CAPÍTULO 3
—¿Por qué no me habías dicho nada? —reclamó Brandon King, presidente Joyerías Diamond, mientras se aflojaba el nudo de la corbata.
—No quise hacerlo hasta no tener la seguridad de que era ella —contestó Mark Cooper, jefe de seguridad de la cadena de joyerías con sede en la ciudad de Chicago.
—¿Dónde dices que se hospeda? —preguntó Brandon.
—En un hotel de mala muerte en el centro de la ciudad.
Cooper observó el ceño fruncido de su jefe.
—Le pediré a Eva que haga el primer acercamiento, no quiero que se vuelva a escabullir. Es urgente contactar a Elizabeth, por las condiciones en las que vive, estoy seguro de que un cambio será más que bienvenido.
El hombre de seguridad se mostró pensativo unos segundos.
—Tengo la impresión de que no somos los únicos en querer encontrarla —El rostro de Brandon mostró confusión—. Hay otras personas tras ella.
—¿Quiénes? —Observó de nuevo la fotografía de la chica entrando al lugar donde se hospedaba.
La conciencia le remordía al recordar las duras palabras proferidas cuando se había desecho de ella cinco años atrás.
Ese tiempo no era algo de lo que se sintiera orgulloso, en su haber contaba que lo habían engañado como a un bebé de pañal.
Eva, Elizabeth y él habían sido víctimas de la codicia y envidia de su hermanastro y de su madre, lo que desencadenó una serie de hechos, entre ellos el despido de Elizabeth.
Todavía lo aterraba la magnitud del engaño.
Lo único bueno era que Eva, su hermosa Eva, estaba de nuevo con él.
No sabía por qué jodido milagro había vuelto a su vida, pero desde ese momento no cesaba de dar gracias al cielo por el deseo concedido.
Ahora se había propuesto reparar el daño que con su intransigencia había causado y Elizabeth Castillo era la siguiente en su lista—. ¿Tendrá algún problema?
—Pues aparte de los económicos, no hemos encontrado nada más.
—Se quedó callado unos instantes, inseguro de lo que iba a decir, pero la mirada de Brandon lo azuzó a hablar—.
Me parece extraño que una mujer con sus habilidades no haya conseguido un mejor medio de vida, más que camarera, mesera por horas o cuidadora de ancianos, es como si quisiera estar fuera del radar.
—A mí no me extraña, Anne y Ryan se encargaron de ponerla en la lista negra y yo no fui generoso en mis referencias a ella. Lo cual lamento mucho. Me siento responsable y debo arreglarlo. —Mark lo miró dubitativo, pero no quiso seguir insistiendo—. ¿Quién crees que la está siguiendo?
—No puedo asegurarlo, lo estamos investigando.
—Bien.
Eva entró en ese momento a la oficina y las facciones duras de Brandon sufrieron una transformación que sorprendió a su jefe de seguridad.
Se levantó, se acercó a ella y le dio un profundo beso en la boca sin importar la presencia del hombre a su lado.
Eva se sonrojó, pero no se separó ni un ápice del empresario.
—¿Hay noticias de Elizabeth? —preguntó al ver las fotografías desparramadas en la superficie del escritorio.
—Mark la encontró y tenemos que apresurarnos antes de que se vuelva a escabullir.
—Hablaré con ella —propuso Eva.
Brandon la soltó, señaló las fotos y se sentó de nuevo detrás del escritorio.
—Esa era la idea inicial, James —Brandon la llamaba por su apellido desde su época universitaria—, pero hay algo que me preocupa. Mark cree que no somos los únicos tras ella y no quiero exponerte a un peligro, no sabemos mucho.
Eva soltó una sonrisa y miró las fotografías.
—Es Elizabeth, no hay nada malo con ella. Déjame intentarlo.
Brandon miró dubitativo las fotos que en ese momento tenía su prometida en la mano.
—Pero, cariño… —Brandon le acarició la mano donde reposaba el anillo de compromiso que le había puesto en el dedo semanas atrás.
Mark se despidió presuroso dejando sola a la pareja.
Eva soltó las fotos y Brandon la jaló para sentarla en sus rodillas.
Le acarició la nuca y la acercó para darle otro beso que ella, feliz, correspondió.
La soltó segundos después y la miró con intensidad, como si todavía no creyera que estuviera allí con él.
—Está bien, pero irás escoltada por Mark. No confío en nadie más.
—¡Dios! No es una reunión con el líder de una familia de mafiosos.
Brandon le destinó un gesto serio.
—Tu seguridad no está en discusión, eres lo más valioso que tengo en la vida.
Ella asintió y se quedaron callados unos segundos, cada uno sumido en sus pensamientos.
—Dejaste la cama en la madrugada otra vez —señaló ella mientras le acariciaba el cabello.
—No podía dormir.
No quería preocuparla, pero para ambos las cosas no habían sido como en los finales de los cuentos de hadas (“y fueron felices y comieron perdices”), ambos tenían demonios que combatir.
Brandon aún lidiaba con la pena por la pérdida de su hijita y el profundo remordimiento y la molestia consigo mismo por lo mal que se había portado con Eva años atrás.
Para ella tampoco era fácil, sus heridas apenas cicatrizaban, solo el profundo amor que le inspiraba Brandon le permitía ver la luz al final del túnel.
—Cariño, si no hablamos de lo que sucede, ¿cómo podremos solucionarlo? —manifestó Eva con talante preocupado.
Brandon la miró contrito, apresurándose a tranquilizarla.
—Solo quiero que seas feliz, quisiera borrar todo lo malo…
—Mi amor —Eva hizo el amague de levantarse, pero Brandon no la dejó—, estamos superándolo, yo sé que me amas.
—Esa palabra se queda corta para todo lo que me inspiras. Te amo, te adoro, daría mi vida por ti.
Eva negó con la cabeza sin dejar de acariciarlo.
—No quiero que des la vida por mí, solo quiero que la vivas conmigo, yo también te amo —respondió ella sin dejar de mirarlo—. Solo quiero que compartas tu dolor conmigo, pero estoy dispuesta a respetar tus tiempos y tus espacios.
—Sara…
Una sombra de dolor atravesó la mirada de Eva. Ese gesto le retorcía las entrañas a Brandon, pero sus palabras lo tranquilizaron.
—Mi bello ángel nos observa, cariño, y estoy segura de que solo quiere que tú y yo estemos juntos… —Brandon gruñó. Ella le tocó el ceño para desarrugarlo y soltó un suspiro— y seamos felices. En dos meses estaremos casados.
—Si por mí fuera, te llevaría hoy mismo al ayuntamiento y serías ya mi esposa. Apenas puedo esperar.
—Si lo deseas, podemos hacerlo, quiero verte feliz —se apresuró a decir ella.
—Tus padres me matarían. Hay algo que me haría jodidamente feliz ahora mismo —susurró en su oído con voz rasposa, acariciándole los pechos por encima de la blusa de seda.
Eva soltó la carcajada. Brandon la alzó, la sentó en la superficie del escritorio y le subió la falda al tiempo que le acariciaba la cara interna de los muslos.
—Eres un descarado, faltan menos de diez minutos para nuestra reunión.
—No necesito más tiempo. Tu jefe te necesita con desesperación.
Eva lo besó con premura y le mordisqueó el labio inferior, luego se separó con la respiración agitada.
—Que no se diga que no colaboro con el buen ambiente laboral.
****
Elizabeth entró al hotel esa tarde, después de concluir el turno del mediodía en la cafetería donde trabajaba tres veces por semana.
Ya iba pensando en que era una locura seguir viéndose con Nathan Sin Apellido, era claro que para él aquello era un juego, una novedad.
Le costaba reconocerse en la mujer que aparecía en la habitación del hotel, deseosa de perderse en sus brazos y caricias una y otra vez; lo habían hecho en dos oportunidades más después de la noche de la discoteca.
No deseaba acostumbrarse a los encuentros, a las caricias, y mucho menos a él, porque terminaría bajando sus defensas, y cuando ya no quisiera verla más, ella lo sentiría.
Mejor era cortar antes de que la adicción se saliera de control.
Necesitaba una larga ducha que le quitara el cansancio, pero, desafortunadamente, el agua en ese lugar era racionada y el hilo de líquido que caía en el baño apenas daba para limpiar el sudor y el olor a comida.
Tan pronto traspasó el umbral, quedó de piedra. Eva James la esperaba en el vestíbulo ruinoso y con olor a desinfectante. Un hombre alto que se le hizo conocido la acompañaba.
—Hola, Elizabeth.
—Hola, Eva. —Ella siguió de largo—. No tengo nada que hablar contigo.
—Elizabeth, escúchame, por favor, dame dos minutos, si en ese tiempo no logro convencerte de que te reúnas conmigo, te juro que te dejaré en paz, por favor.
Lo pensó seriamente por unos segundos, pero se dijo que no tenía nada que perder y que, si no le gustaba lo que oía, recurriría de nuevo a la palabra “no”, la próxima vez de manera más firme y contundente.
—Vamos a la cafetería que está enfrente, te invito a un café —insistió Eva al notar su silencio.
Elizabeth asintió, salieron del lugar, atravesaron la calle, siempre con el guardaespaldas a la saga.
Observó de reojo a Eva, se veía mucho más bella que la última vez en la feria, como si el peso de sus hombros ya no fuera un problema para ella.
Entraron a la cafetería, que tenía un par de mesas libres, y ordenaron dos cafés.
—¿Deseas comer algo? —preguntó Eva con amabilidad.
—No, gracias, ¿qué quieres, Eva? —preguntó con talante fastidiado y observando su reloj—. Tengo que hacer.
—Lo que tengo que decirte no me tomará más de cinco minutos.
—Habla.
Una mesera se acercó con las dos tazas de café, enseguida dejó el recibo de pago encima de la mesa.
—Brandon descubrió el engaño de su madre y su prometida, sabemos que Cassandra utilizó tus diseños, no solo el arte del logo de la compañía, también robó varios de tus bocetos, que utilizó en posteriores colecciones.
Estoy aquí porque él está muy apenado por la forma en que te trató y necesita resarcirte, te pagará una indemnización y, si lo deseas, te devolveremos tu trabajo.
—¿Devolveremos? —Elizabeth negó con la cabeza, sorprendida—. ¿Volviste con él?
Eva hizo un gesto afirmativo.
—¿Qué pasa con Anne? ¿Cassandra?