HERMANOS KING CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Viajó a Nueva York el día antes de empezar la práctica.

Por una página de Internet consiguió habitación en un apartamento de un edificio cerca al distrito financiero y que alquilaba una mujer sola.

Era una agradable dama de más de sesenta años llamada Susan Foster, que había sido secretaria en una firma de abogados.

El departamento era amplio y soleado, la habitación estaba muy bien iluminada, y podía caminar hasta el trabajo.

Eva quiso ser sincera con la mujer y le comentó, ni bien se instaló, sobre su estado.

Ella, un poco sorprendida, dijo que si no era un embarazo de riesgo, no veía el problema.

Eso sí, le exigió los exámenes clínicos que avalaban que se trataba de un embarazo normal, aclarándole que no era por discriminación, sino porque necesitaba saber las condiciones en las que estaba para poder atenderla en caso de necesidad.

Eva inició su pasantía en Nueva York, caminaba cinco cuadras todos los días al trabajo de ida y de vuelta.

Consultora D ya que eres de Chicago, deberías considerar la adopción, ¿qué le puedes brindar a un pequeño a estas alturas?

Tienes talento y puedes llegar muy lejos, pero un bebé en la etapa en la que tú estás puede ser un incordio y de los grandes.

Eva se sentía tan ofendida que estuvo a nada de ir y poner una queja en Recursos Humanos por discriminación, pero como siempre, el orgullo y algo más vinieron al rescate. No se dejaría amilanar, ya bastante la habían pisoteado; si tenía que tragarse los comentarios de esa mujer, lo haría.

—Estaré bien. Desde que cumpla con mis obligaciones, el que tenga o no bebés no debe ser un problema.

—Pero lo será, créeme y tú eres de las ambiciosas.

Eva no le quiso rebatir más y se dispuso a hacer lo que la mujer le ordenó, sin desatender su carga laboral, lo que implicaba salir más tarde del trabajo y descuidarse en la alimentación.

Una noche no fue capaz de caminar hasta la casa y paró un taxi, sentía unas contracciones en el bajo vientre.

En la ecografía del último control le habían diagnosticado placenta previa, pero el especialista esperaba que se revirtiera, así que no la incapacitó, aunque le pidió que se tomara las cosas con calma.

En esos momentos extrañaba tanto a Brandon, que era como un dolor físico, como si alguien cortara su corazón en el mismo lugar impidiéndole cicatrizar la herida.

Todo en su vida diaria se lo recordaba. Alrededor del cuarto mes la sorprendió un profundo deseo sexual, algo que, le comentó el ginecólogo, era normal.

Recordaba la manera de amar de Brandon, su cuerpo y el modo en que se unía a ella, el intenso deseo que lo asaltaba cuando llegaba de viaje.

Fantaseaba con que él llegaba, la tomaba en brazos y la encerraba en un hotel donde se dedicaba a darle rienda suelta a su necesidad.

Se despertaba sudorosa, acalorada y con la brecha en el alma más doliente que nunca, como si hubiera sido sometida a una dolorosa cirugía.

Luego recordaba toda la trama urdida por Ryan y por Anne, ese par de artistas de la crueldad y el resentimiento, y cerraba la herida, pero el dolor no se iba y veía muy difícil que lo hiciera algún día.

En el control de la segunda semana del quinto mes tuvo que incapacitarse, ya que en la ecografía se observó que la placenta obstruía de manera total el cuello uterino, lo que originaba un pequeño sangrado.

El profesional envió a Eva a guardar reposo durante dos semanas hasta que cumpliera seis meses, y después la actividad sería moderada.

Ella decidió que lo mejor sería congelar la práctica, el chico de Princeton la reemplazaría, y debido a su buen desempeño, pudo hacer la transición sin problema. Volvería en cuanto naciera el bebé.

Se instaló en la casa de sus padres. Ian, ya superado el mal trago, en esos momentos se mostraba preocupado por lo que pudiera ocurrir.

A Eva le ilusionaba ser madre y compartía actividades con Helen, que ya iba por el tercer mes.

Se dedicó a leer libros de maternidad y a aprender a tejer y a bordar, labor en la que su madre era toda una campeona, pero el par de hermanas carecían de esa habilidad y Millicent terminaba arreglando el estropicio que hacían.

—Prefiero ordenar en línea —susurraba Helen mientras bordaba una camisilla con lo que pretendía ser una abeja.

—Es un lindo detalle que la primera prenda que tu hijo utilice sea alguna hecha por ti misma.

—Creo que no se dará cuenta, estará dormido y hambriento, no le interesará si lo visto con mis creaciones o con las de Fisher-Price —rezongó Helen, que se levantó enseguida para ir al baño—. Esta es de las cosas que más me mortifican, las ganas de ir al baño.

—Deja que te crezca el vientre —intervino Eva—. Será peor.

—Dame ese bordado, esa abeja parece una mosca —aseveró Millicent examinando el trabajo de Helen.

—Yo iré por galletas —dijo Eva, estirándose y acariciándose el abdomen.

En una de las ecografías, Eva pidió saber el sexo y supo que iba a ser una niña.

Se dedicó a hacer un listado de nombres, su padre le tomaba del pelo cada tanto citando nombres antiguos y absurdos.

A medida que se ensanchaba su cintura, iba eliminando nombres de la lista, hasta que escogió el nombre de Sara, y toda la familia estuvo conforme.

Una noche se despertó desorientada. Encendió la luz y caminó hacia el baño aún medio dormida, la imperiosa necesidad de vaciar su vejiga cada tres horas primaba.

Encendió la luz y se sentó en el inodoro, su corazón se aceleró cuando vio sangre deslizándose por sus piernas y la ropa interior manchada.

Llamó a su padre de un grito mientras buscaba una toalla intentando detener la hemorragia, aunque sabía que no funcionaria.

Ian golpeó la puerta desesperado por su llanto y gritos, dio un empujón, haciendo que la bisagra se rompiera.

Eva seguía sentada en el inodoro, la sangre manchaba el piso mientras ella emitía palabras que él no podía entender.

La alzó entre sus brazos y bajó las escaleras de la casa decidiendo llevarla al hospital de inmediato, detrás de él, Millicent intentaba calmar a su hija, que parecía estar en medio de un ataque de nervios.

Un equipo de ginecólogos y enfermeras logró detener la hemorragia un par de horas después, sin embargo, el doctor de turno recomendó empezar a madurar los pulmones del bebé, ya que debido a su condición era probable que el parto fuese prematuro.

Tres días después, Eva volvió a la casa con la recomendación de guardar reposo absoluto.

En su habitación oró por la salud de su bebita, lloró y rezó como nunca antes lo había hecho.

Se planteó hacerle llegar una misiva a Brandon, lo necesitaba a su lado, pero desistía al tener la certeza de que él no quería nada con ella.

El reposo absoluto calmó la hemorragia, pero no las preocupaciones.

Las interrogantes por su futuro hacían que cada día fuese más largo y frustrante.

Se preguntaba si sería capaz de proveer a su hija, educarla, darle cariño, convertirla en una persona de bien.

Y cuando preguntara por su padre, ¿qué le diría?

Estaba asustada, angustiada por lo que venía, por todo lo que la rodeaba.

Su padre entró una noche a su habitación y se preocupó al ver su cara.

—¿Te duele? —preguntó azorado.

—No —murmuró mirando la ventana de la habitación.

—Hija…

—Dime. —Volteó a mirarlo.

—¿Sabes que puedes hablar conmigo? —Se sentó en la cama y suspiró—.

Sé que al principio la noticia no fue de mi total agrado.

Pero te amo y también a mi nieta… Sé que estás preocupada por el futuro, siempre te has preocupado por lo que vendrá, tomas cada decisión previniendo lo que te ocasionará.

Pero debes saber que todo se resolverá, cada día trae su propio afán.

Saldrás adelante en todo lo que te propongas porque Sara tiene a la mejor familia del mundo y te tiene a ti como madre.

—Acarició su mejilla con ternura antes de levantarse y salir al pasillo solo para entrar unos minutos después con el armazón de una cuna, y luego salió y entró con una caja de herramientas. A Eva se le aguaron los ojos.

—Llevo dos meses trabajando en ella, todas las noches.

Eva se levantó de la cama y acarició las barandas pintadas de blanco.

—Es hermosa, pero tiene un mayor significado porque la hiciste tú. Gracias, papá.

—Gracias a ti por el privilegio que me das de convertirme en abuelo. —La abrazó—. Quiero verte feliz y ya quiero conocer a mi princesa más chiquita y que pueda dormir en la cunita.