CAPÍTULO 27 #2
Saber que a pesar de todo no estaba sola, trajo tranquilidad al corazón de Eva, y mientras veía a su padre armar la cuna, supo que él tenía razón. Su Sara sería el bebé más querido de todo el mundo. Tomaría un día a la vez.
A la primera semana del sexto mes, en horas de la madrugada, Eva tuvo un déjà vu.
No tuvo que ir al baño para darse cuenta de que todo volvía a repetirse: su cama, sus piernas y su ropa interior estaban empapadas de sangre.
Esta vez Ian no quiso moverla, llamó entre asustado y nervioso a una ambulancia para que fuesen los paramédicos los que llevarán a Eva al hospital de urgencias.
Sara nació esa madrugada en una cesárea de emergencia, con tan solo 29 semanas, 1800 gramos, los pulmones y el corazón sin madurar completamente.
Ni siquiera dejaron que su madre la tomara en brazos, los pediatras la colocaron enseguida en una incubadora con un respirador artificial que ayudara a sus pulmones a funcionar mejor.
Eva duró dos días convaleciente, había perdido mucha sangre.
Cuando volvió en sí, a pesar de que se sentía débil y adormilada, preguntó enseguida por su hija, su madre le dijo que la niña llevaba dos días luchando por su vida en la incubadora.
Ella lloró en brazos de su madre, que le repetía que todo estaría bien, que Sara era una pequeña guerrera, que la habían visto a través del cristal y que, a pesar de ser minúscula, estaba luchando como un gigante.
Eva pidió verla, pero era de noche y estaba débil.
Al día siguiente insistió tanto que Millicent llamó a una enfermera, la arreglaron, la acomodaron en una silla de ruedas y la llevaron a la sala de incubadoras.
La higienizaron y le dieron todas las instrucciones antes de entrar al lugar.
Volvió a llorar de alegría una vez estuvo en la UCI Neonatal, su bebita era muy pequeñita, con la piel arrugada y reseca, una luz la mantenía calentita y ella introdujo su mano por un costado de la incubadora para acariciar el pequeño pie.
Llevaba puesto un pañal desechable y un gorrito del que le salía un mechón oscuro de cabello, tenía los ojitos cerrados y la cánula del oxígeno.
Pero era el bebé más lindo que ella había visto, estaba segura de que sus ojitos serían del color de los de su papá.
—Hola, bebé de papá —saludó ella emocionada a su hija.
Millicent esperaba en el pasillo tras el vidrio—.
Eres muy hermosa y te amo tanto, mi Sara, vamos a salir de aquí, bebé, te voy a llevar a casa para que duermas cómoda en la cunita que el abuelo Ian construyó para ti, y pronto vas a tener un primito o primita…
Tienes que ser fuerte, bebé, yo también seré fuerte.
Bienvenida, mi pequeña. —La acarició con suavidad y cuidado, tenía cables conectados a varias partes del cuerpo, contuvo el llanto de emoción y rogó porque su pequeña luchadora ganara la batalla—.
Crecerás hermosa y saludable, mi pequeña, no sabes cómo he esperado este momento de conocernos, quiero enseñarte muchas cosas.
Eva le masajeaba las piernas, le tocaba la cabeza y la niña abría sus ojitos al sonido de su voz.
—La reconoce —señaló una enfermera detrás de ella—. En cuanto pase esta etapa y puedan sacarla de la incubadora, el mejor remedio será tenerla acurrucada en su pecho día y noche.
—Lo haré.
Se despidió de ella con la promesa de que volvería antes del anochecer, ya en la habitación se dedicó a masajearse los pezones, para proveer la leche, una de las enfermeras la ayudó y pudo vaciar varias onzas en un biberón.
Quiso contarle a Brandon, él debía saber que tenía una hija, marcó su número en el móvil, pero la llamada fue rechazada como siempre y entonces desistió. Sara era lo más importante.
La bebé tuvo complicaciones en la quinta noche, sus pulmones estaban batallando, pero todo era muy fuerte para su pequeño cuerpo.
El doctor le explicó a Eva que le había subido la temperatura y se le dificultaba respirar, que estaban haciendo lo posible por mantenerla estable.
Le recomendó no verla ese día. Sin embargo, Eva insistió y el médico ordenó que la dejaran estar con su hija, pero sólo a través del cristal.
Una vez llevaron la silla, Eva le pidió a su madre que la dejara sola, oró en silencio y escribió un mensaje para Brandon.
Brandon:
No sé si en algún momento te des la oportunidad de leer este mensaje.
Te escribo para contarte que te has convertido en padre de una hermosa niña.
Ella es dulce y guerrera, tiene el color de tu cabello y tengo la certeza de que heredará tus ojos.
Nació antes de tiempo, está batallando por madurar, estoy segura de que, si tuvieras la oportunidad, estarías a su lado dándole tu fuerza.
Gracias por este maravilloso regalo que me has dado, no conocía la magnitud del amor total e incondicional hasta que vi su carita y su boquita en forma de botón.
Gracias, porque en medio de estas difíciles circunstancias, me permitiste experimentar esto y siento mucho el que tengas que perdértelo. Un saludo,
James
En el mismo instante en que iba a enviar el mensaje las máquinas empezaron a sonar y Eva vio cómo los médicos dentro de la unidad empezaban a moverse a toda prisa, quiso levantarse de la silla y correr, quiso proteger a Sara, soltó el móvil que se estrelló contra el piso, vio cómo la sacaban de la incubadora antes de que una enfermera le ordenara a otra llevársela enseguida, ni siquiera sabía en qué momento se había levantado, en que instante había golpeado el vidrio entre lágrimas y gritos.
Todo fue muy rápido, la enfermera la alejó del lugar sin importarle sus ruegos, su llanto y su dolor.
Fue llevada de regreso a la habitación donde Millicent trataba de calmarla mientras Ian estaba en la UCI, una enfermera inyectó algo en su brazo y sus ojos se hicieron pesados hasta perderse en la inconsciencia.
Sara James murió esa madrugada por una insuficiencia respiratoria y Eva quiso morir con ella.
Ian consiguió preparar todo el funeral de manera rápida y Eva se negó a alejarse de su lado.
Cuando pudieron disponer del cuerpecito, la vistió y la recostó en la cuna que había sido construida para ella y lloró.
Lloró por lo que no pudo ser, lloró por Brandon, que nunca se enteraría de que por pocos días había sido padre, lloró por el futuro que escapó de entre sus manos.
Dos semanas después, Eva seguía con la impresión de que estaba inmersa en una pesadilla, de que un dique, levantado al nivel de su pecho, estaba a punto de desbordarse.
Poco a poco tomaba conciencia de todo lo ocurrido y se sumía un poco más en la tristeza.
Luego un miedo indescriptible la asaltó, el temor a que fuera a llegar otra desdicha.
El sueño era poco reparador, salpicado de imágenes de su bebé y de Brandon; soñaba que desaparecían sin poder alcanzarlos.
Su madre la obligó a ir a terapia un día en que no se quiso levantar de la cama ni probar bocado.
Al transcurrir el segundo mes, se despertó una mañana y se dijo que tenía que superarlo: la terapia empezaba a surtir efecto.
Empezó a ayudar en la pastelería mientras meditaba sobre su futuro.
Pensó en volver a Nueva York, porque Chicago no era una opción: deseaba alejarse de todo y de todos los que le recordaran lo ocurrido.
¿Y si se dedicaba a viajar? Podría irse a la India, decían que había una peregrinación especial para superar el dolor; pero no tenía dinero y a sus padres les daría algo, ya bastante preocupados estaban por ella.
Si tuviera la potestad de dejar los pensamientos en casa, de irse sin ellos, qué sencilla sería la vida.
Nueva York sería un buen comienzo para la vida que quería, a lo mejor allí, en medio de la gente, podría encontrar nuevos rostros para crear otros recuerdos que no la atormentaran tanto.
Necesitaba aferrarse a eso, pensar que sí iba a funcionar, que el rostro de su bebé dejaría de aparecerle en sueños, mezclado con la mirada de Brandon.
Reconocía que la existencia de un hijo en común había vestido sus días de una tenue esperanza de volver a verlo, pero ya no más, eso se cortaría de raíz.
Necesitaba volver a mirarse con los ojos de antaño, recuperar esa mujer, esos sueños. Dejar de respirar el mismo aire que Brandon, vivir en otra órbita donde tuviera la seguridad de que nunca lo volvería a ver. El único vínculo que la ataba a él se había ido, ya era momento de pasar la página.
Tomaba un café en la sala de su casa, cuando Helen entró y se sentó a su lado. Ya su embarazo se empezaba a notar y eso la incomodaba sobremanera, tenía que disimularlo a como diera lugar.
—Cuando vemos el panorama negro, solo podemos hacer una cosa y es seguir caminando en línea recta hasta el final —dijo Eva sorbiendo de su bebida.
—¿Y cuando llegues a una curva qué pasará? ¿Te lanzarás de cabeza al abismo?
Eva suspiró profundo.
—Sabes perfectamente que me refiero a la vida —afirmó, envalentonada, aunque por dentro se estuviera muriendo de miedo—.
Simularé que estoy bien, haré mi práctica con un sobresaliente como resultado, me graduaré con honores según lo planeado, llegaré a ser CEO de una gran compañía y alcanzaré mis sueños.
—Hizo una pausa y miró de reojo a su hermana, luego bajó el tono de voz—.
Solo pocas personas sabrán que soy un fraude, me niego a autocompadecerme, y a partir de ahora no reconoceré nada que no esté en la línea del triunfo.
—Helen se quedó callada unos instantes, al comprender cuánta ira y dolor encerraba el alma de su hermana—.
¿Qué te parece? —preguntó ella, desafiante.
—No tocarás el cielo de la felicidad con las manos, ya que no la incluyes en tus planes, pero por lo demás estarás bien.
El par de jóvenes se quedaron en silencio, la tranquilidad del lugar no estaba acorde con la preocupación y angustia de Helen y el dolor lacerante de Eva.
Esa misma semana volvió a Nueva York y se puso a disposición de Victoria Foster, que no le hizo ninguna pregunta de índole personal, y se dedicó en cuerpo y alma a trabajar en la empresa consultora bajo el ala de la mujer, que le enseñó mucho del oficio.
Cuando falleció dos años después de un cáncer de pulmón, Eva entró a trabajar a las órdenes de Dominic, un hombre muy preparado y metódico, con que el que, además, hizo una buena amistad.
Cada tanto visitaba la tumba de su hija, que sus padres mantenían arreglada con flores de la estación.