CAPÍTULO 11
—Hola, hermosa —escuchó la voz por entre los globos.
Aún estaba molesta, pero a su corazón le gustaba mucho que la llamara “hermosa”, era una estupidez, pero le gustaba.
—Debería cerrarte la puerta en las narices, pero el uso de ese bate es muy tentador —contestó seria.
Nathan se lo entregó.
—Es todo tuyo y me merezco el golpe en la cabeza por gilipollas.
Elizabeth aferró también los globos y lo hizo entrar al departamento.
—El trabajo sigue siendo tuyo, vine hasta aquí para decírtelo.
Ella lo invitó a sentarse. Dejó el bate cerca de la puerta, amarró los globos al espaldar de una silla de comedor y se sentó frente a él.
—No tenías necesidad de venir, una simple llamada o un correo lo habrían solucionado.
Nathan negó con la cabeza.
—Necesitaba disculparme personalmente.
—Estás disculpado, yo también te debo una excusa, no debí reaccionar así, fue poco profesional.
—Tenías razón, mi madre se portó muy mal con mucha gente. Hablé con Brandon, no porque no te creyera, necesitaba saber por qué me lo había ocultado.
—Lo siento mucho, no era mi intención ocasionar una disputa entre Brandon y tú.
—El tema es más complejo que una simple disputa, pero no me interesa hablar de Brandon ahora.
Nathan dejó de prestarle atención, se levantó del sillón y se dedicó a curiosear el departamento. En cuatro zancadas recorrió el área social y la cocina. Le gustaba el ambiente alegre y luminoso del lugar.
—Me gusta tu hogar, tiene personalidad, se siente vivo.
Notó que no había ni una fotografía de ella ni de su familia.
—Muchas gracias.
Nathan se quedó mirándola, detallándola. Le acarició el colgante de la oreja, eran los mismos aretes que lucía el día que se conocieron.
—Me gustan tus aretes, fue lo primero que me llamó la atención el día que te conocí, supe que eras diferente.
Lucías distinta a las otras meseras, no sé si era por los aretes o todo el maldito conjunto, no sé si por tu irreverencia o por tus visos de rebeldía, que producen una cortina de humo que me impide conocerte mejor.
Elizabeth sonrió.
—Siempre tan filosófico, no hay más, no sé por qué te empeñas en buscar.
—Puede que tengas razón, o a lo mejor, el que busca encuentra.
Dirigió la vista al libro encima de la mesa del café. Elizabeth siguió su mirada y se acercó, mortificada, pero ya Nathan lo tenía en la mano. Lo hojeó por encima y sonrió.
—¿Lees siempre ese tipo de historias?
—Sí, ¿algún problema?
—Hombres lujuriosos y mujeres cachondas. —La miró con un brillo repentino en los ojos—. A lo mejor deba disculparme de otra manera, tengo mis buenos trucos bajo la manga, como los protagonistas de estas novelas, puedo brindarte una disculpa de rodillas, la disfrutarás.
—No todo es sobre sexo.
—Creía que sí. “Si el sexo no fuese la cosa más importante de la vida, el Génesis no empezaría por ahí”. No es una frase mía, es de un escritor de apellido Pavese, creo.
—Me gusta leer esas novelas porque me distraen, son una evasión.
—Me parece bien. —Dejó el libro en la mesa—. Ya que ambos estamos evadiéndonos de nuestros respectivos trabajos…
—Yo no, me despediste.
—Te pido de nuevo disculpas y cómo estás de nuevo contratada, tómate el día libre.
Ella lo miró reflexiva.
—Para ti es muy fácil la vida, ¿verdad? Lo tienes todo en bandeja de plata y no tienes nada que perder…
Se interrumpió, molesta, tenía que aprender a bajar la guardia.
Nathan no le estaba haciendo ningún daño y ella era la menos indicada para actuar como una resentida.
Si había pasado trabajo y carencias económicas, era porque así lo había decidido y no porque fuera su única opción.
Pareció olvidarse de seguir su diatriba.
Finalmente, la voz de Nathan la sacó de su inmovilidad.
—¿En serio? —replicó él, con voz calma—.
Déjame decirte algo, no tienes ni idea de cómo ha sido mi vida, lo que retratan los malditos medios de comunicación ni se acerca a lo que realmente somos.
Aunque no lo creas, la hemos pasado mal en algunas oportunidades, a veces tener el estómago lleno y las mínimas necesidades satisfechas no hacen agradable la existencia.
Mi vida está llena de muros hechos de hipocresía, mentiras y aunque no lo creas, de restricciones, todo eso envuelto en paredes acolchadas de obras de arte, autos último modelo en el garaje, viajes y montones de ropa en el vestier.
—Elizabeth, de repente se echó a reír—. ¿Qué es gracioso? —preguntó él.
—Pobre niño rico y pensar que el noventa y nueve por ciento de la población mundial quiere una pequeña tajada de lo que tienes. Si logran llegar, se sentirán engañados.
—A algunos no les importará y lo disfrutarán —dijo Nathan.
—¿Y qué pasa con ese pequeño porcentaje al que sí les importará? Dime, ¿qué pasa con ellos? —preguntó Elizabeth como si de su respuesta derivaran muchas cosas de allí en adelante.
—Algunos huyen para ser libres o se mueren —respondió él.
Ella asintió.
—¿Y los que no huyen?
—Se acostumbran y aceptan las reglas.
—¿Tú las aceptaste?
Él sonrió con tristeza.
—A veces le prendo fuego al mundo, ese es mi escape.
—Discúlpame, he tocado un tema sensible para ti.
—Y para ti también, por lo que veo. Al paso que vamos, estaremos pidiéndonos disculpas toda la vida.
Eres como un erizo la mayor parte del tiempo.
Bueno, menos en la cama, tendré que tenerte ahí la mayor parte del tiempo, para que escondas tus espinas.
—Ella blanqueó los ojos—. Vamos a hacer un trato, ya que yo no tengo filtro cuando de decir las cosas se trata, puedes hablar conmigo de lo que quieras, no te juzgaré, y espero poder hacer lo mismo contigo. —Le extendió la mano—. ¿Trato?
¿Qué tenía que perder?, se preguntó ella. “Nada”, se contestó, porque le mentiría como condenada. Elizabeth extendió la mano y Nathan se la sostuvo fuertemente esperando su respuesta.
—Trato —respondió por fin.
—Bien, ya que estamos a punto de robar el tren del dinero, vamos a hacerlo a lo grande. Te invito a que hagamos el tour de los gánsteres. A lo mejor conecto con algún antepasado mafioso.
—¿Es en serio? Pensé que un chico como tú me iba a llevar al museo, a comer al mejor restaurante de la ciudad y a un paseo en limosina.
—¿Quieres eso? —preguntó, algo desencantado.
Elizabeth soltó la carcajada.
—Si vieras tu expresión —siguió riendo—. No, claro que no, pero no me llama la atención conocer las fechorías de los mafiosos de esa época, que estoy segura son las mismas de los de ahora. Muéstrame algo que aprecies y con lo que te guste pasar tiempo.
—¿Puede ser alguien?
—Claro.
****
El agente Martínez entró al cubículo de su compañera Linda, que tecleaba un informe a alta velocidad. Él ni siquiera era capaz de usar más que el par de dedos índices, odiaba hacer informes.
—Castillo no fue hoy a trabajar.
—Estará enferma —retrucó Linda, sin abandonar su labor.
—Tengo uno de los novatos haciendo guardia en el vecindario.
—No creo que esté pensando en desaparecer, por los informes, está preparando una colección.
—Uno de los dueños de Joyerías Diamond llegó a visitarla, entró al edificio con globos y algo parecido a un bate. —Linda levantó la vista—. Es el mismo hombre con el que navegó en esa carrera de bote de vela, a lo mejor tienen su rollo.
—¿Quieres que hagamos nosotros la vigilancia?
—Me sentiría más tranquilo, Castillo tiene la capacidad de huir, de camuflarse como toda una experta, recuerda que la última vez tardamos algo de tiempo en encontrarla.
Había sido un golpe de suerte la primera vez que supieron que estaba viva, pues en el bajo mundo se rumoraba que Marcos Rodríguez la había desaparecido, luego fue toda una sorpresa la llamada telefónica que la chica le hizo a su abuela el día que enterraron a la mujer.
Rastrearon la llamada hecha en un pueblo a las afueras de Chicago, meses de pesquisas y vigilancia hasta tener la seguridad de que era ella, el anzuelo que llevaría a uno de los narcotraficantes más buscados ante la justicia de Estados Unidos.
—¿Cuándo la pondremos en la mira de su gente? —inquirió la mujer.
—Hay dos eventos que nos servirían, ya sabes que es reacia a algún tipo de fotografía. La boda del mayor de los King y una convención de joyería en Las Vegas a la que me imagino que asistirá.
—Bien, mejor nos aseguramos que todo está en su lugar, no sea que el pajarito vuele del nido. —Linda se levantó, aseguró su arma al cinto, tomó la chaqueta y salió detrás de su compañero.
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Nathan pasó con Elizabeth por un local de comida dietética donde reclamó una torta de arándanos y después por un puesto de flores donde compró un ramo de margaritas, sin revelarle el destino de los encargos. Curiosa, lo atosigaba a preguntas, pero él se salía por la tangente con algún mal chiste.
Finalmente llegaron al lugar, que resultó ser una casa geriátrica. Al ver la edificación rodeada de jardines y flores, se imaginó que le iba a presentar a algún familiar.
Cuando entraron a recepción y Nathan soltó el nombre de la señorita Selma a la secretaria, Elizabeth recordó que hacía años Eva le había hablado del personaje y su repercusión en la vida de los hermanos King.
—Te voy a presentar a una de las mujeres más importantes para mí, y son bien pocas, déjame decirte.
Elizabeth asintió, sorprendida de que compartiera con ella un espacio tan íntimo de su vida.
Se alisó el cabello, deseó haberse vestido mejor y de pronto se encontró algo nerviosa.
Nathan saludó de manera cariñosa a una de las enfermeras y le entregó la torta y las flores, la joven le dijo que Selma estaba en el comedor y los invitó a compartir el almuerzo con ella.
—La comida aquí es deliciosa —adujo Nathan—, ¿la acompañamos?
—Por mí no hay ningún problema.
A Elizabeth le conmovió sobremanera el que Nathan se arreglara el cabello, se enderezara el pantalón y la corbata antes de entrar a la estancia. Ella sonrió.