CAPÍTULO 31
Las lágrimas distorsionaron su visión todo el camino hasta el hotel y cruzaron su rostro en cuanto atravesó la puerta de cristal, se las enjugó presurosa con ambas manos.
La rabia la invadió porque por un momento estuvo tentada a decirle que sí, a Brandon, el hombre que había herido su corazón con colmillos bien afilados, causando heridas que ella tapaba con tiritas —de trabajo, otros brazos y manteniéndose ocupada todo el tiempo—; tiritas ineficaces, ya que la herida estaba ahí y dolía con más fuerza desde que lo había vuelto a ver.
Subió hasta su habitación en el ascensor sin mirar a nadie, cerró la puerta con rabia, había estado a punto de caer.
No había sido un beso suave, sino uno profundo y abrazador.
Un beso contaminado de resentimiento, deseo y un amor maldito sin final.
¿Cómo podía amar tanto a alguien a quien odiaba?
El frágil hilo de la cordura entre los dos estaba a punto de hacerse añicos, no se engañaba, pero ella nunca sería la tercera en discordia, antes muerta, aunque su parte oscura supiera que nada heriría tanto a Cassandra como que ella se acostase con su novio.
¡Dios! Se iba a enloquecer, había trabajado durante mucho tiempo para superar todo eso, era la prueba viviente de que se podía funcionar con el corazón roto, con el dolor familiar de la herida y de la ausencia, experimentando la vida de la mejor manera y esperando que nunca se volviera a repetir un sufrimiento así.
Se podría escuchar cursi y romanticón, pero era así como se sentía.
Pensó que lo había superado y ahora que tenía que presentar la verdadera prueba de todo lo aprendido, iba a reprobar con muy baja nota.
A su favor tenía que nunca pensó que la trama urdida por Ryan hubiera llegado más lejos de esa parodia en la habitación del hotel.
Lo ocurrido con el dinero y los diseños le parecía mucho más grave para su vida profesional y lo que pensaba Brandon de ella respecto a ese tema la preocupaba más que aquella escena sórdida con la que tuvo pesadillas durante un tiempo.
El lunes llegó a Joyerías Diamond a primera hora de la mañana, había escogido un pantalón pitillo verde con una blusa camisera de seda estampada con motivos de hojas a juego con el color del pantalón.
Sus zapatos de tacón beige y el cabello recogido en un rodete bajo.
Mientras se dirigía a la oficina, rememoró el domingo en Evanston, el grito emocionado de Sophie en cuanto la vio llegar al almuerzo familiar.
Ella la abrazó y la besó por un tiempo más prolongado que lo usual, se dijo que a lo mejor ya lo estaba superando, se sentó a su lado para observar el video de la presentación que se había perdido la tarde anterior, y se le volvió a encoger el corazón al pensar en Sara, mientras veía bailar a su sobrina con su tutú rosa.
Después del almuerzo salió con su padre hasta el cementerio, no sin antes pasar por una tienda de artículos de baile donde compró unas zapatillas de ballet, mientras él compraba flores en un puesto unas puertas más allá.
Al llegar al cementerio, Ian se alejó, dándole unos momentos de privacidad.
—Hola, pequeña. —Tocó la lápida con la mano y sacó las zapatillas de ballet que dejó en la parte superior, acarició el material y las cintas—.
Estoy segura de que serías una estupenda bailarina, mi bella Sara, te imagino con un tutú de colores vivos, no pasteles y tu cabello oscuro recogido en un rodete —suspiró sin dejar de tocar la lápida—.
La primavera está en todo su esplendor, espero que desde donde estés puedas ver el sol, los árboles, las mascotas corriendo por el parque, a veces pienso en cuál sería tu animal favorito, pequeña, te imagino guerrera y perfecta en todo.
—Se quedó callada unos instantes, a lo lejos vio a su padre acercarse—.
He visto a tu padre toda la semana y siempre tengo tu nombre en la punta de la lengua.
Quiero hablarle de ti, no sé cómo hacerlo, mi pequeña, pero lo haré, te lo prometo, tendrás que ayudarme de alguna forma.
Su padre llegó hasta ella y se agachó para hablarle a la pequeña.
—Yo te consentiría mucho, mi Sara, tu abuela y yo te hubiéramos obsequiado mucha felicidad, cachorros, atardeceres y muchas galletas.
—Tu abuelito escogió las flores más bellas y coloridas del puesto de Lucy. Te caería bien, siempre tiene dulces en los bolsillos para regalárselos a los niños. Te amo, pequeña, te amo mucho y me haces mucha falta.
Volvió a su presente cuando la recepcionista le dijo que Nathan la esperaba en el área de mercadeo. Respiró más tranquila, ya que podría ajustar sus defensas para enfrentar a Brandon en cualquier momento de la jornada.
La asistente de Nathan, una joven de estilo algo excéntrico, pequeña y vivaz, con el cabello en varios matices de rojo, hubiera parecido becaria universitaria de no ser por su atuendo un poco más conservador.
Tan pronto Eva se presentó, la chica se levantó para acompañarla hasta la oficina de Nathan, ella le dijo que no se molestara, que con un simple llamado era suficiente, pero la joven desestimó con un gesto la sugerencia de Eva, en segundos supo por qué.
Nathan estaba sentado de espaldas a su escritorio en una pose relajada y con un par de audífonos en los oídos.
—Hace meditación a esta hora —le informó, blanqueando los ojos—. No le gusta que lo interrumpan.
—Volveré más tarde —dijo Eva, pero la mujer negó con la cabeza.
—Voy a interrumpirlo —insistió ella con talante contrariado—, me lo debe, el viernes no pude salir temprano y tuve que plantar a mi novio. Era nuestro tercer aniversario.
—No creo que debas meterte en problemas por…
La mujer no le hizo caso, se acercó a la silla del hombre y le quitó los auriculares. Nathan se dio la vuelta en la silla giratoria, iba a reprender a su asistente, cuando vio a Eva.
Se incorporó de la silla con una sonrisa devastadora.
—Vaya, vaya, miren quien cayó en la jaula del león.
Se escuchó un resoplido de su asistente. Nathan no le hizo caso, tomó a Eva por las manos y le dio un beso en la mejilla. Luego estiró uno de sus largos brazos, la tomó por la cintura, la hizo girar de un tirón y entonces la soltó.
—Eva, qué alegría verte.
—La cabeza me da vueltas —se quejó ella.
—Ese es el efecto Nathan King.
Se escuchó otro resoplido de la asistente.
—Verónica, ya puedes dejarnos solos, y antes de que sabotees otra de mis actividades, tienes una reserva en Acanto para esta noche, así que podrás irte temprano y arreglarte para darle el sí a Paul.
Verónica lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes que él hará la pregunta? —preguntó la chica algo turbada.
—Por Dios, es cuestión de tiempo, llevan viviendo juntos casi tres años, cualquiera que te haya tolerado ese tiempo, si no te ha mandado a freír espárragos, créeme, está listo para hacerte la pregunta. Así que cámbiate ese vestido tan simplón y sorprende a tu chico con algo sexy.
Verónica negó con la cabeza, sonriendo.
—No sé si besarte o abofetearte.
Nathan encogió los hombros y soltó una suave carcajada.
—De nada.
La chica salió del lugar.
—¿Cómo puedes asegurar algo así? —preguntó Eva, sorprendida.
Nathan tenía el descaro de seguir riendo.
—Supe por una vendedora de la joyería en el centro que Paul había estado cotizando anillos de compromiso, así que lo llamé. Verónica lleva más tiempo trabajando conmigo que viviendo con él, la conozco, y lo asesoré en la compra del anillo. La empresa le dio un buen descuento.
Eva se quedó mirándolo un rato.
—Eres un buen hombre, Nathan King.
Él desestimó el comentario con un gesto de la mano.
—Eso no fue lo que me dijeron anoche.
Eva soltó una carcajada.
Era tan parecido a Brandon, pero sin la capa de inflexibilidad que cubría al hermano mayor.
Tenía una hermosa sonrisa y los ojos de mirada pícara, profunda.
No se engañaba con las formas relajadas de Nathan King, era uno de los cerebros detrás del auge de Joyerías Diamond, pero también era un rompecorazones de primera laya.
Era más delgado que Brandon y por lo que sabía, seguía siendo igual de fiestero.
Vestía con traje oscuro y corbata clara, barba de un día sin afeitar.
Sonaba a cliché, pero se veía como si acabara de salir de una sesión de modelaje para alguna revista de modas.
—Vamos a trabajar —musitó Eva, abriendo el maletín con documentos y sacando la laptop.
Nathan la miró espantado.
—¡Dios santo! ¿Tan pronto? Pensé que podríamos atacar unas cuantas rosquitas de chocolate y contarnos experiencias de vida —dijo él acomodándose tras el escritorio—. Mira —señaló una máquina de hacer todo tipo de café—. Puedo ofrecerte un expreso o un capuchino.
—No, gracias. Me temo que tenemos que trabajar.
—Lo haremos, claro que sí, pero cuéntame. ¿Estás soltera, divorciada o…? ¿De qué signo eres? Yo soy de Aries. La astrología no me convence, pero tampoco la descarto…
—Para, para, la verdad me gustaría muchísimo ponernos al día, pero tu hermano no soltará el dinero sino no ve resultados y desafortunadamente debemos trabajar.
—Te volviste aburrida.
—No me volví aburrida —exclamó indignada.
De pronto se puso serio, sus ojos la atravesaron, queriendo comprender por qué su hermano parecía un lobo herido y ella llevaba una tristeza profunda que no era patente para los demás, pero para él sí.
—No rompas su corazón —pidió en tono de advertencia.
—No voy a hablar de Brandon contigo —musitó sin mirarlo.
—Quedó hecho una mierda cuando terminaron.
Ella soltó una risa irónica, acordándose de la noche que fue a darle la noticia de su embarazo y, en cambio, recibió una dudosa propuesta.
—No me dio esa impresión… —Se detuvo, había cosas que dolían y que no tenía intención de mostrar al mundo, bajó el tono de voz y carraspeó incómoda—. Por favor, Nathan, tengo trabajo que hacer.
Él decidió dejarla en paz.