitió tener esperanza.

—¿Quieres comer algo, hermosa?

Le gustaba el tono de voz de Nathan cuando la llamaba “hermosa”, podría ser una bobada, pero le gustaba como bajaba unos decibeles el tono en la mitad de la palabra. Se rio y se tapó la cara con la almohada, estaba hecha una completa tonta.

—¿Qué es gracioso? —preguntó él en cuanto se acomodó a su lado, y quitándole la almohada de la cara, le acarició el rostro.

—Nada, guapo. —Le dio la vuelta con facilidad, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a acariciarle le pecho—. Y ahora, como has sido un buen chico, mereces una recompensa.

Nathan cerró los ojos y cuando los abrió de nuevo, le destinó una mirada brillante.

—Me vas a convertir en un hombre devoto.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué?

—Porque estar contigo es como imagino el cielo si creyera en él.

Nathan la aferró de las nalgas. Mientras pensaba que la vista desde abajo era impresionante, le masajeó los pechos y la línea del vientre.

Ella se puso seria de repente.

—Después no digas que no te lo advertí.

—¿Qué pasa, Elizabeth? ¿Eres hija de algún mafioso? ¿Alguien te persigue? ¿Quizás un enamorado?

A Elizabeth le entró la urgencia por perderse de nuevo en el placer y empezó a acariciar su miembro.

—Quizás, a lo mejor la respuesta está en una de tus preguntas, a lo mejor en las tres, o en ninguna. ¿Qué ocurriría en ese caso?

Nathan cerró los ojos y se perdió en la caricia.

—Mataría dragones por ti, hermosa —dijo en medio de un profundo gemido. La notó tensarse y luego, como si hubiese revelado mucho y no quisiera asustarla con su impetuosidad, aclaró—: Me importaría una mierda.

—Tienes una boca muy sucia, Nathan King.

—No solo mi boca. Hay una parte de mi anatomía que desea impresionarte con el poco de cosas sucias que quiere hacer. Hago el amor contigo cada vez que te pienso.

Ella se extendió hasta alcanzar un preservativo de la mesa de noche, que le colocó despacio y con tanta pericia, que lo hizo jadear y preguntarse a quién más se lo habría puesto en el pasado, un pensamiento ajeno a su naturaleza poco posesiva.

Segundos después, Elizabeth lo cabalgaba con esa cadencia que lo volvía loco, lo provocaba, en un ritmo igual al vaivén de las olas al rozar la playa.

Sin prisa, pero sin pausa, se comieron a besos hasta que, en medio de humedades y gemidos, los arrasó de nuevo la pasión tempestuosa, el ritmo se aceleró y el fuego lento del placer cambió a llamarada y se precipitaron en una hoguera de sensaciones, resucitando con el alma plena.

Nathan le aferró el rostro.

—Puedes huir de esto cuanto quieras, te puedes esconder en tu casa, en la oficina o en cualquier parte, pero el deseo vendrá tras de ti de cualquier forma, no lo olvides, hermosa.

****

Elizabeth dejó a Nathan dormido esa madrugada, llamó a un servicio de transporte y volvió a su casa.

Como no podía dormir, abrió el ordenador y buscó, como cada semana, noticias de Colombia y de un personaje en especial.

Eran las mismas noticias de tres meses atrás, en que habían saltado varios nombres en los titulares de los periódicos más leídos de su país.

No sabía por qué lo hacía, a veces, cuando se enteraba de algún hecho atroz, donde lo acusaban de algo, rogaba por su muerte; otras, las más benevolentes, recordaba su infancia y adolescencia, y su alma se llenaba de añoranza.

Solo dos veces había sucumbido a llegar más allá de la simple información por Internet.

La primera fue en un viaje a Boston, a donde se desplazó para una entrevista de trabajo en un taller de joyería de una familia italiana.

Al darse cuenta de que no había logrado el puesto y con unas copas de más, decidió llamar al móvil de su abuela Teresa.

Tan pronto supo que era ella, la anciana le colgó sin dejarla apenas modular, lo que le dio a entender que, o no deseaba saber nada de ella, o sabía que los teléfonos estaban intervenidos.

El segundo intento fue la Navidad pasada, en un pueblo cerca de Chicago, donde se desempeñaba como mesera en una cafetería de la localidad.

Lo hizo porque había soñado con los postres y colaciones que su abuela preparaba para celebrar las novenas navideñas, famosas allá donde vivía.

Ese año las fiestas la pusieron más nostálgica que de costumbre.

Fue un error, debió dejar que la nostalgia se fuera por donde había llegado, algo en lo que era experta.

Al llamar al móvil de su abuela, una voz que no reconoció en el momento contestó, y debió colgar enseguida, pero la venció la curiosidad: su abuela siempre llevaba el móvil con ella, nadie más lo contestaba.

—La señora Teresa Orjuela, ¿por favor? —inquirió, nerviosa.

—¿Quién la llama?

Titubeó unos instantes antes de contestar.

—Soy la hija de la señora Maruja.

Hubo un largo silencio al otro lado de la línea.

—Si fueras la hija de la señora Maruja, sabrías que hoy enterramos a Teresa. —Elizabeth emitió un quejido—. Más te vale que sigas debajo de esa piedra donde estás escondida.

Cortó la llamada enseguida al reconocer la voz de su tía Mariela.

Lloró como hacía mucho tiempo que no lo hacía, no solo por la muerte de su abuela, sino por todo lo que había perdido.

Más calmada, se prometió no volverlo a intentar, por su bien debía olvidarse de quién era.

El día que había decidido desaparecer del panorama de su familia, supo que sería un duro golpe para las personas que la amaban y se preocupaban por ella, pero era aquello, o morirse en vida, o cometer alguna barbaridad.

Ella había muerto a su vida en Colombia y resucitado el día que puso los pies en Estados Unidos.

Para bien o para mal, esta era ahora su patria, no debía olvidarlo.

Cerró el navegador. No deseaba volver al pasado en ese instante, pero al parecer el encuentro con Nathan había tocado partes de su alma que llevaban mucho tiempo aletargadas.

La semana siguiente se encontraron todas las noches. Se iban de manera separada de la oficina, ella insistía en tomar un taxi hasta el lugar de reunión, normalmente el departamento de Nathan. Una vez llegaba, él le recibía el bolso y el abrigo.

—Tienes que dejar de hacerlo —le dijo ella esa noche, entrando como una tromba.

—¿Qué? —Nathan enarcó una ceja.

—Mirarme como si fuera tu plato favorito.

Le regaló una sonrisa.