CAPÍTULO 7
Elizabeth ni siquiera se había dado cuenta de cuánto extrañaba su oficio, a pesar de que nunca había dejado de diseñar —tenía cuadernos repletos de dibujos—, pero durante los años lejos de Joyerías Diamond, la pasión había estado ausente.
Entusiasmada, no podía esperar cada día para cristalizar las ideas que la rondaban en la noche, antes de caer en un sueño profundo.
Apenas cuatro semanas después de su encuentro con Nathan, estaba compartiendo un almuerzo tardío con Michael, quien al ver que su puesto no peligraría por el momento, había bajado la guardia y se comunicaba más abiertamente con ella.
Le había confesado el día anterior que se sentía cómodo al notar que ella no le exigía tanto en el proceso creativo como Cassandra, porque Elizabeth tenía talento de sobra y esa área estaba muy bien cubierta.
Ella vislumbró sus palabras como sinceras, pero no quería relajarse del todo aún.
Michael no se consideraba talentoso en la parte creativa, tenía una visión más integral respecto al trabajo de diseño.
Era un genio combinando colores, tenía una capacidad innata para dilucidar qué tipo de piedra iba con determinado trenzado o material y nunca fallaba en cuanto a combinaciones o tendencias.
Su tiempo con Cassandra en ese aspecto había sido un infierno, porque, aunque sus diseños eran buenos, estaban lejos de alcanzar el nivel del trabajo exigido por la diseñadora, quien, como era habitual en ella, aspiraba a beneficiarse de su labor.
Mientras Elizabeth trataba de darle forma en su mente a una esmeralda en particular, picaba la ensalada sin mucho apetito.
Había sugerido las líneas que adornarían las esmeraldas y el despunte, que es el diseño de los bordes.
Sin eso, hubiera sido difícil forjar una colección, después de ese paso se había dedicado a crear.
Sabía que había mucho en juego, convencer a Mathew del tallaje de esmeraldas allí, en los talleres de la empresa, no sería nada fácil.
Tendría una reunión al finalizar la tarde, la primera reunión con los tres hermanos, Eva y el personal del área de Marketing y tendencias.
Había estado nerviosa toda la jornada, ya que quería causar una buena impresión.
—Confirmaron la reunión en hora y media —dijo Michael—, tus diseños son un respiro para lo que se ha trabajado en los últimos años y esa idea de trabajar con la filigrana es innovadora.
—Esperemos que a los jefes les entusiasme.
—Los mejores joyeros en el arte de la filigrana están en tu país. Tendrías que viajar a Colombia.
—No será necesario —afirmó ella categórica—.
Antes de empezar a trabajar los diseños, contacté con un taller de españoles, aquí mismo en Estados Unidos, que trabajan muy bien esa técnica.
Está ubicado en Nueva York, he seguido su trabajo y han expuesto en varias ferias.
No es necesario salir del país para contar con los diseños que necesitamos en caso de que los aprueben.
Michael sonrió.
—Los aprobarán, esperemos a ver qué opina Mathew sobre trabajar con los españoles o hacerlo en Colombia. Él vive para trabajar con los países subdesarrollados del planeta.
Elizabeth no insistió, en medio del entusiasmo por crear joyas asociadas a ese tipo de diseño, pensó en las repercusiones, por eso había contactado con el taller de los españoles, ella no podría volver a Colombia.
El joyero de Nueva York, que trabajaba para varias marcas, estaba interesado en asociarse con una de tanto prestigio como Joyerías Diamond.
—No te hagas muchas ilusiones, primero tienen que aprobar todo —concluyó ella.
La diseñadora llegó temprano a la sala de reuniones, junto con una de las pasantes, que en ese momento colocaba una carpeta en cada puesto de la mesa.
Revisó en su ordenador el orden de las diapositivas con las imágenes de la nueva colección.
Apenas había dormido los días anteriores, nutría con estudios y largas caminatas el proceso creativo dormido durante un tiempo, ejercitaba su sentido del detalle, su buen gusto y su imaginación para averiguar lo que visualmente tendría éxito y lo que no.
Se empapó de la gente y averiguó hasta lo que no se había vendido esa temporada y la temporada anterior.
En cuanto estuvo todo preparado, se sentó al lado izquierdo de la mesa a esperar el inicio de la reunión.
Aún estaba nerviosa, había escogido para ese día sus pendientes de la suerte —un diseño personal de piedras de varios colores—, y llevaba un suéter negro y pantalón color camel; un vestuario sencillo, pero que ella realzaba con los accesorios adecuados, dándole un aire chic a su apariencia.
Brandon había citado a la reunión para ver los primeros diseños y ella tenía la certeza de que deseaba evaluarla. Esta colección tendría que estar en las vitrinas en abril del siguiente año, luego tenían el tiempo justo para empezar a trabajar en forma.
Brandon y Nathan, acompañados de Eva, llegaron con paso firme y sonriendo por un comentario hecho por el segundo de los hermanos.
Ambos la saludaron con un asentimiento, Eva con una sonrisa.
Brandon se sentó a la cabecera de la mesa y Nathan, por supuesto, al lado de Elizabeth.
Poco a poco fueron llegando los demás participantes en la reunión.
Nathan se inclinó hacia ella y le susurró:
—Hueles tan jodidamente bien, dime qué perfume es, no lo conozco, solo capto el aroma de la manzana y de algún cítrico mezclado con algo floral que no tengo idea qué es, pero que me lleva loco desde el día en que te conocí.
Elizabeth apenas le prestó atención, le preocupaba que alguien más hubiera escuchado el comentario, pero al mirar a los presentes, se percató de que cada uno estaba ocupado en su móvil o tablet.
—Te lo diré después, este no es el momento —contestó en apariencia tranquila y centrada en su exposición.
No quería ponerse más nerviosa de lo que ya estaba, además, la mirada de Nathan y el tono en el que le hablaba la afectaban.
Lo vio enderezar su corbata oscura y devolverle una mirada que podría calcinar cualquier cosa. Sin querer, soltó una risa nerviosa.
—Soy feliz viéndote sonreír en un momento un tanto difícil para ti —dijo con el ánimo de molestarla.
Ella sonrió abiertamente.
—No considero este un momento difícil. —Bajó aún más el tono de voz—. He tenido mi cuota de momentos complicados y, créeme, este ni se les parece.
—Logré mi objetivo y eso es lo más importante.
Ella lo miró sin entender y volteó el rostro a Mathew, que era el último en llegar al lugar.
Cuando estuvieron todos acomodados en su sitio, Elizabeth, con el control de video-beam en la mano, se levantó y dio inicio a la reunión.
—“Evocaciones”; me decidí por esta palabra para nombrar esta colección, apelando a la premisa de que una joya siempre evoca un momento importante de la vida, al querer darla y al recibirla.
Las esmeraldas, que serán el centro de esta colección, normalmente van acompañadas de diamantes, pero he decidido hacer algo distinto, que estoy segura cambiará la manera que tienen las personas de acercarse a esta piedra en particular.
—Al frente apareció la primera imagen, un anillo engastado en filamentos de oro con una piedra en el centro—.
Me decanté por piedras claras que den un brillo especial, tanto en el día como en la noche.
La colección era sexi, novedosa y con una chispa de alegría que le gustó mucho a Nathan.
Observó el rostro de Mathew, que permanecía serio.
Brandon sonreía, luego le gustaba lo que veía.
Había una gargantilla con una esmeralda envuelta en un tejido intrincado que realzaba la forma y el color de la joya.
Una sonrisa sensual curvó sus labios al imaginar el contraste del color de la piedra contra la piel sonrojada de Elizabeth justo después del orgasmo.
Ese sería un muy buen recuerdo, una ardiente evocación, caviló, sin abandonar el gesto.
La voz de Mathew lo sacó de sus pensamientos.
—Los diseños son de vanguardia y alabo tu talento —dijo el hombre, juntando ambas manos y hablando en tono de voz ronco y monocorde.
Parecía que nada lo emocionaba en demasía o lo sacaba de sus casillas—.
Lo que no sé es si nuestro taller de tallaje logre lo que deseas para las gemas.
Como pudiste observar hace dos semanas, el lote pasó prácticamente de la mina a mis manos, es la primera vez que trabajaremos con ese tipo de piedras desde el inicio.
Los cortes de tus diseños me parecen muy sofisticados, había pensado en algo más sencillo, tenemos que asegurar la mayor calidad y aprovechamiento de la piedra.
Si se aprueban tus diseños, preferiría tallar esas piedras en Colombia.
Nathan observó la leve sombra de inquietud que atravesó el rostro de Elizabeth. ¿Qué le ocurría a esa chica con su país de origen?
—Antes de crear los diseños, tuve el buen tino de hablar con el jefe del taller y le llevé mis inquietudes.
Me comentó que eran las mismas tuyas, y que sería un reto que sus muchachos podrían solventar sin problema.
Con mis diseños, si ustedes los aprueban, los talladores encontrarán en la personalidad de cada piedra lo que en realidad deben saber y harán lo mejor con cada una de ellas.
—Muy romántico de tu parte —terció Nathan—, pero recuerda que un mal corte puede comprometer la calidad del resultado.
—Soy consciente de ello —señaló Elizabeth.
—El personal de tallaje —terció Brandon—, tiene más de diez años de experiencia, creo que pueden encargarse sin problema.
Nathan decantó la mirada en su hermano.
—Habló su majestad —dijo mirando a Mathew—. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿Lo apruebas o no lo apruebas?
Brandon miró a Nathan y negó con la cabeza.
—Tenemos que poner sobre la mesa todas las dudas e inquietudes —dijo el mayor de los hermanos—. Mathew está en su derecho de hacerlas evidentes, al fin y al cabo, es su departamento.