CAPÍTULO 3 #2
—Ellas ya no tienen ninguna relación con la empresa.
Elizabeth soltó la risa.
—Así que tu noviecito —observó el diamante en la mano de Eva con intención— les dio a su madre y a su novia el mismo tratamiento que nos dio a nosotras años atrás. ¿Cómo pudiste perdonarlo tan fácilmente? No eres la misma mujer disgustada y resentida que me enfrentó en la feria.
Eva se envaró.
—Hay muchas cosas que ignoras, Brandon y yo nos amamos. —Elizabeth soltó otra risa burlona. Eva la miró con algo de conmiseración—. Optamos por el camino del perdón y créeme, si lo haces de corazón, aprendes a ver las cosas desde una óptica diferente.
—Conmigo puedes ahorrarte tus frases de autoayuda, no me han servido de mucho —le destinó una mirada dura—. ¿De cuánto dinero estamos hablando?
La vida le había enseñado que la necesidad tenía cara de perro, pero nunca en los años pasados se sintió como se sentía ahora, como si fuera a recibir una limosna.
A pesar de las privaciones, tenía el control de su vida, nunca volvería a ser víctima de las circunstancias.
Quiso tener el poder de rechazar el dinero, pero estaba harta de comer en lugares de mala muerte, dormir en camas con chinches y luchar tanto para tan poco.
Eva sacó un sobre de su bolso y se lo pasó.
Al abrirlo, se quedó sin respiración al ver la cifra de dinero que había en el documento sellado y firmado por Brandon King.
Las manos le temblaron ligeramente, podría recuperar una parte de su vida, tener un departamento decente, ropa comprada en Macy´s o Sak´s y no en las bodegas de remates del Ejército de Salvación.
Eva también sacó del bolso una agenda, que Elizabeth reconoció enseguida, y la dejó en la mesa. A ella se le aguaron los ojos. Acarició la tapa de manera tímida antes de decidirse a abrirla.
—Eres una mujer talentosa y mereces recuperar tu empleo.
Elizabeth se quedó callada, repasando hoja por hoja, recordando los momentos en que había realizado los dibujos. Acarició las palabras de Coco Chanel que estaban escritas en la primera hoja.
—No sé si pueda aceptar.
—¿Por qué no? Con Brandon hemos hablado de que tendrás carta blanca en el departamento, podrás escoger el personal.
—¿Quién está encargado ahora?
—Se llama Michael Donaldson, es un joven muy talentoso, Brandon y yo tenemos el presentimiento de que él ha sido el artífice de las últimas colecciones.
Elizabeth negó con la cabeza.
—Cassandra era una perra, pero tenía algo de talento.
—Pues estaba bien escondido —ripostó enseguida Eva con resentimiento—. Lo que te hizo a ti, se lo hizo a otros más.
—Lo dicho, una perra.
Eva observó la hora en su reloj.
—Prométeme que lo pensarás. ¿Qué te parece si evalúas la propuesta?
—Se levantó de la mesa—. Podrías reunirte con Brandon, un almuerzo para fumar la pipa de la paz.
—Se quedó callada unos segundos y le extendió una tarjeta—.
Es serio, Elizabeth, Brandon quiere repararlo, date una nueva oportunidad con nosotros. Espero tu llamada.
La mujer se despidió y salió del lugar después de pagar el par de cafés.
Elizabeth observó por la ventana de la cafetería la gente que pasaba, mientras meditaba que la vida era un sube y baja, aunque en ese momento se sentía como si hubiera recibido un mazazo.
La idea la tentaba, por fin algo en su caótica vida se enderezaba.
Sonrió mientras volvía a su habitación. Al entrar, observó las ruinosas paredes y a su nariz llegó el olor a mugre vieja de la alfombra.
Se acostó en la cama sin desvestirse y la embargó la incertidumbre; si aceptaba volver a trabajar con los King, impondría unas condiciones diferentes a las de tiempo atrás.
La vida la había enseñado a ser cautelosa y desconfiada.
Miró en el móvil el último mensaje de Nathan.
No le contestó, tenía mucho que meditar esa noche.
Nathan estudiaba las últimas tendencias del mercado en su oficina antes de la reunión con el equipo de marketing en horas de la tarde.
Verónica, su asistente, una joven vivaz con el cabello pintado de diversos matices que iban del rubio al rojo, hizo pasar a Mathew y le entregó unas carpetas que quería que revisara antes de la reunión.
—Gracias, Verónica, eres la mejor, cielo —dijo en cuanto la joven puso los documentos encima del escritorio—. Tu chico es un cabrón con suerte, déjalo y te fugas conmigo, estoy seguro de que tendremos chicos hermosos, no con esa pelusa de cabello amarillo de Paul.
Mathew resopló fuerte y blanqueó los ojos. Verónica levantó una ceja y se dispuso a defender a su novio.
—Me gusta el color del cabello de mi chico y ni en sueños me plantearía fugarme contigo, Nathan King.
Podrás ser un hombre guapo y con todo un equipaje de ventajas, pero necesitas a alguien igual de temerario que tú, no me gustaría sufrir un infarto por culpa de tu próxima ocurrencia. No, gracias, me gusta lo predecible.
—Debajo de ese cabello multicolor se esconde una aburrida.
Verónica ni se inmutó.
—Si tú lo dices.
Mathew observaba el intercambio con una sonrisa. La chica se sirvió un café de la costosa máquina que Nathan tenía en la oficina y salió del lugar, dejándolo con su hermano menor.
—Eres un imbécil —señaló el menor de los King.
Nathan se levantó y se dispuso a preparar dos expresos.
—Nah, ella vive para esos enfrentamientos y yo la complazco.
—Estás loco. —Nathan observó a su hermano con atención—. Lo de temerario es cierto, estoy seguro de que Brandon no tiene idea de tus malabares en la moto acuática el cuatro de julio.
—No, no tiene idea, esa hermosa rubia lo mantiene muy distraído. Mucho mejor para mí.
Mathew negó con la cabeza.
—Tuve una reunión con Cesar Bontier.
Nathan le pasó el pocillo a su hermano menor.
—¿Y?
—Revisé todo el lote de esmeraldas, difícilmente obtendremos algo así en cualquier otra parte del mundo. Brandon está de acuerdo con la compra. Son colombianas, las mejores, están sin tallar, prácticamente cayeron de la mina a mis manos.
En cuanto Mathew nombró Colombia, la mente de Nathan se perdió en el recuerdo de la piel de Elizabeth.
¡Dios! Esa mujer iba a extinguirlo. Se habían reunido dos veces más después del primer encuentro, en el mismo hotel.
Cada encuentro era mejor que el anterior, quedaba saciado y famélico a la vez.
La había llamado hacía tres días y habían quedado en verse el día anterior, pero la chica no acudió a la cita.
Se negaba a sentirse inquieto de alguna forma, pero esa mañana la había llamado en tres oportunidades y el móvil había saltado enseguida a buzón de voz.
—¿Me estás escuchando? —preguntó Mathew con el ceño fruncido, lo que a Nathan le recordó un gesto de Brandon.
—Sí, claro que sí, esmeraldas colombianas, las mejores del mundo.
—Necesito que te reúnas con esos magos de marketing y crees una tendencia. Hablar de las ventajas de tener una esmeralda por encima de cualquier otra piedra.
—Podría idear algo: “Que hablen bien o mal, pero que hablen”.
—¡Exacto!
Verónica interrumpió la charla de los hermanos por el intercomunicador. Le comentó a Nathan que Brandon lo solicitaba en su oficina.
—Su majestad me convoca —se burló este.
—Tengo que revisar algo en el taller.
Mathew se despidió y Nathan llevó la mano al móvil, salió de la oficina mientras revisaba los mensajes de texto.
Elizabeth no había respondido al último que le enviara esa misma mañana, no acostumbraba a insistir y por lo visto la mujer pensaba pasar de él.
Una brizna de incomodidad lo asaltó y meditó que en todos sus rollos él era el que había tenido la última palabra, siempre.
En este caso era diferente y no tenía idea de por qué lo fastidiaba, como una rasquiña que amenazaba en convertirse en alergia.
Se despejó y disimuló su talante pensativo antes de entrar en la oficina de su hermano.