HERMANOS KING CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Nathan King giró la llave del encendido.

El motor rugió sobre el sonido del oleaje y de los vítores y silbidos de la gente que se agolpaba en el muelle.

Todos esperaban ansiosos el inicio de la competencia de motos de agua que, cada cuatro de julio, un grupo de antiguos compañeros de colegio y universidad realizaban en el club acuático que rodeaba un exclusivo sector del lago.

Se ubicó en la línea de salida, en hilera con cinco vehículos más.

Miró con expectativa a sus adversarios y le pareció muy fácil el desafío.

En cuanto el juez dio la orden de inicio, salió disparado, y en segundos parecía que la moto volara a ras del agua aventajando a sus contrincantes por varios metros.

Se ajustó sus gafas de sol y saludó a la gente con un gesto de la mano antes de avanzar lago adentro.

A medida que aumentaba el kilometraje a límites no permitidos, sentía que desconectaba del mundo.

Era la misma sensación que lo acompañaba siempre que enfrentaba algún reto, ya fuera en un deporte de riesgo, al poner en práctica una idea de negocios o cuando se disponía a tomar a una mujer.

Imaginaba que esa había sido la misma emoción que acompañó a su padre antes de abandonar este mundo en un vehículo muy parecido al que en esos momentos él manejaba.

Al virar hacia la izquierda, dio un volantazo tan fuerte que creyó que saldría disparado.

Un golpe de adrenalina le llegó junto a un choque de electricidad, muy parecido al que experimentaba al alcanzar el orgasmo.

Sonrió al ver que Steven Parker se acercaba y aceleró aún más.

Rodeó una boya que indicaba el lugar donde se debía dar la vuelta.

Observó el horizonte, se alejó cien metros más y allí lo vio: un montículo de piedra, quinientos metros lago adentro.

Sin pensarlo, aumentó aún más la velocidad, y ya que el oleaje lo ayudaba, accionó uno de los embragues y elevó el vehículo por sobre la piedra.

Al caer de nuevo en el agua, tuvo la certeza de que había sido descalificado de la carrera.

No le importó, la emoción del salto superaba con creces la de una simple victoria.

Al llegar al muelle, se percató de que la gente hablaba más de su temerario salto que del ganador de la competencia.

*****

Observaba la fiesta desde la esquina de una de las terrazas.

Instantes atrás había decidido alejarse del gentío con una botella de su viejo amigo Jack Daniel´s.

Aunque disfrutaba de la música y de la compañía, le gustaba observar los juegos pirotécnicos, que empezarían en minutos, sin distracciones.

Los acordes de una canción de Maroon five se deslizaban por el lugar, un tema muy suave para su gusto, más en sintonía con el rock pesado, la música tecno y una que otra melodía de reggaetón.

La celebración, una de las tantas a las que había asistido ese día alrededor del lago Michigan, estaba en todo su esplendor.

Después de la carrera, había estado en compañía de Brandon y su novia Eva.

Le alegraba el alma ver por fin feliz a su hermano mayor, que por esos días había dejado el ceño fruncido y era todo sonrisas.

Sabía que las cosas serían diferentes ahora, ya no podría entrar al departamento del mayor de los King a cualquier hora sin correr el riesgo de encontrarse con el culo de su hermano al aire en alguna escena subida de tono.

No, no quería eso grabado en sus retinas, además, ellos merecían ser felices y gozar de su intimidad.

Cinco años había estado su hermano separado de Eva por culpa de una trama maligna urdida por su hermanastro Ryan Winthrop.

No lo habían tenido fácil, pero las cosas se arreglaron y ahora la pareja apenas se podía quitar las manos de encima y todo el lugar era una jodida constelación de corazones púrpuras.

Sí, ellos estaban mejor solos, y él necesitaba más acción, así que se había despedido temprano y hecho un tour por las reuniones de sus amigos.

En esos momentos se encontraba en la mansión de Dante Di Marco, un joven genio de las plataformas digitales cuya empresa había acabado de salir a bolsa.

Las mujeres se paseaban en bikinis y pantalones cortos por todo el lugar.

Los meseros iban de un lado a otro con bandejas rellenas de comida o licor.

A lo lejos, se escuchaban las risas, las conversaciones y los juegos de los que estaban en la piscina.

El sol se desvanecía en el ocaso dando paso de mala gana a la oscuridad, mientras Nathan daba cuenta de un par de tragos más.

Los juegos pirotécnicos, para celebrar la jornada más patriótica del pueblo norteamericano, empezaron y el cielo se vistió de colores cuyo reflejo muy pronto se extendió sobre la superficie del lago.

Hasta él llegó el aroma del humo de un cigarrillo mentolado que le dijo que no estaba solo.

Sus ojos se posaron en el perfil de la mujer que, a un par de metros de él, aspiraba el pitillo y botaba el humo en volutas.

La miró con detenimiento. Vestía una falda negra a la rodilla y una blusa blanca: el uniforme de las chicas que atendían a los invitados.

No había reparado en ella en la fiesta. La verdad, poco reparaba en el servicio, aunque se negaba a pensar que era un esnob, más bien lo achacaba a que había demasiado estimulo visual con todas esas mujeres semidesnudas paseándose por el lugar.

Observó su perfil de nuevo, algo le llamaba la atención y por un momento pensó que ella debería ser una de las invitadas a la fiesta y no estar en la labor de atender a la muchedumbre.

Llevaba el cabello —una melena oscura, abundante y ondulada— recogido de manera desordenada en una pinza gruesa, de la que escapaban algunos rizos rebeldes.

No era muy alta, pero sí curvilínea, la blusa blanca se ajustaba a su pecho.

A pesar de que le atraían las mujeres con buena delantera, esta chica no era su tipo: por lo general le gustaban altas, de caderas reducidas y porte de modelo.

—El cigarrillo mata.

La mujer se dio la vuelta y le obsequió una mirada sorprendida.

Era evidente que no había reparado antes en él.

“Dios, qué ojos”, caviló. En un rostro de pómulos altos y labios carnosos, la mujer ostentaba dos hermosas piedras, oscuras como un cielo de medianoche sin estrellas, o como el ónix que Mathew le había mostrado el día anterior.

—El licor también —fue la respuesta de ella.

Nathan agachó la mirada y sonrió.

—Touché —dijo haciendo un brindis con la botella.

Se puso de pie, y se acercó a la chica, pero se detuvo al ver que retrocedía, a lo mejor pensaba que se propasaría y la entendía, en el lugar habría más de uno dispuesto a meterle mano al servicio y más si estaban pasados de tragos o de otras sustancias.

Levantó la mano en un intento de calmarla—. Tranquila, solo quiero charlar.

—Yo debo volver al trabajo —dijo ella refregándose las manos en la falda.

Al moverse, él se percató de los aretes grandes con piedras de colores que bailaban en sus orejas. Otorgaban vivacidad a su atuendo, en un claro mensaje de rebeldía. A Nathan le gustó.

Dejó la botella a un lado.

—¿Cómo te llamas?

—¿Importa? —contestó la mujer con una ceja levantada.

Él se acercó e inclinó la cabeza a un lado sin dejar de mirarla.

—Sí, claro que importa.

Ella sonrió.

—Pobre chico —dijo, negando con la cabeza—, está tan aburrido con todas esas bellezas en bikini revoloteando alrededor, que le parece más interesante la charla con una simple —se miró el atuendo— mesera.

Nathan frunció los hombros.

—Ya ves —respondió con guasa. En ese momento, el cielo se llenó de palmeras multicolores, repletas de estrellas que iban a morir al lago. “Qué vida tan corta”, caviló Nathan—. Hermoso, ¿verdad?

—Es como si un pequeño universo apareciera de pronto. Soles luminosos, estrellas iridiscentes.

—Y nuestros corazones vibrando al compás de los estruendos —remató él con voz pomposa.

La chica lo miró con un brillo pícaro en los ojos.

—Corazones que laten al unísono ocasionando un estallido. —Soltó una carcajada y apagó el cigarrillo en un vaso plástico con agua que alzó del suelo.

—Diablos, como poetas vamos listos —sentenció Nathan.

—Si tuviéramos que vivir de eso, moriríamos de hambre.

—No creo —rebatió él—, podríamos imprimirle ritmo de hip-hop, o, mejor aún, convertirlo en reggaetón.

Ella soltó la risa.

—Con unas frases subidas de tono, lo elevaríamos a poesía urbana, podría funcionar.

Entre las rarezas de Nathan estaba la de ser muy curioso respecto a la gente, le gustaba catalogarla enseguida. La chica era de ascendencia claramente latina y parecía tener un buen nivel intelectual.

—Ya que te niegas de decirme tu nombre, te llamaré María.

Ella abrió mucho los ojos y Nathan no supo interpretar su expresión, pero de algo estaba seguro, hubo una brizna de dolor en sus ojos y algo de temor que disimuló en un santiamén.

—Eso es lo más simplista que he escuchado —dijo ella con un deje de sarcasmo y humor en su tono. Podía jurar que algunas estrellas de los fuegos artificiales se reflejaban en los ojos del chico.

—Soy recursivo, trabajo con lo que hay. Si te ofendió, mis disculpas. También me gusta hacer preguntas, ¿te molesta? —preguntó, mirándola otra vez. No supo por qué de pronto se alzó en él un instinto de protección, pocas personas le inspiraban ese sentimiento.

Ella sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos.

—¿También las contestarías?

Nathan le lanzó una mirada curiosa, y movió la cabeza de lado a lado.

—Eres de las listas.

—Puede ser. Si obviamos el nombre, mi canción favorita, de dónde soy, qué me llevaría a una isla desierta y nada de poesía (apestamos en creación literaria), podríamos intentarlo.

—No me dejas muchas opciones, la verdad —contestó con un matiz burlón, dando otro sorbo a la botella.

—No soy fácil.

“Eso lo veremos”.