CAPÍTULO 5 #2
Después de que su anciana nana se negara a continuar ocupando la casita aledaña a la mansión en la que vivía la matriarca de la familia, Anne King —ahora apellidada Winthrop— junto a su segundo esposo, los hermanos, que adoraban a la mujer como a una segunda madre, buscaron un lugar donde pudiera ser atendida con todos los lujos que merecía.
La señorita Selma estaba en una fase temprana de Alzheimer y algunos días los reconocía y reprendía sin problemas, esos eran días felices para los tres hermanos, que siempre trataban de estar cerca de ella.
En esos últimos meses y gracias al asesoramiento de un grupo de profesionales, había entrado a un programa de dieta especial, donde se le habían disminuido de manera drástica los carbohidratos y elevado el consumo de grasas saludables, y si bien olvidaba algunas cosas, por lo menos podía mantener una charla casi normal cuando los chicos iban a visitarla y responder a algunas actividades.
Aunque la enfermedad seguía su curso, los hermanos mantenían la ilusión de que ella mejoraba gracias al descubrimiento de esa dieta para el tratamiento de enfermedades degenerativas.
—¿Cuándo vas a volver a visitar a mamá? —preguntó Nathan.
Había estado hacía unos días en la mansión y Anne no había hecho sino quejarse de que su hijo mayor no le respondía las llamadas.
Nathan adoraba a su madre y a pesar de su lejanía y egoísmo en todas las facetas de su vida, era de los tres hermanos el que siempre había buscado su cariño.
Ya en la adolescencia se percató de que Anne carecía del gen que albergaba ese sentimiento, sin embargo, él no dejaba de buscarlo.
—No insistas —contestó Brandon cortante, alisándose la corbata.
—Tuvo que ser algo muy gordo lo pasado con mamá.
Brandon soltó un suspiro y observó pensativo el paisaje de autos a través de la ventana.
—Algún día lo sabrás, nada hay oculto entre el cielo y la tierra.
—¡Qué trascendental!
—Pasando a otro tema, ¿estarás bien trabajando con Elizabeth?
—¿Por qué no voy a estarlo? Tal como ella dijo, fue un ligue sin importancia.
—Por la manera en que los encontré parecía más que eso, pero no voy a entrar en elucubraciones contigo, es causa perdida; además, hay mucho que hacer, sabes los planes que tenemos, no quiero contingencias a estas alturas y menos una en la que pienses con la polla.
Nathan no pudo evitar sonreír.
—No tendrás nada de qué preocuparte. ¿Confías en ella? —preguntó, con la semilla de la duda instalada en su mente.
—Tengo mucho que reparar y en esto quiero dar un salto de fe. Si no confiara, no le hubiera dado el trabajo —replicó él en un tono de absoluta seguridad—. Tengo un buen presentimiento.
Nathan se dijo que a lo mejor tener a Elizabeth en sus dominios le permitiría conocerla mejor y así develar por qué lo atraía tanto y no dejaba de pensar en ella.
Caminó por el pasillo inmaculado que lo llevaba a la habitación de la señorita Selma, con una caja de chocolates hechos especialmente con los parámetros de la dieta especial que seguía la anciana y un ramo de margaritas, sus flores favoritas.
Llegó a una habitación clara y decorada en tonos amarillo pastel, el color preferido de la mujer, había fotografías de ellos en las mesas y una mecedora con una manta junto a una ventana que daba a un jardín, pero la habitación estaba vacía.
Al salir de nuevo al pasillo, se encontró con una enfermera.
—Preciosa —le sonrió a la chica—, ¿dónde está la señorita Selma?
—Está en el salón, viendo jugar a sus compañeros, hoy es la final del torneo de dominó. Ayer y hoy han sido buenos días para ella, recuerda muchas cosas.
—Esperemos que siga así.
Nathan dejó los chocolates y las flores en manos de la enfermera y caminó rumbo al salón.
Había varios ancianos alrededor de una mesa donde jugaban tres personas, unos de pie apoyados en bastones y otros en sillas de ruedas.
Otros más estaban sentados en cómodas poltronas disfrutando —o durmiendo— una película.
Los contendientes eran dos hombres y una mujer.
Nathan dio la vuelta al juego de los tres ancianos y supo que la mano se la llevaría Constance, una antigua profesora de Matemáticas.
En cuanto puso la última ficha, dando por finalizado el juego, Nathan hizo notar su presencia.
—Mujer de mi vida, ven a mis brazos. —Se agachó, besó y abrazó a la señorita Selma.
La mujer sonrió encantada.
—Mi pequeño bribón, ya te extrañaba.
—Lo sé, sé que no puedes vivir sin mí.
—Ninguna podría —señaló una anciana con el cabello teñido de rubio y un maquillaje algo exagerado—. Te encerraría en mi habitación y no te dejaría salir.
—¡Ya cállate, mujer! —bramó Selma, que enseguida tomó a Nathan de la mano y lo hizo sentar a su lado.
Él, en cambio, decidió provocar a la anciana. Varias personas los empezaron a rodear.
—Para mí sería un placer, ¿cómo te llamas, linda?
—Me dicen Fergie, como esa mujer de la realeza que hizo toples al lado de alguien que no era su marido.
—¿Y te dicen Fergie por lo mismo? —La anciana asintió y sonrió mostrando una dentadura amarilla, seguro por el abuso del cigarrillo—. Ah, eres de las mías —soltó Nathan juguetón.
—Por ti, podría repetir el numerito, ya no hay señor Thomas en el panorama —soltó la mujer batiendo pestañas.
Nathan agachó la mirada mientras intentaba poner una expresión seria en su semblante. La señorita Selma estaba que echaba espuma por la boca mirando al uno y al otro.
—Desvergonzada —dijo entre dientes.
Nathan miró de reojo a su nana y decidió terminar con la diversión.
—En otra ocasión, Fergie, será un placer.
—¡Ya quisieras! —refunfuñó Selma.
La mujer miró a Selma con intención.
—Sí, lo haremos sin entrometidos alrededor.
Se alejó, dejando una estela de perfume de jazmín. Nathan le tomó la mano a Selma.
—Sabes que solo te amo a ti, eres la mujer de mi vida.
Ella lo miró con semblante digno.
—Estoy segura de que eso les dices a todas.
—No, tenlo por seguro que no, ya sabes que me gusta jugar.
Selma le acarició el rostro.
—¿Cuándo vas a dejar de buscarlo?
Nathan la observó, confuso.
—No estoy buscando nada.
La mujer negó con la cabeza y le regaló otra caricia. A Nathan le sorprendía la claridad mental de la anciana algunos días. Sus hermanos y él rogaban que, con el nuevo tratamiento, por lo menos no se siguiera deteriorando, y hasta el momento parecía funcionar.
—Mi pobre niño triste.
Nathan soltó una risotada.
—No estoy triste. —Se removió incómodo en la silla.
—Estoy segura de que no has bajado el ritmo, las fiestas, los deportes, las mujeres, todo eso que vives día a día para evitar enfrentarte contigo mismo. Tu padre no va a volver.
Nathan agachó la cabeza y se llevó la mano al pecho, como si la anciana hubiera hurgado su herida con un alfiler.
—No sé de qué hablas —dijo serio.
—Eras el favorito de tu padre, ustedes dos eran iguales, temerarios y audaces. ¿Aún vives la vida sin control?
Nathan recordó la carrera del cuatro de julio.
—No, mammy, ya no.
—Está bien ser alegre y extrovertido, eso está muy bien, pero he recordado cosas de ti que me preocupan.
—No tienes que preocuparte por mí, soy un buen chico.
—Los tres son buenos chicos, a pesar de ser hijos de su madre.
—Mammy…
—Espero que no vayas por la vida intentando lastimarte, aún recuerdo las fracturas y los golpes, o cuando duraste dos días sin despertar por culpa de ese accidente en moto. La memoria me está devolviendo pedazos que me había robado y tú estás en gran parte de esos trechos, hijo.
—Era joven e inexperto, ya no hago esas cosas. Además, tu adoración siempre ha sido Brandon. Él debería estar en esos pedazos y no yo.
—A tu hermano mayor le tocó lidiar con mucho siendo tan joven. En cuanto a ti, solo le ruego a Dios que te dé la prueba que necesitas para demostrar tu valía sin matarte en el proceso.
Nathan tomó la mano de la anciana y se la acarició, esas manos le habían limpiado golpes y rasguños durante toda su niñez.
—No me moriré pronto, porque estoy seguro de que no me dejarías en paz.
La anciana sonrió.
—La tristeza siempre termina traicionando a la felicidad. Cuídate mucho, más que al resto, y quiérete más que a los demás, hijo mío. Es la fórmula para pasar por la vida sin tanto accidente absurdo, sobre todo en el corazón.
Nathan le dio un beso en la frente.
—Lo haré, te lo prometo.
En ese momento apareció Stephany, una joven enfermera.
Nathan le pidió que pusiera música, movió sillas y armó una pequeña pista de baile.
En menos de cinco minutos organizó una fiesta con los que aún podían mover las articulaciones.
Él se encargó de las mujeres que estaban en sillas de ruedas, se acomodó en cada una de las diferentes sillas y danzó con las diferentes mujeres en el regazo, dándoles la vuelta a cada una al ritmo de la música. Las ancianas reían, encantadas.
—Eres puro amor, hijo, así te empeñes en hacer barbaridades, tu corazón no te traiciona —dijo la señorita Selma.
Una hora después de “alborotar el gallinero”, como le señaló la anciana después, salió del lugar. Ya era tarde para regresar a la oficina. Volvió a escribirle a Elizabeth.
“Si cambiaste de idea, podríamos vernos en mi departamento, cena y película, puedo ser un buen chico”.
Ella demoró media hora en contestar.
“No insistas, por favor”.
No iba a rogarle, ni más faltaba. Abrió la lista interminable de contactos.
Necesitaba olvidarse de ella y la mejor manera era reemplazar el recuerdo de la última follada con otra igual de épica, el problema era que ninguna se le comparaba, pero alguna de las chicas de su lista de tendría que servir.
Llamó a una de las modelos que había trabajado con ellos el mes anterior en uno de los catálogos de mayo.
La invitaría a cenar y después ya vería.