HERMANOS KING CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

—¡Cariño! —saludó Cassandra, vestida con un traje camisero de diseñador. Estaba descalza cuando se acercó a besar a Brandon. Él le esquivó la boca y se separó enseguida, ella no pareció notar nada raro.

En la sala del departamento había un juego de maletas que la mujer no se había molestado en abrir.

—El viaje fue horrible, hubiera preferido volver por Los Ángeles y no por Madrid. No sé qué pasaba con los operadores, alguna huelga o algo así, nos retuvieron en el avión más de dos horas. Te juro que casi me da un ataque de claustrofobia.

—Necesito hablar contigo —dijo él sin ni siquiera tomar asiento.

—¡Fabuloso, cariño! Deja y ordeno algo de comida, me apena no cocinar hoy, quería hacerte algún plato especial y mostrarte algo que compré.

—Se estiró frente a Brandon y le acarició el rostro en busca de su boca.

Pero él rehuyó de nuevo la caricia, se sentó en el sofá y la invitó a tomar asiento.

La veía y le parecía increíble haberle dado toda su confianza, ¿qué diablos le pasaba a él con las mujeres?

—. Voy por un poco de vino. Necesito reunirme contigo y con Nathan mañana, tengo buenas noticias.

—Siéntate, Cassandra.

A la mujer se le borró la sonrisa. Buscó sus ojos, pero su gesto impenetrable no le dijo nada y se percató de que, desde su llegada, él no la había besado ni una sola vez. Entonces supo que algo grave había ocurrido. Se sentó en el borde de la silla con la espalda recta.

—Me estás asustando, cariño. ¿Qué pasa?

Brandon abrió el sobre que llevaba en la mano y en el que ella no había reparado y sacó el cuaderno de su vergüenza. Cassandra se puso pálida de repente y lo miró angustiada. Se levantó de golpe, le dio la espalda y comenzó a alejarse.

—¿Qué tienes que decirme respecto a esto? —Brandon sacó el resto de papeles y los dejó encima de una mesa esquinera.

Ella se dio la vuelta y los miró con profunda tristeza.

Negó con la cabeza varias veces. De pronto, toda máscara de su rostro desapareció cuando se sentó.

Se cubrió el rostro con las manos y soltó un llanto doliente y desconsolado.

Brandon observaba en silencio su tristeza.

Con los hombros hundidos y los sueños rotos, levantó la mirada y lo enfrentó.

—Estoy tan cansada de fingir, fingir que soy la mujer perfecta para ti, fingir que soy una mujer exitosa, que soy la feliz hija de los padres que la vida me envió.

—Tienes todo, no te quejes, maldita sea, eres del grupo de los privilegiados, no me vengas con enredos. —Su voz sonó dura y helada—. ¿Por qué lo hiciste?

Ella se quedó callada, rompió de nuevo en llanto al comprender que todas las tretas, las mentiras y maquinaciones no le habían servido de nada.

—¡Contesta! —explotó.

Brandon se levantó de la silla y caminó unos pasos por el lugar. Recordó sus inseguridades, su incapacidad de trabajar con otras mujeres, solo una gran inseguridad la tuvo que haber obligado a hacer algo tan incorrecto. Ella se levantó y caminó hasta él.

—Lo repararé de alguna forma, lo siento, necesito que me perdones —rogó ella tratando de llegar a él de alguna forma.

Brandon la tomó de ambos brazos y la sacudió.

—No me has contestado ¿por qué le arruinaste la vida a esas personas robándoles algo que no era tuyo? Robaste sus sueños, sus creaciones, horas de trabajo y esfuerzo, ¿te das cuenta? Eres una vulgar ladrona.

Ella se soltó de su agarre, se alejó y chilló.

—¡No soy una ladrona! Solo quería lo mejor para las joyerías, y de la mano de esas mujeres sin clase los diseños no habrían surgido. —Se golpeó el pecho—. Yo les di clase, les di estilo, los mejoré.

—¡Pero no eran tuyos! —gritó—. ¡Eres una ladrona!

—Anne estuvo de acuerdo conmigo, no le vio nada de malo.

Brandon se irguió como si hubiera recibido una bofetada, reaccionó como siempre que se enteraba de alguna treta de su madre y luego soltó una risotada carente de humor.

—Así que mi madre está en esto —dijo con voz ronca y mirada dura—. Vendiste tu alma al diablo y no te sirvió de nada.

Cassandra se descontroló y se acercó a él, rogándole.

—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!

—Me iba a casar contigo —dijo él descompuesto.

—¡No, mi amor! —Brandon se la sacudió, podía percibir su angustia y quiso herirla de alguna manera, pero se dijo que no valía la pena.

Pensó en Anne y lamentó en el alma tener la clase de madre que tenía.

Cassandra se aferraba a él, suplicando desesperada—.

¡Lo solucionaremos! Perdóname, por favor, nadie tiene por qué saberlo, vamos a casarnos.

Me propusiste matrimonio, yo las buscaré y las compensaré si eso es lo que quieres, les daré un buen dinero.

—Basta —dijo Brandon cansado de la diatriba, él ya había tomado su decisión—. Dicen por ahí que el dinero no lo compra todo. Ni lo intentes.

—Por favor, mi amor —insistió ella, aunque en el fondo de su corazón sabía que no había nada que hacer, lo conocía y Brandon no era de dar segundas oportunidades.

Él la miraba sin creer que la hermosa mujer que tenía enfrente fuera tan egoísta.

Tendría que indemnizar a las mujeres de alguna forma, tapar el error cometido por Cassandra, porque había sido en su empresa y el prestigio de esta podría verse en riesgo.

Tantos años de trabajo, de hacer las cosas bien, para que acciones engañosas de terceros se llevaran su labor por delante. Eso lo enfureció.

—¡Se acabó! ¡Te quiero fuera de la empresa! ¡Fuera de mi vida! Tienes prohibido acercarte a alguna de las diseñadoras, yo me encargaré de ellas, si lo haces te hundiré, no me importarán los años que compartimos juntos. —Soltó un suspiro cansado—. Eva tenía razón sobre ti.

Ella quedó pasmada, dejó de llorar enseguida, se secó el rostro con un arrebato.

—¿Qué tiene que ver Eva James en esto?

Esa sería su revancha, caviló Brandon.

—Todo, ella tiene todo que ver.

Un silencio sofocante invadió el lugar, al tiempo que Cassandra lo miraba pasmada, tratando de registrar lo que escuchaba.

—¿Has vuelto a verla? —preguntó con voz gangosa.

—Sí.

Se acercó a él y lo golpeó en el pecho.

—¡Lo sabía! Esa zorra volvió para dañarlo todo, ¿cómo puedes?

Brandon la aferró de las muñecas.

—¡Cálmate!

Cassandra lo miró con una expresión que Brandon no le conocía y se soltó de manera brusca.

—Todos estos años aguantando tus lágrimas de cocodrilo, ¡mientras te divertías con todas esas zorras! —gritó—. Una mujer tras otra, porque estabas desesperado por olvidarla. ¡Te esperé, imbécil! Año tras año, rogando que me miraras, fui tan estúpida.

—No te lo discuto y como consejo para tu vida, no pongas tus sueños y esperanzas en un hombre, un hombre no va a arreglar lo que está mal contigo.

—¡Lárgate! ¡Vete con tu zorra!

Brandon se dirigió a la salida.

—No te quiero más en la empresa, estás advertida.

Salió del lugar dando un fuerte portazo, hasta el hall llegaban los violentos sollozos de Cassandra.

Salió del edificio presuroso, necesitaba a Eva, lo que iba descubriendo apuñalaba su conciencia.

Necesitaba salir del infierno en el que estaba, así tuviera que caminar por un trecho lleno de espinas para llegar al cielo de su mirada, al calor de sus brazos, al bálsamo de su boca.

La necesitaba y podía pasar el resto de su vida sin necesitar nada más.

Confrontaría a su madre, sabía por Nathan que estaba en Nueva York, volvería a mitad de la siguiente semana, lo que le daría tiempo para recabar más información. El móvil vibró en su bolsillo.

—Ya llegó Meyer a su casa, señor King —dijo Mark—. ¿Qué quiere que hagamos?

Brandon había aparcado en la calle. Aunque tenía una plaza en el edificio de Cassandra, ese día se negó a utilizarla. Oprimió la alarma del coche.

—Ya voy para allá. No lo vayas a espantar, yo hablaré con él. Mantenme al tanto.

Se acomodó el cinturón de seguridad.

—Como usted diga, señor.

Llegó al lugar a los veinte minutos.

—Yo voy a hablar con él primero —dijo en cuanto visualizó al investigador.

—Debería dejar que lo acompañe, no tiene un buen prontuario y pienso que acorralado puede ser peligroso.

Brandon necesitaba tomar la investigación en sus propias manos.

—Puedo cuidarme solo, además, estarás a pocos pasos.

Se metió los puños en la chaqueta y caminaron por las calles mojadas hasta la vivienda, saltó un charco y llegó al pequeño jardín de la casa.

Un hombre alto y delgado de barba descuidada les abrió la puerta. Se sorprendió al verlo.

—Meyer.

El hombre aferró la puerta como si se la fuera a cerrar en la cara.

—Señor King, no lo esperaba —dijo con voz ronca.

En las facciones del hombre apareció un sesgo de temor.

—Tengo que hablar con usted, Paul.

El hombre los miró a los dos y decantó los ojos en el jefe de seguridad, evaluándolo de arriba abajo, seguro calibrando la presencia de un arma. Mark levantó ambas manos en un tácito gesto y el hombre se relajó.

—Viejo Mark, supe que te está yendo muy bien —comentó Meyer.

El hombre no le contestó.

—¿Podemos hablar? —inquirió Brandon.

Meyer abrió más la puerta e invitó a pasar al par de hombres. Brandon le hizo una seña a Mark para que lo esperara afuera.

Entró en un lugar desordenado, que no conocía la presencia de una aspiradora. La vivienda olía a cigarrillo, a comida y a cerveza.

—Si hubiera sabido que tendría visitas hubiera limpiado —dijo el hombre con sarcasmo.

Brandon se cruzó de brazos y se negó a tomar asiento, se acercó a una de las ventanas.

—Voy a ir al grano, Meyer. Necesito que me hable de una época muy específica. Hábleme de Ryan Winthrop y su relación con Maurice Weisz y Eva James.

El hombre frunció el ceño.

—¿Eva James? No recuerdo…

—Mi novia en esa época, hacía su práctica en la empresa.

El hombre recordó enseguida y soltó una sonrisa nerviosa.

—La chica rubia que estaba en el lugar equivocado a la hora equivocada.

El nudo de angustia en el estómago de Brandon se acrecentó.

—¿Qué quiere decir con eso?

El hombre soltó una risa burlona.