CAPÍTULO 5
Elizabeth se observó en el espejo. ¿Qué diablos le sucedía?
Lo que menos necesitaba en su vida eran problemas.
Ella no había tenido intenciones de aceptar la propuesta, pero la actitud de Nathan le hizo el efecto de un pañuelo rojo frente a un toro.
Abrió el grifo de agua y se refrescó las manos.
Se llevó los dedos a las sienes y respiró de manera profunda para intentar calmarse.
Que el hombre con el que se acostaba fuera uno de los dueños de Joyerías Diamond la había impactado.
La suerte nunca estaba de su lado. El trabajo la tentaba, volver a disfrutar de su pasión por el diseño, y cuando Eva le habló de las esmeraldas, quiso decirle que sí enseguida, pero recordó lo ocurrido y para su paz mental era mejor mantenerse alejada, aún estaba resentida.
Ahora no tenía idea de cómo sería la dinámica trabajando con él.
En ese momento se arrepentía de su impulsividad.
Nathan estaba más guapo de lo que recordaba.
No pudo evitar imaginarlo debajo de ella, besándola, gimiendo y diciéndole el poco de guarradas que la ponían a mil.
Se reprendió ante la imagen que le devolvió el espejo: “Gracias a tu jodido temperamento va a ser tu jefe y mejor dejas de fantasear con él, no vas a ir por la empresa abriéndole las piernas a uno de los dueños”.
Se volteó enseguida en cuanto lo vio entrar al aseo y cerrar con seguro.
—Si así reaccionas cuando alguien te sorprende, ¡no me quiero imaginar cuando te provocan! —exclamó Elizabeth tomando una toalla de papel para secarse las manos.
—Sabes muy bien cómo reacciono cuando me provocan, sobre todo si están encima de mí.
Elizabeth elevó los labios y botó el papel arrugado en una papelera.
—No has olvidado el bailecito, todavía tengo un par de trucos bajo la manga —expresó burlona.
Nathan se acercó a ella, lo que la hizo retroceder y chocar la espalda contra la pared.
—No lo dudo. ¿Lo sabías? —preguntó con un gesto en el que Elizabeth pudo vislumbrar algo de vulnerabilidad, o a lo mejor estaba imaginando cosas.
—No lo sabía.
—¿Por qué debo creerte?
—Me importa muy poco si me crees o no.
Nathan no perdía ni uno solo de sus gestos.
—¿Por qué no has contestado mis mensajes?
—Tenía cosas que hacer. —Ella desvió la mirada.
—No te creo. ¿Por qué me abordaste en la fiesta? ¿Deseo de venganza, quizás?
—No te creas tan importante, y yo no te abordé a ti, sino todo lo contrario.
Cuando acepté salir contigo no sabía quién eras, si lo hubiese sabido, ten por seguro que te hubiera escupido en el trago o a lo mejor te hubiera dejado eunuco después de utilizarte —Elizabeth alzó los hombros con gesto indiferente—, pero nunca hubiese salido contigo.
—No estoy para juegos.
—Yo creía que sí.
El rostro de Nathan estaba mortalmente serio.
—No voy a permitir que lastimes a Eva o a Brandon, la han pasado jodidamente mal. No tienes idea. —Por un instante, sus ojos refulgieron de ira. Ella había ido muy lejos y se arrepentiría si deseaba lastimar a alguno de los suyos.
Los ojos de Elizabeth brillaron con evidente molestia.
—Yo también he sufrido lo mío y tú no me conoces.
Nathan elevó la mano y le aferró la barbilla.
—Oh, sí, querida, claro que te conozco, y te advierto que, si tu intención es ocasionar daño a mi hermano o a Eva, mejor lo dejas aquí enseguida, porque no lo permitiré.
—La venganza no entra en mis planes, es desgastante, no tienes que creerme, pero es lo que pienso en realidad.
Él la miró fijamente durante largos segundos y asintió.
—¿Por qué aceptaste volver? Estoy seguro de que no pensabas hacerlo.
—Eso no lo podrás saber. ¿Qué es lo que realmente te molesta?
Aunque tu hermano me echó como un perro de su empresa, por ladrona, merezco una nueva oportunidad.
—Apuntó a su pecho con un dedo—. A ti lo que en realidad te molesta es que se nos acaba el jueguito aquí y ahora, como empleada de Joyerías Diamond no voy a ir por ahí acostándome con uno de los jefes.
Debo ganarme mi lugar en la empresa por mi talento y no por haber pasado por tu cama.
Me imaginé que con el par de encuentros era más que suficiente —añadió despectiva.
Ese era el problema, que no era ni de lejos suficiente, pensó él mientras la contemplaba.
Podría creerle, es más, si Brandon le estaba ofreciendo trabajo y la había compensado económicamente, era porque tenía la certeza de a quién estaba metiendo en la empresa, y su hermano no se equivocaría en algo así.
Elizabeth era inteligente y si aprovechaba la oportunidad, seguiría adelante, pero él no bajaría la guardia, no podía; aunque ella tenía razón, las venganzas no servían para nada.
Su olor hizo que a su mente llegaran recuerdos agradables de ellos dos juntos.
Inspiró profundo y aferró un mechón de su cabello entre los dedos como si estuviera evaluando su calidad.
—He pensado en ti, me sorprendí al verte y me cabreó el que no quisieras hacer patente que nos conocíamos. Brandon no se lo tragó, eso seguro.
—Te pusiste en evidencia.
Nathan cerró los ojos unos instantes y expulsó el aire antes de exponer sus pensamientos.
—Yo solo pensaba en tocarte, en tenerte una vez más. —Abrió los ojos acusando cada gesto de ella.
Elizabeth desvió la mirada.
—No podemos.
—¿Quién lo dice? —Bajó el rostro quedando casi pegado a ella, aspiró su perfume y varió el tono de voz a uno ronco, áspero—.
Me deseas, lo veo en tus ojos. Estoy seguro de que bajo esa ropa estás empapada.
¿Recuerdas nuestros encuentros? Yo recuerdo cada jodido detalle, lo que se siente estar en tu interior, tu suavidad, tan deliciosa y lubricada.
—Llevó la mano de ella a su entrepierna—. Tócame, ¿qué tiene de malo repetir?
Elizabeth sintió el calor y el tamaño de su erección y se escabulló enseguida. En un santiamén abrió la puerta y salió al pasillo. Se enfureció al ver que Nathan había dado la vuelta al cartel colgado en la cerradura que indicaba que el baño estaba fuera de servicio.
Él salió tras ella, la aferró del brazo y trató de arrinconarla. Le sonrió con burla.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Te digo que me sueltes!
—No te voy a soltar. Me has rechazado. En realidad, me rompiste el corazón —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Para colmo, ni se inmutaba con los intentos que hacía Elizabeth por soltarse.
—Nathan, déjala —ordenó Brandon, acercándose a la pareja—. ¿Me pueden decir qué demonios sucede aquí? —Se volteó hacia su hermano—. No quiero una jodida broma ni mentiras.
—La dama y yo nos conocemos, tenemos historia.
Elizabeth bufó resentida.
—Ya quisieras tú. No hay nada, Brandon, solo un ligue de una noche.
Brandon miró al uno y al otro, confundido.
—Llevábamos buscando a Elizabeth semanas, ¿y tú estabas acostándote con ella? —increpó el mayor de los King.
—Él no tenía idea de quién era yo —interrumpió Elizabeth.
—¿Por qué mentiste hace rato? —insistió Brandon.
—Me sentía…
—Ella no tiene por qué responder —interrumpió Nathan—. Ya déjala tranquila.
—Yo puedo defenderme sola.
Nathan levantó ambas manos.
—Como quieras.
Brandon le destinó una mirada curiosa a su hermano.
—Por lo visto, tenías razón, si no hubieras venido, Elizabeth a lo mejor habría rechazado nuestra propuesta. —La mujer tuvo el tino de mirar para otra parte—. Está bien, aclarado el misterio, volvamos a la mesa.
El resto del almuerzo transcurrió en aparente normalidad.
Elizabeth apenas picoteó la comida, no supo por qué después de pedirle tanto a Dios un cambio en su situación, la embargó una tenue tristeza, una especie de nostalgia, no sabía bien de qué.
En el momento de la despedida, Nathan se ofreció a llevarla, pero Eva se adelantó y minutos después el par de mujeres abandonaban la mesa.
Nathan enseguida le envió un mensaje de texto.
“Necesitamos hablar, te espero en el hotel”.
Ella demoró unos minutos en contestar.
“No tenemos nada de qué hablar, ya supéralo, por favor”.
“Bien, tú te lo pierdes”.
“Estoy llorando de la pena, no sabes cuánto”.
“No te burles”.
“Nos vemos en el trabajo, jefe”.
A Nathan muy pocas cosas lo hacían salir de su eje, luego estaba sorprendido por lo ocurrido durante el almuerzo, no por haberse topado de frente con la mujer que llevaba días eludiéndolo, sino por lo que sintió al respecto, por la sensación de pérdida que lo asaltó cuando ella se negó a sus avances.
No iba a rogarle, por Dios, era Nathan King, podía tener a la mujer que se le antojara, el problema era que después de estar con ella, no le apetecía ninguna otra, y eso también era una novedad.
Volvería a tenerla, la sacaría de sus venas y seguiría con su vida.
Su hermano lo miraba y Nathan se imaginaba lo que estaría pensando.
—Ya era hora —señaló Brandon, volviendo la mirada de la ventanilla del auto y clavando sus ojos en él. Se regocijaba de que por fin hubiera aparecido alguien que le diera plantón.
—¿De qué?
—De que el niño no siempre obtenga el juguete que quiere.
Nathan se negó a dejarse provocar por Brandon, ya bastante confuso se encontraba y decidió cambiar de tema.
—Voy a ver a la señorita Selma en un rato.
—Eso está muy bien, dile que Eva y yo iremos el fin de semana a visitarla.