HERMANOS KING CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Brandon decidió esa noche que iría al departamento de diseño de la empresa, debía empaparse de lo que hacía Cassandra. Él le había dado carta blanca en la reestructuración del área, y habían obtenido buenos resultados. Sin embargo, no podía ser tan obtuso, Eva había puesto el dedo en la llaga.

Ese sábado en la mañana llegó a la empresa a primera hora, los empleados no laboraban ese día, pidió a alguien de mantenimiento que abriera la puerta del departamento de diseño.

Le gustaba el orden y el ambiente de distinción que se respiraba en el lugar.

Había una mesa de dibujo, pero su novia prefería el uso de un programa especial en el computador, como todos los diseñadores hoy día.

Entró en la oficina de Cassandra aislada del resto, una foto de los dos en una gala benéfica estaba en un portarretratos de metal encima del escritorio.

Fotografías de las joyas emblemáticas de la firma, sobre todo las creadas los últimos cinco años, se exhibían en un mosaico de imágenes.

Todo pulcro. Abrió cajones, ¿qué buscaba?

No tenía idea o por lo menos deseaba hallar algo que echara por tierra las dudas que de repente brotaban como mala hierba en su corazón.

De pronto se sintió tonto. Cassandra era la mujer que lo había sacado del pozo de la amargura en el que estuvo sumido por años.

Abrió un par de cajones donde no encontró nada relevante.

La gaveta de la mitad estaba con llave, la curiosidad pudo con él, y se dedicó a buscarla en los diferentes potes de lapiceros y cajas de madera con objetos variados de sus viajes.

La encontró pegada a la tapa de una caja de latón, al abrir el cajón, encontró una serie de papeles sin importancia, recibos, fotos; ya iba a cerrarlo, cuando descubrió una carpeta de color oscuro que tenía el mismo tono del fondo del cajón.

Al abrirla, observó una serie de diseños con los nombres de las diseñadoras que Cassandra había despedido, eran creaciones en que las mujeres habían trabajado, no sabía Brandon si durante su estadía en la empresa o fue el portafolio que presentaron para acceder a la vacante.

Se acercó al computador de Cassandra y lo encendió, no conocía su clave, ensayó con varias fechas, hasta que la carpeta de documentos abrió con la fecha de su aniversario.

No era nada original, su novia, se dijo Brandon sentándose cómodamente mientras observaba el contenido de las diferentes carpetas.

Pudo notar que dos de las carpetas estaban marcadas con las iniciales de los nombres de las diseñadoras Donna Liza Davenport y Pamela Sue Rose, lo que no se le hizo raro, al fin y al cabo, era la jefa del departamento.

Abrió los archivos y los examinó, primero con curiosidad, luego con preocupación y por último con decepción.

Eran los mismos que Cassandra había hecho pasar como propios en colecciones pasadas. Eva tenía razón, otra vez.

Copió el contenido en una memoria, dejó la oficina como estaba y subió hasta su despacho, donde pasó gran parte de la tarde. Salió de la empresa al anochecer y en el momento en que se montaba al automóvil, el sonido del teléfono móvil interrumpió sus sombríos pensamientos.

—Señor King —habló Mark—, localizamos a Meyer en un casino del centro, voy enseguida para allá.

Brandon necesitaba tomar la investigación en sus manos, de nada le valdría volver a su casa y sentarse a esperar.

—Yo iré con usted.

—Pero, señor…

—Envíeme la dirección, lo veré a la entrada del lugar.

Mientras llegaba al sitio de destino, Brandon cavilaba en lo encontrado en la oficina de Cassandra. Entonces, todo lo dicho por Elizabeth podría ser cierto, si lo era, tendría que reparar el daño de alguna forma, y también era imperativo hablar con las dos diseñadoras despedidas.

Recordó un fin de semana en el departamento de su novia en que había salido a comprar pan y otras cosas para hacer el desayuno, mientras Cassandra se devanaba los sesos con los diseños de la próxima temporada.

Él había vuelto con ganas de levantarla de ese sillón y llevársela a la cama, pero al entrar en el lugar no estaba a la vista, la encontró en el cuarto, guardando un viejo cuaderno en una caja de madera.

Cuando le preguntó lo que era, ella se puso nerviosa y lo distrajo con sexo, así que él lo olvidó.

Iría más tarde al departamento de su novia.

El lugar de apuestas era un antro en un sector algo peligroso del centro de la ciudad. En cuanto se bajó del auto, vio a un grupo de jóvenes en una esquina que miraban el vehículo con interés. Mark salió a su encuentro tan pronto abrió la puerta.

—¿Está adentro? —inquirió, listo para la acción.

—Sí, señor, uno de los hombres lo vigila, pero parece que no somos los únicos, los escoltas de un cobrador de apuestas lo están siguiendo, me temo que nuestro hombre tiene problemas de dinero y por eso no ha vuelto a su departamento.

—Vamos —dijo Brandon encaminándose hasta la casa—. ¿Sigue trabajando para Ryan?

—Rompieron relaciones hace dos años, hay un asunto turbio ahí que estoy investigando —dijo Mark en tono bajo, en cuanto se acercaron al lugar.

—Tomate tu tiempo. ¿Está Eva involucrada con alguno de los dos? —preguntó con un nudo de temor en el estómago, tocando el timbre.

—Señor King, en lo que llevo con esta investigación, nada me dice que la señorita James tenga algo que ver con Meyer o con Winthrop.

—Bien.

En ese instante vieron a un hombre, que Brandon alcanzó a ver que era Meyer, saltar una reja que daba a un callejón y perderse por la siguiente calle.

Los dos hombres de Mark empezaron a seguirlo y un par de hombres morenos y acuerpados trataban de darle alcance también.

El hombre era delgado y ágil como un felino, Brandon se subió a su auto y dio la vuelta, para darle alcance en la siguiente calle, pero Meyer había corrido hasta un parque poco iluminado.

Se bajó del auto y corrió detrás de él, escuchaba el paso de los demás hombres siguiéndolos, al desembocar de frente con una calle donde había un festival de música al aire libre, lo vio escabullirse entre un grupo de bailarines y en cuanto se acercó, ya el hombre se había perdido.

Observó a los escoltas llegar hasta él algo desorientados.

Negó con la cabeza, Meyer no volvería por ahora a su casa.

—Mark, habla con los escoltas del hombre que lo está haciendo seguir —indicó volviendo a su auto—. Ellos deben conocer los escondrijos y apostaderos de Meyer.

—Bien.

Se dirigió al departamento de Cassandra, el día parecía no acabar.

Quiso enviarle un mensaje de texto a Eva, necesitaba verla, pero desistió, a ella le parecería raro si él le escribiera: “Quiero verte, perderme en la suavidad de tu piel, en el olor de tu sexo, respirar, por fin”.

Sonrió para sus adentros porque pensó un par de guarradas más y la reacción de ella mínimo sería la de darle una bofetada en cuanto lo viera.

Al abrir la puerta, un fuerte aroma al ambientador favorito de Cassandra saturó su nariz.

Con las dudas alborotadas, caminó hasta la habitación y luego hasta el vestier donde la había visto guardar la caja misteriosa de ese día.

El dichoso recipiente estaba en la parte superior, al lado de un edredón doblado.

La bajó y con ella se acomodó en la cama, la abrió presuroso, había sobres de cartas, fotos viejas y una agenda en cuero con el diseño de un collar en su portada.

Al abrir la libreta, se topó con una frase en español que rezaba: “El único modo de ser irreemplazable siempre es ser diferente. Coco Chanel”.

Era una libreta de diseños, con fecha y las iniciales de EC en las esquinas.

Al llegar a un logo parecido al que tenía la empresa en la actualidad, observó la fecha, era de mucho antes del incidente, por lo menos un mes.

Contrario a lo experimentado cuando sucedió lo de Eva, una extraña calma lo invadió, como si las piezas de un juego siniestro, que no tenía idea de estar jugando, se hubieran puesto en su lugar.

A su mente llegaron escenas de lo vivido con Cassandra.

El baile del club, donde ella había descollado entre las demás.

Por culpa de una serie de absurdos juegos con sus amigos, habían terminado en la piscina del club, después de varias botellas de champaña, recordó como el vestido de gala de color blanco se volvió casi transparente al entrar en contacto con el agua, evidenciando unas curvas perfectas.

Fue como si ella hubiera escogido ese preciso instante para hacerse visible ante él de una manera que no la pudiera rechazar.

Esa noche se rieron y retozaron hasta altas horas de la madrugada.

Le llamó la atención su humor cínico y su conversación.

La cortejó, flores, cenas, viajes intempestivos, hasta que se vio inmerso en reuniones y fiestas familiares.

Meditó que habían sido casi dos años de relación y todo era un engaño: ¿lo habría amado alguna vez o era el premio gordo?

Recordó el afán de su madre porque se comprometiera, sabía que ella no estaba tras su dinero, ella tenía más dinero que él, pero el prestigio de sus apellidos era un activo para esa maldita sociedad retrograda.

Él le había sido fiel; aunque Cassandra no era dinamita en la cama, creía que había cosas mucho más importantes, como la lealtad y el compromiso.

Hasta ese día, pensaba que ella nunca lo pondría en la situación en la que lo había puesto Eva.

Era una relación cómoda para él, sin altibajos de ningún tipo.

Todo había sido mentira. La situación era tan irónica que no sabía si reír o llorar.

Se levantó con gesto cansado y fue al mueble de los licores, el rompecabezas que hasta ahora había sido todo lo ocurrido en ese tiempo empezaba a tomar forma, y no le gustaba nada la figura que iba descubriendo.

Se tomó otro trago, dejó la caja en su puesto, pero sin la agenda en ella, y salió del departamento.