HERMANOS KING CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Elizabeth salió al pasillo y se dirigió al ascensor, luego recordó el beso y miró de refilón a Nathan —que hizo un gesto burlón, a lo mejor recordando la misma escena—, y se dirigió a paso veloz hacia las escaleras.

—¿Estás loca? —Nathan caminaba a su lado—. Son quince pisos.

—No me dejas otra alternativa.

Él se adelantó y quedó frente a ella.

—Te prometo que no te besaré otra vez en el ascensor.

—¿Así como me prometes no entrar a un baño donde yo esté nunca más?

—Palabra de scout.

Elizabeth entrecerró los ojos.

—¿Por qué tengo la impresión de que nunca has sido boy scout?

—Eso no podrás saberlo si no estás interesada en conocerme un poco más, es más, te brindo esa oportunidad. Llegó a mis oídos que estás atravesando por un bache creativo.

Ella frunció el ceño.

—¿Quién te lo dijo y eso que tiene que ver con el tema de los niños exploradores?

—No cortarás la cabeza del mensajero, lo siento. Te propongo mejor una salida, podríamos ir a navegar, hacer algo de ejercicio, estoy seguro de que el sol te despejará la mente, o si quieres, podríamos acampar y así apreciarías mis habilidades como chico explorador.

Elizabeth lo miró con los ojos entrecerrados. Michael pasó a su lado y Elizabeth lo tomó del brazo en el preciso momento en que el elevador abría sus puertas.

—Acompáñame al primer piso —rogó al joven.

Michael miró a uno y a otro.

—Está bien.

Nathan les sostuvo la puerta con una sonrisa burlona, mientras el par de diseñadores entraba al ascensor.

Le alcanzó a deletrear a Elizabeth “cobarde”, y ella encogió los hombros, restándole importancia al gesto.

Michael, que había olfateado que algo pasaba entre ellos, no despintaba detalle de uno y otro.

Al llegar al primer piso, y salir del ascensor, Nathan se quedó detrás de Elizabeth mientras la escuchaba impartir órdenes de último minuto.

Era agradable verla caminar, el balanceo de sus caderas lo llevaba por el recuerdo de la suavidad de su piel y de lo que se sentía al estar dentro de ella.

En cuanto Michael se despidió, caminó hacia la salida y la alcanzó. A Elizabeth no le quedó más remedio que caminar a su lado.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —preguntó ella mirándolo de reojo y ya resignada a su presencia.

—No —contestó con las cejas levantadas—, ya todo está hecho, el sol, el cielo, las estrellas y el hombre.

Elizabeth resopló fuerte.

—No sé cómo te soporta la gente, tus hermanos, ¿cómo diablos lo hacen?

Él le regaló su gesto de chico bueno, ese que convencía a la señorita Selma de brindarle galletas antes de la cena. Era el único de los tres hermanos que lo lograba.

—Sal a navegar conmigo y lo descubrirás.

La idea la tentaba, para qué negarlo. Elizabeth era una persona que abría su corazón a contadas personas, la soledad, el llegar a un país extraño y tratar de labrarse un futuro, amén de otras experiencias, la hacían desconfiada.

No brindaba sus sentimientos con facilidad.

Su club de amores tenía cerradas las inscripciones y no tenía intenciones de abrirlas.

A pesar de toda la chulería de Nathan, tenía que reconocerle cierto halo de decencia, el hombre se preocupaba por ella, así solo fuera por lograr de nuevo un revolcón.

No entendía por qué estaba tan encaprichado, las mujeres no eran un problema para él.

A lo mejor era como un niño, quería el juguete que no podía tener y a ella no le gustaba que llegara con su sonrisa y su talante, y pusiera su alma en desorden.

No era justo para lo que deseaba construir.

Estar al lado de Nathan King era como vadear aguas turbulentas con el temor de morir ahogada o sucumbir al ataque de un tiburón.

—Vamos, preciosa, dame algo, un hombre no puede pelear si no ve algo de luz al final del camino.

Cuando Nathan la miraba así, a ella se le aceleraba el pulso y lo único que deseaba hacer era jalar su corbata, empinarse y devorarle los labios en un beso que no olvidara nunca.

Desafortunadamente, ese impulso tenía que quedarse donde estaba, no le alimentaría el ego a límites estratosféricos.

Mientras tanto, ¿por qué no divertirse en el proceso?

—Está bien, iré contigo —claudicó.

—No te arrepentirás.

—Eso lo veremos.

Él le dedicó una media sonrisa diabólica en respuesta.

****

John Martínez caminaba a paso lento por los pasillos de las oficinas de la agencia estatal de investigaciones en Chicago, el repiqueteo de sus pisadas era el único sonido que se escuchaba a lo largo de la estancia.

Abrió una puerta y entró a una sala de reuniones donde lo esperaban sus compañeros Tommy Marshall y Linda Medina.

John, un hombre de tez blanca, cabello negro y ojos oscuros de mirada astuta, tiró la carpeta en medio de la mesa.

—Es ella.

Linda se apresuró a aferrarla y la abrió con celeridad, varias fotografías de Elizabeth saltaron de pronto, en una de ellas, trotaba en un parque; en otra, entraba al edificio de Joyerías Diamond.

—¡Por fin! María Fernanda Orjuela, será un enorme placer ponerte las manos encima, nena —sonrió sobre una de las fotografías Tommy Marshall.

—Eso se escuchó demasiado retorcido para mi gusto —se burló Linda.

John los observó con un asomo de impaciencia.

—Si ya dejaron los comentarios de series de televisión, podremos empezar a dilucidar cómo será el acercamiento, me revienta tener que decírselo a los cabrones de antidrogas.

Linda levantó la mirada de los documentos. Era una mujer de unos cuarenta años, trigueña, de ojos verdes y cuerpo en forma.

—Es el protocolo. Nos quitarán la investigación enseguida.

—¿Qué sugieres para retrasar un poco las cosas? —preguntó Tommy, taladrándolo con la mirada.

—Investigar un poco más, no estar seguros de nada, andar tras cada uno de sus pasos y antes de que lleguen esos cabrones a robarnos el crédito, podremos tender el anzuelo para que quien de verdad nos interesa venga tras ella —contestó John.

—¿Antes o después de avisarles a ellos? —terció Linda.

—Tiene que ser casi al mismo tiempo, tampoco podemos retrasarlo mucho, en cuanto tengamos el anzuelo rollizo y listo, se los daremos a las pirañas, esperemos que cuando todo acabe, quede algo de él —volvió a la carga John.

—Todo tiene que ser veraz o no caerá en la trampa —repuso Tommy enseguida, dándole un golpe con el dedo a una de las fotografías.

—Mi padre decía que los anzuelos de pesca son el elemento clave que nos permite mantener contacto directo con el pez. A partir de ahí, el anzuelo para pescar ejerce un papel notabilísimo en el comportamiento del engaño —dijo Linda.

—Tu padre tiene toda la razón —afirmó John.

Tommy empezó a leer en voz alta la información contenida en el grueso legajo.

—Elizabeth Castillo, nombre verdadero María Fernanda Orjuela, veintisiete años, colombiana, diseñadora de joyas, soltera y sin compañía estable hasta el momento.

Trabaja como jefe de departamento de diseño en Joyerías Diamond desde hace mes y medio.

Cinco años atrás salió de la empresa por robo de propiedad intelectual.

—El hombre pasó los documentos a sus compañeros—.

Aquí están las pesquisas de esos años, trabajó en diversas actividades, ya que la familia King, dueña de la joyería donde se cometió el ilícito, la colocó en la lista negra, pero parece que todo fue un malentendido y la joven fue resarcida económicamente.

Aparte de su delito de falsa identidad, no tiene más cargos en su haber, ni siquiera una multa de tráfico, se ha mantenido lejos del radar, como si quisiera pasar desapercibida.

—Con esa bella familia, cualquiera lo haría —interrumpió Linda la diatriba de su compañero.

—Es de gustos austeros —prosiguió John—, y por lo que hemos concluido, no tiene nada que ver con los negocios de su padre.

—¿Sabe su padre donde se encuentra? El único que ha estado pagando por información sobre ella es Marcos Rodríguez.

—Elizabeth Castillo se ha convertido en la única oportunidad de poder echarle el guante a Javier Orjuela, y si Marcos Rodríguez cae también, mucho mejor. Recuerda al agente antidrogas desparecido en uno de sus restaurantes en Medellín —aclaró Tommy.

—Eso aún no se ha probado.

—Parece que la señorita Castillo tiene cuentas que ajustar.

—John se quedó pensativo unos momentos. Podría echarle el guante en ese instante y procesarla por suplantación de identidad, pero para el gobierno del país era más útil así, en libertad, aunque al final, la chica terminaría pagando, ya fuera en este o en el otro lado de la ley.