HERMANOS KING CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

—Llegamos, señor King.

Treinta minutos atrás, Brandon había recibido una llamada de Mark, en la que le comentaba que ya sus hombres habían dado con el paradero de Spencer. Lo había recogido a la salida de la empresa. Miró la hora, faltaban pocos minutos para las ocho de la noche. Se bajó del auto.

—¿Está seguro? —inquirió de nuevo el jefe de seguridad, sabiendo de antemano la respuesta.

—Lo estoy, vamos.

El vecindario era un suburbio de clase media, la casa tenía un amplio jardín, vio varios juguetes desperdigados en el prado.

La luz de la sala estaba encendida. Brandon tocó el timbre.

Un hombre de estatura mediana, cabello largo y chivera hizo su aparición.

¿Qué pasaba con los hombres de ahora y sus chiveras descuidadas?

¿Es que no tenían una jodida barbería cerca?

—¿Martin Spencer?

El hombre hizo un gesto afirmativo, correspondió el saludo al reconocer a Brandon, salió y cerró la puerta tras él.

—Mi esposa está tratando de dormir al bebé, está partiendo las encías, no es una buena noche —dijo el hombre, visiblemente asustado.

—No lo demoraremos —aseguró Mark.

—¿Pasó algo? —Su mirada iba de uno al otro.

—Sí, señor Spencer, ocurrió algo y mientras venía hacia acá, me asesoré legalmente.

—Era un farol, pero Brandon tenía el presentimiento de que el tipo era manejable, aunque esos eran los más peligrosos cuando se sentían acorralados—.

Ante todo, necesito la verdad, dependiendo de la información que me brinde, sopesaré si recurro o no a las autoridades —continuó.

Vio palidecer al hombre.

—No sé de qué me está hablando.

—Yo creo que sí. Estoy hablando de la cuenta de correo electrónico que hackeó hace tres años, para engañar a una joven. Eso es un delito.

—No tuve nada que ver —aseveró angustiado.

Brandon frunció el ceño y empezó a golpear una mano contra la pierna en gesto impaciente.

—Tenemos un testigo que asegura que fue usted quien lo hizo. Además, hay pruebas, señor Spencer.

El tono de voz de Brandon trataba de ser calmado igual que su expresión, pero por dentro hervía de la rabia. ¿Cómo se le habían pasado tantas cosas por alto? En este momento no se sentía el hombre brillante que varios diplomas acreditaban.

Spencer empezó a caminar en el porche con una viva angustia. Al momento de abalanzarse sobre Brandon, Mark lo atajó, sacó su arma y se la puso en la sien.

—Si usted colabora —dijo Brandon ante su mirada aterrada—, podríamos llegar a un acuerdo, al fin y al cabo, es a Ryan Winthrop al que quiero, no a usted.

El hombre miraba a uno y a otro sopesando qué hacer, tardó unos segundos en elucubrar una respuesta.

—No hablaré hasta no tener la seguridad de que nada me va a pasar, no me puedo dar el lujo de ir a la cárcel. Tengo un niño con parálisis cerebral y un bebé de meses. Lo hice por mi hijo enfermo.

Brandon chasqueó los dientes.

—Señor Spencer, nada ni nadie nos obliga a delinquir, si usted no hubiera padecido esas circunstancias, de todas formas lo habría hecho.

—Se nota que no tiene hijos.

A Brandon lo frustraba no poder denunciar directamente a Ryan o a cualquiera de sus cómplices por lo ocurrido, pero su madre estaba en el medio y Joyerías Diamond no soportaría el escándalo y menos con los planes de expansión que tenía.

Tendría que manejar la situación con mucha prudencia y hacer pagar a los culpables sin que se viera involucrado el buen nombre de la empresa.

Además, también tenía que pensar en Eva, un escándalo, así fuera la parte afectada, no le convendría a su desempeño profesional.

—Señor Spencer, no voy a llevar este caso a las autoridades, confíe en mí, pero necesito la verdad, si hago una exhaustiva investigación y me entero de que está involucrado en algo más, no tendré compasión con usted.

La puerta se abrió y salió una mujer bajita, pelirroja y con algo de sobrepeso. Se le notaba agotada, vestía una sudadera de color púrpura con el logo de un instituto de educación especial.

—Has seguir a los señores, Martin, y por tus hijos que están durmiendo en las habitaciones de una casa que a duras penas nos podemos permitir, vas a decir toda la verdad, como el hombre decente que sé que en el fondo eres.

La sala era sencilla y práctica, sin adornos, había un corral en una esquina, una silla especial, probablemente para el uso del hijo mayor, en el aire se respiraba el olor a comida y medicamento. Cuando estuvieron sentados en la sala, Martin Spencer se dispuso a contarle a Brandon lo ocurrido.

—Ryan Winthrop me contrató para investigar un agujero de seguridad en el software de la empresa, fue algo sencillo, una fuga sin importancia, la adjudicamos a piratas informáticos de la costa oeste.

Blindamos de nuevo el sistema y todo volvió a estar bien.

Me dio trabajo en la empresa, pero supe que algo no estaba bien cuando me pidió alterar el sistema de seguridad de una empresa bursátil para beneficiarse de unas transacciones.

—¿Por qué lo hizo, señor Spencer? —Brandon se sentó en el mueble, impaciente por escuchar las respuestas del hacker.

—Salud para mi hijo enfermo —aseveró angustiado—. Winthrop tenía un contacto en un laboratorio de investigación para que mi chico entrara en un programa experimental para controlar las convulsiones.

Brandon soltó un suspiro impaciente.

—Continúe.

—El hackeo de su correo fue como un juego de niños. —El hombre tuvo el tino de sonrojarse—. Ryan manejó lo de los correos a la chica. Ella pensó que hablaba con usted todo el tiempo.

Brandon se daría por bien servido donde esa noche no cometiera un asesinato.

—Lo que hizo estuvo mal —dijo con rabia contenida.

El hombre carraspeó y asintió, avergonzado.

—Eso no fue todo.

Brandon levantó las cejas y soltó un resoplido.

—¿Hay más?

—Lo siento mucho, ese mismo día me llamó para que cambiara las fechas de los diseños de un archivo en el ordenador de la diseñadora Elizabeth Castillo.

La rabia apenas lo dejaba pensar. Se levantó como un resorte y en un par de pasos atravesó la estancia. Se puso las manos en la espalda tratando de controlarse, pero no lo consiguió. Se plantó delante del hombre y lo agarró por el cuello de la camiseta, quedando frente a él.

—¡Explíquese! —observó al hombre como si hubiera perdido la razón.

—Lo siento, lo siento.

—Deje de repetir esa mierda —bramó Brandon desesperado. Lo soltó con fuerza, el hombre se tambaleó hacia atrás.

—Los diseños del logo de la señorita Cassandra Elliot eran de factura más reciente que los de la señorita Elizabeth, tuve que revertir las fechas.

Ya.

—Eso es un jodido delito aquí y en el fin del mundo, robo de propiedad intelectual y usted se prestó para ello.

—Lo siento mucho.

—No le creo. —Brandon caminó por la pequeña sala, se dio la vuelta y miró al hombre fijamente—. Por lo que averigüé, usted ya no trabaja con él.

—No. Ryan va desechando personas que ya no sirven a sus fines, vio que no estaba de acuerdo con algunas de sus estrategias y decidí renunciar, tengo familia de la que ocuparme, así que me fui, no antes de que me hiciera unas cuantas amenazas.

Brandon se quedó en silencio sopesando toda la información.

¡Dios! La brecha en su corazón le ardía casi como el primer día.

Inspiró profundo varias veces tratando de calmarse, a esas alturas no podía perder los papeles.

Quería coger a ese pirata a golpes, pero de nada le valdría incapacitarlo cuando podría sacarle provecho. Caviló unos segundos más.

—Vamos a hacer algo, Spencer, necesito sus dotes en informática para coger a Ryan de las bolas.

—Yo ya no hago eso.

—Me lo debe —aseveró Brandon, contundente—. Y si no quiere que usted y su esposa vayan a la cárcel, porque la involucraré en esto, se lo aseguro, y sus hijos terminen en un hogar de servicios sociales, más le vale encontrar pruebas contundentes contra Winthrop.

Después de convencer al hombre de que volviera al lado oscuro para recabar información, salió del lugar rumbo al hotel. Necesitaba verla.

Eva llegó satisfecha al hotel, después de cenar con Janeth y dar vía libre al contrato del departamento.

Se desvistió enseguida y entró en la ducha.

Sintió el agua caliente rodar por su pelo y por su cuerpo, y cerró los ojos: necesitaba relajar la tensión muscular, sobre todo la de los músculos de la espalda, tratar con Brandon la tensaba, era un estrés constante.

Estaba acostumbrada a tratar con ejecutivos difíciles, pero nunca se había sentido tan estresada como con Brandon. Claro que ninguno de ellos era su ex.

Al salir de la ducha, se desenredó el cabello, aplicó una crema suavizante, se puso su pijama de seda y abrió una botella de vino mientras pasaba de un canal a otro en el televisor, quería distraerse, anestesiarse.

Había sido un buen día, la noticia de la adquisición del contrato se había regado como pólvora por la empresa, en Nueva York, había recibido llamadas de sus jefes, del abogado, del departamento legal inquiriendo por el contrato, en fin.

.. Se le presentaba una semana agotadora.

Había hablado con Dominic, sin comentarle aún que Brandon deseaba que fuese ella la encargada de manejar al equipo.

Escogió una película de acción y pidió algo de cenar.

Un rato después, alguien golpeó la puerta, y Eva pensó que la cena había llegado demasiado rápido. Puso pausa a la película y fue a abrir, su pecho colapsó al dar de lleno con la mirada tempestuosa de Brandon, que le dijo en tono serio:

—Volviste pronto de tu cita.

Eva quiso jugar un rato con él.

—Al contrario, es mejor que te vayas, mi cita no demora en llegar —dijo desafiante. Observó que el color del hematoma, se le había oscurecido y la boca ya estaba desinflamada. El corte en el labio apenas se notaba.

“Sobre mi cadáver le vas a abrir la puerta así a cualquier gilipollas”.