HERMANOS KING CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—No quiero más conversación —sentenció seria, y se dio la vuelta, asustada de pronto, porque las palabras de Nathan, lejos de provocar darle una reprimenda por pagado de sí mismo, la enternecían—. A lo mejor debería retractarme.

—No. Lo quieres, ahora. Noto tu piel erizada y estás ruborizada…

La mano de Nathan se cernió sobre su muñeca y bajando la escalerilla del yate con celeridad, llegaron hasta la puerta del camarote.

Él la abrió con brusquedad y en cuanto estuvieron dentro, la sostuvo por la nuca y la reclamó con un beso brutal.

Ni siquiera la llevó hasta la cama, la arrinconó contra una pared mientras la tocaba por todas partes, cayó al piso de rodillas al tiempo que le quitaba el pantalón corto y ella se deshacía ansiosa de los zapatos tenis y de la camiseta.

En cuanto le bajó la ropa interior, pegó la nariz a su sexo.

—Quiero devorarte —dijo abrazado a su cintura y con una mirada repleta de promesas.

Hundió su boca anhelante en medio de sus piernas y los gemidos de Elizabeth reverberaron por toda la habitación.

Así permanecieron durante largos minutos, embriagados de pasión mientras él enterraba la cabeza más y más, y la recorría con labios y lengua ansiosos.

Ni siquiera se detuvo cuando ella jaló de su cabello y lo pegó más, ni siquiera cuando sintió que llegaba a una liberación de ondas profundas y gemidos pronunciados.

Nathan la devoraba con glotonería, como si no tuviera suficiente y necesitara embriagarse del aroma y el sabor de su sexo.

Poco a poco y con caricias suaves, se separó.

Elizabeth tenía los ojos cerrados y la respiración aún agitada, en cuanto Nathan se puso de pie, ella le devoró de nuevo la boca mientras forcejeaba con la cremallera del pantalón y escuchó su gemido de gusto en cuanto le tocó el miembro, largo y duro. Ella enroscó las piernas a su cintura.

—Condones —dijo.

Nathan la llevó hasta la cama y la tumbó en ella, mientras miraba el sonrojo de su rostro y pechos, se desvistió con celeridad y torpeza, y observó cómo ella se quitaba el sujetador.

Rebuscó en la mesa de noche y encontró un paquetito que rompió con los dientes, se puso el condón con premura.

Le cubrió la cara y la boca de besos salvajes e insaciables.

La penetró con apremio, con fiereza y sin contemplaciones.

Como si alguien fuera tras ellos y esa fuera su única oportunidad de gozar de ella, apenas podía pensar y se prometió que más tarde la acariciaría, la besaría y le hablaría.

La acometió una y otra vez, perdido en la tibieza femenina y la estrechez.

La primera contracción, inicio del clímax de Elizabeth, bastó para sacudirlo en el orgasmo más intenso que había experimentado en muchísimo tiempo.

Segundos después yacía desplomado encima de ella con el corazón enloquecido y medianamente satisfecho.

—No fue así como lo planeé, lo juro —murmuró, agitado y con tono de voz áspero.

—No necesito flores ni violines. Estuvo perfecto para lo que ambos buscábamos —dijo Elizabeth con la respiración acelerada.

Luego le jaló el cabello y lanzó una risa muy de adentro, femenina, a la vez que le besaba el cuello, y ese gesto lo dejó sumido en un gran placer.

La mujer le causaba una viva curiosidad, a lo mejor eso era lo que lo mantenía interesado.

Mathew diría que encoñado, no lo sabía, a lo mejor también eran sus curvas, el olor asesino que lo llevaba loco, o esa sensualidad que no había visto en ninguna otra mujer.

Si quería seguir eludiéndolo, se llevaría una gran sorpresa.

—Dime que te has tocado pensando en mí. —Y otra vez esa risa que se la puso dura de nuevo.

—Podría preguntar lo mismo —retrucó ella.

—Claro que me la he sacudido por ti, más veces de las que me gustaría admitir.

Ella se quedó pensativa.

—Vamos, no eres de las cobardes, admítelo.

Sonrió.

—Está bien, pero no te hagas ilusiones, estas confesiones se quedan solo para la cama. Sí, me he tocado pensando en ti.

Una emoción algo primitiva alcanzó a Nathan y tuvo unas ganas inmensas de marcarla de alguna manera, de no usar condón esa segunda vez, de dejar su semen en ella y que llevara en su interior algo suyo.

Que cuando caminara por los pasillos de la empresa la asaltara alguna molestia y recordara lo que era tenerlo dentro.

Ahuyentó los pensamientos tan pronto como llegaron.

No se conocía y no tenía interés en profundizar en aquello por ahora.

La poseyó de nuevo, con más ternura y más controlado.

“Estas confesiones se quedan solo para la cama”.

Esas palabras encerraban algún tipo de acuerdo.

A lo mejor, esta no sería la última vez, se dijo Nathan, antes de caer en un sueño profundo.

Las siguientes semanas, Elizabeth huía de Nathan como de la peste y el joven decidió dejarla en paz.

Nada que él no hubiera previsto, y aunque se sentía cada vez más atraído, también tenía su orgullo.

Se dedicó a ir de fiesta y a reunirse con sus amigos en las tardes del verano, que ya tocaba a su fin; era como si la pandilla de fiesteros quisiera prolongar por un tiempo más la diversión.

Con Brandon a punto de dejar la soltería, Nathan se había convertido en el chico de oro de la élite de Chicago, como otrora su hermano, y la prensa rosa y amarilla no se cansaba de relacionarlo con cuanta modelo, actriz o heredera frecuentara la misma fiesta.

Él, que había crecido en ese ambiente, apenas le prestaba atención a las mentiras que se publicaban, seguía trabajando como siempre y haciendo la vida social a la que estaba habituado, pero sin sentirse realmente atraído hacia alguna mujer, por más que de dientes para afuera mostrara el mismo entusiasmo.

La negativa de Elizabeth de volver a compartir su cama le molestaba y como un niño petulante buscaba pegas en cada reunión en que la diseñadora mostraba su trabajo, tanto, que hasta Brandon había tenido que intervenir.

Elizabeth apenas podía disimular la ola de celos que la asaltaba cada vez que veía alguna de esas publicaciones.

Para su orgullo era lamentable y no lo reconocería ni siquiera bajo el más cruel de los castigos, pero lamentaba que Nathan hubiera dejado los requiebros de lado.

Aunque su razón le dijera que era lo mejor y que tenía que seguir con su vida, a su corazón ya no le parecían válidas las razones.

Hasta que una tarde, uno de los talladores, un hombre de mucho talento, y diseñador como ella, pero formado en talla en las mejores escuelas de Europa, la invitó a tomar algo después del trabajo.

Ella no se planteaba tener algo con el hombre, pero sí quería empezar a cultivar amigos dentro de la empresa.

Llevar por momentos el espejismo de una vida normal. Además, el tallador era muy amable.

El hombre había ido por ella a la oficina.

—Patrick —saludó Nathan, que iba rumbo al elevador, en cuanto lo vio en el pasillo frente a la oficina de Elizabeth.

—Nathan —contestó el saludo Patrick y le dio la mano.

Nathan abrió la puerta de la oficina de diseño para que entrara, imaginó que tendría que hablar con alguien del área, ya que los dos departamentos estaban en constante comunicación.

—No te preocupes, estoy esperando a Elizabeth —dijo con talante nervioso, mirando la hora en su reloj.

Nathan reparó en que el hombre vestía traje y corbata, y no la bata que usaban en el taller de talla, y cayó en cuenta de que a lo mejor era una cita. Lo miró con disimulo, con la piedra de los celos asentada en el estómago.

Elizabeth salió poniéndose una chaqueta y regalándole al hombre una luminosa sonrisa, antes de percatarse de que Nathan estaba unos pasos de ellos. Lo miró sorprendida.

—Nathan…

—Elizabeth —saludó, respetuoso, pero con un brillo furioso en la mirada.

—Si me disculpas —dijo ella y pasó de largo.

Nathan se volvió, ya dispuesto a irse, pero en un momento se quedó quieto y dio la vuelta, como si recordara algo importante.

—Me apena interrumpir su salida, pero hay algo urgente de lo que me gustaría hablar contigo antes de que te vayas. —Se dirigió exclusivamente a ella, sin dejar de mirar cómo su gesto cambiaba de especulativo a furioso. A Nathan no le importó.

Elizabeth miró la hora en el reloj.

—Lo siento, Nathan, lo que sea que desees comunicarme, estoy segura de que puede esperar hasta mañana.

Patrick quedó sorprendido por la beligerancia utilizada por Elizabeth hacia Nathan, ya que nadie negaba un pedido a alguno de los jefes y más si eran los dueños de la empresa.

—No te preocupes —dijo el tallador—, podemos tomar algo otro día, si Nathan dice que es importante, yo los dejo trabajar.

Nathan sonrió entre dientes, mientras el hombre se despedía con celeridad tan pronto se abrieron las puertas del ascensor, ante una estupefacta Elizabeth.

En cuanto estas se cerraron, él la tomó del brazo.

—Lo creía más valiente. Ningún jefe me impediría salir contigo.

Ella se soltó de mala de manera, plantándose en su lugar.

—Eres un retorcido.

—Las ventajas de ser el dueño.

—No estamos en la Edad Media ni en la época de la esclavitud, Nathan King.

—Acompáñame a la oficina.

—No voy contigo a ninguna parte.

—Necesito consultarte algo, es personal.

Ella oprimió el botón del ascensor.

—Esperarás a mañana.

—¿Te acuestas con él?

Ella lo miró estupefacta.

—No te incumbe. Me imagino que, a tu nueva conquista, la actriz de esa mala película que vi en Netflix hace un par de noches, no le gustaría saber que me estás haciendo esa ridícula pregunta.

—Empezó a golpear el piso con el zapato mientras lo miraba con un fuego en los ojos que provocó en Nathan el deseo de arrinconarla contra la pared y besarla hasta que la hoguera de su mirada lo quemara sin compasión—.

O a lo mejor la hija de no sé qué magnate de las comunicaciones con la que te vieron de paseo en el lago.

Se calló de pronto, avergonzada de su ridículo reclamo.