HERMANOS KING CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Y yo quiero besarte hasta quedar sin respiración.

Ella dejó la copa en el mesón.

—Esperemos que estés de suerte, chico guapo.

Lo tomó de la mano y lo llevó de nuevo a la pista de baile, donde sonaba la canción de Romeo Santos, Propuesta indecente. Se balancearon al ritmo de la música. Nathan acercó la boca a su oído y en español con acento le cantó un párrafo de la canción.

Una aventura es más divertida

si huele a peligro.

Y si te invito a una copa,

y me acerco a tu boca,

si te robo un besito,

a ver te enojas conmigo…

Elizabeth lo miró sorprendida. Nathan entendía el español a la perfección y hablaba de manera pasable, gracias a la hija de un diplomático peruano con la que salió un tiempo en su época universitaria.

Él frunció los hombros y sonrió ante la mirada que ella le destinó, quería sacarla del lugar.

La mesera misteriosa, que a cada vuelta lo golpeaba con su cabello, seguía bailando con esa innata sensualidad, y él sentía el impulso de arrastrarla hacia la salida cual hombre de las cavernas.

No creía ni en el destino ni en entidades superiores, pero algo en ella le decía que había llegado a su vida por algo, no para un polvo de una noche.

Soltó de nuevo la risa, estaba eufórico y no sabía si era el licor o la mujer que danzaba como si el jodido mundo se fuera a acabar mañana.

Percibía que Elizabeth estaba atrapada, como si viviera una vida que no era la suya, eso fue lo que captó en sus gestos durante toda la conversación.

Tal vez estaba perdiendo el toque o ya estaba borracho, a lo mejor todo eran imaginaciones suyas, pero todo en ella lo atraía, y más que nada, aquello que con toda seguridad escondía.

Si te falto el respeto

y luego culpo al alcohol,

si levanto tu falda,

¿me darías el derecho

a medir tu sensatez?

A Elizabeth la cabeza le daba vueltas, no sabía si era por el tequila o por la cercanía de él.

El rostro de Nathan descendió lentamente, como si adivinara todo lo que pasaba por su cabeza, o a lo mejor estaba igual que ella.

Sus ojos bloquearon la visión de los demás bailarines y encerrados en la burbuja sexual que los aislaba, sus bocas conectaron y el deseo que se había ido construyendo estalló en ese instante.

Elizabeth no estaba preparada para el exigente beso con que Nathan la reclamó.

Sus labios eran suaves, pero firmes en su demanda.

Ella puso las manos en su pecho y luego las subió hasta entrelazárselas en la nuca.

La boca de él presionaba por más y más, ella no esperó un segundo y su lengua salió a su encuentro con un débil gemido.

Él la atrapó con la suya, con un ímpetu y una voracidad que la sorprendieron, e imaginó esa misma caricia en medio de sus piernas.

Después de un tiempo largo, él la soltó. La agarró de la mano.

—Larguémonos de aquí —dijo.

Ya en el auto, la atrajo de nuevo. Ella se sentó a horcajadas sobre él y su mano se hundió entre las ondas de su cabello, le acarició la nuca y se acercó un poco más, mirando su boca.

A Elizabeth se le aceleró la respiración, si no la besaba, iba a morir chamuscada.

Se inclinó, y en ese momento Nathan atrapó sus labios en un beso fiero, ella se abandonó a la sensación placentera de su lengua apropiándose de la intimidad de su boca.

Se perdió en el sabor de su saliva y su alma se llenó de expectativas para lo que vendría.

Se refregaron como adolescentes y en cuanto él llevó la mano entre sus muslos, ella se apartó.

—No en el auto —susurró sin mirarlo y ajustándose la falda.

—Vamos a algún lugar.

—No a tu casa, ¿te molesta si vamos a un hotel? —Él negó, se despejó un poco y tras sacar el móvil del pantalón, ubicó el hotel más cercano.

Mientras conducía, la mano de Nathan subía y bajaba por su pierna desnuda, enviando a Elizabeth pequeñas descargas que se detonaban en su interior, impidiéndole pensar.

En menos de cinco minutos llegaron hasta el hotel, Nathan se bajó del auto, dio la vuelta y abrió la puerta del pasajero.

Entregó las llaves al acomodador, la tomó de la mano y la llevó a la recepción.

La mente de Elizabeth estaba en pugna: por un lado, deseaba al hombre que afanaba a la recepcionista por una habitación, veía en él el mismo deseo que la circundaba a ella.

Por otro lado, había cientos de razones para no hacerlo, aunque su cuerpo parecía ignorarlas.

Nathan llenó los documentos de registro con premura, en su rostro podía notarse que quería mandar al diablo el papeleo, una vez la recepcionista le entregó la llave, mantuvo su mano en la espalda de Elizabeth mientras la conducía al elevador que, afortunadamente, estaba vacío.

Las dudas de ella saltaron por los aires ante las miradas y los gestos del hombre.

Cuando las puertas se cerraron, la atrajo a su cuerpo de un tirón y se besaron hasta que llegaron al piso donde estaba la habitación.

Al salir, la arrinconó contra la pared un par de veces hasta que estuvieron dentro de la suite.

—Al fin solos, nena —dijo él en su oído y pegado a su espalda.

Ella soltó una carcajada.

—Hogar, dulce hogar —jugueteó, mientras notaba las manos de él ascender por su torso. Gimió cuando tocó sus pechos.

—Gírate, Elizabeth… Necesito verte sin tanta ropa. Llevo toda la noche comiéndote con la mirada, como adolescente cachondo. —Necesitaba tocarla, hacía mucho tiempo que no sentía la urgencia de perderse en el cuerpo de una mujer que apenas conocía.

Ella se dio la vuelta y él le abrió la blusa.

Se sintió cohibida por el sujetador sencillo de algodón que había decidido usar esa mañana, pero por la mirada que Nathan le lanzó, podía estar usando lencería de La Perla, y eso le dio la valentía suficiente para soltar el broche a su espalda y dejar a la vista de esos demandantes ojos los turgentes pechos de erguidos pezones.

Nathan se alejó un paso solo para poder apreciarla, su lengua delineó su labio inferior y exhaló con fuerza.

—Dios, son perfectos. —La forma en que lo dijo hizo que Elizabeth acortara la distancia entre los dos, sus labios se fundieron en un beso voraz, las manos de él tocaban todo su torso y cuando sus dedos trazaron sus pezones, ella jadeó sobre su boca, dándole la oportunidad de dejar un reguero de besos por su mejilla, cuello y clavícula, creando un camino de deseo y necesidad por todo su cuerpo.

La lengua del hombre se deslizó por la piel de sus pechos, causando que su cuerpo se estremeciera, lo vio sonreír antes de capturar por completo el pezón, que desapareció entre sus labios.

Ella se prendió a su cabello, empujándolo a tomar más, más fuerte, más rápido, la necesidad entre sus piernas aumentó, recordándole el tiempo que llevaba negándole esas atenciones a su cuerpo.

Los labios del hombre danzaron entre ambos montículos, lamiendo y chupando, ella sabía a sudor mezclado con algo que lo estaba enloqueciendo, no se resistió cuando ella lo atrajo de nuevo a su boca, mientras con manos ágiles lo tocaba por encima del pantalón.

Luego le abrió el cinturón y la cremallera, e introdujo la mano en su bóxer hasta aferrar su miembro, lo que ocasionó un gemido por parte de Nathan cuando ella lo acarició de arriba abajo.

Se desvistió con celeridad. Elizabeth también lo hizo y en segundos estaban en la cama.

El hombre era espectacular, sexi, destilaba hombría apenas cubierta por su pátina de niño bien.

—Eres hermosa y no sabes las ganas que tenía de tenerte así, quiero olerte, devorarte. —La besó de manera descontrolada mientras acariciaba su abdomen hasta posar su mano en medio de sus piernas—. Quiero follarte ya, estar dentro de ti.

Elizabeth respondió con un gemido de satisfacción y se aferró más a él. Ella quería hacer lo mismo, no lo dijo, pero lo manifestó con su cuerpo.

—Debo estar volviéndome loca, no me acuesto con extraños, pero te deseo mucho. —Estaba muy mojada, pero a él pareció gustarle.

—No pareces ser una mojigata.

—Es que no lo soy. —Aferró su cuello y lo bajó hasta sus labios, las lenguas se enredaron una vez más, en un beso frenético y desesperado, mientras los dedos de Nathan se metían entre sus piernas y la acariciaban con suavidad.

—Suave, caliente y húmeda, justo como me gusta la cena —murmuró contra sus labios y luego la miró con sonrisa malvada—.

Ahora vamos a probar esta delicia. —Descendió besando su piel hasta posicionarse a la altura de su entrepierna—.

Relájate, no pienses, y muéstrame lo que te gusta.

—Tomó la pierna de ella, llevándola a su hombro—.

Quiero que pasemos un buen rato. —La primera remesa de placer llegó cuando la lengua de Nathan se movió entre sus pliegues—. Quiero que te corras en mi cara.

Elizabeth agradeció el haberse depilado el día anterior y gimió de nuevo en cuanto su lengua inquieta le prodigó una y mil sensaciones a su sexo.

Le dijo lo que le gustaba y él la complació en todo hasta que explotó en un orgasmo que debió escucharse en todo el piso del hotel. Él la miró con una sonrisa engreída.

—Condones —dijo ella con la voz ronca.

Nathan se levantó y buscó uno en su billetera, era un hombre práctico y nunca estaba sin protección.

Se puso el condón sin preguntarle si quería hacerlo, y tan pronto volvió a la cama, ella lo hizo recostar sobre las sabanas de seda, se puso horcajadas sobre él y movió las caderas de arriba abajo, frotando su sexo con el suyo.

Se sentó un poco más abajo, sobre sus muslos, y le acarició el miembro, que se agrandaba en su mano a cada momento que pasaba.

—¿Te gusta? —preguntó ella.

—Todo lo que estoy viendo y sintiendo me gusta, nena —gruñó él levantándose y abarcándole los pechos para besar uno y luego el otro.

Elizabeth se levantó apoyada en las rodillas e introdujo el miembro erecto en su cuerpo, soltó un suspiro fuerte debido a lo sensible que estaba después del orgasmo.

—¿Estás bien? —preguntó él, ayudando a acomodarla y acariciándole las nalgas.

—¡Oh, sí! —suspiró ella al tiempo que lo acogía y empezaba a imprimirle ritmo a sus embistes. Se agachó, le dio un profundo beso y enseguida empezó a mover la pelvis, lo que hizo que Nathan apretara los dientes y soltara un juramento.

Nathan observaba el vaivén de Elizabeth sin poder creer lo que veía, la mujer bailaba la danza del vientre sobre su polla, lo que intensificaba las sensaciones, aparte de que tenía unas curvas increíbles.

Era todo un espectáculo observarla, podría morir feliz en ese momento, ya lo habría visto y vivido todo. Ella sonrió lasciva.

—¿Aún te parezco mojigata? —preguntó entre jadeos.

Él le agarró el cabello y se levantó para devorarle la boca con un beso posesivo.

—Eres la jodida Mia Khalifa, no quiero quedar como un adolescente, pero si sigues así, vas a hacer que me avergüence.

Le dio la vuelta y quedó encima de ella, la fijó con una mano en la cintura y empezó a follarla con rudeza, como si con ese baile ella hubiera desatado su animal interior.

Se perdió en su humedad y su estrechez, y cuando sintió las paredes de su sexo apretarse en torno a él a causa de otro orgasmo, la siguió momentos después, en medio de espasmos y jadeos.

Nathan apenas podía normalizar la respiración, salió de ella y se dejó caer a su lado, su miembro aún excitado parecía protestar por la ausencia de calor.

—Por lo visto, el caballero no quedó satisfecho —dijo ella al ver el estado de Nathan, que se levantó y fue al baño a tirar el preservativo. Volvió rápidamente, y acomodándose a su lado, tiró de ella para tenerla más cerca.

—Tendremos que igualar marcadores, nena, tenemos tiempo todavía.

—¿Cómo sabes si mi orgasmo anterior fue verdadero? Las mujeres fingimos más de lo que imaginas y lo hacemos a la perfección.

Él le acarició el cabello.

—Pero las señales de tu cuerpo no mienten. Tienes enrojecido el cuello y toda esta zona. —Le acarició la parte superior de los pechos—. Tus pupilas están dilatadas y por más que quisieras fingir los espasmos, el tipo de contracciones que me brindaste eran genuinas.

Ella se levantó, apoyándose en su codo y mirándolo con intensidad, le acarició el mechón de cabello que le caía en la frente y luego la quijada rugosa.

—¿Qué estás esperando para igualar el marcador?