CAPÍTULO 11 #2
Nathan se acercó a la mesa donde una anciana de cabello blanco y tez oscura, muy bien vestida, estaba sentada frente a un tablero de juego de palabras.
—¡Amor de mi vida! —saludó Nathan y abrazó sin muchas ceremonias a la mujer, a la que se le iluminaron los ojos.
—Mi chico bello, ¿cómo has estado?
—Mammy, he estado muy bien, ¿cómo lo has pasado?
—Déjame que te mire —la mujer lo alejó y lo miró de arriba abajo—, te falta un corte y ese pantalón está arrugado, como si hubieras dormido con él.
Nathan sonrió, encantado, y le dio un sonoro beso en la mejilla.
—Esa es mi chica.
La mujer sonrió.
—Eres un marrullero.
—Déjame presentarte a una muy estimada amiga.
La señorita Selma desvió enseguida la atención a Elizabeth.
—Hola, preciosa, espero que mi chico no te esté dando dolores de cabeza.
—Han sido pocos, esté tranquila —sonrió Elizabeth.
—No se los tengas en cuenta. Es un buen chico, el mejor.
Nathan invitó a Elizabeth a sentarse a un lado de la anciana mientras él se ponía al otro lado.
—Me estás confundiendo con Brandon.
—No, querido —dijo dándole una palmada en la mejilla—. Un hombre que pasa tardes enteras jugando bingo con Bill, quien sufrió un derrame y era su juego favorito, o bailando con Norma, que está en silla de ruedas, no es un mal chico.
Elizabeth lo miró, encantada.
—Creo que confundieron tu medicación, estás equivocada, mammy —dijo Nathan, sorprendido al escuchar cómo su nana no olvidaba eventos ocurridos hacía poco tiempo.
La mujer habló en tono firme.
—Tengo serias lagunas, hijo, pero hay cosas que mi mente no olvida y tus buenas acciones las tengo grabadas aquí. —Se llevó un dedo a la sien—. Para recordártelas cada vez que te vea.
Nathan sonrió y aferró sus manos.
—Me alegra que estés recordando cosas.
—No recuerdo qué desayuné en la mañana ni quién me regaló este vestido —aseveró mientras con sus manos nudosas tocaba la delicada tela.
Elizabeth observó el entorno mientras Nathan charlaba con la anciana, le gustaba su manera de tratarla y sus expresiones como “no, señora”, “sí, señora”, “con mucho gusto”, etc. Parecía que la mujer los llevaba con rienda corta y se veía que Nathan le profesaba un profundo cariño.
Les sirvieron un almuerzo —sopa de vegetales, salmón y ensalada verde— que a Elizabeth le pareció delicioso, y después jugaron a las cartas, pero la señorita Selma se cansó muy rápido y vinieron a llevarla a dormir la siesta.
El rato agradable se desbarató como castillo de naipes en cuanto la mujer dijo:
—No tengo tiempo para siestas, debo elaborar el menú para la cena que dará la señora King a los Thompson.
También debo plancharle el vestido de tul color escarlata, no puedo dejarlo en manos de esa chica que hace la colada, mi niña Anne no me lo perdonaría, y tú, jovencito —dijo señalando a Nathan con el dedo—, no quiero chicas esta noche saliendo por la puerta de la piscina. Soltaré los perros, Nathan King.
La cara de Nathan reflejó un tremendo desencanto. Su nana se había perdido otra vez. Le dio un beso en la mejilla y dejó que la enfermera se la llevara. Elizabeth lo tomó de la mano.
—Lo siento.
—Es duro, ella es nuestra madre a todos los efectos, nos cuidó, nos alimentó y nos enseñó muchas cosas. La adoro.
—Se te nota el cariño —le dio un codazo en las costillas—. Así que la puerta de la piscina, ¿eh? Eres un chico muy recursivo.
Nathan sonrió.
—Siempre.
—¿Alguna vez dejó libres los perros?
—No que yo recuerde.
Nathan vio a un anciano en sillas de ruedas, tenía la cabeza agachada y caminó hasta él. En la mesa frente a él había un libro abierto, pero el anciano no leía, el ejemplar estaba algo deteriorado.
—¡Viejo Bill!
El hombre levantó la mirada, pero no gesticuló. Una de las enfermeras se acercó.
—Está esperando a la voluntaria que siempre le lee un capítulo, pero se está demorando.
Nathan leyó el título del libro, El viejo y el mar, y como si no tuviera nada más que hacer, se sentó al lado del hombre, abrió el libro donde estaba el separador e inició la lectura.
Elizabeth lo observaba sin prestar ninguna atención a lo que leía.
A pesar de todas sus dudas y cavilaciones, los muros con los que encerraba su corazón corrían el peligro de resquebrajarse por culpa de un hombre muy especial, alguien que no tenía ningún problema en ponerse en mangas de camisa y trabajar con los demás en lo que se necesitara; que era tan considerado con su secretaria que les había regalado un crucero a ella y a su madre cuando esta cumplió su ciclo de quimioterapias, que les leía a ancianos desvalidos, besaba con rigor, follaba con pericia y era guapo a rabiar.
El balance tenía más activos que pasivos y lo único que deseaba hacer era atraerlo hacia ella y besarlo hasta apropiarse de su esencia.
Se sentó frente a él y mientras lo escuchaba, le tocó el muslo por debajo de la mesa, mientras seguía con la lectura, lo acarició de arriba abajo, notó una ligera variación en la voz y una mirada de advertencia.
Después de unos minutos de toqueteo, Nathan dio por concluida la lectura, se despidió del anciano con celeridad, y la sacó en volandas del lugar.
Al llegar al auto, tiró de ella, la arrinconó contra una de las puertas, le acarició el rostro y se apropió de sus labios como si fueran los suyos, la saboreó y le dio un pequeño mordisco que la hizo jadear.
La separó unos momentos bebiéndose su aliento y luego le aferró el cabello y profundizó en un beso húmedo y muy sexual.
La ansiedad y las ganas se acumularon en el vientre de Elizabeth, creando estremecimientos a lo largo de su piel y robándole un poco el alma, le besó las ganas iniciando una hoguera que le impedía respirar.
El sonido del claxon de un vehículo los trajo de nuevo a la realidad.
Nathan, con la respiración agitada, le acariciaba el cabello y luego la abrazó, inseguro de dar el siguiente paso, no quería un revolcón, necesitaba más, y hasta que no estuviera seguro de estar en la misma sintonía, no daría un paso más, así estuviera a punto de ebullición.
—No sé si a ti te pasa, pero me siento muy bien a tu lado, cómodo, como si este fuera mi lugar.
Elizabeth se separó de él un poco, pero Nathan la obligó a permanecer encerrada en sus brazos, y se quedó unos instantes observando el color de las hojas de los árboles. Quiso ser otra persona, sin tanto a cuestas. Quiso poder dar más de ella, pero no podía.
—¿No sería maravilloso olvidarnos de quiénes somos? —dijo más para sí misma, pero Nathan la escuchó—. ¿Al menos por un día?
Nathan se quedó serio unos momentos, sopesando los interrogantes de la chica. La soltó y ambos quedaron recostados en el auto.
—No te quiero para un día, ni para un revolcón rápido, y que, al día siguiente, en la oficina, me trates como si estuviera apestado.
—Volteó la cara al horizonte—. Quiero ver a dónde nos lleva esto, no pretendo seguir gravitando a tu alrededor cuando sé que también te sientes atraída.
Quiero intentarlo, Elizabeth, no soy hombre de relaciones, pero cuando me empeño en algo, me gusta hacerlo bien y contigo quiero eso, no me preguntes por qué, porque ni yo mismo lo sé.
Si solo quieres un rato, lo siento, pero tendré que declinar.
Ella lo miró, sorprendida por su negativa.
—¿Y si arriesgas demasiado? ¿Qué tan lejos estarías dispuesto a llegar por probar algo nuevo?
Las comisuras de la boca de Nathan se elevaron hacia arriba y meditó sus preguntas unos momentos.
—En Japón, los chefs sirven la carne del pez globo, que es altamente venenoso, salvo que se haya preparado con extremo cuidado.
Los cocineros más refinados dejan la cantidad precisa de veneno en el pescado, como para colorear los labios de los comensales, y que ellos sepan qué tan cerca han estado de la muerte. A veces algún comensal se pasa.
—O el cocinero —interrumpió ella.
—Así es, hay cantidad de aficionados que dejan la vida en una cena.
—Eso es estúpido. ¿Me estás comparando a un pez globo? —preguntó Elizabeth con gracia, con la mirada fija en las facciones de Nathan.
Él le tomó el rostro con ambas manos.
—¿Debería? ¿Eres tan venenosa como él?
“Sí”.
Nathan vio algo en la mirada de la mujer que lo llevó a experimentar lo que siempre provocaban los desafíos en él. La aferró de la cintura y antes de tomar de nuevo sus labios, musitó:
—Tendré mucho cuidado con la dosis. —Le dio un beso muy suave—.
Tienes gusto a hojas secas, a manzanas y a miel —le dijo, sorprendido de sentirse tan emocionado, de estar diciendo esas palabras—.
Desde la última noche he tratado de recordar qué gusto tienes, y ahora lo sé…
sabes al más hermoso atardecer de otoño…
A Elizabeth se le doblaron las rodillas y lo abrazó como si él fuera el último salvavidas en medio de un naufragio.
—¿Por qué no podemos tener una conversación normal?
—No somos normales, hermosa, además, hay temas de conversación que no hemos explorado, ya que los evades en cada ocasión, espero que sea la última vez.
Él se apoderó de su boca, con los latidos del corazón a mil revoluciones y las ansias alborotadas, que siempre salían flote cuando estaba cerca de ella. Le devoró de nuevo la boca, esta vez con más ímpetu que el beso anterior.