CAPÍTULO 8
Unos días después de la presentación, Eva y Elizabeth salieron juntas a almorzar.
Entre el trabajo de ambas y los compromisos sociales de Eva, era poco el tiempo que podían compartir.
Eligieron un restaurante italiano a pocas cuadras de la oficina y caminaron hasta el lugar.
Corría la tercera semana de agosto y el verano seguía su rumbo en todo su esplendor.
Conversaban de los diseños de la colección, habría una última reunión y luego entre el departamento de diseño y el de marketing escogerían cada una de las joyas de las que se haría el muestrario en el taller, para luego crear el catálogo de la próxima temporada.
—Brandon insiste en darme una tiara de diamantes como parte de mi regalo de bodas —adujo Eva—. Ni siquiera había contemplado esa idea.
—Ya tengo varios diseños listos. El hombre quería darte una sorpresa, acepta todo lo que te quiera dar.
—Quiero algo sencillo, no me gusta llamar la atención.
Elizabeth soltó una carcajada.
—Querida, ya llamas la atención, con ese porte y ese cutis al estilo Grace Kelly, llevas a Brandon de narices y me alegra muchísimo. El muy cabrón se merece la cruz del matrimonio.
—Nunca podrás perdonarlo, ¿verdad? —Eva tomó su mano y la sostuvo con gentileza.
—Digamos que ya no me es tan antipático —contestó en tono dubitativo, sorprendida de sí misma.
El mesero se acercó con una botella de vino suave y sirvió dos copas, las jóvenes brindaron por la próxima boda. Ordenaron pastas y algunas entradas.
—Bueno, pero no es de Brandon ni de mí que quería hablarte, quiero saber cómo te has sentido, por favor. —Eva puso las manos en forma de ruego—. Dime que estás contenta con el trabajo y que valió la pena perseguirte por todo Chicago para convencerte.
Elizabeth sonrió, estaba más que contenta, había recuperado su pasión y un buen trabajo, aunque este se cruzara con el hombre de mirada oscura y sonrisa sucia que prometía cualquier cosa y que se aparecía en sueños para tentarla.
—Estoy muy bien. —Tomó un pan de la cesta que acababan de llevar a la mesa y lo regó en aceite de oliva; lo que más disfrutaba, aparte de su trabajo, era la comida—. Sabes que amo lo que hago, lo disfruto.
—En eso te pareces mucho a Nathan, los veo tan contentos, tan llenos de energía y de gran actividad, es genial disponer de gente entusiasta alrededor.
—El diseño es como una prolongación de mí, siempre estoy creando.
Así no trabajara en Joyerías Diamond, no he dejado de llenar agendas con dibujos; pienso que eso me salvó de no perder la cordura, de no perderme a mí misma el tiempo que estuve alejada de este tipo de trabajo.
Y a la larga nos beneficiamos todos, porque pude crear una colección en tiempo record.
A Eva le abismaba ver ese ardor y entusiasmo capaz de contagiar al más perezoso.
Ella y Nathan eran activos muy valiosos para Joyerías Diamond y se felicitó por la adquisición de Elizabeth.
Saltaron de un tema a otro, hasta que Eva, envalentonada con dos copas de vino, decidió meter el dedo en la llaga.
—¿Qué pasa con Nathan?
Elizabeth disimuló el desasosiego que le ocasionó la pregunta de la ejecutiva.
—Nada, que yo sepa, he cruzado un par de palabras con él en todo este tiempo. —“Además de besarme hasta la asfixia”, caviló.
—Noto cómo te mira en cada reunión —bajó el tono de voz—, y también cómo lo miras tú. Ten cuidado, es mi cuñado y lo adoro, pero no se toma las cosas muy en serio y no quiero que salgas lastimada.
Elizabeth soltó esa risa sarcástica que ya Eva empezaba a conocer y que al igual que la de Nathan, escondía las verdaderas emociones.
—¿Lastimarme? ¿A mí? —Se señaló, negó con la cabeza y chasqueó los dientes—. Tendría que estar enamorada, no te preocupes, a pesar de ser una delicia para los ojos, no es mi tipo. Tuvimos un rollo de un par de noches antes de volver a trabajar con ustedes, nada memorable.
Eva levantó las cejas, sorprendida de su admisión.
—Algo me comentó Brandon. Nathan es el tipo de todas, no sé si me entiendes.
—Fuerte y claro. Y ahora volvamos a la tiara.
Elizabeth necesitaba distraerse de la punzada de decepción que la asaltó por el comentario hecho sobre Nathan.
Ella lo sabía, no era ninguna niña crédula, pero a ratos se permitía soñar con qué pasaría si él se enamoraba de ella.
Se despejó enseguida, el vino la afectaba, no era buena compañía, la ablandaba, la hacía soñar cosas que no podía ni tenía derecho a tener.
Nathan King debía quedarse en el lugar en el que estaba, sería una tonta si le permitía acercarse.
—Muchas veces en mi niñez soñé con ser una princesa, es tan lugar común, ¿no te parece?
Recibí mi primera tiara a los seis años para mi fiesta de cumpleaños, era de piedras falsas y muy llamativa, estaba tan emocionada que casi no me voy a la cama esa noche —dijo Eva con tono nostálgico—. Tal vez no sea tan mala idea.
Elizabeth se quedó mirando el fondo de la copa, perdida en el recuerdo de su primera tiara de diamantes y oro blanco, a juego con unos pendientes y una cadena.
A diferencia de Eva, su recuerdo era amargo, tenía diez años y ese día su hermano mayor había muerto de manera violenta.
Ahuyentó los pensamientos con la misma rapidez con que habían llegado.
—Estoy segura de que ni la ropa elegante, ni las joyas, ni mucho menos las coronas de diamantes nos aseguran una especie de sortilegio de la felicidad, pero tu hombre es el maldito rey de diamantes, y tú tienes que verte como su reina, y si el muy jodido quiere vestirte en piedras preciosas, tú simplemente se lo agradeces en la cama con lo que más disfrute y todos felices.
Eva soltó la carcajada.
—Está bien, veré esos diseños y escogeré hoy mismo. Quiero algo sencillo.
—Si son diamantes, no vale la pena hacer algo invisible.
—Tampoco una tiara como la de Kate Middleton o Megan.
—No, querida, la tuya será mucho más hermosa, porque la estoy diseñando yo.
—Reitero mi opinión, te das la mano con Nathan, ustedes son muy parecidos.
—Eso está por verse.
Las semanas previas a la boda, Elizabeth tuvo un bache en su proceso creativo.
Nada de lo que creaba le parecía suficientemente bueno para figurar en la colección y el tiempo de la reunión final se acercaba.
Michael y el resto de personal de su departamento no lo entendían, los diseños eran excelentes, pero a medida que pasaban los días, se acrecentaba su descontento.
Esa tarde miró de nuevo los diseños y decidió que se tomaría el resto del día libre, necesitaba despejarse, cambiar el entorno o no progresaría en nada.
La flor, el regalo con que Nathan le había dado la bienvenida, había sido reemplazada por otra orquídea, que esta vez no llevaba mensaje y cuando le había dado las gracias, él le había comentado de manera punzante: “Me alegra que disfrutes de las flores, a pesar de ser colombianas”.
Apagó el ordenador, tomó el bolso y la chaqueta de hilo color hueso, y antes de llamar el elevador, decidió entrar al aseo de mujeres para retocarse un poco. Se lavaba las manos, cuando vio por el espejo la figura de Nathan.
—Por si no leíste el letrero, estás en el baño de mujeres —dijo, poniéndose a la defensiva, y luego lo miró burlona—. ¿Hay algo que deba saber? A lo mejor me equivoqué contigo y te veré alguna vez con falda y tacones.
Él avanzó sin el más mínimo asomo de vergüenza.
—Tuve la fuerte necesidad de conectar con mi lado femenino, no necesito usar falda y tacones para hacerlo, hermosa, una parte de mi alma es femenina, como una gran parte de la tuya es masculina.
—Estamos muy filosóficos, por lo que veo, cábalas, reencarnación, unión de espíritus, comunión de almas —chasqueó los dientes—. No te pega.
Nathan dobló los brazos sobre su pecho. Sus labios se curvaron. Elizabeth no entendía cómo todo podía ser una fiesta para él.
—Podríamos llegar a un equilibrio, ya sabes, serás la parte dominante, mi parte femenina estará receptiva a tu parte masculina. —Sonrió—. Quiero que te dejes llevar por el impulso. Muero por volverlo a ver.
Elizabeth sonrió a su pesar y negó con la cabeza.
—Eres imposible.
—Y posible también.
Ella se puso seria.
—No estoy para juegos —soltó al ver su mirada de suficiencia, como si siempre tuviera una respuesta para todo.
Elizabeth se puso un poco de crema de manos después de soltar la toalla con la que se había secado. Nathan observaba concentrado cada uno de sus gestos.
—Vamos, hermosa…
Ella percibió el aliento caliente en su cuello, cuando se acercó más, mientras su tono de voz enviaba corrientes a los sitios adecuados.
—¿Siempre te sales con la tuya? —objetó ella, negándose a demostrarle que su cercanía la afectaba.
Nathan observó su imagen en el espejo y levantó los hombros.
—Mírame, soy guapo como el demonio, además de rico, no tienes idea de cómo funciona esa fórmula.
Elizabeth blanqueó los ojos.
—No me digas que esa es la descripción que usas en Tinder. Debes ser la solución a una de las problemáticas de la ciudad de Chicago y sus alrededores, en cuanto a satisfacer mujeres se refiere.
—Solo me interesa llamar la atención de una sola mujer, es cuestión de tiempo, y hace mucho que no uso Tinder.
Sabía que se estaba portando como un imbécil, él no era así.
“Recapitula Nathan”, caviló, pero para ser sinceros tenía sus momentos, no sabía por qué con Elizabeth actuaba como si fuera un niño reclamando atención.
Se alejó de ella, abrió la puerta del baño y quitó el letrero de “fuera de servicio”. Elizabeth lo miraba sin decir palabra.
—No puedo creer que hayas hecho eso, la próxima vez que entres a un baño donde yo esté, te atendrás a las consecuencias.
—Todo castigo que venga de tus manos lo acataré con enorme placer, puedo ser dócil cuando quiero. Y ya sabes, cada vez que veas un cartel de “fuera de servicio” en un baño, pensarás en mí. Puedo ser la solución a lo que te agobia.
—¡Ja!