CAPÍTULO 9
Llegaron al muelle donde estaba anclado un yate mediano, en uno de cuyos laterales iba impreso el logo de las joyerías. Al lado de la embarcación, varado en tierra, había un bote de vela ligera listo para su uso.
Elizabeth le había pedido a Nathan pasar por su departamento, donde cambió su atuendo, en tiempo récord, por unos shorts de jean, una camiseta de algodón con la imagen de una calavera en su pecho y unos tenis de lona que habían conocido mejores tiempos.
Se amarró el cabello en una cola de caballo alta y se puso sus gafas de sol.
A Nathan le pareció adorable, le miraba las estilizadas piernas de tanto en tanto.
Tony, uno de los empleados del muelle, se acercó tan pronto vio al hombre dirigirse a la orilla. Era una hermosa tarde de finales de verano, con el cielo sin nubes y los reflejos de la luz solar dando un color indefinible al agua del lago.
—Señor King —saludó al empresario—, ¿decidió participar en la carrera?
—No, Tony, vine a dar una vuelta en yate.
Nathan observó el panorama de yates anclados y, más allá los botes de vela, listos para el inicio de la competencia, el recorrido en forma de triángulo estaba marcado por boyas de colores.
—Tendrá que bordear el lago, señor King, antes de que empiece la competencia. Si desea participar, aún puede apuntarse, si tiene un buen tripulante. —Miró a Elizabeth de refilón—. Yo podría ir con usted.
Elizabeth escuchaba el intercambio mientras observaba el paisaje de veleros extendidos en un perímetro del lago. Nathan la miró.
—No, Tony, gracias, hoy la dama y yo pasamos.
—Sería interesante —aventuró Elizabeth.
—¿Has practicado este deporte alguna vez?
—Sí, lo he hecho.
Nathan la miró sorprendido.
—Algún día tendrás que contarme algo de tu vida. Si quieres participar, por mí no hay problema. —Se dirigió al joven—. Tony, averigua si estamos a tiempo y saca los chalecos salvavidas del yate. Serás mi copiloto.
Ella lo miró confusa.
—Yo seré tu capitán —refutó ella—, ¿tienes algún problema con eso?
Él volvió a sorprenderse, ninguna de las mujeres que circundaban su vida le había plantado cara, a lo mejor por eso se aburría tan rápido.
—No tengo ningún problema con las mujeres líderes, me gustan. —Si era honesto consigo mismo, debía ser consciente de que sí había un jodido problema y era la de lograr controlarse, pues pensar en Elizabeth dirigiendo la justa lo excitaba y mucho—. Estoy a su disposición, capitán —ronroneó.
Ella negó con un gesto y blanqueó la mirada.
Tony volvió minutos después con las inscripciones y los chalecos salvavidas. Nathan le entregó el control del velero sin problema.
En cuanto el bote estuvo en el agua, Elizabeth saltó con agilidad y se ubicó en una de las aletas de la popa, donde debía ir quien dirigía el recorrido, que no sería muy largo.
Nathan calculó que en una hora recorrerían la distancia, mientras ella lucía concentrada estudiando hacia dónde se dirigía el viento, para así izar las velas según conviniera.
Él revisó que la vela de proa y la de popa estuvieran en buen estado y con los aparejos completos, y se ubicó en su lugar.
Elizabeth llevó el velero al punto de partida.
La mujer era todo un espectáculo concentrada en los nudos que llevaba el viento.
En un momento dado se levantó y se extendió perpendicular a una de las velas, y él se perdió en sus torneadas piernas, que lucían un poco más bronceadas que la última vez que las había visto alrededor de su cintura.
Ondearon las banderillas de colores en los diferentes tiempos, hasta que todos estuvieron listos en la línea de salida.
El encargado de la competencia dio el grito de inicio con un megáfono, rompiendo así la tensión que se había creado en el estómago de Nathan ante la figura de Elizabeth.
El hombre, que era un navegante experto, se percató de que la chica era una nauta práctica e intuitiva, que orientó las velas siempre en dirección este, que era a donde se dirigía el viento en esa ocasión.
A medida que avanzaban en el recorrido y franqueaban las boyas fondeadas, se dieron cuenta de que dejaban atrás varias embarcaciones.
Elizabeth estaba seria, le daba instrucciones a Nathan de jalar y soltar las velas dependiendo del recorrido y de la ruta del viento, y soltaba una que otra palabrota cuando alguien los alcanzaba.
Se volvió una cuestión de orgullo para ella llegar en los primeros lugares, y a medida que se acercaban a la última boya, la observó cambiar a una actitud concentrada y fría.
Sabía qué hacer en todo momento, en el instante en que logró un ritmo regular, nada la sacó de allí, con sigilo y efectividad aumentó la velocidad y se puso a la cabeza de la competencia.
Nathan la dejó hacer lo que quiso, estaba más interesado en observarla, la comparó a un guerrero letal y silencioso y se moría de curiosidad por saber cómo había llegado a convertirse en ese tipo de persona y, lo más importante, por qué lo ocultaba.
Estaba sorprendido y encantado. Lo asaltó la urgencia por saber de su vida, quiénes eran sus padres, cómo fue de niña, cuál era su comida favorita, quién le dio el primer beso, y con qué tipo de gilipollas perdió la virginidad.
Necesitaba saberlo todo, conocerlo todo y luego lo invadió el deseo de apropiarse de ella, de su cuerpo y de su corazón, y que sus ojos lo miraran con algo parecido al amor.
En cuanto atravesaron el punto de meta y soltaron las velas para bajar la velocidad, él se acercó a ella por detrás, le aferró la cintura, le dio la vuelta, y sin importar su gesto sorprendido, le devoró los labios en un beso matador.
Minutos después de compartir la caricia, el rostro de Nathan se separó un poco, sin dejar de sostenerle la barbilla con el pulgar y el índice.
Ella le sonrió, al tiempo que caminaban hasta el podio, cogidos de la mano, a reclamar su premio entre vítores y aplausos.
Nathan observó a un par de jueces hablar con ella sobre su pericia en el deporte, llevaba el rostro iluminado y se felicitó por la buena idea de haberla traído esa tarde al lago.
En cuanto se desprendieron de la gente, la invitó al yate.
A Nathan no le pasó desapercibida su negativa a dejarse tomar fotografías y su disimulo ante la insistencia del fotógrafo del evento, otro interrogante más que guardó en su lista mental.
Tony, siguiendo las instrucciones del joven empresario, había preparado una mesa en la cubierta del yate, arreglada con un mantel blanco donde reposaba una botella de champaña en una artesa con hielo y varios platos repletos de frutas, quesos y una miscelánea de carnes frías y frutos secos.
Elizabeth, con la adrenalina a tope por la victoria y aún emocionada por el trofeo, acarició el mantel y de pronto se volteó a mirarlo, el corazón de Nathan dio un vuelco, al ver que el sol jugaba con el cabello de la mujer, dando un efecto muaré.
Nunca le pareció tan hermosa como en ese momento.
Era toda una guerrera, atormentada por lo que resguardaba su corazón, pero guerrera, al fin y al cabo.
No importaba, él tenía la paciencia de un ensamblador de piedras preciosas, algún día lo sabría todo de ella.
Elizabeth lo miró a la cara y una corriente erótica los atravesó.
“No, Elizabeth”, se dijo, “no, es muy mala idea”.
Llevaba mucho tiempo sin estar en una relación, lo efímero era lo mejor para ella, y con Nathan en su mismo entorno, las cosas podían complicarse.
Su vida era un caos en muchos aspectos y sabía que no debería dejarse llevar, pero estaba aburrida de estar sola.
Se dijo que eran adultos, que nadie saldría lastimado, se prometió que sería una vez más y luego saldría de su sistema.
Nathan tampoco era un hombre de relaciones largas o de compromisos.
Le dio la espalda mientras observaba las nubes de colores indefinidos, mezcla de lavanda, rosa y dorado, trataba de definir cómo se llamaría ese tono efímero del atardecer en caso de tener nombre.
Nathan se acercó tanto que ella sintió el calor que emitió su cuerpo. Se arqueó, buscando encajar con él. Los labios del hombre se apoyaron en su oreja y le habló en tono de voz tenso, mientras sus manos ascendían dentro de la camiseta y tocaban la piel suave del contorno de la cintura.
—Deja de pensar.
—Te deseo —manifestó ella en un tono que fue música celestial para los oídos de Nathan.
El hombre inspiró fuerte.
—Te tengo tantas ganas que la primera vez será muy físico y rápido, no hallo la hora de enterrar mi polla en ti. Te compensaré, te lo prometo y a lo mejor esta será la cura para que superes el bache creativo.
Ella soltó una carcajada y se dio la vuelta. Los ojos de Nathan, como pozos oscuros, escrudiñaban cada centímetro de su rostro.
—Eres un desvergonzado y más te vale que funcione.
Nathan recorrió con la nariz lo que minutos antes había recorrido con su mirada.
—Me encantaría follarte aquí y que todo el mundo lo viera.
—A mí también —señaló ella, refregándose contra él, lo que ocasionó un gemido estrangulado por parte de Nathan.
—Por qué no me sorprende —le habló sobre los labios—, pero no quiero terminar en una jodida comisaría.
—Cobarde.
Nathan se separó de ella, no sin antes darle una palmada en el trasero.
—Algún día, hermosa, te follaré contra el vidrio del ventanal de mi oficina y daremos un buen espectáculo.
Quiso preguntarle qué la había llevado a cambiar de decisión, pero decidió no tentar su suerte, aún la notaba reticente.
Ella, como si adivinara lo que él le iba a preguntar, llevó un dedo a sus labios.
Un par de pensamientos subidos de tono la asaltaron.
Nathan debajo de ella y en medio de sus piernas, regalándole el cielo.