HERMANOS KING CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Age of Innocence, de Iron Maiden, inundó el pequeño espacio.

Mientras conducía por la desolada avenida, Nathan se preguntó si ella aún querría cenar.

Quizá no había tenido tiempo de comer algo, la había visto de un lado para otro siempre sirviendo, siempre atenta a lo que alguno de los invitados necesitara.

Observó disimuladamente el reloj que reposaba en su muñeca antes de preguntar.

—¿Chino, francés o italiano? Elizabeth negó con la cabeza.

—Acabo de comer algo, no te preocupes, mejor vayamos por una copa.

—Había pensado—la miró dubitativo—, que si no estabas muy cansada me gustaría llevarte a un lugar. —Ella arqueó una ceja—. No es mi departamento, si lo estás pensando, aunque no me molestaría tomar una copa en la intimidad.

—Como a mí no me molestaría si pudieras dejarme en la próxima esquina. Nathan sonrió.

—Está bien, no iba a llevarte a mi departamento, ¿algún gusto en especial?

Salsa, bachata, merengue… —Maniobró el timón del auto y la miró de reojo.

—No he admitido que soy latina, puedo ser filipina —dijo Elizabeth en tono de broma, de pronto nerviosa.

Arrepentida de su impulso, quiso bajarse del auto.

Nathan, como si adivinara sus pensamientos, la miró de arriba abajo con una sonrisa lenta.

—Me gusta mucho lo que veo. Apuesto mi testículo izquierdo a que esas curvas son latinas y a que te apellidas Torres o Rodríguez.

—¿Algún problema con mi procedencia?

—Para nada, no soy de esos retrógrados republicanos que piensan que el país estaría mejor sin inmigrantes. Ni más faltaba. Soy ciudadano del mundo, no creo en fronteras.

—Dijimos que sin apellidos —apresuró ella.

—Es cierto. ¿Gané o perdí?

—Buen intento —adujo Elizabeth volviendo a girar la cabeza hacia el frente. Nathan notó la rápida mirada que le destinó por el rabillo del ojo—. No sé si sea buena idea, no acostumbro a salir con hombres que no conozco.

—Eso tiene solución, mi nombre es Nathaniel, ya que dijimos sin apellidos, mis amigos me dicen Nathan, soy entretenido, fiestero, y solo quiero pasarla bien.

Te invité porque me pareces preciosa y creo que te hace falta un poco de diversión.

—Volvió los ojos al camino, tratando de contener la sonrisa—. ¿Eres colombiana?

Ella lo miró sorprendida.

—Sí, lo soy, ¿cómo lo supiste?

—Secreto de estado, soy fanático de Gabo. —Soltó la risa—. Además, quién no pierde la cabeza con Shakira. Es más, si bailas como ella, me caso contigo.

La chica soltó la carcajada.

—Vas muy rápido, pero estás de suerte, de donde vengo, de pequeña, saber bailar como Shakira era una especie de religión.

—Entonces soy un bastardo con suerte.

—Lo que eres es un muy buen mentiroso, no puedes conocer a un colombiano solo por la lectura o la música.

—Jaque mate, el año pasado estuve visitando tu país, Bogotá, Cartagena y Medellín. Mi comentario fue un golpe de suerte.

Ella no dijo nada y el auto se sumió en un silencio cómodo. Llegaron al lugar minutos después. Entraron después de hacer una fila de diez minutos, Nathan colocó una mano en su espalda para dirigirla a la fila de entrada, ese gesto cercano y cálido la puso algo nerviosa.

En cualquier otro lugar de los que él era asiduo no hubiera necesitado hacer la fila, pero en este sitio decidió esperar por dos razones: la primera, no conocía ni al dueño ni al administrador; y la segunda, necesitaba generar un clima de confianza si quería, y lo quería mucho, acostarse con la joven, y veía que portándose como un esnob no lo iba a conseguir.

Charlaron de trivialidades hasta que ingresaron al lugar.

Subieron unas escaleras y dieron de lleno con la pista de baile abarrotada de gente, donde una melodía de Prince Royce tenía a las personas bailando a ritmo de bachata.

Se abrieron paso entre el gentío hasta que se acercaron al bar y ordenaron tequilas, brindaron y bebieron dos shots cada uno.

Él aferró su mano y salieron a la pista, donde juntaron sus cuerpos al ritmo de una pieza de salsa. Nathan se consideraba un buen bailarín, pero la chica lo superaba en cadencia y ritmo.

A Elizabeth le gustaba como se sentía en brazos del hombre, no sabía si era por el alcohol o por su patética ausencia de afecto, de contacto con otra piel, la que fuera; necesitaba la cercanía de alguien, aunque tampoco quería parecer una desvergonzada.

Mientras trataba de poner las cosas en perspectiva, claudicó y se apretó más a él, enlazando las manos en su cuello, mirándolo a los ojos y disfrutando del ardiente cosquilleo que se despertaba en sus pezones al rozar su pecho.

De pronto se dio la vuelta y refregó suavemente el trasero contra el duro bulto de sus pantalones.

Deseaba dejarse llevar. Estaba segura de que con Nathan tendría satisfacción garantizada.

Los aplausos de un corrillo de gente —que había hecho ronda alrededor de una pareja de ascendencia oriental que bailaba salsa con soltura y profesionalismo— los obligaron separarse un momento.

Elizabeth hizo amague de alejarse para observar el espectáculo, pero Nathan tomó su mano; y un chute de adrenalina invadió el cuerpo de la mujer al ver la mirada de claro deseo que él le lanzaba.

Se dio la vuelta de nuevo y el hombre se pegó a su cuerpo, al tiempo que ambos fingían observar cómo la pareja del centro se contoneaba al ritmo de la música.

—Aunque no lo creas, soy una buena chica —dijo ella sobre el estruendo de la música.

—¡Ya lo creo que sí! —sopló Nathan en su oído con tono provocativo—. Aunque las chicas buenas no mueven el trasero de la manera en la que tú lo haces.

Elizabeth sintió la presión de su miembro.

—Una cosa no tiene que ver con la otra —replicó moviéndose para provocarlo más.

En un recóndito rincón de su conciencia una voz le gritaba que esa noche terminaría en la cama de Nathan, era un hecho casi consumado.

Estaba segura de que si quisiera arrastrarlo hasta el baño de la discoteca pondrían remedio a las ganas que brotaban como llamas entre los dos.

—Hace mucho tiempo que no se me ponía tan dura, ya ves el efecto que produces en mí —murmuró él.

Elizabeth soltó la risa, sin creerle, pero no se despegó, ni dejó de balancearse al ritmo de la melodía.

—Habrá que ponerle remedio, sería una pena desperdiciar esa elevación de talento.

Nathan soltó una carcajada que sorprendió a sus vecinos de baile.

—Esa es mi chica.

La tomó de la mano y la llevó a la barra donde brindaron con un par de shots más.

No quería apresurarse, por él, la hubiera sacado enseguida del lugar, pero estaba seguro de que daría un paso en falso, y a lo mejor la chica, en esa instancia, lo rechazaría.

Era del tipo paciente, simplemente esperaría la señal.

—¿Quieres jugar?

—¿No es lo que hemos estado haciendo desde que nos conocimos? —Elizabeth se rio, dando un sorbo a una botella de agua que acababa de pedir.

—Oh, no. No todo ha sido un juego, créeme —contestó él al tiempo que golpeaba con la copa el mesón del bar para llamar la atención del barman. El joven se acercó y Nathan pidió una botella—. Un trago por cada respuesta que yo crea errónea.

Elizabeth se quedó unos segundos sopesando la propuesta.

—¿Y qué vas a preguntar?

—Empecemos con algo sencillo… ¿hace cuánto vives en Chicago?

Elizabeth alzó la botella de agua.

—Esa es fácil, ocho años.

—Bien.

—¿Vas mucho a Colombia?

Nathan vio la luz de sus ojos apagarse. Se sintió un poquito cabrón, pero el gesto le causó curiosidad.

—No.

—¿Cuánto hace que no vas?

Ella negó con la cabeza como si recordara algo y escogiera ese momento para despejarse y erigir unas defensas que él vio construirse segundo a segundo.

—No voy a hablar sobre eso.

—Tienes que beber entonces.

Nathan le pasó la copa con el licor. Ella miró el trago, dubitativa.

—No es justo —lloriqueó.

—Pocas cosas en la vida lo son. Bebe.

Él sonrió mientras la observaba. “Si no fuera tan guapo”, caviló ella.

—¡Eh!, ¿qué pasa con mi ronda de preguntas?

—No estamos hablando de mí.

—No estoy en una entrevista, tú también tienes que contestar —insistió.

Nathan blanqueó los ojos, ya ambos estaban bastante achispados.

—Está bien, pregunta —claudicó él.

La mente de Elizabeth se disparó, quiso preguntarle muchas cosas: de dónde era, a qué se dedicaba, si había alguien importante en su vida.

Se veía cálido, cómodo consigo mismo y la miraba como si fuera capaz de adivinar todo lo que la aquejaba.

De pronto tuvo ganas de bajar sus defensas, pero tampoco podía meter la mano en el fuego por él, el hecho de que fuera medianamente amable y pareciera interesado en ella no hablaba de su carácter ni mucho menos. Se fue por lo más fácil.

—Dicen que la elegancia de un hombre está en la seriedad de su boca, ¿qué tan elegante eres, Nathaniel?

El hombre le regaló un gesto cómico, se acercó a ella y le susurró al oído:

—No soy nada elegante, con mi boca me gusta decir y hacer guarradas, ¿quieres probar? Puedo describirte todo lo que quisiera hacerte y no es nada refinado. Excitante sí.

Elizabeth se sintió tentada a contestarle que podría hacer lo que quisiera, pero no estaba acostumbrada a ser tan obvia.

—¿Has escuchado lo que dicen de los que alardean?

—Puedo probártelo cuando quieras. —Se separó de ella y bebió un sorbo de agua de la botella de la chica—. No dejas de observarme, aún no te fías.

—Es difícil, me he topado con mi cuota de personajes raros. Tengo que acostumbrarme.

Nathan elevó los hombros sin abandonar su gesto cómico.

—Es lo justo, no tenemos prisa.

—¿Serie favorita? —interrogó ella.

—Breaking Bad, ¿la tuya?

—Sex and the city. La trama, las conversaciones, el vestuario y los zapatos me vuelven loca.

Él la miró con algo parecido a la conmiseración y ella decidió tomar otro trago e ignorar su mirada. Si él supiera…

—La has contestado, no tienes que hacerlo.

—Quiero beber —dijo, sonando demasiado infantil para su gusto.

Nathan se puso serio de pronto.