CAPÍTULO 37 #2
—¿Qué te pasa? —preguntó, sorprendida por el comportamiento de su hijo.
Brandon se quedó mirándola con incredulidad.
Era la mujer que le había dado la vida, pero siempre puso los intereses materiales por encima de él y de sus hermanos.
La sabía ambiciosa, vanidosa y egoísta, pero nunca capaz de lastimar tanto a otra persona.
Eran tantos los reproches que llevaba atravesados en el alma; le costaba tanto hablarle, mirarla frente a frente, la ira apenas lo dejaba cavilar.
—Pasa que lo sé todo. Sé del engaño que urdiste con Ryan para sacar a Eva de la empresa y de mi vida, ¿cómo pudiste?
La mujer se quedó como estatua.
—No sé de qué estás hablando.
—Lo sabes, lo del hotel fue orquestado por ustedes dos, el hijo de puta de Ryan puso cámaras en la habitación, ¿lo sabías? La observó todo el tiempo como el maldito pervertido que es. ¿Lo sabías? —gritó.
La mujer se puso pálida y le empezaron a temblar las manos, incapaz de pronunciar palabra.
—Ni siquiera puedes negarlo. La drogó y pudo haberla violado, si yo no llego al momento y todo con tu aval. ¿Cómo puedes vivir tan tranquila?
—No tenía idea de que hubiera sido tan…
—¿Sórdido? Los detalles no te interesan con tal de no ensuciarte, otros son los que cargan con tus culpas, pero en esto no. Me rompiste el corazón, te importaron una mierda mis sentimientos, no fuiste leal a tu hijo, sangre de tu sangre. Nunca le haría eso a un hijo mío. No me cabe en la cabeza.
La mujer se levantó y se acercó a él.
—Lo sé, actué mal —claudicó angustiada—, pero en mi defensa te digo que lo hice por ti, por tu futuro, te vas a casar con la mujer más bella y rica de Chicago.
Brandon soltó una carcajada carente de humor. Le parecía asombroso que justificara sus acciones delictivas y que encima quisiera endosarle de por vida una mujer igual a ella en principios.
—¿Crees que voy a compartir mi vida con una tramposa?
Anne se quedó con la boca abierta.
—¿De qué estás hablando?
—Sé todo sobre los diseños, que cedió su trabajo para ensuciar a Eva con Maurice Weisz y que le robó los diseños a Elizabeth.
—Esas son tonterías.
Brandon la observó con estupor.
—Para ti lo son, no para mí, ni para mis hermanos. Hiciste daño a personas inocentes, solo por tu egoísmo y vanidad. Pero Eva es mejor persona que tú y que todos nosotros y no me alcanzará la vida para pedirle perdón.
Anne lo miró furiosa.
—Ah, así que se trata de eso, ya volvió para freírte los sesos. Los hombres son todos iguales, solo piensan con una cosa. —Trató de acercarse, pero Brandon la atajó con ambas manos—. Hijo, con el paso del tiempo verás las cosas de diferente manera.
—No lo creo, no quiero saber nada más de ti. Mantendré la investigación a raya, si pongo los hechos en manos de la ley, podrías ir a la cárcel, pero no te deseo ese mal.
—Pero, Brandon…
—¿Sabías que tuve una hija… —Anne lo miró como si hubiera recibido un bofetón— … qué vivió solo cinco días? A lo mejor si Eva y mi hija hubieran contado con más recursos hoy estaría viva, no lo sé, pero esto no te lo perdonaré nunca.
—Lo siento mucho, hijo…
—Ya no eres mi madre, nunca lo fuiste.
Anne se quedó mirándolo sin pronunciar palabra.
—No les voy a contar a mis hermanos tu intervención en el asunto, a los ojos de ellos, Ryan será el único culpable, pero no volveré a esta casa nunca más.
Se dio la vuelta y salió de allí sin mirar atrás.
Tan pronto Brandon salió de la casa, Anne se quedó de pie en medio de la sala, sin saber qué hacer. Todo había sido por nada, el sueño de ver a sus hijos a la cabeza de la elite de Chicago no tendría lugar si Brandon no se casaba con Cassandra.
En cuanto Anne King se disponía a salir de la casa, la figura de la señorita Selma se materializó ante ella. La enfermera la llevaba en la silla.
—¿Qué haces aún levantada, mammy?
—Déjanos solas, muchacha —dijo a la enfermera.
—Organizaré el mueble de medicamentos —dijo la joven encerrándose en la habitación.
La señorita Selma miró a Anne con severidad.
—Cuando llegué a la casa de los Butler con treinta años de edad, tú eras la preciosa niña de la casa, recuerdo que tocabas el piano cuando te vi por primera vez, tenías once años y parecías un ángel. —Sonrió con incredulidad ante el recuerdo.
—¿Estás nostálgica, mammy? —preguntó la mujer, preocupada, a lo mejor había escuchado los reproches de Brandon. Ella era su conciencia, siempre lo había sido, pero nunca a lo largo de los años la había visto tan furiosa—. Yo también extraño Charleston.
Anne se dio la vuelta y caminó hasta la ventana, mirando a la anciana por el reflejo del cristal.
—Llegué a ti demasiado tarde y eso es algo que no sabes cuánto lamento al ver los tres hermosos hijos que te regaló la vida, a los que has tratado sin la más mínima compasión.
La mujer dio la vuelta con un brillo furioso en la mirada.
—No sé de qué hablas, mammy.
—Yo sí sé de lo que hablo, todos en Charleston sabíamos que te hizo falta una buena cueriza de pequeña. A lo mejor sin tantas contemplaciones hubieras sido un mejor ser humano. ¡Hoy al escuchar los reproches de ese hijo que tienes, además de pena, sentí vergüenza! ¡Eres una desalmada!
—No sé de qué hablas.
—Lo sabía, vi tu mano y la de ese malvado de Ryan en esto, no soportabas que tu hijo se hubiera enamorado de una chica sencilla.
La mujer se acercó con los puños apretados.
—¡Cállate! No tienes derecho a hablarme así. Soy tu patrona.
—Eras mi patrona, puedo irme cuando se me antoje. No pude proteger a mi niño de tu alma egoísta y ambiciosa. Agradece que ya no estoy a tu servicio, no podría hacerlo sin pensar en envenenarte o escupirte en la comida.
—¡Estás loca, vieja! —exclamó Anne sorprendida y temerosa, si había un juicio al que temía era al de la señorita Selma.
—La vida se encargará de hacerte pagar caro todo el sufrimiento que le has causado a Brandon, le rompiste el corazón y no te lo perdonaré nunca.
La mujer la miró con culpa, ella la conocía demasiado bien.
—Mammy, ahora lo ves así —se acercó la mujer dispuesta a calmarla. No se imaginaba la vida sin su mammy, ella era el único bastión que la ligaba al sur de sus padres, era el último eslabón de conciencia que le quedaba—, pero es lo mejor, esa chica no era para él.
—¡Eso no tenías que decidirlo tú!
—No entiendes mis responsabilidades, las presiones que tengo soportar todos los días.
—No me hagas reír, eres dura de corazón y mañana mismo llamaré a Brandon o a Nathan, me largo de aquí.
—No me dejes, mammy. —La mujer le habló como cuando era una niña—. Tú eres lo único que me queda de mis padres.
—Querida, ya no estamos en la época de la esclavitud, hablas como si yo fuera un bien o una herencia. Tus padres se revolcarían en su tumba de ver en lo que te has convertido.
Anne salió de la casa dando un fuerte portazo.