HERMANOS KING CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

Brandon aún no estaba listo para escuchar a Eva, y por lo visto, eso era lo que ella esperaba que él le pidiera.

Necesitaba blindarse de alguna forma y eso lo haría con la información que su jefe de seguridad le proporcionara.

Arguyó una reunión de urgencia con el departamento financiero y la envió con el gerente de producción.

Después de un par de reuniones donde no se la pudo quitar del pensamiento, y sin poder concentrarse en lo que le hablaba el gerente del área financiera, salió de su oficina rumbo a su departamento ubicado en el exclusivo sector de Gold Coast. El chofer ya esperaba en el auto cuando salió del edificio.

Una de las primeras decisiones que tomó al terminar con Eva fue cambiar de vivienda.

No iba a soportar vivir en un lugar con tantas reminiscencias, se hubiera vuelto loco.

Le dolía llegar cada noche a un departamento vacío, donde las sábanas todavía olían a ella, y el susurro del viento aún le llevaba el recuerdo de su voz.

Cada recuerdo cortaba su corazón con afiladas cuchillas que lo vaciaban poco a poco, necesitaba cortarlos de raíz.

Sonrió, irónico. No había servido de mucho, los recuerdos iban con él a todas partes como una segunda piel, el dolor era tan hondo que sentía que lo quemaba por dentro.

Atiborró su tiempo y cualquier espacio de su vida con mujeres, sexo y trabajo, mucho trabajo; hasta que un día se levantó y consiguió respirar sin el peso opresor de la ausencia de Eva, y supo que podría seguir viviendo.

Se había mudado a un hotel donde permaneció tres meses, hasta encontrar el departamento en el que vivía en este momento.

La vivienda estaba decorada con un estilo lujoso y minimalista, las pocas obras de arte que mostraban las paredes eran de artistas emergentes no comerciales, futuras promesas en el mundo del arte.

Tenía muebles amplios y cómodos, y una cocina moderna con todos los implementos del mercado.

En el segundo piso había dos habitaciones, la principal, espaciosa y de colores claros; un estudio al lado de la sala con una biblioteca y un comedor formal, diferente al comedor auxiliar que daba a una terraza.

Brandon se cambió a ropa deportiva, se puso una pantaloneta oscura, una camiseta gris y zapatillas de correr.

Bajó al gimnasio del edificio, donde había una docena de caminadoras y demás aparatos deportivos.

Una angustia que hacía años no percibía lo atrapó mientras aumentaba sin clemencia la velocidad a la cinta y subía el volumen de su iPod.

Soltó un gruñido mientras observaba el tablero que mostraba los kilómetros, los pasos y las calorías consumidas, el sudor corría por su cara, cuello y espalda, llevaba la respiración agitada.

Aumentó la inclinación de la cinta de correr y se obligó a exigirse más.

El ejercicio siempre le funcionaba, lo centraba, lo ponía en perspectiva sobre las decisiones que debía tomar.

Nathan le bajó la intensidad a la cinta y Brandon se quitó los auriculares con brusquedad.

—¿Qué? —preguntó mirando a Nathan.

—Si sigues subiendo la velocidad, tendremos que recogerte con una cuchara—. ¿Qué te pasa?

—Nada, tú eres un jodido blandengue, eso es lo que eres, cuando quieras te reto a una carrera.

Nathan ignoró su comentario.

—¿Tu ímpetu deportivo tiene nombre propio?

Él puso los ojos en blanco.

—No sé de qué estás hablando.

—Háblame de Eva.

Brandon se tensó y volvió a centrarse en la caminadora. Nathan era un incordio desde que el año anterior se había mudado a un departamento unos pisos más abajo.

—El mundo no gira en torno a Eva James y tengo cosas más importantes que hacer. Además, ¿qué te hace pensar que hacer algo de ejercicio tiene que ver con ella?

El otro soltó una risa y sacudió la cabeza.

—No conozco a nadie más con la capacidad de descolocarte que Eva.

Se subió a otra caminadora y empezó a andar a ritmo lento.

Brandon bajó la velocidad, sintiéndose medianamente nervioso.

A su hermano era difícil ocultarle algo, ni recordaba qué historia le había contado sobre el fin del romance con Eva.

Sus hermanos se habían mostrado muy sorprendidos, ambos estaban encariñados con la joven.

—¿Tienes alguna idea de por qué te descoloca tanto?

—Ya que estás dando terapia gratis, ilumíname.

Brandon apagó la máquina y se bajó de ella, bebió de su termo de agua y se limpió el sudor con una toalla. Las puertas del lugar se abrieron y un hombre maduro entró, los saludó con una inclinación de la cabeza y se subió en una escaladora.

—Están hechos el uno para el otro, no conozco un par de personas que se complementen tanto. Ignoro lo que pasó entre ustedes, pero si la vida te la volvió a poner enfrente, es por algo, hermano.

—Se te olvida el pequeño detalle de que tengo novia y acabo de comprometerme con ella.

—No se me ha olvidado y esto que te tiene así, no tiene que ver con ella. Cassandra ha sido la chica que siempre ha estado a mano, ya que ella tuvo la grandiosa idea de estudiar, hacer maestría y doctorado en cómo convertirse en esposa de Brandon King.

—No seas tan cabrón.

—Sabes que es cierto. En cambio, Eva es una inteligente mujer que te planta cara y no te deja salirte con la tuya siempre.

Brandon se quedó mirando a su hermano mientras intentaba formular una respuesta.

—De Eva no sabes ni la mitad, y a Cassandra mejor la aceptas, porque se convertirá en mi esposa, lo quieras o no.

Nathan sonrió.

—Eva te afecta y mucho.

Brandon cruzó el gimnasio escapando de los juicios certeros de su hermano.

—¡Qué te den!

De vuelta a su departamento, hizo una videollamada a Cassandra y después se dio una larga ducha. Luego de cenar se dispuso a contestar una serie de correos electrónicos, cuando entró una llamada de su jefe de seguridad.

—Dígame, Mark.

—Señor King, Paul Meyer vive en un departamento de Lake View, en este momento estoy frente a su casa, pero el motivo de mi llamada es porque la señorita Eva James se está apeando de un taxi en la misma dirección. En la vivienda no se encuentra nadie en el momento, llevo esperando hora y media.

Brandon se levantó como un resorte.

—¿Qué diablos le pasa a esa mujer? ¿Se volvió loca? Envíeme la dirección y nos vemos allá en un rato.

Brandon se cambió en menos de un minuto y maldiciendo tomó las llaves de su auto deportivo y salió rumbo a la dirección que le había dado Mark. Esa semana se le presentaba como una maldita locura.

Pensamientos oscuros lo asaltaron. ¿Por qué Eva iba a entrevistarse con Paul Meyer?

¿Cómo había conseguido la dirección? Después de elucubrar una buena distancia del recorrido, la respuesta le cayó como un jarro de agua fría.

Esa mujer iba a acabar con él. No podía ser tan estúpido.

¿Acaso creía que él volvería a hacer el papel de tonto?

Había tratado de convencerlo con sus aires de mujer indignada, estaba dispuesta a cualquier cosa con tal de lograr el contrato de Joyerías Diamond.

Golpeó el timón con fuerza. Maldijo por lo bajo varias veces hasta llegar al vecindario de edificios de pocos pisos, rodeados de bares, cafeterías y restaurantes, una zona habitada por gente joven y de otras culturas e intereses.

Brandon visualizó a Mark recostado en el capó del auto.

—¿Dónde está Eva?

El hombre se enderezó en su puesto.

—Entró a aquella cafetería, está sentada frente a la ventana, desde ahí puede ver llegar a Meyer.

—Bien.

Brandon caminó media cuadra hasta la cafetería, había empezado a lloviznar.

Eva lo sintió antes de que hablara, ya fuera porque las mujeres desviaron sus miradas apreciativas a la puerta o por el tono profundo de su voz que reverberó por toda su columna, o la electricidad que de pronto surcó el aire y que se hizo tan palpable que pudo sentir que se le aceleraba el corazón.

—Hola, Eva.

Ella se dio la vuelta. Brandon vestía un jean y una camiseta como en la época de la universidad, se parecía mucho al joven serio y amable que había conocido en esa etapa, a excepción de su expresión, que se veía como el infierno.

Era un hombre hermoso, después de todos esos años, su cuerpo todavía reaccionaba a él, la atracción y el resentimiento estaban en pugna, como gladiadores a punto de entrar en combate.

—¿Brandon? —exhaló, confusa.

—¿Qué demonios estás haciendo? —Levantó una ceja, esperando una respuesta.

—Te dije que iba a tomar la investigación en mis manos.

—¿Quién me dice que no es otro de tus ardides para lograr el contrato? A lo mejor quieres advertir a Meyer, llegar a algún tipo de acuerdo. —Continuó mirándola, su rostro completamente duro y frío—. Ni siquiera me has contado tu versión de lo ocurrido.

Eva quiso abofetearlo, levantó la barbilla y cerró de golpe los ojos.

Él nunca la creería, pero eso ya no le importaba, necesitaba hacerlo por sí misma.

La entrevista con Claire Latham no había arrojado ningún resultado, la mujer no le dijo más que lo que estaba en los papeles; sí, sus padres habían firmado un pagaré por treinta mil dólares y la documentación y todo lo demás no mostraba nada raro, ni nada que ellos no hubieran hecho antes.

No sabía cómo relacionar a Ryan o a Anne con ese evento.

Volvió al presente. Lo que Brandon pensara era su problema, no el de ella.

Dejó escapar un suspiro y se pasó los dedos por la frente.

Brandon se acercó más a ella. La silla en la que estaba sentada era alta, apoyó ambas manos a lado y lado del mesón, encerrándola con su cuerpo.

—Habla.

Eva abrió los ojos.

—No me vas a creer y ya no me importa lo que pienses, Brandon. No entiendo por qué estás perdiendo el tiempo aquí conmigo.

Lo miró tratando de disimular el dolor en sus ojos.

Él llevó la mirada a sus labios, luego a sus ojos y de vuelta a sus labios. Bajó la cabeza un poco más.

—Convénceme.

Eva arrugó el ceño, al ver como se derretía el hielo de la expresión de Brandon, de pronto sintió calor y la invadió el temor.