CAPÍTULO 25
Eva tomó ese mismo día rumbo a Evanston.
Había recordado el préstamo de la fiducia al negocio de sus padres, que les fue concedido justo en la época en que todo había sucedido, y que ellos empezaron a pagar a finales de ese verano.
Un dinero que pareció salir de la nada. Treinta mil dólares.
La misma cantidad que había mencionado Brandon.
Podía ser una coincidencia, pero era una pista por dónde empezar.
Y decidió que no esperaría para comprobarlo.
El tráfico fue fluido y llegó a la pastelería de sus padres a primera hora de la tarde.
La apariencia del negocio había cambiado, lo habían remodelado el año anterior, dándole un toque moderno que atraía mucha más clientela.
Su madre estaba tras la caja registradora cuando Eva entró, inspirando con placer el olor a pastel de canela y chocolate que se paseaba por el lugar.
Tres jóvenes universitarios trabajaban por turnos, el local estaba medianamente lleno.
Millicent salió de su puesto tan pronto la vio.
—Hija, qué alegría. —La miró curiosa—. ¿Qué haces aquí entre semana?
Eva la abrazó y después de los saludos, preguntó por su padre.
—Está en la oficina. ¿Ocurre algo?
—No, mamá, nada de lo que debas preocuparte. Tengo que hacerle una consulta.
Eva saludó a Paula, una de las meseras, una jovencita estudiante universitaria de primer año a quien ella conocía, ya que había sido su nana en sus años de adolescencia.
—¿Estás bien, hija? —preguntó Millicent.
Por más que Eva tratara de mostrar una expresión imperturbable, ella sabía lo que sangraba el corazón de su hija y con feroz lealtad, custodiaba sus sentimientos.
Y aunque no estaba en su mano, no permitiría que alguien la lastimara nunca más.
Eva le regaló un gesto que había perfeccionado a lo largo del tiempo, destinado a tranquilizarla, pero Millicent no se dejaba engañar.
—Estoy perfectamente. Envíame con Paula un café y un pedazo de pastel.
—¿Pasarás por casa? ¿Cenarás con nosotros? Sophie se volverá loca cuando te vea. ¿Viste el video de su primera clase de ballet?
—Mamá —se tensó Eva—, tendré que volver hoy mismo a Chicago, tengo mucho trabajo, dile que el fin de semana vendré sin falta. Se veía hermosa con su tutú rosa —dijo con un dejo de nostalgia en la voz.
Millicent la miró con algo de reproche.
—Hay cosas más importantes que el trabajo, como el crear lazos, jovencita. Los años pasan muy rápido y te perderás sus momentos más importantes. Ella siente tu ausencia.
“Mamá, hoy no, por favor, hoy no”.
—Mamá, no tienes idea de la presión a la que estoy sometida en este momento, no quiero que Sophie me vea así.
—El alma de los niños es muy especial, a veces su sola presencia tiene la capacidad de sanar cualquier cosa.
Quería ver la alegría regresar a la mirada de Eva, ese brillo que tenía en sus primeros años de universidad, antes de que su camino se viera envuelto en esa nube espesa y oscura de la que tanto esfuerzo le costó salir.
—Lo sé.
Millicent suspiró mientras observaba a su hija con una mezcla de sentimientos encontrados, pero algo en su mirada le dijo que la dejara en paz.
—Ve con tu padre, Paula te llevará el café.
Eva la abrazó.
—Te quiero, mamá y te prometo que en cuanto termine este nuevo proyecto, todo será diferente.
—Yo también te quiero. No te preocupes, hija, sé que todo se arreglará.
Ella le aferró las manos.
—¡Gracias!
Caminó por el pasillo hasta la puerta de la oficina de su padre.
El negocio había crecido mucho, habían remodelado el área de la cocina donde ahora laboraban cuatro empleados, contaban también con un auxiliar contable y la constante asesoría de Eva, que junto a sus padres había llevado Pastelería Millicent a otro nivel.
La oficina de su padre era pequeña, con un par de escritorios, un archivador y dos ordenadores. Unas cuantas fotografías de la familia y algún trofeo al mejor pastel o cupcake de la ciudad.
—¡Preciosa! —exclamó su padre en cuanto la vio aparecer. Se retiró las gafas y se levantó para saludarla con idéntica calidez que la de Millicent.
Eva lo abrazó, pero lo atajó antes de que le preguntara que hacia allí en día laborable.
—Papá, quiero que hablemos del préstamo que te hizo Fiduciarias North Trust.
El hombre la miró extrañado.
—Ese crédito lo terminamos de pagar hace dos meses. ¿A qué se debe ese repentino interés?
Eva había planeado durante el recorrido lo que les diría a sus padres, aunque le molestaba el tener que mentirles, no quería angustiarlos de manera innecesaria.
—Estoy haciendo una investigación para un posible cliente que desea información sobre North Trust, y recordé que fue la financiera que te concedió el crédito. Entonces, si no te molesta, quiero ver qué documentación guardas sobre el tema para asesorarme.
El hombre se levantó y abrió un cajón de un archivador, de dónde sacó un sobre con una serie de papeles.
—Todo está guardado también en la carpeta de ese nombre en el escritorio del ordenador.
—Gracias, papá —contestó Eva, sumergida ya en los diferentes papeles que había esparcido en el escritorio y luego, como si recordara algo, interrumpió su labor y miró a su padre—. ¿Cómo los contactaste?
—No recuerdo muy bien, creo que enviaron una carta, en ella comentaban que habían destinado una parte de su capital a apoyar empresas emergentes, o algo así. Un estilo de banca social, como en los países tercermundistas.
—Está bien, papá.
—¿Verás a Sophie antes de irte?
“¡Dios!”.
—No, papá, tengo mucho que hacer, vendré el fin de semana —afirmó categórica.
Su padre levantó ambas manos.
—¡Está bien! No te pongas a la defensiva. Sabes que aquí puedes quitarte los guantes, estamos de tu parte.
—Lo siento —murmuró Eva apenada por todo, pero no se sentía con fuerzas para lidiar con aquello en ese momento.
—Nadie te está obligando a nada.
Paula entró en ese momento con una bandeja que dejó encima del escritorio.
—Gracias.
—Iré a ver cómo está tu madre.
Se deshizo de sus caóticos pensamientos y se dedicó a tomar fotografías de cada página del contrato y de cada recibo de pago. Copió en una memoria todo lo que encontró sobre el tema en el ordenador.
El atardecer cubría el cielo de varios colores en su recorrido de vuelta a Chicago.
Su hipótesis había cobrado fuerza al escuchar de boca de su padre el modo en que el dinero había llegado a ellos.
Y ese era el único dinero recibido en esa época que podría estar relacionado con Anne y Ryan, a no ser que hubieran falseado algún documento, pero tenía el presentimiento de que ese ingreso en la cuenta de la pastelería era una de las pruebas que le habían presentado a Brandon.
Un cuento bien urdido, no podía negarlo.
Su madre lo habría achacado a alguna bendición del altísimo y su padre, a que por fin el gobierno miraba con algo de simpatía a la gente honesta que solo quería salir adelante.
Fueron los candidatos perfectos para tenderles la trampa.
Y ella ajena a todo, nunca sospechó, ni ató los cabos.
¿Y si todo hubiera salido mal, y ellos se hubieran visto envueltos en algún escándalo? No se lo hubiera perdonado nunca.
Pero no servía de nada autocompadecerse, debía meditar bien acerca de lo que haría. Primero asegurarse y luego solo tendría que demostrarle a Brandon que sus padres habían devuelto cada centavo de ese dinero en los años siguientes, con lo cual la teoría del soborno perdería toda su fuerza.
Cuando llegó al hotel ya era noche cerrada. Se dedicó a organizar la información sobre el crédito, y anotó en su agenda electrónica el nombre de Claire Latham, para entrevistarse con ella al día siguiente.
El descanso se le hizo esquivo, apenas pudo dormir por ratos.
En el punto más sombrío de la noche, ese momento donde los pensamientos se profundizan, las nostalgias resurgen y el sentir se cubre con el manto negro y espeso que nos rodea, la conciencia de Eva tuvo la facultad de hacer brillar lo más importante y a la vez teñir de nostalgia los recuerdos.
Su crecimiento en medio de la pena no había sido controlable ni progresivo, el dolor la había pulido y forjado con su fuego alquímico, purificando los valles lúgubres y los espacios de su alma cubiertos de pena, brindándole la fortaleza necesaria para revelar su verdadera esencia.
Había recuerdos y sentires adheridos a esa nueva esencia que ni siquiera el fuego más voraz podría hacer desaparecer, y esa era la costra con la que enfrentaba al mundo.
Miraba el reloj cada tanto, ansiando que amaneciera.
A la mañana siguiente, después de arreglarse con un vestido estilo pencil de colores negro y vino tinto, manga tres cuartos y a la rodilla, y de aplicarse corrector en cantidades ingentes, estaba lista para empezar la jornada.
Al llegar a Joyerías Diamond, la recepcionista le dijo que Brandon ya la esperaba. Tan pronto la secretaria la anunció, entró en la oficina del mayor de los King, con un nudo en el estómago y rogando a Dios que accediera a sus peticiones.
“Dios, es tan guapo”, caviló tan pronto lo tuvo en su campo de visión.
Esa mañana vestía un traje de tres piezas azul oscuro, camisa blanca y corbata gris perla.
Lo encontró al teléfono, y sus ojos no se desprendieron de ella, la recorrió de arriba abajo, cualquier duda sobre su atuendo desapareció ante la mirada apreciativa que le lanzó mientras hablaba con alguien de brillos, claridades y quilates.
Le hizo una seña para que tomara asiento, pero Eva dejó el abrigo, la cartera y el maletín en una silla y caminó hasta la ventana, dándole un poco de privacidad.
Lo sintió antes de que le hablara. Invadió sus límites invisibles, disminuyendo el grosor de su burbuja a nada, pudo percibir su aliento rozándole la nuca, causándole un placentero y temido estremecimiento que la hizo sentir vulnerable. No podía permitirlo. Tragó con fuerza.