CAPÍTULO 26 #2
Eva volvió al dormitorio, donde Janeth la esperaba angustiada, y lloró toda la noche.
Al día siguiente se levantó con el ánimo renovado, como si lo visto la noche anterior fuera el motor que la impulsara a seguir adelante.
Empezaría por dejar de llorar, afectaría al bebé.
Brandon se lo perdería, ella criaría a su hijo sola, no sería ni la primera ni la última mujer en hacerlo.
Tendría que buscar un médico, empezar algún tipo de control prenatal.
En dos semanas sería el matrimonio de su hermana, tendría que disimular a como diera lugar, no arruinaría el momento más especial de su familia en años, y aunque su bebé no era una mala noticia, a sus padres no les gustarían las circunstancias que rodeaban su embarazo y el hecho de que criaría un hijo sin un padre en el panorama.
Quiso recurrir a la señorita Selma, pero no se atrevió, se imaginaba que la mujer sería leal a Brandon y no la creería.
A pesar de las dudas, pensar en interrumpirlo era algo impensable para ella.
Después de la boda hablaría con sus padres, algo que le daba mucho temor, y luego se instalaría en Nueva York.
Unos días más tarde, estaban en uno de los probadores del salón de vestidos de novias, en la última prueba del traje de Helen.
—¿Qué tienes? Nunca te había visto tan apagada —observó Helen mientras la empleada traía el velo a juego y el vestido de dama de honor de Eva.
—Terminé con Brandon. —Se le aguaron los ojos.
Helen la miró sorprendida, la llevó a una silla y se sentó a su lado. Su hermana ya sabía que estaban viviendo juntos y que la relación iba en serio.
—¿Qué pasó?
Eva no quería develarle los motivos, pero conocía a su hermana, sabía cómo sacarle información, trataría de evadirla.
—Tuvo un arranque de celos, la verdad no quiero hablar mucho del tema.
—Tendrás que profundizar un poco, no puedes dejarme en Babia.
—Tomó dos copas de champaña que estaban servidas en una mesa, sobre una bandeja y le brindó una a Eva—.
Nos emborracharemos y dormiremos juntas en un hotel.
Había alquilado la habitación para pasar la noche con Jack, pero lo cancelaré, haremos noche de chicas, beberemos tequila y nos olvidaremos de los hombres por un rato.
Después del brindis, Eva dejó la bebida en la mesa sin probarla. Helen, que se percató del gesto, levantó las cejas.
—¿Hay algún problema?
—No me prestes atención, estaré bien.
La empleada del salón entró con el vestido de Eva, un delicado traje de color lila, y ella ingresó al vestier a cambiarse mientras Helen intercambiaba impresiones del velo y el vestido de novia con la joven.
Al deslizar la prenda por su cuerpo y tratar de subir la cremallera, se dio cuenta de que, al llegar a la cintura, el cierre no subía.
“Lo que faltaba”, suspiró, estresada. Trató y trató, pero nunca subió.
Llamó a la empleada, que tomó una cinta métrica y le midió la cintura.
La comparó con las medidas anteriores, también le tomó medida al busto.
—En un embarazo la cintura es lo primero que se pierde —dijo la mujer comparando las notas.
—¿Qué? —preguntó Helen entrando al vestier. Eva se sintió mareada, miró a la dependienta, azorada y furiosa.
—¡No sabe de lo que habla! —exclamó con voz temblorosa y lágrimas en los ojos. Lo que menos quería era arruinar los días previos a la boda.
—Eva —tronó la voz de Helen—. ¿Tienes algo que contarme?
La mujer salió del cubículo disculpándose y dejándolas solas. Eva soltó el llanto.
—¡Dios mío! Ese cabrón te embarazó. —La hizo sentarse en el pequeño sofá, junto a ella, le reclinó la cabeza y la abrazó.
—Él no sabe que estoy embarazada. —La miró angustiada—. No quiero que lo sepa, nunca.
—¿Por qué? —Helen tomó en sus manos el rostro de su hermana pequeña, su Eva, su inteligente y buena hermana, ¿qué diablos había pasado? —Él debe responder. Vamos a cambiarnos y a salir de aquí. Esa mujer no fue muy discreta, ¿te imaginas donde hubiera estado mamá?
—No la riñas —pidió Eva—. Ella no tiene la culpa.
Minutos después salieron del salón de modas, atravesaron la calle tomadas del brazo hasta que llegaron a un parque que quedaba justo enfrente del almacén.
La primavera estaba en todo su esplendor, un joven jugaba con su perro tirándole una pelota.
Unos ejecutivos almorzaban unos metros más allá.
Allí, en medio de ese ambiente, Eva le contó todo a Helen.
—Mis papás no pueden saberlo, nunca —dijo Helen con lágrimas en los ojos.
—Me usaron, me engañaron, montaron toda una farsa y yo caí como una estúpida. Ahora Brandon me odia y yo estoy aquí embarazada y sin saber muy bien qué hacer.
—No te preocupes, no estarás sola. —Helen suspiró y luego refregó sus ojos pensativa—. Lo que no entiendo es… ¿no seguías un método de planificación?
—Sí, pero no son seguros y me salté algunas dosis.
—Es que esta actuación no parece tuya y créeme, no te estoy recriminando.
La chica se levantó de la silla y caminó unos cuantos pasos.
—Bueno, eso no es verdad, sí te estoy recriminando. Debiste ser más cuidadosa. —Helen volvió a sentarse y la tomó de la mano—. Sabes que tienes opciones, ¿verdad?
—No me desharé de mi hijo —respondió ella de inmediato.
—Lo sé, simplemente tenía que ponerlo sobre el tapete. ¿Qué vas a hacer con la práctica?
Eva se quedó mirando a una mujer que paseaba un cochecito de bebé.
—Lo he estado meditando mucho y pienso que podré hacerla sin problema. Es solo un semestre, terminaré antes del parto. No quiero que pienses que me voy a rendir.
—Eso lo tengo claro, eres una James, nosotros no nos rendimos —señaló Helen alentando a Eva, aunque su corazón estaba roto por todo lo ocurrido a su hermana—.
En tus condiciones, Nueva York me parece que está muy lejos.
Necesitas cuidarte, los primeros meses son delicados para la salud del bebé. Mamá enloquecerá de preocupación.
—Si no me mata primero —aseguró Eva y súbitamente se puso seria—. Las cuestiones por las que normalmente decides preocuparte nunca llegan, ¿no te has dado cuenta?, y acabas deseando que hubiesen ocurrido porque, a pesar de todo, no habrían sido tan graves como las que te caen de golpe.
La ceremonia fue preciosa, como en todas las bodas.
Las promesas de amor arrancaron suspiros, el primer baile de la pareja fue todo lo romántico que debía ser.
Eva lució su vestido lila e hizo de dama de honor como si no tuviera el corazón fragmentado.
Observó a su hermana dar el sí con genuina felicidad.
Escuchó las emotivas palabras de su padre ante miembros de la familia y amigos e ignoró las miradas inquisitivas de su madre.
Trató simular que todo estaba bien, hasta que su hermana, con los ojos aguados, se despidió de ella antes de partir para su luna de miel.
Al día siguiente después de su náusea matutina, bajó a la cocina por un vaso de leche y encontró a su madre ante una taza de café, cuyo olor le renovó las náuseas.
—¿Qué tienes, hija?
—Nada, mamá, ¿papá aún duerme?
—A pierna suelta. —La mujer sorbió de su bebida y dejó la taza en el plato—. Andas como alma en pena por todas partes. Necesito saber qué te ocurre.
Eva no aguantó más, dejó el vaso de leche que acababa de servir en la mesa y se sentó frente a su madre, se tapó la cara y estalló en violentos sollozos.
—¿De cuánto estás? —preguntó en tono suave.
—Dos meses.
La mujer se levantó de la mesa con lágrimas en los ojos.
—¿Quién es el padre?
Eva negó con la cabeza.
—¿El padre de quién? —preguntó Ian, que entraba a por su café con la prensa debajo del brazo y miró a las dos mujeres—. ¿De qué diablos está hablando tu madre, Eva?
Con el ceño fruncido observaba a Eva, que seguía con la cara tapada y no paraba de llorar.
—Estoy embarazada —balbuceó dando por fin la cara.
—¡¿Que tú qué?! —gritó Ian dando un golpe con la prensa en el mesón.
—Eva está embarazada, ¿no escuchaste?
Ian se acercó a Eva y la aferró por los brazos, la chica lo miraba asustada y con razón, el rostro de su padre estaba congestionado de la rabia, los ojos le brillaban furiosos.
—¡Ah, no! Ahora mismo me vas a decir el nombre del cretino que hizo eso, ¡tiene que responder o le pego un tiro!
Millicent lo interrumpió, separándolo de ella.
—Ya cálmate. Tú no le vas a pegar un tiro a nadie y primero déjala hablar. —Llevó al hombre hasta una silla, pero él se negó a sentarse—. Cuéntanos Eva, ¿qué diablos te pasó?
Eva no era capaz de pronunciar palabra, solo se le escuchaban los espasmos del llanto.
—¡Pues qué va a ser! Le abrió las piernas a uno de esos ricos de mierda que abundan en esa maldita universidad.
—Señaló a su esposa con el dedo—. Te lo dije, Millicent, ella debió quedarse en Evanston e ir a la universidad del condado y sacar un título como el de Helen, trabajar y conseguir un buen hombre; pero no, ustedes con sus ínfulas de grandes sueños, ahí está, la jodida pesadilla. Te has deshonrado.
—¡Ya cállate, Ian! —gritó Millicent—. Eva necesita de nuestro apoyo, no que la recrimines.
—Tú como siempre favoreciéndola. —Luego miró a Eva—. ¡No te educamos para esto!
Eva arreció el llanto.
—Lo sé, papá, lo sé, perdón.
—Ya déjala tranquila, perderá al bebé.
—¿Quién es el padre?
Eva volvió a negar con la cabeza.
—¡Ya déjala! —volvió a la carga Millicent—. Vete a dar un paseo y no vuelvas hasta que te tranquilices.
Ian salió de la cocina y luego se escuchó un violento portazo.
—No me perdonará nunca.
—Estamos desilusionados, Eva, no era lo que esperábamos para tu vida.
Eva tomó una servilleta, se secó las lágrimas y se sonó la nariz.
—Lo sé y me hago responsable, han sido unas semanas horribles, no quería ocultarlo más, mamá, voy a tener a mi hijo, y si tengo que hacerlo sola y ustedes no quieren saber nada más de mí, lo entenderé.
Millicent contuvo la decepción y el llanto, después de la andanada de Ian, no le parecía sano seguir recriminándola.
Se sentía decepcionada, admiraba mucho a Eva, su inteligencia y su tesón, nunca imaginó que algo así le pudiera ocurrir a ella.
Como siempre debía hacer de tripas corazón y tomar las riendas en las crisis emocionales de la familia.
—No seas tan dramática, a duras penas recoges el desorden de tu cuarto, no te puedo imaginar cambiando pañales y preparando teteros.
Necesitarás de nuestra ayuda. Tu padre se calmará, no hoy ni mañana, pero lo hará.
Debes tener una razón muy poderosa para no decirnos quién es el padre, lo respetaremos, con Ian no será fácil, pero terminará aceptándolo.
Si ese hombre cobarde no quiere ese tipo de responsabilidad en su vida, es que no vale la pena, y mejor sola que mal acompañada.
—Gracias, mamá. —Millicent le abrió los brazos y Eva se refugió en ellos, no sabía cuánto necesitaba del apoyo de su madre hasta ese momento.
—¿Cuáles son tus planes?
Eva, más tranquila, se sentó en una de las sillas que rodeaban el mesón.
—En una semana empiezo mi práctica en Nueva York, no voy a continuar la pasantía en Joyerías Diamond.
—¿Está el padre del bebé relacionado con esa empresa?
—No voy a hablar de eso. Entiéndeme, mamá, el padre del bebé no está ni estará en el panorama y no porque sea una mala persona, ocurrieron cosas que me impiden decirle que va a ser padre. Espero que puedas respetar eso —rogó Eva a su madre.
Millicent se quedó pensativa unos segundos, no entendía por qué tanto misterio, pero veía a su hija tan apaleada que no quiso presionarla más con el asunto del padre del bebé.
—Está bien, no estoy de acuerdo ni mucho menos, pero si es lo que tú quieres, lo haremos. Esperemos a que tu padre se calme. Respecto a la práctica, ¿tienes que irte tan lejos? Tú sola, en esa ciudad y embarazada, si algo te llegara a ocurrir…
—No me pasará nada —sentenció Eva simulando una tranquilidad que estaba lejos de sentir—, iré a mi control prenatal, puedes acompañarme.
Millicent se secó el par de lágrimas que se permitió por las decisiones erradas de su hija y asintió.
—No me lo perderé, y no estoy feliz, que conste. Es un tremendo golpe, pero eres mi hija, te amo y sabes que puedes contar conmigo siempre.