CAPÍTULO 26
La primera semana después del rompimiento, Eva a duras penas pudo levantarse de la cama.
Un servicio de mensajería había llevado, desde el departamento de Brandon, sus cosas en un par de maletas que ella ni siquiera se había molestado en abrir.
Janeth llegaba de clases y se quedaba con ella, animándola, llevándole sopa o pizza.
Eva no comía nada, era como si tuviera una piedra en la garganta que le impedía pasar bocado, había vomitado en varias oportunidades, tomaba agua para no angustiar más a su amiga.
Janeth llegó una tarde, diez días después del rompimiento, con una prueba de embarazo.
Eva hasta el momento no había querido oír hablar de esa posibilidad, pero ya resultaba demasiado evidente.
Su amiga la obligó a tomar un baño que la despejó un poco, y al salir se puso de manera maquinal una bata de felpa y se desenredó el cabello sin pronunciar palabra.
A la prueba solo le echó un vistazo y la guardó en un cajón de la mesa de noche.
—Él vendrá por mí cuando todo se aclare, se disculpará y superaremos esto, ¿cierto?
Su amiga, con la paciencia de un santo, le hablaba como si se tratara de un niño o de una persona enferma. Eva solo quería volver a arrebujarse en la cama y no salir nunca más de esa habitación.
—Lo hará, será un gilipollas donde no arregle este malentendido. Vamos, hazte la prueba, no te dejaré sola, no haces sino vomitar, que yo sepa no has usado tampones ni toallas y estás muy pálida, además, tienes las tetas como melones.
A Eva se le aguó de nuevo la mirada. Las imágenes de lo ocurrido en el hotel la perseguían en todo momento, la expresión de estupor de Brandon le angustiaba sobremanera, podía imaginar lo que pensaba de ella.
Le había enviado varios correos electrónicos y mensajes de WhatsApp que ni siquiera aparecían como vistos.
Las lágrimas volvían a rodar por su rostro en los momentos menos pensados, cuando ya se había calmado y pensaba que se había quedado seca de tanto llorar.
—Dios, no, me costó horrores bajarte esa jodida hinchazón —protestó Janeth refiriéndose a sus párpados.
Necesitaba encontrar el camino que le permitiera superarlo. Esa noche se durmieron temprano, después de Eva tomar dos cucharadas de sopa. Durmió a ratos, las pesadillas se mezclaban con los recuerdos, en la madrugada se levantó y sin hacer apenas ruido se puso a mirar una película en el ordenador.
Janeth abrió los ojos en la madrugada y la encontró sentada en la cama.
—Te quiero mucho, amiga, pero quiero que dejes de cuidarme.
La chica se refregó los ojos y se sentó en la cama.
—¿Por qué?
Ella podría salir y hacer su vida, pero temía dejarla sola, no confiaba en Eva en el estado en que estaba.
—Ya estoy mejor, he tenido tiempo para pensar en lo ocurrido, lo he comprendido, debo aceptar que me porté como imbécil, superarlo y seguir con mi vida.
Ya es hora de que empiece a hacerlo. Te agradezco mucho lo que has hecho por mí, has sido la mejor amiga que pueda tener, pero tienes mejores cosas que hacer con tu vida.
Procuró que su tono de voz fuera tranquilo, aunque le tembló la voz en el último momento, se sentía tan cansada.
No tenía idea de cómo continuar, y tampoco era que le importara mucho.
La herida en el pecho apenas le permitía respirar, sentía que atravesaba un túnel a oscuras sin vislumbrar la salida.
—No tengo nada mejor que hacer —Janeth se acercó y la tomó de las manos—, pero necesito que te hagas la maldita prueba, si el tiempo sigue avanzando no podrás tomar una decisión.
—En un rato aclarará, te prometo que de hoy no pasa.
Cuando Janeth se despidió esa mañana, Eva se hizo la dormida, y en cuanto quedó sola, decidió salir de dudas.
Una nausea le atravesó el estómago y tenía los pezones muy sensibles.
Las dos rayas en el test de embarazo no fueron una sorpresa para ella.
Lo presentía, su cuerpo no era el mismo. ¿Qué iba a hacer?
Se cambió, telefoneó por primera vez en una semana a su madre, pero interrumpió la llamada al escuchar su voz y sentir que le afloraba de nuevo el llanto. Le escribió diciéndole que se le había disparado la llamada y que estaba en una reunión.
Recordó el fin de semana largo en que había olvidado tomar las pastillas, entonces no pensó en las consecuencias.
No tenía idea de qué hacer. Llamó a Brandon, pero la llamada fue de nuevo rechazada.
Tendría que hablar con él, y decirle que iba a ser padre.
Así no fuera a ser parte activa de la vida de ella, tenía derecho a saberlo.
Necesitaba tomar decisiones, ¿podría congelar el semestre de práctica sin que peligrara la beca?
Tendría que enfrentar a su monitor, justificar por qué no podía continuar la práctica en Joyerías Diamond.
Sintió vergüenza, había sido tan tonta. Brandon o Anne podrían seguir haciéndole daño si enviaban un informe negativo de su gestión que perjudicara su récord académico y la hiciera perder todo por lo que había luchado tanto.
La eventualidad de lo que pudiera ocurrir la obligó a salir de la habitación después de dos semanas del suceso.
Se maquilló, tratando de disimular las ojeras y la palidez, y se peinó con una cola de caballo.
La ropa le quedaba grande, se decantó por unos pantalones de bota ancha y un suéter de material delgado.
Al salir a la claridad del día, percibió sus ojos irritados.
Caminó como entre una burbuja hasta llegar a las oficinas de monitoría, y no pudo evitar recordar a Brandon cuando su mirada se decantó al cubículo donde el hombre ejercía de consejero.
El corazón se le encogió de nostalgia al pasar por allí y ver a un joven de ascendencia oriental en la labor.
Se despejó en cuanto entró a hablar con Meryl Taylor, su monitora de prácticas y profesora de Económicas en tercer año.
—Eva, precisamente me iba a comunicar contigo hoy —dijo la mujer invitándola a tomar asiento—.
Recibí un correo de Joyerías Diamond donde alaban tu trabajo, pero te dejan en libertad porque la plaza no suple las expectativas del programa.
Debiste hablar conmigo tan pronto te diste cuenta.
En el informe firmado por el gerente del departamento financiero hablan muy bien de tu trabajo y de que estabas subutilizada, lo que no era justo para alguien de tus capacidades.
Me sorprende que se hayan preocupado por eso, en general a las empresas les importa muy poco el desempeño de los pasantes.
La práctica en la consultora D&M en Nueva York se ciñe más a lo que quieres hacer, es un golpe de suerte que la plaza aún esté disponible.
—Tengo entendido que la plaza estaría disponible a partir de la primera semana de mayo.
¿Tendría Brandon algo que ver con el informe?
Un arranque de caballerosidad a último minuto o quizás estaba arrepentido…
Una brizna de esperanza la invadió al darse cuenta de que otro tipo de persona la habría puesto por el suelo, pero él no, en medio de una situación tan terrible, no quiso dejarla en el limbo, ¿por qué?
No fue capaz de decirle a su monitora que estaba embarazada y que a lo mejor ni siquiera podría ir a Nueva York, apenas empezaba a asimilar la noticia de su nuevo estado.
Necesitaba hablar con Brandon, la urgencia le vino alrededor de las nueve de la noche, no podría descansar hasta que no lo hiciera.
Llegó a la torre de departamentos, y en medio de otro ataque de nostalgia, le preguntó al portero por Brandon.
El hombre, que ya la conocía, le dijo que Brandon no estaba y que no podía esperarlo en la recepción.
Eva no se amilanó por la conducta del empleado, se imaginó que solo cumplía órdenes.
Lo esperó a pocos metros de la entrada del edificio, sentada en una parada de autobuses.
Pasaron dos horas y él no aparecía, no quería perder el impulso, sabía que si se iba no volvería.
Alrededor de la media noche un auto aparcó frente a la entrada del edificio, el corazón le bailó en el pecho al ver a Brandon bajarse del vehículo, pero se le encogió enseguida al verlo en compañía de una hermosa mujer ataviada con un minúsculo vestido de fiesta.
Debió darse la vuelta e irse, pero los celos, las hormonas del embarazo y una profunda rabia la hicieron enfrentarlo.
—Hola, Brandon.
Brandon se tensó antes de darse la vuelta y enfrentarla, y cuando lo hizo, la miró de arriba abajo, como si de una aparición muy molesta se tratara.
Soltó un resoplido fuerte y luego desencajó una risa.
Eva se percató de que estaba borracho. Abrazó a la mujer y la enfrentó con un brillo peligroso en sus ojos.
—¿Qué quieres?
—Veo que estás ocupado.
Brandon acercó a la mujer más a él aferrándola por la cintura, la chica apenas la miraba con curiosidad.
—Sí quieres unirte a la fiesta eres bienvenida, ¿verdad, cielo? —preguntó a la mujer y le dio un beso rudo.
Eva casi se desmaya, no supo si por la pena o por el embarazo, quiso llenarlo de improperios, luego meditó que no valía la pena, así sus hormonas revolucionadas y su corazón partido le dijeran lo contrario.
Viéndolo en compañía de esa mujer a la que tocaría igual que la había tocado a ella, le susurraría cosas y la acostaría en la cama que habían compartido por poco tiempo, se dijo que nunca le diría que llevaba a su hijo en las entrañas.
—No me gusta el número tres, es impar —dijo con intención y con la voz a punto de romperse.
—Todo lo contrario, es un número jodidamente bueno. Si hubiera sabido la clase de mujer que eras te hubiera propuesto un trío en el tiempo en que anduvimos juntos.
—Fue algo más que andar juntos, pero eso ahora no importa, vete a la mierda, Brandon King.
Ella se dio la vuelta y caminó sin mirar atrás. Si hubiera volteado el rostro hubiera visto a Brandon parar un taxi, despachar a la chica y alejarse por el camino contrario al que ella había tomado.