CAPÍTULO 33
Mientras se dirigían a sus respectivos autos, Brandon puso al tanto a su jefe de seguridad de lo hablado con Meyer. La rabia apenas lo dejaba respirar.
—¡Vamos a casa de Ryan!
Mark lo observó de reojo.
—Pero, señor, será…
—¡Vamos! —bramó.
Después de varios intentos por aplacar la ira de su jefe, Mark desistió.
Ryan vivía en una casa cerca de Lincoln Park.
Aparcaron el auto frente a una gruesa reja, se bajaron y escrudiñaron algún resquicio por el que acceder a la mansión.
Lo encontraron por el lado de la piscina. Atravesaron esa área.
Brandon agradeció que Ryan odiara a los perros, por una puerta de cristal accedieron a la vivienda. La alarma se escuchó enseguida y las luces se encendieron, Mark se acercó y la desactivó enseguida. Ryan en pijama bajó las escaleras con un arma en la mano, dispuesto a defenderse de su atacante.
En cuanto vio de quién se trataba, descendió sorprendido. Brandon lo alcanzó en el último tramo de las escaleras y como un toro furioso lo agarró de las solapas del pijama, el arma se resbaló de sus manos
—¡Grandísimo hijo de puta!
Ryan lo miraba como si se hubiera vuelto loco y apenas podía modular.
—¡Qué diablos! —exclamó antes de que Brandon le diera un puñetazo en el rostro.
Lo arrastró hasta una pared cercana, aprovechando que apenas se reponía del golpe.
—¡Voy a matarte! Lo sé todo, la manera en que engañaste a Eva, para llevarla a ese maldito hotel.
Ryan lo miró confuso y empezó a su vez a atacarlo para defenderse. Brandon le dio otro golpe que ya el otro, más alerta, esquivó. Se soltó de mala manera y se alejó hasta el centro del salón.
—No me arrepiento, me di el gusto de joderte la vida —soltó con profundo desprecio.
—Eres una maldita rata.
Le dio un golpe en el estómago que Ryan no vio venir.
Se dobló en dos y Brandon se acercó para molerlo a golpes, pero él se escurrió, tenía la ventaja de que conocía la casa y supo esquivarlo.
Brandon tropezó con una pequeña mesa por alcanzarlo, pero eso no lo detuvo, fue de nuevo a por él.
Ryan lo recibió más preparado y se enzarzaron en una serie de golpes mientras ambos caían al suelo.
Mark había tenido el buen tino de resguardar el arma, pensaba que su jefe había sido temerario al enfrentarlo de esa manera, pero la ira apenas lo dejaba razonar.
—¡No entiendo tu odio! Fue así desde que llegaste a mi casa —gritaba Brandon agarrándolo de las solapas y levantándolo de un tirón. Ryan era más bajo, pero estaba más acuerpado, sin embargo, Brandon jugaba con una gran fuerza y agilidad.
—Lo tenías todo —exclamó Ryan con el odio barbotando de su boca—. Te creías el puto rey, mirando el mundo con condescendencia, fuiste el preferido de mi padre. Me alejaron al poco tiempo.
—¡Porque eras un maldito matón! Tirabas la piedra y escondías la mano como el hijo de puta que siempre fuiste, pero con Eva te pasaste.
Le dio un puñetazo en la boca que Ryan respondió.
—Estabas tan encoñado, que fue como quitarle un caramelo a un niño —se burló Ryan y eso renovó la ira de Brandon que lo agarró de nuevo a golpes.
—Te voy a pisotear como la maldita escoria que eres, vas a ver, no descansaré hasta verte hundido. Cuando caigas, porque caerás de una forma u otra, piensa en mí.
Lo soltó con fuerza y cayó cerca de la escalera, Brandon salió del lugar seguido por Mark.
—Buena derecha, jefe.
Brandon se limpió la sangre del labio.
—Gracias. Me voy a casa. Busca a Spencer, quiero verlo mañana.
En el auto de camino a su departamento se permitió por primera vez en cinco años darse una vuelta por los recuerdos agridulces que atesoraba en un espacio de su alma cerrado a cal y canto, de ese amor que, como enfermedad virulenta, había invadido su vida y no tenía intenciones de alejarse.
Se conmovió recordando sus risas, sus charlas, las miradas, la conexión.
Lo que había vivido con Eva había sido tan corto, pero tan intenso, que los había marcado a fuego.
Necesitaba un trago, caviló. Antes de llegar a su casa, se compuso como pudo, el labio estaba hinchado y estaba seguro de que al día siguiente tendría un ojo morado. No le importó, Ryan había quedado mucho peor.
Se apeó frente a un bar, entró a lugar, se sentó y pidió un whisky mientras se perdía en sus pensamientos. El mesero le pasó una bolsa con hielo.
Lo que él sentía era lo mismo que veía en los ojos de Eva, así en ese momento ella quisiera hacer un moño con sus pelotas.
No podía culparla. Le dolía el tiempo desperdiciado en odios, en sufrimientos amargos y resentimientos sin razón.
El arrepentimiento apenas lo dejaba pensar en lo que debía hacer.
Recordaba a su Eva, risueña, combativa, tierna y apasionada, una mezcla que lo volvió loco de amor y deseo.
La forma en que lo miraba… Pero también recordó lo que ese amor había hecho en él, tenía que ser sincero consigo mismo, el amor por Eva lo había vuelto celoso, posesivo, intransigente, tanto, que ella prefirió ocultarle la supuesta amistad con Ryan. Tenía su cuota de culpa en lo ocurrido.
La Eva de la actualidad era lejana, como una escultura de museo que podía admirar, pero no tocar.
Seguía siendo la mujer más hermosa para él, pero había perdido mucha de su alegría, se había vuelto introvertida y muy prevenida.
Claro que tampoco él era un dechado de simpatía, ella no tenía ningún motivo para sonreírle al hombre que la había tachado de zorra y de ladrona.
¡Dios! ¿Cómo había podido equivocarse tanto?
Lo ponía furioso su propia estupidez. Ella nunca lo iba a perdonar.
Sintió por un momento que le faltaba el aire.
Siempre se sintió culpable con su exprometida por no quererla de la manera en la que había amado a Eva, suplía esa falta de amor con regalos, viajes y dándole gusto en lo que ella quisiera, tolerándole sus comportamientos nocivos, que habían sido muchos a la luz de todo lo ocurrido.
Horas más tarde, tocó el timbre de manera insistente, hasta que recordó que tenía llaves del departamento de su hermano en algún cajón del escritorio de su estudio, iba a devolverse por ellas en el momento en que la puerta se abrió y un Nathan cabreado, despeinado y a medio vestir se asomó al pasillo, donde lo encontró recostado en la pared lateral con una botella en la mano.
—¿Qué diablos…?
—Necesito hablar…
Confuso al verlo por primera vez en años en ese estado, Nathan lo llevó hasta la sala, retiró unos periódicos del sofá, lo acomodó como si fuera un niño y le quitó de las manos la botella vacía.
—¿Con quién te peleaste?
Brandon se quedó en silencio. Nathan fue a la cocina, sacó una bolsa de guisantes de la nevera y se la pasó.
—Te haré café.
Brandon sonrió.
—No quiero café —alargó las palabras—. Quiero tomarme un jodido trago con mi hermano.
—Son casi las tres de la mañana, me imagino que estás en la labor hace rato. ¿Te peleaste en un bar? Me hubieras llamado antes y con gusto te habría acompañado.
—Te imaginé ocupado.
Nathan sonrió y fue hasta un mueble de dónde sacó un par de vasos.
—Imaginaste bien. Estoy ocupado.
Brandon hizo el amague de levantarse, pero Nathan no lo dejó.
—Tú te quedas aquí. —Le revisó el labio y el ojo—. Sobrevivirás.
Una hermosa mujer con piernas kilométricas y cabello oscuro hizo su aparición en la sala. Vestía una de las camisas de Nathan.
—Cielo —dijo Nathan a la joven—, vas a tener que disculparme, emergencia familiar, cámbiate, por favor, haré que te lleven a tu casa.
—No es necesario —atajó Brandon, intentando levantarse otra vez, pero Nathan no lo dejó. La cabeza le dio varias vueltas y desistió de su tentativa.
La mujer no dijo nada y se alejó por el pasillo. El hombre tomó el teléfono y solucionó el medio de transporte.
—Siento dañarte tu…
Su hermano menor lo interrumpió.
—No estás dañando nada, acabábamos de llegar de una fiesta, estábamos empezando a calentar.
Brandon se refregó la cara antes de mirar a su hermano de nuevo.
—Ahórrate los jodidos detalles, no me interesan.
Nathan fue hasta la habitación y volvió al poco tiempo con un pantalón de chándal y una camiseta de manga corta.
Acompañó a la chica, que vestía un diminuto vestido de fiesta y estaba encaramada en unos tacones altísimos, hasta la puerta, le dio un profundo beso y la despidió con la promesa de que la llamaría al día siguiente.
Fue al bar, de dónde sacó una botella de Jack Daniels y un par de vasos, y sirvió los dos tragos. Le ofreció el licor a Brandon y se sentó frente a él.
—Ahora sí, buen hombre, confiesa tus pecados, tenlo por seguro que tu hermano te absolverá.
—Brandon bebió un sorbo largo y se quedó en silencio mirando lejos—.
Déjame adivinar, ¿le pusiste los cuernos a Casandra con ese fuego de dinamita que es Eva?
Y para hacer penitencia, te metiste en un bar de mala muerte y te liaste a golpes con un par de moteros, no me quites la ilusión.
—Estás loco.
Nathan no le hizo caso.
—Esa follada no necesita absolución, eso merece un premio.
Brandon fijó la mirada beoda en él y luego miró el departamento, algo desordenado.
—¿Tú solo piensas en folladas?
Nathan, serio en apariencia, le contestó.
—Gran parte del tiempo sí, como la mayoría de los hombres en el mundo cuando vemos un buen culo y un par de tetas, bueno, y cuando no las vemos también.
—Eso es un jodido mito —aseveró escéptico.
—Si tú lo dices. Dime que él o los cabrones con los que peleaste quedaron peor que tú.
Brandon no dijo nada y llevó la mirada al desorden de periódicos encima de la mesa.
—¿Es qué tu mucama no ha vuelto? Esto parece un chiquero.
Nathan bostezó, levantó el brazo y bebió un sorbo.
—Me imaginó que no fue para hablar de folladas y del maldito desorden que irrumpiste en mi casa a las cuatro de la mañana, dando al traste con una sesión de sexo que prometía ser épica.
—No —respondió bajito y con tono de voz ronco.
Tras dejar el vaso sobre la mesa, Nathan se acercó a él.