CAPÍTULO 10
Nathan salió furioso de la oficina de Elizabeth.
Necesitaba un trago; dirigió sus pasos a su oficina y del mueble bar sacó una botella de whisky, estaba bien que su hermano mayor se hubiera erigido en el guardián de los sentimientos del par de hermanos, pero no era justo para ninguno de los tres ocultar un hecho tan terrible.
La actuación de Ryan y la deshonestidad de Cassandra fueron un duro golpe para Brandon, pero el saber que Anne estaba directamente involucrada, era un duro golpe para él.
Si todo lo que decía Elizabeth era verdad, no entendía cómo se había involucrado con él y como había aceptado volver a trabajar con ellos.
Nathan, a pesar de su forma de ser, era rencoroso, y si algo así le hubiera sucedido, no le hubieran vuelto a ver el pelo en una empresa que hubiera lastimado tanto su proyecto de trabajo y de vida.
Eso sí, les hubiera sacado una buena tajada de dinero y no las migajas que le había ofrecido Brandon, porque los daños morales no tenían precio.
A Elizabeth, por alguna razón, no la movía el dinero y eso era como brisa fresca para él en medio del mundo en que se desenvolvía.
A medida que pasaban los minutos y aumentaba la cuota de licor en su organismo, más creía en las palabras de Elizabeth, su rabia y resentimiento eran genuinos, la mujer era como un polvorín; pues bien, él sería la mecha, así que iban listos a incendiar el mundo.
Pensó en Anne, su fría, elegante y retorcida madre, y fue como si un punzón le hiriera el corazón, ya estaba acostumbrado a la sensación, desde que era un niño y su héroe favorito había perecido de manera irresponsable en una jodida playa griega.
A pesar de vivir en la misma casa, Anne era una madre ausente, su abandono estaba presente en cada rincón de la mansión, él siempre trataba de excusarla, hasta que fue evidente que sus hijos le importaban muy poco, sin embargo, algo hacía que él siempre estuviera cerca de ella, como si tuviera que cuidarla, y su madre no necesitaba que la cuidaran, era como ser el guardián de una víbora, hasta que caías bajo el veneno escondido en sus colmillos.
Si no hubiera sido por Brandon y la señorita Selma, a saber, qué hubiera sido de su vida mientras crecía, ese par era imbatible e hicieron un buen trabajo con él —y también con Mathew— a pesar de su rebeldía y sus locuras, a las que su hermano mayor les ponía freno.
(Claro, siempre que se enteraba de ellas, porque el pobre no era vidente y también tenía una vida que vivir).
A veces lo asaltaba un descontento que no entendía y que combatía asumiendo riesgos, cualquier tipo de riesgo, eran los momentos en que se sentía más vivo.
Hizo un brindis imaginario por Anne y subió los pies en la superficie del escritorio.
Le enfurecía que su madre hubiera atentado contra la felicidad de Brandon.
Eso no podría ser perdonado fácilmente. Su hermano mayor, una de las personas que más amaba en el mundo, su figura y modelo a seguir, siempre tan íntegro, confiable y fuerte como un roble, había llorado con él cuando le habló de su sobrina Sara.
El hombre se merecía toda la felicidad del mundo y así sería, no permitiría que su madre volviera a lastimarlo, aunque eso no quitaba el que estuviera furioso con él.
Hablaría con Mathew, no tenía ningún sentido que su hermano menor no estuviera enterado de lo ocurrido.
—¡Por Dios, esto apesta! —protestó Verónica, tan pronto entró a la oficina a la mañana siguiente—. ¿Estás bien?
Nathan, que se había quedado dormido en el sofá que era parte del mobiliario de la oficina, gruñó a modo de saludo. La cabeza le golpeaba como si tuviera un gong en el cerebro. Se desperezó, se refregó los ojos rojos y se sentó con las manos a ambos lados de la cara.
—Alguien pasó muy mala noche y en pésima compañía. —La mujer señaló las dos botellas y el vaso—. Lo que no entiendo es por qué no lo hiciste en tu casa.
Ella empezó a recoger el desorden, buscando evidencia de compañía femenina. Nathan la miró.
—Estuve solo.
La mujer recogió los zapatos, los puso frente a él y le pasó una botella de agua con dos ibuprofenos.
Luego fue a un mueble, sacó una camisa nueva y una corbata de diferente color a la del día anterior, las colocó en la mesa frente a él y se dirigió al santuario de Nathan, o sea, la máquina de hacer café.
El hombre la miró, sorprendido, cuando le alcanzó una taza con el líquido humeante.
—No te subiré el sueldo.
—Eres un tacaño.
—Yo también te amo.
La mujer resopló y le pasó el azúcar.
—No te acostumbres. ¿Mala noche?
—No tienes idea. ¿Brandon ya llegó?
—No lo sé, lo averiguaré.
La mujer llamó por el móvil a la secretaria de Brandon.
—Acaba de llegar, pero antes ponte decente, tienes varias reuniones hoy y no tienes buen aspecto, parece que en vez de esa cosa hubieras bebido lejía.
Nathan entró al baño y salió minutos después arreglado para enfrentar su día.
En cuanto llegó a la oficina de Brandon, la secretaria le dijo.
—No lo demores mucho, tiene una reunión en veinte minutos.
—Está bien.
Nathan se quedó callado recostado en la puerta y con los brazos cruzados, mientras miraba a su hermano revisar algunos documentos, que señalaba y firmaba.
—¿Qué te pasa? —dijo este al levantar la vista y notar su silencio.
—Me mentiste.
—¿De qué hablas?
—Sobre nuestra madre.
—Mira, Nathan, si ella piensa que poniéndote a ti de intermediario va a lograr acercarse a Eva y a mí, está muy equivocada, y, además, es algo que no te concierne. No sé qué diablos te haya dicho…
—Ese es el quid de la cuestión, no he hablado con ella.
Brandon se echó hacia atrás en la silla, mirando a su hermano con gesto especulativo.
—¿Entonces?
Nathan caminó hacia su hermano con las manos en los bolsillos.
—Tuve una conversación muy interesante con Elizabeth. —Se paró frente al escritorio con gesto furioso.
El rostro de Brandon cambió.
—Te lo dijo —afirmó Brandon.
—Dime que es mentira.
El hermano mayor soltó el lapicero de mala manera encima del escritorio y lo observó ceñudo.
—Ella no tenía derecho a decirte nada.
—¿Hasta cuándo crees que debes protegernos a Mathew y a mí de las realidades del mundo? —preguntó en tono cínico y enfadado, como pocas veces en su vida.
—Hasta que crezcan, tratar contigo es como tratar con un adolescente, ¿de qué te habría servido saber la verdad?
Nathan negó con la cabeza.
—¡Ese es tu maldito problema! Siempre me has subestimado.
Brandon se levantó como un resorte de la silla.
—¡Eso no es verdad! Pero actúas como un jodido adolescente. No creas que no me enteré de tu hazaña del cuatro de julio, la vida no es una fiesta y alguien tiene que estar atento.
—Mathew y yo ya crecimos, con nuestros malditos defectos, para bien o para mal, si yo quiero rebasar el límite de velocidad de vez en cuando, es mi jodido problema, no el tuyo.
—Me preocupo, desde que tengo el mando…
—¡Me importa una mierda si estás o no al mando! Tenía derecho a saber lo que había ocurrido.
—¿Para qué? ¿Qué solución habrías dado? Ella se habría quedado sola y…
Nathan trató de reír, pero solo un leve sonido rompió el silencio.
—Ese es el verdadero motivo, a pesar de los pesares, ella sigue siendo nuestra madre y a tu retorcida manera, cuidarás siempre de ella, ¿es eso?
Brandon se refregó los ojos con los pulgares, seguro ganando algo de tiempo, y segundos después lo enfrentó.
—Esa mujer actuó muy mal, ojalá nunca te enfrentes a algo parecido, amar a alguien y que esa persona no sea quien dice ser y que, a pesar de las sospechas, a pesar de las señales, siempre guardes la esperanza de que todo sean imaginaciones tuyas, porque como dices tú, la amas a pesar de los pesares y por más que sabes que tiene que pagar caro su error, no quieres estar ahí para verlo. Ojalá lo entiendas algún día.
Brandon se acercó al ventanal, mientras observaba los edificios circundantes.
—Ese no es motivo suficiente para habérnoslo ocultado, yo tengo la capacidad de elegir si la quiero o no a mi lado, no tu maldito silencio imponiéndose como si fuera una orden.
—Creí que era lo mejor. —Volvió la cabeza para mirarle—. Volviendo al tema, ¿por qué Elizabeth te lo dijo?
—Quería que le diseñara un botón a mi madre por sus treinta años de labor en esta empresa. Aunque te pese, la dirigió muchos años y me parecía justo rendirle un homenaje. Antes de saber esto, pensaba hacerle una pequeña ceremonia, con los empleados más allegados.
—Sobre mi cadáver —aseveró Brandon.
—Elizabeth pensó igual que tú y por esa razón tuvimos una fuerte discusión.
—Mi madre actuó de manera deshonesta de muchas maneras y con esa pobre muchacha lo fue también, es normal que esté resentida, pasó muchas necesidades estos años, dormía en los sofás de amigos o en hoteles de mala muerte, donde la encontró Mark; realizó muchos trabajos difíciles, y todo porque mi madre, con una simple llamada a ciertas personas, le cerró las puertas, y no solo aquí en Chicago, sino allá a donde iba, pienso que Ryan y ella la tenían vigilada.
Cuando Eva la encontró, hace unos meses, en el mercado Randolf, estaba algo paranoica.
No voy a premiar a nuestra madre por eso y, además, no la quiero cerca de Eva.
A Nathan las palabras de su hermano le encogieron el corazón, ya que, para completar dichas, él la había despedido.
—No entiendo, si tanto te condolió, ¿por qué la recompensaste con tan poco?
Brandon elevó las cejas, sorprendido.
—¿Un cuarto de millón de dólares te parece poco?
—Sí, me parece poco. El daño moral no tiene precio.
—Le devolví su antiguo trabajo —se defendió.
—La despedí durante nuestra discusión.
Brandon lo miró, sorprendido.
—¿Qué diablos…? ¡Tendrás que convencerla de volver!
—Tengo el presentimiento de que es muy orgullosa.
—No es un presentimiento, es orgullosa. Tú lo arruinaste —lo señaló con el dedo—, tú lo arreglas y espero que la mantengas quieta dentro de los pantalones, no es conveniente que tengas una aventura con ella.
—No me digas qué hacer y no tienes autoridad moral para exigirme algo así cuando tú estás de novio con Eva.
—Somos “novios”, no follamigos, no amantes, no lo que sea que ustedes compartan.
—Estoy seguro de que, si no hubieras arreglado las cosas con Eva, no te hubiera molestado tenerla de amante o lo que sea que hayan compartido antes de aclararlo todo.
Brandon volvió a su escritorio y se abstrajo en la lectura de un correo.
—No te hagas el listo conmigo y arréglalo. En cuanto a Anne, no la quiero cerca de nosotros por un buen tiempo, yo pondré los términos cuando desee que cambien las cosas, todo es muy reciente y no quiero alterar a Eva.
—Como ordene su majestad.
—Déjate de majaderías y vete a arreglarlo.
Nathan volvió a su oficina y canceló las reuniones al percatarse de que Elizabeth no se había presentado a trabajar, por lo visto, se había tomado el despido en serio. No quiso indagar más en el departamento de diseño y se dispuso a hacerle una visita.
Elizabeth había llamado a Michael para decirle que estaba algo resfriada y que se tomaría el día.
Le pidió que no le comentara a nadie, solo a Eva, si era absolutamente necesario, o había algún pedido importante.
Luego salió a correr por los alrededores y desayunó en una cafetería cercana.
Los colores del otoño empezaban a hacer su aparición, era la segunda semana de octubre.
Caminó de vuelta a su casa, apenas había dormido la noche anterior.
Mientras daba vueltas en la cama, meditó que tendría que hablar con Nathan, ya que, por alguna extraña razón, Brandon le había ocultado todo lo ocurrido.
Le conmovió la expresión de sus ojos en cuanto se lo dijo, como si alguien hubiera apagado una luz.
Debió quedarse callada, aceptar el encargo y luego haberlo dialogado con Eva, pero como siempre su temperamento volátil había hecho su aparición en el momento más inoportuno.
Al llegar a casa, se duchó y se vistió con un jean y un suéter de hilo de color rosa viejo, las temperaturas habían empezado a descender.
Decidió quedarse en el sofá de la sala y leer la novela romántica que había comprado la semana anterior.
Se preparó un té y después de mirar los mensajes de texto y el correo, se sumergió en la lectura, aunque cada tanto su mente volaba al enfrentamiento.
Tomó el móvil varias veces con el ánimo de llamarlo, pero desistía al momento, recordando la manera en la que la había echado del trabajo, como si fuera su alteza real y pudiera hacer con ella y con el resto del mundo lo que le diera la gana.
Le molestaba sentirse cautivada por un hombre así.
No debería, los hombres que creían tener el mundo a sus pies hacían sufrir mucho a sus parejas, haría bien en recordarlo.
Aunque ya estaba harta de proteger su corazón, el miedo era su barrera de protección, evadía a toda costa el sufrimiento por amor.
Del desconsuelo de la vida en general había tenido toneladas, por eso era reacia a entregar el corazón, era el único espacio protegido, donde se erigía una muralla que la resguardaba del dolor.
Sabía que era un acto de inmadurez, pero también sabía que, al no entregar su corazón, protegería a la persona que se acercara.
El timbre de la puerta la sacó de sus reflexiones.
Meditó que sería la señora Fiorenzi, una anciana de ochenta años de temperamento fuerte, que se había presentado la semana anterior con una bandeja de galletas.
A lo mejor se preocupó al no verla salir, ya que se había erigido en la guardiana del piso: al no tener nada más que hacer, vivía al pendiente de las horas de salida y llegada de todos los vecinos, desde lo ocurrido un par de años atrás, cuando uno de los inquilinos había fallecido de un infarto y no lo descubrieron sino tres o cuatro días más tarde.
Elizabeth solo rogaba porque el muerto no hubiera sido el inquilino de su departamento, pero no se atrevía a preguntar.
Al abrir la puerta, dio de lleno con más de media docena de globos blancos, que rezaban en resaltador negro: “Perdóname, soy un completo estúpido”.
Al lado había un bate envuelto en papel transparente y marcado también con resaltador a todo lo largo: “Soy perfecto para cabezas duras”, y en medio de todo eso, estaba la cara sonriente de él.
Nadie se había tomado tantas molestias con ella en mucho tiempo y la barrera que protegía sus emociones se resquebrajaba a cada segundo que Nathan King se cruzaba en su camino.
Él, con su sonrisa diabólica, le extendió los globos y el bate, y a ella el corazón le empezó a batir a ritmo de tambor y supo que estaba en problemas.