HERMANOS KING CAPÍTULO 4
37%

CAPÍTULO 4

—Su majestad, me postro a tus pies —saludó Nathan con una reverencia.

Desde que había salido un reportaje con la foto de Brandon sentado en una silla con un espaldar parecido a un trono y que se titulaba: “Rey de diamantes, la continuidad de una dinastía en el mercado de las joyas en la costa este”, en una de las revistas de mayor circulación del país, Nathan y Mathew no dejaban de incordiarlo.

Brandon esgrimió una ligera sonrisa, mientras terminaba de firmar unos documentos que le entregaba a un asistente.

—Deja las payasadas, ¿ya Mathew habló contigo?

Nathan se sentó en la silla frente a él.

—Sí, ya me informó del lote de esmeraldas.

—Entonces sabes lo que tienes que hacer.

—Haremos hincapié en el mercado en América. Las ventas online en Europa no reportan grandes ganancias al respecto, la tendencia de consumo de los europeos ha variado con el paso de los años y las esmeraldas no están entre sus piedras preferidas.

—Lo sé, pero Italia y Alemania no tuvieron malas cifras en cuanto a las esmeraldas el trimestre pasado y, además, para eso te tengo a ti, sabes muy bien cómo crear una tendencia.

Nathan se levantó e hizo una reverencia.

—Mi departamento se pondrá en ello, su majestad. Si no requiere más de mi presencia, tengo trabajo que hacer.

Brandon se levantó. Estaba en mangas de camisa. Abrochó los puños y se puso la chaqueta.

—Acompáñame a un almuerzo, por fin dimos con Elizabeth Castillo. Eva la tiene arrinconada en un restaurante en Roscoe Village, convenciéndola de unirse a nuestras filas.

—¿Es necesario? —retrucó Nathan, y la coincidencia en el nombre lo hizo mirar de nuevo el móvil, para percatarse de que no tenía aún noticias de la chica.

—Tienes encanto y un talento innato para hacer que las personas hagan lo que deseas, a lo mejor te necesito para ayudarme a convencerla.

“Parece que el encanto y el talento no funcionan en todos los casos”, caviló guardando el móvil en el bolsillo.

—¿En qué restaurante es la cita?

Salieron de la oficina, las mujeres volteaban la mirada ante el paso del par de hermanos.

—¿Ya se te abrió el apetito? Polen´s es un sitio nuevo y caro, no sé si lo conozcas, y uno de esos restaurantes donde un plato te lo presentan decorado como una obra de arte —comentó Brandon mientras oprimía el botón del elevador que los llevaría hasta el aparcamiento.

—No lo conozco y más vale que ella lo valga.

Brandon frunció los hombros.

—Por supuesto que lo vale, es muy talentosa.

Nathan volvió a observar el móvil y frunció el ceño con una ligera molestia ante la ausencia de mensajes.

Brandon miró a su hermano y arqueó una ceja.

—¿Qué te pasa? No has dejado de observar el teléfono, ¿te dejaron plantado?

—A mí nadie me deja plantado —respondió enseguida Nathan con un tono de voz que evidenciaba molestia.

—Cierto, “yo soy el jodido Nathan King y hago de mi vida lo que me da la gana”. —Brandon imitó el acento de su hermano.

—Así es, hermanito.

—Por lo que escuché de Eva el día anterior, la diseñadora no está interesada en la oferta.

—Si tanto la quieres en la empresa, entre tú y yo la haremos cambiar de opinión —señaló Nathan contundente.

Al salir del elevador, un auto los esperaba en la zona de parqueo, el chofer se apresuró a abrirles la puerta. En segundos rodaban por las congestionadas calles de Chicago.

—Leí en las noticias esta mañana que Cassandra se fue a vivir a Italia.

Brandon frunció el ceño.

—No lo sabía.

—¿Has tenido problemas con William, al romper tu compromiso? —Nathan se refería al padre de Cassandra, dueño de uno de los bancos más importantes de Chicago.

—Me estoy blindando por si se le ocurre exigirme el pago de la deuda que tenemos con su banco, pero pienso que es, ante todo, un hombre inteligente.

—Quieras o no, te ganaste un enemigo al romperle el corazón a su niña, ten cuidado.

—Lo tendré, y pienso que social y moralmente ellos tienen mucho más que perder. Cassandra debió dejarlo claro y si no lo hizo, no tengo problemas en hacerlo yo.

—Bien.

Hablaron de trivialidades hasta que llegaron al restaurante.

Sentada a la mesa de unos de los restaurantes fusión más elegantes de la ciudad, y ante una copa de vino, Elizabeth —que llevaba un vestido sencillo de color ocre claro, acompañado de unos aretes multicolores y los labios pintados de un color vivo— escuchaba a una circunspecta y elegante Eva enumerar argumentos destinados a convencerla de volver a su puesto en la empresa.

La compensación la había aceptado sin problemas y ya reposaba en su cuenta bancaria; poder acercarse a un cajero automático y retirar dinero sin mayor preocupación era la dicha suprema.

En esos momentos buscaba un lugar que alquilar.

Se había negado a volver a trabajar para los King después de pensarlo detenidamente.

Brandon King la había hecho firmar una serie de documentos donde exoneraba a las joyerías de robo de propiedad intelectual y otras cosas, y al momento de hacerlo, se dijo que si hubiera exigido el doble de lo que le ofrecieron, se lo hubieran dado sin problemas.

El hombre seguía siendo el mismo tipo frío e hijo de puta de años atrás, no entendía qué veía Eva en él, aunque no debería juzgar a la joven ejecutiva, si ella se había acostado con alguien que, estaba segura, pertenecía al mismo círculo social de la familia King.

Su mente volvió a Nathan. El hombre era adictivo, como un cigarrillo después de la cena o, mejor aún, como un delicioso postre que has suprimido para llevar una dieta estricta y que cuando puedes volver a disfrutarlo, solo piensas en darte un atracón.

No había contestado sus mensajes, quería dejarlo ahí, no deseaba más distracciones mientras decidía el rumbo que tomaría su vida.

—Tendrás carta blanca en el diseño de la próxima colección —aseguraba Eva—. La empresa ha adquirido un lote de esmeraldas de Colombia, ¿no te tienta trabajar con piedras de tu país? ¿Has trabajado con esmeraldas alguna vez?

A Elizabeth los ojos le brillaron ante la mención de las esmeraldas.

—Son mis piedras favoritas. Crecí con esmeraldas —dijo y se arrepintió al momento de contar algo de una vida que ya no era la suya. Carraspeó, incómoda—. Me gustan mucho las esmeraldas.

Un brillo de interés pobló la mirada de Eva. Recordó su encuentro en la feria, cuando la chica le comentó que volver a Colombia no era una opción.

—¿Por qué son tus favoritas?

—Hay algo muy especial sobre la pureza y el brillo de las esmeraldas colombianas, por eso las amo; tienen algo extra que permite identificarlas rápidamente y diferenciarlas de las de Zambia o Brasil.

Además, en su simbología guardan muchas cualidades; en las relaciones sentimentales son símbolo de éxito, pues aportan dicha y lealtad, además de potenciar la unidad, fomentar la amistad y el equilibrio.

—No tenía idea, tendrías conversaciones muy interesantes con mi cuñado Mathew. Creo que no lo conociste.

—No conocí a los hermanos de Brandon mientras trabajé con ustedes años atrás.

—Eran estudiantes en esa época…

—James, que bonito lugar… —se escuchó la voz de Brandon a espaldas de Elizabeth, que fue consciente del cambio que experimentó Eva de inmediato. Un ligero rubor la asaltó, el brillo apareció en sus ojos y luego una sonrisa nerviosa.

—Nah, parece de ese tipo de restaurantes donde sirven platos minúsculos y con especias que hace diez o quince años te habrías negado a utilizar —escuchó Elizabeth la otra voz, que le puso el vello de punta y le aceleró los latidos del corazón—.

Me imagino que venden sándwiches en miniatura y ensaladas de cuanto vegetal existe.

Mira, ¿eso que veo allí es una flor? ¿En una jodida burbuja?

—Ya basta, Nathan, vas a hacer que nos echen del lugar —lo reprendió Brandon, que saludó a Eva con un profundo beso en la boca.

—Hola, Elizabeth.

Ella le dio la mano y correspondió al saludo en un susurro, al tiempo que la figura del otro hombre se materializaba ante ella.

—¡Vaya sorpresa! —exclamó Nathan, confuso al toparse de frente con Elizabeth.

—¿Se conocen? —terció Brandon mirando a uno y otro.

—No tengo el gusto —terció Elizabeth enseguida, lo que hizo que Nathan sonriera de manera sarcástica. Sus ojos parecieron preguntar: “¿Es en serio?”. Luego alzó los hombros y con la mirada le dijo: “Como quieras”. Le dio la mano.

—Mucho gusto, soy Nathan King.

Elizabeth carraspeó, nerviosa, e impostó una sonrisa.

El atractivo rostro de Nathan permaneció inmutable, salvo por el gesto de sorpresa que permanecía en sus cejas negras.

Ella quiso que la tierra se la tragara. Así que Nathan era hijo de la mujer que le había arruinado la vida.

Quiso devolver el tiempo atrás para haber actuado de manera distinta esa noche.

—Elizabeth Castillo. Un placer… conocerlo.

—Posiblemente vamos a trabajar juntos, así que mejor nos tuteamos, me satisface saber que el placer ha sido recíproco —observó, mirándola con intención.

Eva lo miró, sorprendida, Nathan le guiñó el ojo, mientras Brandon le ordenaba al sommelier una botella de champaña.

Elizabeth quiso borrarle el gesto de una bofetada, pero la única que merecía los coscorrones era ella, por imbécil.

Claro, por eso se le hacía familiar, había leído algo sobre él tiempo atrás, en una revista de diseño de joyas, pero después de lo ocurrido eludía las noticias o artículos que tuvieran que ver con los hermanos King.

La vida era una zorra con mayúsculas. En el tiempo en que trabajó en la joyería, nunca lo vio por allí, por lo poco que sabía, se había integrado a la compañía un año después de su despido.

Observó al par de hermanos y no supo cómo las similitudes se le pudieron pasar por alto. Si bien ellos no tuvieron que ver en todo lo orquestado, aún le dolía la manera tan humillante en que había salido de la empresa años atrás.

—¿Y qué es lo que se festeja? — preguntó Nathan, apacible, escrutando a Elizabeth con la mirada.

—Espero que mi prometida haya convencido a Elizabeth de volver a nuestras filas —contestó Brandon, que tomó la mano de Eva y se la llevó a los labios.

Nathan la observó con semblante serio, le parecía increíble que fuera la misma mujer que había bailado sobre su polla días atrás.

¿Acaso supo todo el tiempo quién era él?

¿Se acercó con algún motivo oculto? ¿Y si quería hacerle daño a su hermano o a Eva?

La joven debía estar resentida con ellos por la manera injusta en que fue tratada años atrás y si deseaba desquitarse de alguna manera, él no iba a permitirlo.

—Lo último que supe fue que no te interesaba la oferta. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

El tono acusador en el que Nathan pronunció la pregunta envaró a Elizabeth enseguida. Ella no había cambiado de opinión hasta que él pronunció justo esas palabras, en el tono acusatorio que no deseaba escuchar nunca más.

Antes de que él apareciera en su campo de visión, le iba a dejar claro a Eva por qué iba a rechazar el ofrecimiento, pero el gesto del hombre la descolocó. Se había prometido que no sería títere de nadie más, que tendría el control de su vida y sus acciones, y como adolescente petulante, contestó:

—Tengo mis razones.

Brandon y Eva observaban el intercambio con evidente interés, ajenos a la energía subyacente.

—No me cabe duda de que son válidas. Pero si no me equivoco, ese ofrecimiento lo has rechazado varias veces ¿Cuándo fue exactamente que decidiste volver a honrar con tu presencia Joyerías Diamond?

Elizabeth elevó un poco el tono de voz.

—¡Ah! Creo que fue… a ver… —observó la hora en su reloj—.

En realidad, fue exactamente a las 12:45, del día de hoy, antes de celebrar con una copa de champaña, así tenga el estómago vacío.

Aunque también podría haber sido cinco minutos antes.

No miré la hora. ¿Por qué lo preguntas, Nathan?

¿Es que la oferta ya no sigue en pie? ¿No me quieren en su empresa?

Nathan no era un hombre de armar y desarmar sus emociones, pero lo ocurrido con Elizabeth había sido raro y también lo más intenso que había vivido en mucho tiempo.

Tenía sus motivos egoístas para no querer que trabajara en Joyerías Diamond.

Uno de ellos era que quería follarla hasta quedar sin sentido y eso no podría hacerlo teniéndola como empleada.

No se acostaba con las empleadas, estaba mal visto, el hecho de que lo hiciera con las modelos era distinto, no duraban más que unos pocos días a su alrededor.

Otra de las razones era que no confiaba en sus motivos, a lo mejor por ello no le había contestado los mensajes.

—Nathan, te pedí que vinieras para que me ayudaras a convencerla, no para que la espantaras —adujo Brandon—. Elizabeth, no le hagas caso a mi hermano, ya he perdido la esperanza con él.

El aludido resopló.

—Me suplicaste que viniera y por lo visto funcionó. Elizabeth ha aceptado, si no hubiera venido, no la habrías convencido, estoy seguro —dijo, mirándola punzante—. Parece que le gustan los retos, tú y Eva no lo habrían logrado.

A Elizabeth le pateaba que Nathan tuviera la razón.

Brandon miró a uno y a otro, mientras el sommelier servía la champaña.

—¿Pasa algo? Es como si ustedes compartieran algo que mi novia y yo ignoramos.

—Nada, absolutamente nada —afirmó Elizabeth—. Si ya no desean mi presencia, no hay ningún problema —dijo, tomando su bolso y haciendo el amague de levantarse.

—No es mi intención parecer descortés —terció Nathan. “Céntrate”, caviló, “y deja de pensar con la polla”—. Te pido disculpas.

Elizabeth asintió.

—¿Tendré que pedirles que se den la mano? —interrogó Brandon sin dejar de mirarlos con expresión curiosa.

—No es necesario. Disculpa aceptada —contestó Elizabeth algo avergonzada.

—Eres más que bienvenida en Joyerías Diamond —celebró Eva tomando la copa e invitando a los demás a hacerlo.

Se quedó observándola, satisfecha de haber hecho caer en su red a la mariposa de vistosas alas que había perseguido durante días.

Elizabeth era una pieza de colección que, estaba segura, Joyerías Diamond necesitaba de manera urgente.

Un mesero se acercó con unas entradas que las mujeres habían pedido con anterioridad. Después del brindis, ordenaron la comida.

Elizabeth se levantó para ir al aseo. Nathan observó su caminar cadencioso y cómo el jodido vestido acariciaba sus caderas.

—¿Qué acaba de pasar? —insistió Brandon y afirmó, categórico—. Ustedes se conocen.

Nathan no contestó.

—Mejor iré a disculparme sin testigos.

—Me parece bien —terció Eva.

“Disculparme, una mierda”, caviló Nathan mientras caminaba rumbo al aseo. Necesitaba saber que se traía Elizabeth Castillo entre manos. Con nubarrones de tormenta surcando sus pensamientos, accionó la chapa de la puerta que lo separaba de ella.