HERMANOS KING CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Eva quiso otra copa, que Nathan, como si adivinara sus pensamientos, le pasó enseguida.

Se notaba que disfrutaba de la situación.

Brandon estaba hermoso, meditó ella, con el cabello peinado hacia atrás, una camisa blanca y vestido de dos piezas de color gris claro, el típico traje de verano.

Tenía la barbilla sombreada y sus ojos del color de la plata la acariciaron de arriba abajo. Llevaba una bebida en la mano.

—Joder con los tres hermanos King —señaló ella—. Deberían multarlos por exceso de belleza.

Nathan y Mathew soltaron la carcajada. Brandon la miró como si hubiera prendido una hoguera en su pecho. Estaba desesperado por arreglar las cosas, la voz le salió ronca en cuanto la saludó.

—Hola, James, me alegra mucho que hayas venido.

Ella siguió, ajena a lo que ocasionó su comentario. Brandon la notó achispada y se dijo que esta vez sí se aprovecharía de eso.

—No podía perderme el cumpleaños de Nathan. —Levantó la copa y bebió un sorbo de su vino.

—Suero de la verdad, esto pinta interesante —observó Brandon. Se acercó a ella y chocó su vaso en un brindis.

—Salud, por los reencuentros, que ponen tu jodido mundo de cabeza y te dan una buena patada en el culo.

Nathan y Mathew chocaron sus copas también mirando a uno y a otro.

Eva sonrió, brindó y bebió un sorbo sin dejar de mirar a Brandon.

—La señorita Selma te amenazaría con lavarte la boca con jabón. A propósito, ¿cómo está ella?

Brandon se sentó en el sofá a su lado y extendió las piernas.

—Ella está bien, aunque la edad le ha pasado factura, tiene días buenos y días malos. Los buenos empiezan a escasear.

—Lo siento mucho.

—Gracias.

—Creo que Mathew y yo tenemos mejores cosas que hacer, no he sido un buen anfitrión. Dejemos solos al par de tórtolos —sugirió Nathan, dejando su bebida en una mesa.

Eva había estirado las piernas como Brandon.

—No, chicos, no se vayan, aún tenemos que ponernos al día —dijo e hizo el amague le levantarse, pero ellos no la dejaron—. Quédense otro rato, los he extrañado mucho.

—Estoy celoso —intervino Brandon sin dejar de mirarla—, ¿cómo es que puedes ser amable, sonreírle a este par de cabrones y a mí no?

"Ellos no me rompieron el corazón", quiso decirle ella.

—Porque son mis amigos y Nathan es muy gracioso —retrucó ella, blanqueando los ojos como si fuera lo más obvio del mundo.

—Yo también puedo hacerte sonreír. —Ella lo miró de manera dubitativa—. En serio —él le acercó su boca al oído—, recuerda que te conozco: cosquillas en la cama.

Mathew resopló.

—Si eso es lo que tienes —se burló—, te veo mal, has perdido facultades.

—Eh, no lo hace tan mal —saltó Eva enseguida a defenderlo.

Los dos jóvenes soltaron un silbido.

—Estoy calentando, apenas —contestó Brandon, satisfecho al ver que Eva era una lluvia de verdades—. Mejor piérdanse.

—Vamos, aquí estamos sobrando —dijo Mathew a Nathan.

Eva hizo otro ademán de levantarse, pero Nathan, a una mirada de Brandon, se acercó a ella y en un rápido movimiento le sacó los zapatos.

—¡Eh, devuélveme los zapatos! —Eva se levantó enseguida, como si no se hubiera bebido un solo trago, al tiempo que Nathan se acercaba a la salida.

—Las mujeres tienen un sentido de protección muy arraigado en cuanto a sus piezas de vestuario —afirmó Nathan.

—Habla con mi hermano —dijo Mathew a Eva, cruzó los brazos y se puso al lado de Nathan—. Y yo mismo te los devuelvo.

—No tenemos nada de qué hablar —señaló Eva mosqueada.

—Ya lo creo que sí —se aventuró a decir Nathan.

Eva se plantó frente al par de hombres dispuesta a escapar, pero Nathan estiró uno de sus largos brazos, la tomó por la cintura, la hizo girar de un tirón y la llevó de vuelta hasta Brandon, que ya estaba de pie.

—¡Suéltame!

—No.

—¡Retiro lo dicho, son horribles! —exclamó ella con las manos en la cintura.

—Ya lo sabemos —contestó Mathew mirándola con ternura. Luego miró a su hermano con un deje de preocupación.

Brandon la observaba con una enorme sonrisa.

Estaba tan jodidamente hermosa y no solo por su físico perfecto, era ella, su James, la chica que lo enamoró tiempo atrás, despojada de su armadura: volvía a recuperarla.

No se cansaría de mirarla, pero ya había girado lo suficiente alrededor de ella, como si fuera el maldito sol, quería aventurarse a las llamas.

—Diablos —dijo ella mirándolo seriamente—. Tienes la sonrisa que quiero para mis hijos.

"Ya era hora, gracias Dios", susurró Brandon.

Nathan le dio los zapatos a Brandon y el par de hermanos salieron de la estancia como si tuvieran fuego en los pies. Eva de pronto fue consciente de lo que había dicho.

—Dime que no dije eso en voz alta —murmuró un poco avergonzaba.

—Disfruté cada palabra.

Eva le golpeó el brazo.

—Me haces decir cosas estúpidas.

Él le dijo con aparente calma:

—James, con gusto te daré hijos en las combinaciones que quieras.

Ella se volteó y se tapó la cara con ambas manos. Se sentía asustada, si las cosas no funcionaban esta vez, estaba segura de que moriría de pena.

—No puedo hacer esto.

Se dirigió a la salida, pero Brandon la alcanzó en un santiamén.

—¡Sí puedes!

Le aferró el brazo con suavidad y tras darle la vuelta, la miró fijamente y la tomó por los hombros.

—Es como estar al borde de un precipicio —murmuró ella—. Quiero paz.

—Vivimos en el borde del precipicio, siempre —señaló él con pasión—. Esa sensación es la que nos hace sentir vivos, James.

Cerró los ojos unos instantes.

—Quiero respirar tranquila.

—Dicen por ahí que la vida no se mide por las respiraciones que tomamos, sino por los momentos que nos dejan sin respiración.

Abrió los ojos.

—¿Qué quieres de mí, Brandon?

Él quiso borrarle el gesto angustiado con besos.

—¡Te quiero a ti! —Brandon le sostuvo el rostro para forzar los ojos de Eva a permanecer en los suyos—. Quiero tu alma, tu cuerpo, lo quiero todo.

Eva presentía el fin de la batalla donde ella sería la perdedora. Trató de liberarse y él no la dejó. Acusó su mirada feroz.

—Escúchame —dijo en tono de voz contenido.

La compresión de que si no era ella no sería nadie más, hacía que le resultara difícil respirar.

Absorbió el aire con avidez antes de volver a hablar—.

La jodimos en grande, James, y, sin embargo, no quiero estar en otro lugar.

Eres mi todo, grábatelo de una vez y si tú no sintieras lo mismo, créeme que te dejaría en paz, pero te conozco como si fueras mi jodida alma.

Pasamos por mucho, no vamos a abrir los jodidos libros viejos ahora, pero volvimos a encontrarnos, la vida nos brinda esta nueva oportunidad y no podemos arruinarla.

Un silencio cayó entre ellos, mientras Eva cataba sus palabras.

Desvió la vista hacia el lago, cuyas aguas tranquilas despedían chispas de plata como el color de los ojos de Brandon.

A lo lejos les llegaban los acordes de una canción de Ed Sheeran, Thinking out loud, en la voz del vocalista del grupo musical que animaba la fiesta.

La brisa traía las conversaciones y la risa de la gente.

—Tengo miedo de arruinarlo.

Los brazos de Brandon la rodearon en un fuerte abrazo, como en el pasado. Ella quiso llorar, se sentía tan bien, lo había echado de menos de manera feroz. Se había perdido de tanto. El hombre que amaba estaba de nuevo a su lado, quiso fundirse a él para no separarse jamás.

—Yo también —declaró él solemne sobre su cabello y luego aflojó el abrazo—. Así que, señorita Eva James, ya que está sin zapatos, me veré en la obligación de alzarla y sacarla de aquí.

Ella sonrió en medio de sus ojos llorosos.

—Podrías probar a devolverme mis zapatos.

Él negó con la cabeza.

—Y perderme de lo que has querido que haga todo este tiempo, no, James.

La alzó en un solo movimiento y se la atravesó en la parte superior de la espalda.

—¡Suéltame! —dijo con un dejo de risa en la voz.

—No quieres, tu jefe dice que te aguantes. —Le pasó los zapatos.

—Mi jefe es un prepotente y dictatorial.

Eva escuchó un resoplido.

—Eso dicen, también que es muy guapo y buen amante.

—Palabras, palabras.

Atravesaron el jardín ante las miradas curiosas de algunos invitados, el resto no les prestó mayor atención, a lo mejor, estaban acostumbrados a las excentricidades de Nathan. Llegaron al auto. Brandon la bajó con cuidado, Eva soltó la risa.

—Te demostraré lo equivocada que estás en minutos. —La miró de nuevo de arriba abajo—. Te ves preciosa con ese vestido.

Ella se dio la vuelta. El cabello le bailó en consonancia con el giro y Brandon supo que se moriría sin ella.

—Me lo puse para provocarte.

—Lo lograste, no sabes lo que me haces.

Ella sonrió. Él le atrapó el rostro con ambas manos y le dijo:

—Te doy tres opciones: Me besas, te beso o nos besamos…

Eva no lo dejó terminar y empezó a besarlo como si se fuera a morir si no lo hacía.

Oh, sí, sí y mil veces sí, a lo que él le propusiera.

Le acaparó los labios, robándole el aliento, el alma; enredó las manos en su pelo y tiró de él para profundizar el gesto, Brandon le acarició el cuello y pasó los dedos a lo largo de su columna, haciéndola estremecer mucho más y hechizándole de nuevo el corazón.

Él profundizó aún más el beso, recorriendo el interior de su boca con la lengua, apropiándose de nuevo de su esencia.

Apenas respiraban, a ella las piernas empezaron a fallarle, eran conscientes de que estaban dando un espectáculo, pero no les importó.

Al cabo de unos segundos, Brandon se separó de ella, respiraba de manera agitada.

—¿A dónde quieres ir? —preguntó con la frente pegada a la de Eva y aferrándole las manos, como si se le fuera a escapar a la menor oportunidad.

—Donde sea, siempre que sea contigo.

Brandon la ayudó a entrar al coche con celeridad, ella se ajustó el cinturón, las manos le temblaban.

Él, nervioso, le dedicaba vistazos rápidos.

Eva tomó su mano cuando sujetó la palanca de cambios y él se tranquilizó.

Cerró los ojos rogando que no fuera un sueño y que la caricia que ella destinaba al dorso de su mano fuera real.

Al abrirlos, observó sus manos unidas y se prometió que pondría un anillo en su dedo muy pronto.

Un nudo en la garganta le impedía decirle tantas cosas, prometerle que repararía cada herida de su corazón; de pronto sintió la mirada aguada y se controló como pudo antes de soltar el llanto como un niño.

Al llegar al edificio donde vivía Brandon, salieron con celeridad del auto y apenas pudieron aguantar las ganas en el ascensor, donde se volvieron a besar. De no ser por que subió una jovencita que al parecer iba para el gimnasio, él la hubiera tomado allí mismo.

Atrapados en un remolino erótico y carnal entraron al departamento.

Se desnudaron a toda velocidad, dejando un reguero de ropa en el camino al dormitorio.

Ya desnudos, se abrazaron de nuevo, como si no soportaran estar separados ni un segundo.

Se tumbaron en la cama, la piel de Eva erizada en respuesta al contacto de Brandon.

Quería decirle muchas cosas, urgirlo a que se deslizara en su interior, quería sentirse suya, que calmara sus ansias, tener la facultad de devolver el tiempo y quedarse justo en ese instante sagrado en el que sus corazones latían al unísono, con prisa, ante la urgencia de satisfacer un deseo que iba más allá de lo carnal.

Los ojos de Brandon se deleitaban en la piel y las curvas de la mujer.

—Te he soñado así muchas veces, en mi cama, tu hermoso cabello suelto en mi almohada —gruñó mientras la tocaba—, tus pezones erguidos esperando mi toque, mis besos.

—Te necesito, ahora —ordenó ella.

Brandon quiso jugar un rato.

—¿Quieres que me aproveche de una mujer ebria?

—No estoy ebria —soltó ella, indignada, mientras Brandon acariciaba su sexo, liso y húmedo—. Eres el hombre más hermoso que he conocido.

—Gracias a Dios por el vino —sonrió ladino—. Te tomaré de tantas formas que se te irá la borrachera en un santiamén.

Necesitaba saborearla, tocar con su boca el paraíso en medio de sus piernas, chuparla, saborearla, marcarla.

Se perdió en su sexo, la besó por todo el tiempo en que quiso hacerlo, pero no la tuvo, y ella le respondió con igual ardor.

La necesitaba con urgencia. ¡Oh, Dios mío!

Encendido por sus gemidos, su aroma y su sabor, sabía que estaba irremediablemente atrapado, y en cuanto por fin se unió a ella, con el corazón en carne viva y las ganas desbordadas, le dijo:

—Soy tuyo. —Empujó más fuerte—. Siempre he sido tuyo.

—Aún me duele el corazón —murmuró Eva mientras Brandon empujaba de nuevo dentro de ella. Le golpeó con un puño la espalda en un gesto más parecido a una caricia que a una agresión.

—Lo sé —gruñó él, desesperado por atravesar la barrera hasta llegar a su alma—. Viviremos con ello, James, porque no te dejaré marchar.

No era gentil, pero tenía el presentimiento de que Eva no quería gentileza. Brandon ya no pensaba, era como si toda su sangre se hubiera ido a una sola parte de su anatomía. Ella gimió y su espalda se arqueó aprisionándolo más.

—Nunca he dejado de amarte. —Soltó un profundo gemido mientras su sexo empezaba a contraerse y veía estrellas tras sus ojos—. Te amo, Brandon King, y te amaré siempre.

Ahí estaba la claudicación que tanto necesitaba, gimió agradecido.

Ella era su reina y él, su esclavo que demandaba misericordia.

Estaba dispuesto a arrodillarse hasta conseguirlo, le daría la vida perfecta que ella se merecía, le daría todo.

La besó como soñó que lo haría en el momento en que esas benditas palabras se deslizaran de su boca.

—Yo también te amo. —Echó la cabeza hacia atrás, su cuerpo temblaba sin contención al deshacerse en pedazos.

Minutos más tarde, en cuanto pudieron normalizar la respiración, Brandon se acomodó detrás de ella, le daba besos en la nuca y los hombros mientras mimaba su abdomen.

Eva le acariciaba el brazo y meditaba que la vida era como una montaña rusa, con subidas y bajadas; el secreto estaba en sortear las bajadas con valentía, y aprender y atesorar experiencias en el trayecto a la cima, y ya en esta, saborear los éxitos y disfrutar de todo lo bueno que traía la existencia; para cuando tocara de nuevo el descenso, poder hacerle frente con arrojo y saboreando cada instante al lado del hombre que le había regalado la vida. Se volteó y miró a Brandon.

—No habrá camino de regreso —dijo ella.

Él le sonrió con el gesto más feliz y enamorado que le había visto nunca y le contestó:

—No regresemos entonces.