CAPÍTULO 7 #2
—Me parece innecesario enviarlas a Colombia, aparte de la experiencia de nuestros talladores —se ha invertido una cantidad obscena de dinero en ese departamento—, está el taller de Sudáfrica —Nathan levantó ambas manos, como para detener una andanada—, que se especializa solo en diamantes, a lo que voy es que tenemos que utilizar nuestros propios recursos —concluyó, mirando a Elizabeth de refilón.
Su aversión hacia su país de origen le causaba una viva curiosidad y esta se incrementó al ver el alivio en su mirada.
—Nathan —intervino Brandon—, están en juego millones de dólares y nuestro prestigio. Mathew tomará la mejor decisión.
—¿Con qué intención compraste el lote de piedras? —inquirió Nathan al menor de los hermanos—. Esperemos que no sea porque una linda activista te convenció de darle trabajo a alguna población vulnerable de algún punto perdido del planeta, porque sé perfectamente cómo piensas.
Mathew, lejos de sentirse ofendido por las palabras de su hermano, sonrió.
—Deja de utilizar tu psicología conmigo. Está bien, haremos el tallaje en nuestro taller.
Nathan se levantó de la silla y caminó rodeando la mesa.
—Sin temor a equivocarme y si se aprueban los diseños, será la mejor jodida colección en años. ¿Qué dicen los demás? —Toda la mesa estuvo de acuerdo con Nathan en que eran los diseños más elegantes y novedosos observados en años. Él continuó—: Si hablamos de tendencias…
Elizabeth apenas prestó atención a lo dicho por Nathan.
El hombre era un negociador en toda regla, apenas le había visto el pelo las semanas anteriores, como si su interés por ella hubiera desaparecido por el desagüe.
No obstante, todos los días había una taza de café en su escritorio, preparado especialmente como le gustaba a ella.
Michael se burlaba cada vez que llegaba alguno de los pasantes que trabajaban con Nathan con una taza del líquido humeante.
Un nudo de ansiedad en el estómago la asaltaba cuando caminaba por los pasillos de la empresa y deseaba encontrárselo o verlo en la cafetería del piso.
Él había pasado en un par de ocasiones por la oficina, pero todo había sido muy impersonal y profesional, como si solo fuera un directivo interesado de manera somera en su trabajo y no el hombre que la había hecho vibrar de placer en sus pocos encuentros.
Elizabeth tenía la impresión de que la vigilaba y no sabía si sentirse ofendida o halagada, recordaba con lujo de detalles cada escena de las vividas con Nathan, y al verlo, tan guapo y seguro de sí mismo, como si el mundo le importara muy poco, cada nervio de su cuerpo reaccionaba a su presencia.
Había escuchado comentarios que lo relacionaban con una modelo y otra, no le quiso prestar atención a la sensación de celos que la atenazó, ella no era de temple celoso, eso era para inseguras, luego le mortificaba estar a merced de ese sentimiento.
Nathan King era peligroso para sus emociones y agradeció el que hubiera dejado sus requiebros a un lado, así ella se sintiera atraída, porque con ello había podido concentrarse en la colección más maravillosa que había creado.
Pero ahora, viéndolo actuar de la manera en que lo hacía, no quiso preguntarse si él lo habría hecho adrede, el hombre manejaba las cosas a su antojo, era algo innato en él, con su intercambio anterior a la reunión había logrado que ella relajara los nervios previos a la presentación, las semanas anteriores le había dado su espacio para que pudiera concentrarse en los nuevos diseños, y acababa de hacer claudicar a su hermano en lo de la talla de las piedras.
Nathan atrapó su mirada mientras hablaba. La esquina de su boca se levantó y cuando tomó asiento de nuevo, le guiño un ojo. A lo mejor la tregua había concluido, caviló, debido al comentario de su perfume, a sus miradas candentes, o a lo mejor ella se había vuelto loca e imaginaba cosas.
La reunión evolucionó al tema de la filigrana y ella agradeció que nadie nombrara de nuevo a Colombia.
La junta terminó cuando se habló de un posible viaje a Nueva york para hablar con los joyeros españoles.
Todos salieron de la oficina. Elizabeth se quedó recogiendo el ordenador y algunas carpetas que habían sobrado.
Estaba eufórica, las cosas habían salido mucho mejor de lo que esperaba, aunque no fuera la campaña final; en la próxima reunión presentaría los diseños para las morrallas.
Al salir al pasillo, encontró a Nathan recostado, con los brazos cruzados en el pecho, en la pared aledaña a la puerta del ascensor.
—Buena presentación, te felicito, tienes mucho talento.
Sus palabras eran las correctas, pero su mirada la recorrió de arriba abajo con un calor que la hizo sonrojarse. Resopló para sus adentros, ella nunca se sonrojaba, eso también era para inseguras, ¿qué diablos le pasaba?
—Gracias —dijo y oprimió el botón del elevador sin desprender la vista del tablero de los botones de los pisos para evitar mirarlo de nuevo.
—¿Por qué no quieres volver a Colombia? —preguntó enderezándose y colocándose a su lado.
Ella lo miró con una expresión que él no supo dilucidar, antes de que la cubriera con un manto de indiferencia.
—¿Quién te dice que no quiero volver?
—Tus gestos me lo dicen, en cuanto alguien nombra Colombia, a ti parece que estuvieran a punto de darte una golpiza.
Ella le disparó una mirada de advertencia que no lo asustó ni un poco.
—No tienes ni idea de lo que hablas.
—Ya lo creo que sí, es mi jodido trabajo leer a las personas.
Se puso las manos en los bolsillos sin dejar de observar el perfil de Elizabeth.
La aparente seriedad y la profunda entereza con que encaraba la vida tenían la virtud de enternecerlo, la reunión de hacía unos minutos no había sido nada fácil para ella, sus hermanos y él podían ser algo exigentes y un poquito cabrones, pero la chica los había enfrentado con gallardía y terminó vendiéndoles la idea.
Le gustó mucho su desempeño. Se preguntó por el manantial de luminosidad en sus ojos.
¿Y por qué la curva de sus labios formaba una sonrisa tan provocativa?
¿No se daba cuenta de lo peligrosa que era esa combinación para él?
—En este caso, estás leyendo mal, no tengo nada contra Colombia, es mi patria.
—Puede que no contra el país, a lo mejor es algo o alguien que dejaste allá.
—¡No hay nadie! —Trató de mantener un tono de voz tranquilo, pero fracasó en su intento.
Las puertas del ascensor se abrieron y Elizabeth se apresuró a entrar.
Al momento de cerrar las puertas, Nathan las atajó y con paso decidido se coló dentro.
Se acercó a ella, arrinconándola contra la pared del fondo.
No se trataba de pensar, ni siquiera de decidir.
Se trataba de preguntarse qué fuerza lo llamaba para saltar al precipicio, para dejarse deslumbrar por lo inédito.
La terrible atracción que sentía hacia esa mujer solo se develaría abriéndose a ella, como una forma de experiencia religiosa; escuchándola, no oyéndola; embebiéndose de su sabor, de su olor; tenía la certeza de que sus sentidos despertarían a algo nuevo.
Envolvió el cabello en su mano, lo que ocasionó que ella levantara el rostro y lo enfrentara.
Su docilidad lo encendió y originó que una extraña tensión aparcara en su pecho.
Esa misma tensión, mezcla de temor y ardor, hizo que la enfrentara cuando algo le decía que huyera, que no saltara al abismo insondable de su mirada.
—Llevo días intentando ser un buen chico, no quería interrumpir tu labor, sabía que era importante para ti y para la empresa, pero ya no aguanto más, no tienes ni la más remota idea de todo lo que pasa por mi mente cuando estás en mi presencia, cómo crece mi deseo por ti.
—Con la nariz le recorrió la clavícula y la nuca—.
Tu aroma me enloquece, me provoca olerte por todas partes, saborearte en medio de las piernas, Elizabeth, por favor…
—Nathan, yo… —balbuceó ella con los ojos brillantes, incapaz de moverse, como si él, con el poder de su índole, ejerciera la facultad de inmovilizarla, como un pájaro entumecido por la mirada seductora de una cobra.
Hundió su boca sedienta en la de ella, que dio su consentimiento con igual ardor.
Los labios se abrieron y las lenguas se unieron al instante, era un beso de esos desesperados, como si estuvieran sedientos de años.
En cuanto trató de separarse para dejarla respirar, ella no se lo permitió. Él alcanzó a susurrar sobre su boca.
—Mira lo que me haces, me hechizaste desde esa primera noche.
Le volvió a devorar la boca con un apremio criminal que lo avergonzó y que le hizo preguntarse en qué momento había perdido la cordura.
Nunca, nunca tomaba de esa manera a una mujer, con esa emoción primitiva y profunda, y ni siquiera estaban en el dormitorio, no había habido cena ni baile de por medio y se sentía embriagado, como si se hubiera bebido una botella de licor.
Olía increíble y sabía tal cual como la recordaba.
Esa sensual fragancia mezclada con su propia esencia embriagadora y sexi.
Además, estaban en el jodido ascensor, a la vista del que quisiera entrar, recordó que había tenido el buen tino de detener el aparato antes de acometerla como animal en celo.
Moderó el beso, suavizó el gesto y poco a poco se separó de ella, mientras le acariciaba una mejilla, que percibió caliente y suave.
—Vamos a mi departamento.
Se separó sin dejar de mirarla, mientras ponía en marcha de nuevo el elevador. La notó mortificada y también que se debatía entre alejarse e ir de nuevo a él. Abrió los brazos, quería sentirla otra vez, pero ella negó con la cabeza.
—Me tomo mi trabajo muy en serio —afirmó.
Nathan escondió su orgullo herido tras una sonrisa.
Elizabeth tuvo el presentimiento de que esa sonrisa escondía muchas más cosas y quiso arrebujarse en sus brazos, pero sería una equivocación y no por lo que el hombre le pudiera ofrecer, tampoco por el trabajo: ella era material radioactivo y entre más lejos estuviera él, menos lo alcanzarían sus letales radiaciones.
Las puertas del elevador se abrieron.
—Te pierdes de muchas cosas. —Retuvo una de las puertas con su mano—.
Hago como alguna vez me aconsejaron: no tomo el trabajo en serio, pero lo encaro con pasión.
—Las puertas del elevador se abrieron y un joven del equipo de Nathan, que había estado en la reunión, pasaba por allí con una taza de café en la mano—.
¡Eh, Marc, menos mal que vas preparado! Cita a tu gente a una reunión extraordinaria, ahora.
—La observó de nuevo—. A este paso, ganaré la apuesta.
—No tengo muy claros los términos de la apuesta —retrucó ella.
—Descansa, Elizabeth.