CAPÍTULO 38
Tan pronto saltó de la cama, Brandon salió a correr por el sendero del parque a poca distancia de la torre de departamentos donde vivía.
Hacía tres semanas que Eva le había contado de su hija y todavía le dolía.
Ni de lejos le habían servido de consuelo las palabras del par de expertos en neonatología que consultó, según los cuales, así la niña hubiera contado con todos los recursos, era muy poco lo que podría haberse hecho por ella.
Igual él debió haber estado allí, su hija y Eva lo necesitaban.
Lo avergonzaba rememorar esa época, ya que lo único que recordaba era la fila de mujeres sin rostro con las que estuvo, el licor y los días encerrado en su oficina trabajando para evadir la herida en el pecho.
Gracias a Dios, el trabajo y los viajes a las diferentes sucursales lo tuvieron ocupado por más de dos semanas.
Era poco lo que había visto a Eva, se notaba que ella se sentía incómoda en su presencia y él no quería imponerse.
Como si les fuera difícil enfrentarse, ya sin máscaras, vulnerables y con un pasado que ninguno de los dos sabía cómo empezar a superar.
Deseaba darle algo de espacio y tiempo para que meditara, se acostumbrara de nuevo a su presencia, y a su trabajo, porque no la iba a dejar ir de su empresa cuando la asesoría terminara, era una mujer brillante, intuitiva, recursiva y muy organizada.
Sería un activo muy valioso y él estaba dispuesto a darle lo que quisiera con tal de que se quedara.
Esperaba con algo de tiempo arreglar las cosas si es que todavía tenían arreglo.
Sus pensamientos se mezclaban con un tema de The Killers conectado a sus audífonos, sus pasos consumían la distancia del sendero.
La vida por fin ponía las cosas en su lugar, le gustaba ver a Eva recorriendo las diferentes estancias de su empresa, como si tomara posesión de algo que siempre fue suyo, ojalá hiciera lo mismo con él.
Tenía unas ganas inmensas de redimirse de alguna forma, de adorarla, de acompañarla en todos sus logros, de darle aliento para que cumpliera sus sueños y metas.
La quería feliz, realizada con él, darle hijos.
Era la mujer de su vida, la única y estaba loco por darle el mundo.
Al llegar al departamento, Nathan lo esperaba sentado en una de las poltronas de la sala. Ojeaba las noticias en su iPad.
—No te voy a hacer desayuno, vamos tarde para la reunión a la que citó Eva con la gente de marketing.
—Soy capaz de hacerme el desayuno yo solito, papá.
Brandon se quitó la camiseta y se limpió el sudor. Debería quitarle las llaves. Al hombre se le olvidaba aprovisionar la alacena y asaltaba la cocina de Brandon cada tanto. Nathan le extendió la tableta.
—Mira, agarraron al cabrón.
Brandon leyó la noticia: “Ryan Winthrop, CEO y principal accionista de Fiduciaria WBP es señalado por los delitos de lavado de activos y operaciones con recursos de procedencia ilícita. Las autoridades federales tomaron las instalaciones de la inversora el día de ayer en horas de la tarde. Un juez federal dictó medida de aseguramiento contra Ryan Winthrop, Phillipe Basil y Tom Paterson. La justicia norteamericana investiga a Winthrop por supuestamente formar parte de un entramado ilícito que habría movido de forma oscura decenas de millones de dólares, dentro de los Estados Unidos, y a través de transferencias a Islas Caimán y países de Europa. Winthrop fue detenido en la tarde al salir de un exclusivo club del centro de la ciudad, en un operativo en el que participaron alrededor de una treintena de agentes federales, y se encuentra recluido en una de las cárceles del condado”.
—¡Por fin se hace justicia! —saltó Brandon con la primera sonrisa en semanas.
—Es muy grave —señaló Nathan—, me imagino cómo se deben estar sintiendo Parker y mamá.
Brandon le entregó el dispositivo.
—Ryan no podía salirse con la suya siempre. —Omitió una opinión sobre su padrastro y su madre—. Tengo que contarle a Eva.
Fue hasta la nevera y sacó una botella de agua que bebió de un sorbo.
—A propósito de Eva, me causa gracia ese jueguito que se traen ustedes dos entre manos.
Brandon dejó la botella en una mesa y arrugó el ceño.
—¿A qué juego te refieres?
—Me recuerdan a un par de luchadores que dan vueltas en el ring sin llegar a tocarse, como si temieran hacerlo.
—Yo no le tengo miedo a Eva —bajó el tono de voz—, le estoy dando su espacio, ambos tenemos muchas cosas que asumir.
Nathan se levantó.
—Si tú lo dices.
—Es así —trató de convencerlo Brandon, aunque la verdad era que sí tenía miedo de que ella no quisiera nada con él, que lo mandara al infierno, donde merecía estar.
Estaría en todo su derecho, pero estaba desesperado por una jodida oportunidad.
Le enviaba flores, escuchó que su café favorito lo vendían en una cafetería a pocas cuadras del lugar, y cada vez que llegaba a su oficina, él personalmente se encargaba de que tuviera su provisión de la primera hora de la mañana.
John, el chofer, prácticamente trabajaba para ella.
En cuanto se encontraban por los pasillos o en alguna reunión, la chica se sonrojaba y le regalaba una sonrisa. Eso hacía sus días más llevaderos.
—Mejor te das prisa. David, uno de mis chicos de publicidad, quiere invitarla a salir.
Brandon hizo caso omiso del comentario, aunque por dentro los celos le jugaran una mala pasada.
—No te creo nada, mejor vete de aquí y gracias por la noticia de Ryan, me alegraste el día.
Con el pretexto de darle la noticia del encarcelamiento de Ryan, Brandon entró a donde trabajaba Eva.
Llevaba en las manos su café y un bollo de canela, recordaba que en el pasado le gustaban.
Estaba sentada de espaldas a la puerta hablando por el móvil con alguien.
Al tiempo acariciaba el pétalo de una orquídea que Brandon había enviado el día anterior, había tres arreglos en la oficina. Dios, tenía que parar, caviló.
—Sí, muñeca, te prometo que el domingo te llevaré al circo. Pórtate bien, Sophie, dale un beso por mí a tus abuelos.
La imaginó, tierna y cariñosa, cuando tuviera sus propios hijos. Soltó un suspiro y cuando ella se volvió, chocó con su mirada azul.
—Hola. —Puso el café y el postre frente a ella, que le sonrió agradecida.
—Hola —aferró el café—, gracias, no has olvidado que no funciono sin mi dosis de cafeína.
—No he olvidado muchas cosas —retrucó él tomando asiento frente a ella.
Ella no dijo nada, bebió de su café y dio un bocado al pastelillo, luego enterró el rostro en el cajón del escritorio buscando una servilleta.
—Tengo que contarte algo.
Algo en el tono de Brandon obligó a Eva a levantar la cabeza enseguida.
—¿Sí?
—¿No has visto hoy las noticias?
—No he tenido tiempo, estoy reorganizando algunos temas de la reunión, ¿ocurrió algo?
Brandon hizo un gesto afirmativo sin dejar de mirar la miga de pastel alojada en una comisura de su boca.
—Encarcelaron a Ryan Winthrop.
Ella se quedó mirándolo sorprendida.
—¿Por qué? —atinó a preguntar.
Brandon se levantó, dio la vuelta y sin poderse aguantar le retiró el resto de pastel.
Ella se quedó estática, no supo él si fue por la noticia o por el gesto.
Mientras Brandon le relataba sus pesquisas y lo ocurrido, Eva no dejaba de mirar lo guapo que estaba y de pensar en lo que su presencia estaba ocasionando en ella.
No era indiferente a ninguno de los gestos y miradas que él le destinaba.
—Logramos reunir pruebas, el gobierno no podía hacer la vista gorda con la cantidad de documentación que se le entregó.
Ella lo miró preocupada.
—Ojalá nunca averigüe que fuiste tú el artífice de todo, Ryan es un hombre malo.
—Nunca le he temido y sabía que tarde o temprano este día iba a llegar, está en la cárcel como la rata que es y quiero que te olvides de ese hombre.
Ella sonrió triste.
—Ojalá fuera tan fácil.
—James, no sabes lo que daría por devolver el tiempo y haberte evitado esa horrible experiencia.
—No debes culparte del actuar de Ryan, él es el único culpable.
—Y la ambición de mi madre —interrumpió él.
Brandon se dijo que era suficiente con rememorar una situación que no se podía modificar y quiso cambiar de tema.
—¿Vas a ir a la fiesta de cumpleaños de Nathan?
Eva asintió, más tranquila por el cambio de tema.
—Como perdérmela, me envía recordatorios cada tanto.
—En su celebración de cumpleaños fue que empezó lo nuestro —dijo él con intención, empapando su rostro con una mirada cálida y una sonrisa que causaba estragos a su corazón.
—Brandon… —señaló Eva en tono de advertencia.
Deseaba besar esa sonrisa, quería besarlo tanto hasta quedar grabada a fuego en su corazón.
Disimuló como pudo la turbación que la invadió.
Era muy difícil resistirse a él, a sus gestos, a sus absurdas pestañas, al brillo de sus ojos ardientes que le repetían en forma de promesa: “Tuve tu corazón una vez, volveré a tenerlo”.
Él se levantó de la silla sin llevar las cosas más lejos.
—Está bien, te dejo trabajar, nos vemos en un rato.