CAPÍTULO 1 #2
La chica le causó curiosidad, quería crear un clima divertido y de confianza, además, no tenía nada mejor que hacer, la fiesta lo llamaba, pero tuvo la impresión de que pasaría un rato más agradable al lado de esa mesera de ojos de ónix que con cualquiera de las modelos en bikini que revoloteaban por el lugar.
—¿Qué superpoder tendrías?
La chica soltó una carcajada melodiosa.
—¿Es en serio?
—Sí —respondió él. La pregunta, así pareciera superficial, tenía la facultad de indagar sobre las necesidades ocultas de la gente.
Ella pensó por unos momentos.
—Leer la mente de las personas.
“Así que te han traicionado y eres desconfiada”, caviló Nathan. Normalmente, el superpoder que se elige es una manifestación extrema de las emociones que gobiernan la vida.
—¿Cuál sería el tuyo? —preguntó la joven.
—Volar.
—¿Para huir?
Nathan la miró con renovado respeto y alzó los hombros.
—Me gusta la libertad.
—A todos nos gusta —concluyó ella mirando el cielo multicolor.
Una canción que no supo reconocer se mezclaba con el sonido de la pólvora y las risas de la gente.
Gente que llevaba una vida tan diferente a la suya.
El hombre a su lado le resultaba familiar, como si lo hubiera visto antes, pero no recordaba dónde.
En esos días apenas podía pensar: Daniel y Lucy le habían dado una semana para que encontrara otro sofá donde dormir.
Tendría que buscar un nuevo alojamiento.
Hacía dos meses se había visto obligada a cerrar su pequeño puesto de joyas en un mercado artesanal y dejar su modesto apartamento en Little Village.
Estaba cansada de llevar sus pertenencias en un par de bolsas de lona, trabajar día y noche, y apenas sobrevivir.
La chica se levantó, pero Nathan la atajó.
—Espera, todavía no sé gran cosa de ti.
—No lo necesitas —recalcó ella categórica, avanzando hasta la escalera por donde había subido a la terraza. Su jefe debía estar buscándola y no podía permitirse que no la volviera a llamar.
—Te invito a cenar. —La propuesta la sorprendió y se dio la vuelta mientras observaba al hombre que la formulaba. Lo miró, confusa, preguntándose por qué se tomaba tantas molestias. Había mujeres hermosas por todo el lugar. A lo mejor era algún pervertido y de esos había que salir huyendo.
—No lo creo.
—Vamos, no es gran cosa. No te voy a hacer daño, me miras como si tuviera un jodido tercer ojo en la frente o te acabara de proponer darte un millón de dólares porque pasaras la noche conmigo.
—Si esa fuera tu propuesta, la aceptaría sin problemas. Pero no hago cosas raras.
El sonido de la risa de Nathan la descolocó por un momento.
—Solo quiero charlar, una cena, o podríamos ir a bailar, lo que prefieras, mantendré mis perversiones a raya.
—Había dejado la botella encima de una mesa y se acercó de nuevo a ella—.
Si te preguntas por qué te estoy invitando, no le des tantas vueltas, me intrigas, me pareces atractiva y quiero saber tu verdadero nombre.
“Suerte con eso”, pensó ella.
—¿Qué tienes que perder? —insistió él.
¿Qué tenía que perder? El hombre le ofrecía una jodida puerta a algo mejor de lo que vivía en ese momento, por lo menos por un rato.
Se quedó mirándolo concentrada, podía jurar que era solo un par de años mayor que ella.
Además de guapísimo. Lo vio acercarse con las manos en los bolsillos de sus caros pantalones, llevaba camisa clara y mocasines deportivos, todo de fina marca.
Había algo más en la profundidad de sus ojos oscuros, una antorcha que mantenía el fuego de su mirada; la nariz tenía algún tipo de desviación, seguro por algún golpe; el cabello castaño, desordenado y rebelde; era delgado y musculado, ella apenas le llegaba al hombro y eso que tenía tacones de algunos centímetros.
De talante despreocupado, en modo “soy jodidamente rico y hago lo que quiero”, su sonrisa gritaba que nunca había pasado necesidades ni había sido acorralado por la vida.
Sin embargo, se negaba a catalogarlo como siempre lo hacía con los hombres que se relacionaban con ella.
La pregunta que siempre se hacía era: “¿Este chico sobreviviría en mi caótico mundo?”.
Y no se refería a sus magras finanzas, que la obligaban a pasar necesidades, algo que estaba segura que no soportaría ningún yupi de la fiesta.
En cambio, él, a pesar de su despreocupación, le transmitía una fuerza que no era patente para muchos, estaba segura.
La mirada que le destinaba era de evidente interés y sería una tonta si negara que también se sentía atraída.
El hombre tenía razón, el talante en el que pronunció “María” estaba lejos de ser discriminatorio.
Sus ojos transmitían calidez y curiosidad, como si ella fuera digna de estudio, y su manera de reaccionar había sido defensiva, como siempre, quiso pincharlo para ver cómo reaccionaba, pero ni siquiera eso lo incomodó.
Soltó un suspiro mientras lo observaba. ¿Qué tenía de malo pretender por una sola noche que todo estaba bien en su mundo?
El chico podría regalárselo, para él sería una más; para ella, sería soñar que por un rato llevaba una vida normal.
—¿Cena y baile? —preguntó ella. “Una noche, solo una noche, por favor”, le susurró a la vida.
—Cena y baile —confirmó él.
—Tengo que volver al trabajo —dijo, bajando las escaleras con celeridad.
—Espera —insistió Nathan—. ¿A qué horas sales?
—A las diez acaba mi turno. —El hombre estaba tan cerca que podía olerlo, podía sentir su calor.
Tuvo el loco impulso de pegarse a él. ¿Cuánto hacía que no estaba con un hombre?
Más de año y medio, seguro ese era el precio de la abstinencia, desear a un completo desconocido hasta querer fundirse en él.
—Termina tu trabajo con calma, te esperaré al frente. Mi auto es el convertible de color rojo. —La diversión brillaba en su rostro.
La joven blanqueó los ojos.
—Bien. —Caminó con celeridad hasta las cocinas. Se miró la indumentaria, qué no daría por cambiarse, darse una larga ducha, soltarse el cabello, ponerse tacones. Se despabiló, la vida era así de furcia y no iba a desperdiciar la oportunidad.
—¡Vaya! —señaló Consuelo Martínez, otra de las camareras—. Quería fumar un pitillo contigo, pero me di la vuelta al verte en compañía de semejante ejemplar.
—No fue nada, dos extraños compartiendo espacio.
—Es muy guapo —soltó la chica volviendo a lo suyo.
A medida que repartía canapés por una de las estancias de la casa, se preguntaba qué tan buena idea sería salir con una persona a la que no conocía de nada.
Una vocecita le susurraba que era una mala idea, pero sus emociones deseaban una evasión.
Estaba cansada de cuidar cada paso que daba.
En la siguiente hora, sopesó los pros y los contras de salir con el joven.
Mientras repartía la última ronda de canapés de su turno, se preguntó qué tenía de malo compartir una noche, solo una noche, con un chico sexi que no tendría idea de la bomba de relojería que se estaría llevando a la cama.
Antes de las diez estaba en el baño del servicio, se lavó la cara y se soltó el cabello, sacó un peine de su mochila y lo peinó hasta dejarlo presentable.
Se puso labial con algo de brillo y rubor en las mejillas.
Se miró la indumentaria, nada que hacer, se soltó un botón de la blusa, se miró por última vez al espejo, tomó una respiración profunda y salió.
Nathan la estaba esperando con los brazos cruzados y recostado en la puerta de un auto, exudaba elegancia, rebeldía, sexualidad y luz propia, un conjunto que por un momento la dejó sin respiración.
Él percibió que la chica solo lo miraba a los ojos, sin parecer impresionada por su ostentoso auto, como si estuviera acostumbrada al lujo.
—¿Lista? —Se enderezó y fue a su encuentro con movimientos felinos.
Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Su mirada la atravesó como cuando estaban observando los fuegos y una oleada de deseo la asaltó en cuanto él se acercó, la tomó del brazo y la llevó hasta la puerta del automóvil.
—A propósito, me llamo Elizabeth.
—Bonito nombre. ¿Sin apellidos? —se apresuró a preguntar él. Vaya, la chica lo había sorprendido, el cabello suelto le cambiaba de manera drástica el tipo y quiso devorarle el brillo de labios de un beso. Escondió su deseo tras una enorme sonrisa—. Soy Nathan.
Ella asintió de nuevo y le sonrió mientras se acomodaba en el auto. Nathan dio la vuelta y se acomodó el cinturón de seguridad.
—Un placer, Nathan.
El auto avanzó hasta la reja de salida de la mansión y luego se incorporó al tráfico de la ciudad.