HERMANOS KING CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Elizabeth llegó a su primer día de trabajo en Joyerías Diamond, una semana después del almuerzo con los hermanos King.

Eva la había conectado con Janeth, su antigua compañera de universidad que llevaba un negocio inmobiliario, quien en dos días había encontrado un pequeño departamento para ella, a pocas cuadras del sector, desde el que podría llegar al trabajo caminando si el tiempo lo permitía.

Con un estilo ecléctico y alegre, había adecuado la vivienda con muebles comprados en IKEA y en ventas de garaje.

La noche anterior había estrenado la cocina y abierto una botella de vino.

El atuendo escogido para esa mañana era una falda gris acampanada arriba de la rodilla, zapatos rojos de tacón delgado y blusa blanca, básicos que no fallaban.

Como aderezos, un collar de cuentas gruesas y aretes a juego de color rojo.

La hicieron seguir a la oficina de recursos humanos, donde firmó una serie de documentos, y luego una de las asistentes la llevó al área de diseño, una zona que parecía haber cambiado bastante desde que ella había pasado por allí.

Por el gesto que le destinó Michael Donaldson cuando la vio aparecer, Elizabeth se percató de que el hombre no se había tomado de muy buena manera su nombramiento. Envaró los hombros, impostó una sonrisa y le tendió la mano.

—Mucho gusto, Michael, me han hablado de tu trabajo y me alegra que seas mi colaborador.

—Un gusto —señaló sin mirarla a los ojos.

“Mal síntoma”, se dijo Elizabeth. Una persona que no mira a los ojos no está tramando nada bueno.

—Han remodelado la oficina para tu llegada —señaló el joven, y con tono irónico, continuó—: Eva se encargó personalmente de dirigir el trabajo.

—Veamos —contestó ella, mientras caminaba entre mesas de diseño y escritorios con ordenadores y papeles en la superficie.

Michael la presentó a un par de diseñadores y dos pasantes, sonrió irónica al ver una fotografía de un anillo, que no era más que una nueva versión de uno de sus antiguos diseños. Michael desvió la mirada a la joya y dijo:

—Era uno de los diseños estrella de Cassandra, la antigua prometida de Brandon, la mujer más elegante y talentosa de esta empresa. Ese diseño ganó uno de los premios a la creatividad en la categoría de diseño de joyas en el marco de la bienal de proyectos de arte el año antepasado.

Elizabeth decidió guardar silencio, para evitar responderle como merecía.

En otra ocasión lo haría, no sería muy profesional tener un enfrentamiento con su asistente a los tres minutos de llegar al área de trabajo.

Además, el joven no debía tener idea de lo ocurrido, pero al llegar a la puerta de la que sería su oficina, aferró la manija y se volteó hacia él.

—La felicitaré en cuanto la vea. —Elizabeth dudaba de que volvería a verle el pelo a la mujer—. Pero me pregunto, ¿cuánto de tu trabajo creativo llevaba la firma de Cassandra?

Lo dejó con la boca abierta y cerró la puerta antes de que atinara a contestar.

Se puso las manos en el estómago y sonrió nerviosa al ver la oficina luminosa y alegre que le había destinado Eva.

Un olor floral la llevó a acercarse al ramo de rosas color durazno que reposaba en un jarrón en un extremo del escritorio.

En medio de las flores, una nota de Eva y Brandon le daba la bienvenida.

Elizabeth, bienvenida a Joyerías Diamond, esperamos que tu talento haya encontrado en esta empresa su casa, Eva y yo te deseamos muchos éxitos en esta nueva etapa que comienzas.

“Vaya con los King”, caviló, no se andaban con chiquitas cuando se trataba de obtener lo que querían.

Observó las paredes del lugar, donde colgaban dos fotografías de diseños suyos de cuando trabajaba en la empresa.

Había una repisa pegada a la pared en madera de color natural y en forma de árbol, con catálogos de joyas y revistas.

En la otra esquina del mueble la vio, no supo por qué no la había visto desde el principio, ya que enseguida tomó protagonismo en su campo de visión.

Era una de las flores más bellas que había visto en su vida, una orquídea de su país, de color amarillo, espigada y elegante.

El olor que había sentido al llegar era el expedido por la flor.

Sospechando de quién podía ser el gesto, sacó enseguida de un sobre la nota doblada, que rezaba:

Esta orquídea es muy especial, tiene como polinizadora a la abeja euglosa macho (o abejas de orquídeas), insecto que se encarga de capturar el aroma de las flores en sus patas para atraer a las hembras.

Esta flor expide un rico olor dulce y afrutado, me siento identificado con la abeja macho, que en este caso quiere capturar la esencia de esta bella flor para atraer a cierta abeja esquiva que habitará este lugar.

Bienvenida a Joyerías Diamond, serán días muy interesantes.

Sostuvo la tarjeta en la mano y con la otra acarició uno de los pétalos.

Se tomaba muchas molestias, caviló, era una flor traída desde Colombia y se la obsequiaba un hombre que podía tener a cualquier mujer, pero a quien en ese momento le apetecía ella.

Los hombres eran los seres más básicos de la naturaleza, aunque el gesto de la flor la había emocionado.

¿Quién no se emociona cuando recibe flores?

No podía abrirle la puerta a esa atracción, por muchas razones, entre ellas, deseaba recuperar su respetabilidad como diseñadora de talento y acceder a las insinuaciones de Nathan no le parecía la mejor opción.

Dejó la nota a un lado y se sentó, encendió el computador y abrió su correo, la noche anterior había elaborado una agenda.

Leyó los puntos de todo lo que haría ese día, más por afirmación que por otra cosa, pues llevaba la lista en la cabeza.

Se había empapado la semana anterior de la labor del área de diseño en los últimos tres años, las tendencias y lo que se esperaba para la próxima temporada, ya tenía varios diseños en su agenda, pero quería hablar con Mathew y Nathan para trabajar en la misma sintonía.

Le pidió a Michael que reuniera a los diseñadores y pasantes en su oficina. En cuanto llegaron, se presentó y luego se dedicó a escucharlos, sus logros, sus fracasos y qué los motivaba, les habló de la agenda de trabajo que seguirían de allí en adelante.

Salió de la oficina con Michael a la saga, para que le presentara a algunos de los empleados del taller.

Al llegar al hall, vio venir a Nathan, que con las manos en los bolsillos caminaba hacia ella.

Quiso pasar de largo, pero sería grosero, se veía tan guapo, con su traje de tres piezas y esa desfachatez que convertía las piernas de las mujeres en gelatina.

Michael se dispuso a hacer las presentaciones, pero Nathan lo silenció con un gesto sin dejar de mirarla.

—La dama y yo nos conocemos y necesito tener unas palabras con ella.

Elizabeth se envaró.

—Hola, Nathan, creo que no tenemos programada una reunión para hoy y voy para el taller, si me disculpas. —Iba a pasar de largo, pero él caminó a su lado, ignorando sus palabras—. A propósito, gracias por la orquídea, aprecio el gesto, fue un detalle hermoso.

—De nada. —Le puso la mano en la parte baja de la espalda, y ese leve contacto ocasionó un aleteo en su vientre. El empresario observó por encima del hombro al joven diseñador—. Michael, puedes volver a la oficina, yo seré el asistente de Elizabeth en el recorrido.

—Tendrás que tomar notas —dijo ella.

—Sé escribir, no creo que haya problema.

El diseñador miró a uno y a otro, se despidió y volvió a la oficina. Nathan la observó con un brillo provocativo en los ojos, seguro esperaba una diatriba, pero ella no le daría el gusto y evitaría caer en lo que fuera que estuviese tramando.

—No quiero interrumpir tu trabajo —aventuró ella.

—No estás interrumpiendo nada, tenía una reunión con la gente de presupuesto y cualquier cosa es preferible a enfrentarme esta mañana a ese tema. Acompañar a una mujer hermosa siempre está al inicio de mi lista —le sonrió—. Soy persistente y no pierdo la esperanza…

—¿De qué? —preguntó ella a su pesar.

—De volver a probar tu miel. —Agachó el rostro y murmuró en su oído—. De todas partes.

—Nathan…

Él levantó ambas manos.

—No lo tomes como acoso laboral, me gustas y tarde o temprano volveremos a dormir juntos, es cuestión de tiempo.

Nathan oprimió el botón del elevador.

—¿Estás muy seguro de que volveré a caer?

—Jugaré sucio, no te quepa la menor duda. Me siento realmente atraído por ti, lo he estado desde nuestro primer encuentro y sé que la atracción es mutua, me será difícil resistirme sabiendo que estás a un par de oficinas de la mía.

Elizabeth lo miró sorprendida.

—No puedo creer que esté escuchando esto.

Nathan se encogió de hombros.

—Tú preguntaste, yo respondí. Siempre soy sincero, así a la gente no le guste escuchar lo que tenga que decir.

—Eres mi jefe, no sucederá.

El elevador abrió sus puertas, había una pareja de trabajadores, que se bajaron tres pisos más abajo.

Elizabeth rogó porque los acompañara alguien más en el trayecto, no quería quedarse a solas con él.

Nathan sonreía como si supiera todo lo que pensaba.

Un piso más abajo, subieron tres profesionales, que se bajaron en el mismo piso del taller.

—¿Entonces de qué te preocupas? —preguntó mientras le sostenía la puerta de entrada al taller—. Flirtearemos, te rehusarás, no veo dónde está el problema.

—Yo tampoco veo el problema, solo que no me parece adecuado. —Carraspeó en cuanto él bajó el rostro hacia ella. Olía de maravilla, seguro alguna loción varonil de precio prohibitivo.

—Entonces, hermosa —dijo en español—, tómalo como un desafío interesante, yo me disculparé de cada avance, tú como buena chica me enfrentarás, declinarás algunos avances, otros los dejarás pasar, en el camino crearás una colección de joyas impresionante, yo seguiré intentando seducirte y en algún momento ganaré la apuesta.