CAPÍTULO 38 #2
Eva se engañaba, repitiéndose que las cosas entre ellos no podían ser, pero su amor era imparable.
No le hacía mucha gracia ver que sus sentimientos no habían cambiado, que él podría tenerla de nuevo donde quería.
Rememoraba frecuentemente los sentimientos de esa época, la emoción, la felicidad, lo bien que se sentía adorarlo y luego el resentimiento que la corroía y perseguía.
Ese espacio de tiempo era la oportunidad de sanar heridas, de dar vuelta a la página, era de tontos culparlo, porque su incapacidad para superarlo, era una emoción suya y en sus manos estaba el remedio.
Tenía que perdonarlo y perdonarse, el problema era que frente a él volvía a ser esa jovencita vulnerable y enamorada de tiempo atrás y le temía a confiar de nuevo.
Soltó un suspiro, le gustaba en lo que Brandon se había convertido, la atracción estaba allí, cercándolos, ¿qué pasaría si le diera una oportunidad?
Era una locura, espantó sus pensamientos y siguió organizando los puntos de la reunión.
Brandon tomaba una larga ducha después de haber hecho ejercicio en el gimnasio gran parte de la mañana.
Era el día de la celebración del cumpleaños de Nathan.
Un nudo de temor atenazaba su vientre, no sabía qué esperar de Eva y sentía que se le acaba el tiempo.
Mientras se frotaba el cuerpo con una toalla, pensó que ella siempre había tenido la sartén por el mango en la relación.
Recordó el trabajo que le costó años atrás conquistarla y luego como lo había embrujado hasta depender de ella como nunca creyó depender de otra persona.
Y lo que era más risible, había sido en muy poco tiempo, estaba seguro de que algunas personas, si no la mayoría, no le creerían o pensarían que le faltaba un tornillo.
Ya no era ese hombre joven, sentía que había pasado mucho más tiempo del que en realidad había transcurrido.
Sacó la ropa del vestier y empezó a vestirse.
Se sentía cansado, agitado y hambriento.
Ahora era un hombre curtido en batallas de todo tipo y lo único que quería era a ella, toda ella, su alma fundida a la suya, sus gemidos en su oído y su miembro enterrado en su interior.
Dios, el sexo con ella era… celestial. Ahora entendía a Adán, pobre diablo, si la Eva original tuvo una cuarta parte del encanto de su Eva, estuvieron condenados desde el inicio de los tiempos.
Hacer el amor con ella era como caer en un hechizo, había sido así antes, y lo poco que pudo probar en su breve encuentro semanas atrás le dijo que las cosas seguían igual.
Se moría por devorarle el sexo y que ella lo acaparara en su interior, que lo tomara completo.
Podía vislumbrar toda la escena, ella en su cama dispuesta, su sexo brillando de excitación, invitándolo a devorarla; le amarraría las muñecas al cabezal de su cama y sus gemidos tapizarían las paredes de la jodida habitación, la escucharía gritar su nombre una y otra vez, pero lo más importante, lo verdaderamente importante, ella pronunciaría las palabras que había querido escuchar desde que atravesó la puerta de su oficina con su aura de guerrera: "Te amo, Brandon King, te he amado siempre", y él le devoraría de nuevo la boca para sellar esas palabras, para sellar la promesa.
Se sumergiría más en su interior diciéndole cuanto la había extrañado y que estaba igual de enamorado.
El timbre del móvil lo sacó de su fantasía.
—¿Qué haces que no has puesto tu culo aquí? El auto de Eva está entrando al aparcamiento del club.
—Voy.
Eva se había mirado en el espejo el vestido de flores sin mangas y a la rodilla que había escogido para la fiesta de cumpleaños de Nathan, que se celebraría en el club Lincoln Hills, en horas de la tarde.
Decidió peinar su cabello en ondas gruesas y maquillarse de manera suave, solo sus labios resaltaban en un tono más oscuro, quería que Brandon la notara.
Se calzó unos zapatos de tacón alto y puntudo que encontró en una caja, aún tenía equipaje sin desembalar: llevaba dos semanas viviendo en el departamento, pero no le había quedado tiempo de hacer mucho.
Llamó a John para decirle que ya estaba lista. Se había habituado a la presencia del hombre que, como cancerbero, la seguía a todas partes.
En la entrada al club cotejaron su nombre con una lista y el auto avanzó por el camino rodeado de árboles y flores a lado y lado; los majestuosos prados del campo de golf se extendían a la distancia.
Al pasar una curva vislumbró las pistas de tenis y una de las piscinas, y llegaron a una edificación anexa a la casa principal, una mansión campestre utilizada para las fiestas de tarde y que daba al lago Michigan, donde había un yate del que disfrutarían al atardecer.
John aparcó en medio de autos de toda clase y dio la vuelta para ayudarla a bajar. Una panda de amigos reía y bromeaba mientras caminaba rumbo a la fiesta.
El lugar estaba a reventar, hombres y mujeres vestidos de manera casual y elegante iban de lado a lado con diferentes bebidas en sus manos.
Un camarero pasó por su lado y le brindó una copa de champaña; la bebió de golpe, necesitaba calmar el cosquilleo en su estómago: en cuestión de minutos vería a Brandon y no sabía qué le deparaba la velada.
Dejó la copa en una mesa auxiliar, tomó otra de una bandeja que pasó por su lado y atravesó la puerta de cristal que daba a un mirador.
El bufet estaba ubicado en esa parte, pero no tenía hambre; deambuló buscando a Nathan para felicitarlo, y de camino saludó a un par de profesionales del departamento financiero y bromeó con los chicos de marketing y publicidad.
A su izquierda había una pista de baile y una orquesta animaba con un tema melódico de Aerosmith.
Encontró a Nathan en una salita que daba a un jardín, algo alejado del bullicio, charlando con un hombre alto que estaba de espaldas a ella. En cuanto él la vio, gritó:
—¡Eva! Ven acá corazón y dale un beso a este sapo. —Le abrió los brazos y ella correspondió el saludo como merecía.
—Te besaría esa hermosa boca, pero creo que terminaría eunuco al cabo de un rato —dijo guiñándole un ojo.
—¿Eva? —oyó preguntar el hombre con el que hablaba Nathan y de inmediato se dio la vuelta.
—Te lo dije —retrucó Nathan al hombre, señalando a Eva—, lo lleva de cabeza, peor que años atrás.
—Como debe ser.
—¡Mathew! ¡Por Dios! —exclamó Eva, a quien la bebida empezaba a hacer efecto.
El hombre la saludó encantado.
—Estás bellísima y me alegra muchísimo verte, he extrañado nuestros duelos de Call of Duty.
—Yo también —contestó, encantada.
El par de hombres la invitó a sentarse en un sillón.
—Tendremos que ponernos al día. ¿Cuándo llegaste? —preguntó ella complacida, llevaba el corazón encogido por culpa de los recuerdos de una época dichosa.
—Ayer en la mañana, duré casi dos días viajando.
Eva sonrió.
—He visto las fotografías y los informes, has hecho una fantástica labor con el taller de talla y tasaje.
—Ha sido una buena experiencia —soltó el chico dando un sorbo a su bebida.
Joder con los hermanos King, Dios había sido injusto al repartir tanta belleza en una sola familia.
Mathew mantenía su talante serio, pero sus ojos brillaban de humor, era el más introvertido de los tres.
Los dos vestían traje de material delgado y camisas blancas, pero sin corbata, ella se imaginó que dentro de poco las chaquetas saldrían a volar.
—¡Vaya! —exclamó Brandon con ese tono de voz que tenía el poder de erizarle la piel—. Han hecho fiesta aparte, chicos, eso está muy mal. Han acaparado a la mujer más bella de la fiesta.