HERMANOS KING CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

—Retírate si no quieres ganarte una patada en las bolas.

Brandon ignoró su amenaza, sin desprender la mirada de sus malditos ojos, que eran transparentes al enfado, al desafío, y que le mostraban una tremenda herida, la misma que él exhibía. “No te acerques tanto”, se dijo, embebiéndose de su perfume.

Bajó la cabeza unos segundos tratando de centrarse. Se estaba ablandando, cuando la tenía cerca todo lo demás desaparecía. De repente el tiempo de miseria no le importaba, perdía del punto de mira lo que ella le había hecho y la forma en la que él deseaba desquitarse. La odiaba, debería odiarla.

—Supongamos que te creo, ¿cómo conseguiste la dirección de Meyer?

—No quería mirarla más, no quería tocarla, no quería su aroma flotando a su alrededor, porque nunca había estado tan excitado y a la vez tan desprotegido de ese deseo tan poderoso.

Necesitaba un trago. Se separó de ella de pronto, como si quemara.

¿En qué diablos estaba pensando?—. Contesta.

—En la oficina de archivo de personal me dieron el dato.

Brandon la miró confuso.

—Un momento —señaló—, los empleados de esa oficina, y de todas en general, no tienen la autorización de dar datos a personas ajenas a la empresa.

Eva bajó la cabeza y cuando la volvió a subir, un ligero rubor había teñido sus mejillas. Brandon cruzó los brazos esperando que ella continuara.

—No fue difícil, el chico fue amable.

Él colocó ambas manos sobre la barra inclinándose mientras la miraba, ya que ella se había dado la vuelta en la silla para evitar encontrar sus ojos.

—Y tú fuiste amable con el chico, no me cabe la menor duda. Tienes la capacidad de envolver a la gente con tus tretas.

Antes de que Brandon tuviera la oportunidad de verla afectada por sus palabras y por su gesto de velado desprecio, Eva agarró su bolso, se lo colgó en el brazo y salió a la calle.

La llovizna había dado paso a un aguacero en toda regla.

La gente iba de un lado a otro para resguardarse.

Se puso el bolso sobre la cabeza mientras corría por la acera en busca de un taxi.

Escuchó la voz de Brandon llamándola, lo que hizo que se alejara más rápidamente, pero el hombre la alcanzó y la jaló del brazo.

—¡Detente, por el amor de Dios!

Ella se giró sobre sus talones y se soltó de su agarre.

—¿Qué más quieres?

—¡Te llevo al hotel! —La rabia estaba reflejada en su rostro.

—¡No! Déjame sola, así como lo hiciste hace años, me dejaste sola. —Las lágrimas mezcladas con el agua fueron reemplazadas por la rabia. Dio gracias a Dios por la lluvia, no hubiera soportado la humillación de que él la viera llorar—. Te odio por eso.

Brandon volvió a aferrarla del brazo y la llevó casi a rastras hasta su auto.

—Yo también me odio por muchas cosas. —Llegó hasta el auto, abrió la puerta—. ¡Entra!

—No necesito que me lleves a mi hotel —dijo entre dientes—. Déjame ir.

—Eva —dijo Brandon al límite, con tono de voz engañoso—, no me obligues a dar un espectáculo, porque el resultado será el mismo, tú dentro del jodido auto.

Ella lo miró y subió al vehículo. Con gesto furioso se puso el cinturón de seguridad. Brandon dio la vuelta. Tomó su móvil e hizo una llamada.

—Quédate hasta que Meyer llegue, si es necesario poner más hombres en la labor, hazlo. Es imperativo hablar con él tan pronto aparezca, ¿entendido? —Soltó el aparato y encendió el auto.

—No era necesario, hubiera tomado un taxi.

Brandon negó con la cabeza mientras maniobraba en medio del caótico tráfico de la ciudad.

—A esta hora y con esta lluvia sería casi imposible. Lo último que quiero es que agarres una pulmonía.

—¡Soy más fuerte de lo que crees! —exclamó Eva.

—¿Qué es lo que quieres? Maldita sea —preguntó exasperado—. Llegas a mi vida como si yo te debiera algo, cuando fuiste tú la que actuó mal.

—Quiero que me creas.

Eva se quedó en silencio, todo su ánimo beligerante la abandonó de pronto, dando paso a un profundo cansancio.

Aun así, estaba lejos de sentirse derrotada, esa noche contactaría a Elizabeth, necesitaba saber de su vida.

Ella había corrido un tupido velo a lo ocurrido esos días en Joyerías Diamond y ahora se percataba de que Elizabeth también había salido damnificada.

Esa mañana se había enterado de que Cassandra Elliot estaba de viaje al otro lado del mundo, por eso Brandon respiraba detrás de ella, estaba segura de que si su novia estuviera en la ciudad no tendría tiempo para andar tras sus faldas.

Cerró los ojos un momento, se sentía tan cansada.

Cuando los abrió de nuevo, observó de reojo el perfil de Brandon, que miraba al frente con el ceño fruncido y su boca en un rictus desagradable, el cabello húmedo por la lluvia.

Era increíble y a la vez curioso cómo se podía ser tan íntimo de una persona durante determinado tiempo y luego sentirse tristemente incómodo o torpe en su presencia.

Eva ni siquiera se sentía con la confianza suficiente de encender la radio para escuchar música o noticias en lugar de ese endiablado silencio que acentuaba la tensión y aumentaba la sensación de que un polvorín estaba a punto de estallar.

Brandon la observaba de cuando en cuando. No podía perdonarla, pero tampoco ser tan cruel con ella, a pesar de que sus gestos y su comportamiento eran, en sí mismos, un reproche, una condena.

No obstante todo lo ocurrido y de estar comprometido con otra mujer, no le gustaba verla sufrir, se sentía como un soberano cabrón al verla alterada.

Nathan tenía razón en cuanto a Eva. Ella era la única mujer en el mundo que encarnaba su cielo y su infierno personal, a lo mejor era un resto de los antiguos sentimientos, pero estaba confundido.

Y si las pruebas la absolvían y ella era inocente, ¿qué diablos iba a hacer?