HERMANOS KING CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

La siguiente media hora hablaron de la empresa, de la visita que harían a todas las instalaciones al día siguiente y de la reunión con los diferentes jefes de departamento que tendría lugar después de aquella visita.

Se despidieron, si no en un ambiente cordial, por lo menos con menos animosidad, o eso le pareció percibir a ella, pero con los King no podía bajar la guardia.

Brandon llegó a la mansión de Lincoln Park con un ramo de flores, como siempre pasó de largo y aparcó cerca de la casa de su mammy.

Al llegar a la puerta, se peinó con los dedos, se alisó la chaqueta y se miró los zapatos en una serie de gestos reflejos que siempre tuvieron los hermanos antes de comparecer ante la señorita Selma, que no admitía el más mínimo desorden en su aspecto personal.

La anciana mujer había empezado a tener lagunas severas año y medio atrás, el alzhéimer le robaba una de las personas más importantes de su vida.

Los días buenos empezaban a escasear, la enfermera, encargada de su cuidado, tenía la obligación de llamarlo cuando ella tenía un buen día y sin importar lo que estuviera haciendo, nunca dejaba de visitarla.

Nathan hacía lo mismo, y Mathew, cuando estaba en el país.

Una enfermera en bata blanca le abrió la puerta.

—Señor King, buenas tardes.

—Buenas tardes, Julie —respondió Brandon con una sonrisa que hizo ruborizar a la mujer.

La enfermera lo acompañó por un pasillo, atravesaron una puerta vidriada que los llevó a un jardín, donde la señorita Selma, sentada en silla de ruedas, miraba la vegetación florida.

Brandon la miró con ternura. Vestía un traje de color claro y un suéter a juego.

Se había encogido y adelgazado en poco tiempo, una neumonía casi se la había llevado el invierno anterior.

La debilidad le había impedido volver a caminar, como si su mente lo hubiera olvidado por el largo tiempo en cama.

Aunque el clima era agradable, Brandon tuvo el impulso de abrigarla más.

—Hola, mammy.

—¡Hijo! —saludó la anciana con ojos brillantes, pero enseguida frunció el ceño—. Esa camisa está arrugada y no tienes muy buena cara. Te falta un afeitado y un buen corte. ¿Qué les pasa a los jóvenes de ahora?

Hoy sería un buen día, se dijo Brandon, dándole un beso en la cabeza.

—Mammy, me alegra mucho verte tan bien. —Le entregó las flores.

—Hoy no es mi cumpleaños, estamos en primavera y Dios me trajo a este mundo una fría noche de enero, pero gracias.

—No se necesita que sea tu cumpleaños para regalarte flores.

La mujer tomó las flores y las olfateó.

—Tú siempre has sido muy detallista, gracias, hijo, eres un buen hombre.

“Si supieras lo cabrón que he sido hoy, no pensarías igual, qué no daría por uno de tus coscorrones en estos momentos, mammy”, caviló.

Brandon le entregó las flores a la enfermera. La mujer las tomó y los dejó solos. La señorita Selma lo invitó a que se sentara a su lado.

—Esa joven es muy seria, pero amable, no sé por qué no sonríe más.

La mujer lo miró con detenimiento y luego llevó la mano a su pecho, donde descansó por unos segundos, calibrándole los latidos del corazón, en un ritual establecido entre ellos desde que había ocurrido todo.

—Late diferente. —Lo miró de nuevo a los ojos, nadie lo miraba así, con ese amor del alma tan patente—. Como si algo lo hubiera reparado, el sonido es distinto al de hace unos días.

A su querida mammy no se le escapaba nada de él, así estuviera a un tris de no saber ni cómo se llamaba. Por esa y otras razones, Brandon no se perdía esos momentos de lucidez, así tuviera trabajo que hacer, porque sabía que escasearían con el paso de los meses y los años.

—Ay, mammy —se acercó y le dio otro beso en su cabello gris—. Me hacías mucha falta.

—Pero ¿qué dices? No me he ido, ni me voy para ningún lado.

—Lo sé —Le acarició el dorso de las manos en un gesto destinado a conectar con ella—. Gracias.

—Prométeme que buscarás la felicidad, tu corazón está preparado para encontrarla, vuelve a amarte a ti mismo, te lo he repetido innumerables veces, solo así llegará a ti aquello que te colmará de dicha.

—Soy feliz, mammy.

La anciana lo miró dudando de sus palabras.

—Las heridas no las sanan ni el tiempo, ni el alcohol, ni otros clavos. Las heridas cicatrizan cuando profundizas en ellas y entiendes los motivos.

Brandon se quedó en silencio unos segundos.

—No me gusta lo que siento cuando pienso en ello.

—Si no procuras sanar tus heridas, ellas lastimarán a alguien completamente inocente. No lleves esa carga, hijo. Lo lamentarás por mucho tiempo.

—Pero ¿qué dices, mammy?

—Busca una buena chica, no la estirada con la que te ennoviaste. Una mujer que hace ley de vida obtener el amor de un hombre por encima de lo que sea, no será buena compañía. Esa chica ha estado años detrás de ti desde que era una jovencita.

—Ella no es así.

Quiso decirle que se había comprometido, pero no fue capaz de hacerlo, ella vería muchas más cosas, a lo mejor algo que ni siquiera él había vislumbrado, y no necesitaba más iluminaciones ese día.

La señorita Selma se quedó callada, de pronto le regaló esa expresión que él conocía cuando su mente empezaba a retraerse.

Quiso decirle que no lo dejara, que ella era el único bastión de su caótico mundo, pero no sería justo, se limitó a acompañarla mientras atravesaba la puerta al olvido.

A lo mejor esa enfermedad era una bendición, tener la capacidad de olvidar todo y volver al recuerdo en contadas ocasiones, hasta que se cerrara definitivamente la puerta y no se recordara de más.

Al cabo de unos minutos, la mujer le dijo:

—¿Eres amigo de mis chicos?

—Sí, señora.

—Ellos deben estar en la piscina, ven a la cocina, te daré un pedazo de mi pie de pecanas que está delicioso.

—Será un placer, muchas gracias.

La mujer lo miró de nuevo y Brandon tomó el control de la silla y la llevó por un pasillo hasta la habitación luminosa y decorada con flores. Ya había una mesa con té frío y en el centro la tarta lista para ser servida.

—¿Eres del sur? Estás muy bien educado. Estos yanquis no han aprendido nada.

—Mi madre es de Charleston.

—Igual que la madre mis chicos, pero parece una yanqui, me equivoqué con la educación de ella, pero no se lo digas, porque me quedo sin trabajo. Anda, sírvete, come un buen pedazo.

—Sí, señora, gracias. —Brandon le sirvió a ella un pedazo y luego se sirvió él.

—Mientras haya chicos como tú en este mundo, todo estará bien, alabado sea Dios.