CAPÍTULO 29
Brandon aparcó el auto frente al hotel, se bajó y dio la vuelta; ya Eva había abierto la puerta cuando él extendió la mano para ayudarla a bajar. Ella declinó el gesto, él murmuró entre dientes y blanqueó los ojos.
—Toma una bebida caliente, la necesitarás si no quieres agarrar un resfriado, estas lluvias de primavera son engañosas.
Eva tragó el duro nudo en la garganta, tratando de alejar el cansancio de su voz.
—Lo haré, buenas noches.
Ya cuando se montaba en el auto, Brandon le dijo:
—Eva, no vuelvas a donde Meyer, yo lidiaré con él.
—Quiero saber qué tiene que decir.
Brandon encendió el auto.
—Lo sabrás, no te preocupes.
Eva se quedó de pie en la acera hasta que vio el auto desaparecer por la abarrotada calle, ya la lluvia había menguado, pero se escuchó un trueno a lo lejos.
Entró al hotel, subió a su habitación y se dio una larga ducha con agua caliente.
Desistió de cenar algo, no tenía apetito.
Atendió una llamada de Dominic, al que no le dijo gran cosa, solo le comentó sobre algunos apartes de unos informes que enviaría a su correo.
El hombre tampoco estuvo muy comunicativo.
Eva era consciente de que una barrera se había erigido entre los dos, él le pidió que se cuidara en cuanto se despidió.
Se quedó mirando el techo de la habitación por un rato, meditando acerca del encuentro. “Convénceme”, había dicho Brandon, y eso, junto a la manera que tenía de mirarle los labios y el cuello, solo le traía a la mente una palabra:
“Hambre”.
Brandon la deseaba, ni siquiera la había tocado y esa mirada ardiente en medio de nubarrones de tormenta la había enviado a una espiral de deseo, como hacía años no experimentaba.
Se reprendió por sus pensamientos, recordó que lo más duro de trabajar en la terapia fue el perdón a Brandon, sin ese perdón hubiera sido muy difícil enfrentarse a él sin querer lastimarlo de alguna forma.
Pero tenía que ser objetiva, la trampa de Ryan y Anne había estado tan bien urdida, que de haber sido ella la contracara de la historia, tampoco habría sido caritativa con Brandon.
Y respecto a su bebita, tampoco podía culparlo, si de verdad hubiera querido que él lo supiera habría logrado decírselo.
El temor al rechazo, su orgullo herido y el resentimiento le habían impedido darle la noticia.
El sueño le era esquivo, recordó que no había revisado su cuenta de Facebook por si había respuesta de Elizabeth en la bandeja de mensajes.
Abrió el ordenador. El perfil era privado y no podía vislumbrar nada de ella, durante su breve periodo de amistad la seguía en todas las redes, pero después de lo ocurrido, había cerrado sus perfiles sociales por casi un año y cuando los volvió a abrir, ya la chica no estaba entre sus amistades.
Al observar su perfil, vio que tenía una solicitud de amistad de un tal Alex Mason.
Recordó el personaje por sus duelos de Call of Duty con Brandon y sus hermanos, ¿sería él?
Revisó su perfil, era una cuenta recién creada con la imagen del famoso soldado de élite y una frase de Pitágoras, como foto de portada: “Si sufres injusticias, consuélate, porque la verdadera desgracia es cometerlas”.
Tenía que ser él. ¿Y si era Ryan? ¿O Anne?
Se estremeció. No aprobaría la solicitud aún.
Se dedicó a mejorar su perfil con sus fotografías más favorecedoras, de viajes y con algunos amigos.
En ese momento entró un mensaje de Elizabeth en respuesta al suyo.
“Hola, Eva, ¿cómo estás? Me alegra saber de ti, sigo viviendo en Chicago y sí, me gustaría reunirme contigo”.
“Hola, Elizabeth, a mí también me da gusto saber de ti. Volví a Chicago hace unas semanas, tú dime la hora y el lugar”.
“Tengo un puesto de joyería en el mercado de la calle Randolph, te enviaré los datos más tarde, ¿te parece si nos vemos mañana a las cuatro?”.
“Me parece fabuloso, hasta mañana entonces”.
Ya era algo de su lista de pendientes que podía tachar y otra pista que podría llevarla a la verdad.
Después de actualizar su Instagram y aceptar la solicitud del tal Alex Mason, que cuanto más meditaba más estaba segura de que era Brandon, se tomó una pastilla para el dolor de cabeza que atacaba la frente y las sienes, y trató de descansar.
Brandon estaba recostado en su cama con el ordenador abierto, repasaba el contenido del Facebook de Eva, las diferentes publicaciones y las fotografías que había subido la hora anterior, antes de aprobar su solicitud de amistad.
O ya sabía que era él o era una mujer confiada.
¿Es que nadie le había explicado el peligro que entrañaban las redes sociales?
Su propio contenido era una serie de paisajes y animales que había fotografiado a lo largo de sus viajes.
No decía gran cosa sobre él. Observó varias fotografías, una de ellas en especial aparecía enfundada en un bikini dorado, tomando el sol en una playa, al lado de un tipejo unos años mayor que ella.
La fotografía estaba sin etiquetar, no aparecía el nombre del tipo por ningún lado.
Observó sus piernas bronceadas e imaginó lo resbaloso de su piel brillante por el uso del bronceador.
Eva tenía el cuerpo perfecto de sus fantasías, a lo mejor para otros hombres no sería así, pero para él, ella era ideal, tenía unas curvas en las que se podría perder sin problema, no le importaría que nunca lo volvieran a encontrar.
Se reprendió por tonto, ya estaba bailando otra vez a su ritmo. Ni de coña. Cerró el ordenador de golpe.
Eva se despertó con el sonido de los mensajes de su móvil.
Mantuvo los ojos cerrados unos momentos antes de enfrentar el mundo.
Estiró la mano y tomó el aparato. Había varios mensajes de texto: uno de su madre recordándole que la esperaban el fin de semana; otro de Dominic deseándole un buen día; otro de Janeth diciéndole que tendría el apartamento que le había gustado fuera del mercado una semana más por si acaso se decidía, y el último mensaje, que le sorprendió, era de Brandon y rezaba: “Hola, Eva, espero que hayas descansado después de tus aventuras detectivescas y no estés resfriada por el chapuzón de ayer. Te enviaré a John, él es mi chofer, estará disponible para llevarte a la oficina en cuanto estés lista. No nos veremos hoy, tengo asuntos inaplazables, me imagino que eso corre un día más nuestra asociación, disfruta tu fin de semana”.
Eva quedó un poco desconcertada por el mensaje, a lo mejor su noviecita había llegado y pasaría todo el día en la cama con ella. “¡Qué manera de llevar un negocio!”, se dijo, mortificada por la sombra de celos que la cercaba.
Llegó a la oficina y sin tener gran cosa que hacer, ya que Brandon no había dejado una hoja de ruta definida, se dedicó a terminar el informe de producción. Al medio día almorzó en el mismo restaurante de antaño y entrada la tarde se encaminó a cumplir su cita con Elizabeth.
El mercado de la calle Randolph bullía de actividad al ser una tarde soleada de viernes.
El lugar estaba repleto de mesas y puestos, adentro y al aire libre.
Había cosas nuevas, cosas viejas, cosas hechas a mano, mucha bisutería y artesanía.
El ambiente era animado con música en vivo, puestos de frituras, dulces y helados que se mezclaban en diversos olores que se esparcían por todo el lugar.
Se guio por las señas dadas por Elizabeth en un mensaje de texto, hasta que llegó al puesto de joyas de la diseñadora colombiana.
El lugar —pequeño, pero decorado con un buen gusto, moderno y audaz—, era la viva imagen de la personalidad de la diseñadora.
Elizabeth atendía a una pareja cuando ella llegó al lugar.
La mujer escogió unos aretes de piedras grandes engastados en bronce que iban a la perfección con su rostro ovalado.
Observó unas pulseras en cuero trenzado, con dijes de piedras de diversos colores.
—¡Eva! —saludó entusiasmada Elizabeth, que salió de la vitrina y le dio un fuerte abrazo.
—Me alegra mucho verte —saludó Eva correspondiendo el abrazo.
—A mí también, mírate, estás hecha toda una ejecutiva.
—Tú también estás muy hermosa.
Era cierto, la chica tenía un estilo vintage que muchos podrían confundir con hippie y que a ella le sentaba de maravilla.
—En unos momentos vendrá mi ayudante, y podremos ir a tomar un café.
—No te preocupes, tómate tu tiempo.
Eva realizó varias compras, se decantó por unos aretes, un collar para su madre y una pulsera para su hermana.
Luego paseó por los puestos cercanos mientras Elizabeth atendía un grupo de mujeres.
Unos minutos más tarde, la diseñadora la alcanzó en un puesto de jabones y cremas artesanales y la invitó a una cafetería cercana.
Ya instaladas ante las tazas de café, Eva le preguntó cuánto tiempo llevaba con el puesto.
—Hace año y medio. —Elizabeth endulzó la bebida y la revolvió con el pitillo—.
Cuando salí de Joyerías Diamond atravesé una mala racha, Brandon King y Cassandra Elliot se encargaron de que nadie en el sector me contratara, entré en una especie de lista negra del sector.
He trabajado de mesera, niñera y cuidadora de ancianos, hasta que pude ahorrar algo de dinero y dedicarme a lo que me gusta.
Mi negocio es pequeño y apenas me da para la renta, pero por algo tenía que empezar.
—Lamento escucharlo, ¿por qué no regresaste a tu país?
Elizabeth sorbió de su bebida.
—Esa no es una opción —contestó tajante, y Eva se dio cuenta de que no diría nada más.
—Me enteré apenas el lunes de lo sucedido. —Elizabeth la miró sorprendida—. El mismo día que tú saliste de la empresa, yo salí de la vida de Brandon King.