HERMANOS KING CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

—¿Apuesta? No hemos hecho ninguna apuesta, y mi nombre es Elizabeth.

Sonrió con expresión de lobo, lo que ocasionó en ella un resquemor. No lo tendría fácil con Nathan, pero no era de evadir desafíos. Además, el hombre la atraía, aunque antes muerta que ponerse en evidencia.

—Eso podemos arreglarlo enseguida o mejor no, deja y pienso muy bien cómo vamos a manejar nuestra apuesta.

—No te he dicho que vaya a aceptar.

—Lo harás, estoy seguro de que no podrás resistirte.

Elizabeth lo miró con el labio superior curvado naturalmente para sugerir una sonrisa, algo que Nathan estuvo seguro era más frecuente de lo que aparentaba.

—A ti no te niegan muchas cosas en la vida. —Se reía ahora de él francamente. El hombre era realmente irracional.

—No, la verdad no.

Ella sería la encargada de ponerlo en su lugar, caviló, y disfrutaría del proceso.

—No lo pienses tanto. ¿Trato?

Ella inclinó la cabeza a un lado.

—¿Por qué no? Pero dejaremos tus comentarios e insinuaciones fuera del horario laboral.

Nathan la miró sorprendido e hizo un gesto de victoria.

—¡Lo sabía!

El taller de Joyerías Diamond era impresionante, cientos de empleados desempeñaban su trabajo con laboriosidad.

Todos saludaban a Nathan de manera entusiasta.

“Vaya con la estrella”, pensó ella. En un santiamén pasó del flirteo a ser uno de los directivos de la compañía: les hablaba con entusiasmo, pero también con pasión, se notaba que amaba su trabajo.

A Elizabeth le gustó mucho esa faceta, era una cualidad encarar el trabajo con pasión.

—Te presentaré al jefe de taller, hace poco hicimos una remodelación, Mathew quiere darles un toque personal a las piedras y le ha insistido a Brandon en hacer un taller de talla de diamantes y esmeraldas.

Elizabeth sabía que los mejores talladores de esmeraldas estaban en Colombia, si abrían el taller allí mismo, le estarían quitando el trabajo a cientos de empleados en su país. Aunque a ella le convenía que la talla se hiciera en los talleres de Chicago.

—Lo hablamos en una reunión hace unos cuantos meses —adujo Nathan, como si hubiera adivinado sus pensamientos—.

No se trata de dejar sin trabajo a tus paisanos, y, además, Mathew no lo permitiría, si hay alguien con una conciencia social elevada, ese es mi hermano menor.

Ahí viene, por cierto, en compañía del jefe de taller.

—Señaló a un hombre alto y delgado de talante serio que era más parecido a Brandon que a Nathan.

—Bro… —dijo el menor observando a Elizabeth con curiosidad.

—Matt, te presento a Elizabeth Castillo, nuestra directora del área de diseño.

El hombre sonrió irradiando una calidez que ella estaba segura no era muy frecuente.

—Elizabeth, es un gusto conocerte, Brandon y Eva me han hablado mucho de ti. Dejaremos la visita al taller para después, ahora quiero mostrarte algo que estoy seguro llamará tu atención y sobre lo que tendrás que enfocar tus diseños los próximos meses.

Mathew caminó a su lado, dejando a Nathan un poco atrás, podía sentir los ojos del hombre en su espalda.

Los tres hermanos eran guapísimos, demasiada belleza para una sola familia, caviló mientras observaba el perfil del más joven que, a diferencia de sus hermanos, vestía jean, camiseta y tenis.

La gente los saludaba al pasar. Entraron a una oficina sencilla con mapas de diferentes partes del mundo repletos de clavos de colores en ciertos países.

—Mi hermano ha recorrido el mundo buscando todo tipo de piedras —explicó Nathan.

—Eva me habló de ello —adujo Elizabeth observando los mapas con sumo interés.

Mathew la invitó a seguir a una habitación adjunta, oprimió un código y la gruesa puerta se abrió.

En una mesa, sobre un paño blanco, había extendido un lote de esmeraldas sin pulir de todas las clases y tamaños; pero lo que a Elizabeth le llamó la atención fue un grupo de piedras separadas, las morrallas, con defectos que hacen decrecer su valor.

Nathan se recostó contra la puerta con los brazos cruzados y el dedo índice en la boca y se dedicó a observarla.

Mientras ella paseaba su mirada por el lote de piedras, fue patente la transformación en su semblante, como si diversos recuerdos hubieran llegado a su mente.

Nathan estaba seguro de que una nueva colección bailaba ante sus ojos, que brillaban expectantes.

—Son hermosas —suspiró—, con mucha historia detrás y no toda agradable.

—Su historia es violenta, pero no tan sangrienta como la de los diamantes.

—Mathew la miró con gesto especulativo—.

No te preocupes por su procedencia, saber de qué lugar vienen todas las piedras que adquiero es lo más importante.

Si bien no puedo controlar ciegamente el proceso desde la salida de las minas, sí trato de entender cómo funciona este negocio, para no apoyar el comercio informal o violento.

—Mathew ha estado en Colombia varias veces —dijo Nathan.

Elizabeth hizo un gesto afirmativo.

—Me di cuenta por los mapas. —Señaló la cartelera en la pared.

—Separé enseguida las de menor valor —dijo Mathew viendo que Elizabeth se decantaba por las más baratas.

Ella levantó la mirada como si hubiera salido de un trance y sonrió.

—Haremos joyas hermosas con este lote, pero te quiero pedir un favor. Déjame hacer algo con estas otras piedras, algo innovador, no las descartes, se me ocurre una línea diferente, independiente de la colección que haremos con las más valiosas.

—No creo que Brandon lo apruebe y yo menos, uno de los ítems que nos caracterizan es la calidad, exigimos que las piedras que utilicemos sean perfectas. Es mi trabajo.

—Estoy segura de eso, pero para la línea informal le has dado entrada a otro tipo de piedras.

—Pero de primera calidad, nunca restos de otros lotes —refutó Mathew.

—Déjala intentarlo —intervino Nathan.

Elizabeth lo miró, furiosa. Mathew, que apenas pareció darse cuenta de la presencia de Nathan, lo miró extrañado por largos segundos y luego asintió.

—Diseña algo y dependiendo del resultado, hablaremos con Brandon.

Elizabeth tomó fotografías de las diversas piedras sin mirar a Nathan, ¿cómo se atrevía a intervenir?

Ni loca podría trabajar en la empresa si el hombre planeaba ir barriéndole el camino.

Además, ella no le había pedido ningún tipo de ayuda, era la dueña de sus propias batallas y aunque el comentario había sido algo banal, no le gustó.

Elizabeth habría convencido a Mathew por sus propios medios sin padrinos alrededor.

Mathew despidió a su hermano y se dedicó a acompañarla en su recorrido por el taller mientras hablaban de trabajo. Una hora después volvió a su oficina, Nathan la esperaba sentado en una de las sillas.

—No necesito de tu ayuda para hacer mi trabajo —le soltó tan pronto cerró la puerta.

Él pareció contrito.

—Lo sé y lo lamento, no volverá a suceder, pero contigo me pasa algo muy raro.

—¿Qué sería eso?

Se quedó unos segundos en silencio.

—Quiero protegerte.

Elizabeth soltó una fuerte carcajada.

—Hoy me he reído mucho más que en todos mis meses anteriores, gracias a ti. No te engañes, Nathan, hay muchas cosas de mí que desconoces y que te harían huir despavorido, no te tomes más molestias conmigo, por favor, y trabajemos en paz.

—No dejo de pensar en…

—¿En el bailecito? ¿Tanto te impactó? Por lo visto no has escogido muy bien tus compañeras de cama si andas detrás de mí para repetirlo.

—No me refería a eso, pero ya que lo nombras, no puedo evitar recordarlo. —La miró de pronto muy serio—. ¿Por qué tengo la impresión de que tratas de desvalorizarte ante mis ojos?

Elizabeth tomó asiento tras su escritorio y miró hacia la ventana que daba a un edificio de oficinas donde se veía a la gente trabajando.

—Ya déjalo, en serio. No estoy interesada, y si este va a ser tu comportamiento todos los días, me veré en la obligación de hablar con Brandon.

—¡Uy, qué miedo! —se burló Nathan.

—Tengo la impresión de que te importa mucho más su opinión de lo que aparentas.

Estaba en lo cierto, pero su orgullo le impedía darle la razón.

—No has llegado a conocerme bien si te planteas eso. —Nathan se levantó, se despidió y salió de su oficina.