CAPÍTULO 23 #2
Eva lo miró sorprendida y se dispuso a leer la documentación.
Una mujer entró con una bandeja y un par de cafés que dejó en la mesa.
Brandon se levantó con su taza en la mano y caminó hasta la ventana.
Eva lo miró de reojo. Vestía un traje oscuro de diseñador con una camisa clara, no tenía corbata ese día.
El cabello lo llevaba como si se hubiera pasado varias veces las manos sobre él.
Observó su perfil mientras sorbía la bebida, su quijada sombreada, su nariz recta; aun a esa distancia podía ver que estaba en tensión, como esperando algo, lo que hizo que ella se concentrara de nuevo en la lectura del texto.
Era una especie de contrato de confidencialidad, los primeros párrafos no tenían nada de especial que ella no hubiera firmado antes, pero al llegar a la segunda hoja las cosas cambiaron de manera drástica. Se sintió ofendida.
—Esta cláusula es excesiva. No es de mi interés que tus diseños acaben en la competencia. Te aclaro que me quedaría sin trabajo.
Brandon se dio la vuelta y le devolvió una sonrisa sarcástica.
—Hace cinco años no te importó.
Eva respiró profundo. Dejó el documento encima del escritorio.
—Señor King.
Brandon dejó la taza en el escritorio y se apoyó en una de sus esquinas, igual que lo hacía en el pasado.
La mente de Eva voló al recuerdo de las cosas que habían vivido en esa oficina.
Las discusiones, las charlas, el sexo. La decoración había cambiado, pero la mesa seguía siendo la misma. Se ruborizó sin querer.
—Brandon —acentuó él—. Compartimos muchas cosas para que me vengas con tantas formalidades —dijo con intención, como si adivinara lo que le pasaba por su mente.
—Prefiero guardar las distancias —insistió ella, llevándose una mano al lóbulo de la oreja.
Él soltó una risa burlona. Era su pose cuando estaba nerviosa, pocas cosas cambiaban. ¿En qué otra cosa no había cambiado?
—También me llamabas señor King, amén de otras cosas, en nuestros momentos más… acalorados.
Eva cerró los ojos, rogando por un poco de paciencia.
Quería abofetearlo hasta hacerlo reaccionar, darle un empellón y devorarle la boca, todo en una misma acción.
Se iba a volver loca, no había la más mínima posibilidad de salir indemne de una semana bajo el influjo King.
Su rato de meditación no había servido de mucho.
—¡No estoy aquí para esto! —se envaró enseguida—. Tengo derecho a saber por qué me acusas de algo que yo ignoro. No podremos confiar el uno en el otro si no ponemos las cartas sobre la mesa.
—Firma esos papeles. —Brandon señaló la carpeta—. Te aconsejo que esta vez hagas las cosas bien, no toleraré artimañas y traiciones, si atentas contra mi empresa te verás en un lío fenomenal y esta vez no cuentas con cómplices en este lugar.
Eva sintió como si hubiera recibido una bofetada. Las cosas eran más graves de lo que pensaba. ¿Cómo había sido tan estúpida en esa etapa de su vida?
—¿De qué diablos estás hablando? —preguntó exaltada.
Brandon curvó la boca en una cínica sonrisa y la recorrió con la mirada.
—No te hagas la tonta. Sustrajiste algo mío y con ello atentaste contra la solvencia de la empresa.
Eva se quedó pegada al asiento, mirándolo con incredulidad, con los ojos muy abiertos.
—¡Eso es mentira! —se defendió furiosa—. ¡No puedo creer que me acuses de algo así! ¡Yo no he robado nada en mi vida!
—No lo niegues —insistió Brandon—. Tengo pruebas. Espero que hayas cambiado y que ahora no hagas esas cosas.
Eva nunca había estado tan enfadada en su vida. Temblaba de la rabia. Se levantó de la silla y se plantó frente a él.
Brandon se fijó en su enfado y se dijo que era normal, que la había pillado y que no quería que su actual jefe se enterara.
—¡Vamos a dejar esto en claro inmediatamente! —gritó—. ¿Qué se supone que te robé?
“¡La vida, el alma, tu presencia, nuestras noches, me robaste el corazón y tu amor! ¡Eran míos!”.
Quiso gritarle eso y más. “Me sentí morir con tu ausencia, me quemaste por dentro condenándome a una eterna sed que llevo bajo la piel, me desangraste los sentimientos, me jodiste la existencia y tienes que pagarlo de alguna forma”.
En cambio, su voz salió calmada cuando le dijo:
—Robaste los diseños de la colección de joyas que Cassandra iba a presentar en la reunión y los vendiste por treinta mil dólares a Maurice Weisz. Me imagino que en complicidad con Elizabeth, que a su vez le robó a Cassandra el diseño del nuevo logo de las joyerías.
—¡Eso es mentira! ¿Te volviste loco? Si estás buscando algún tipo de revancha por lo que crees que viste, estás…
—¡Sé que fuiste tú! ¿Recuerdas el maldito almuerzo junto a Elizabeth, el día que se destapó todo? —Brandon negó con la cabeza varias veces y siseó furioso—. Confiaba en ti.
—¡No soy ninguna ladrona! Si estás tan convencido, no entiendo qué hago aquí.
—Yo tampoco lo entiendo, la verdad —replicó con mirada brillante.
—¿Por qué me estás aceptando en tu empresa?
¿Por qué no me denunciaste enseguida? Estoy segura de que nunca tuviste la certeza.
Tuve un juicio sin oportunidad de defensa —dijo con amargura—.
Ya lo demás no te importó. Ustedes los hombres son tan básicos, si me hubieras escuchado al menos, hubiéramos investigado cada hecho, me habrías absuelto de todo, pero eso no estaba en tu naturaleza.
Bien, Brandon, creo que merezco defenderme, porque ni tú ni yo sabemos lo que en realidad ocurrió y ambos tenemos la obligación de saberlo.
Ya no soy la jovencita que va a evadirlo todo como si nada hubiera ocurrido, tú no tienes idea ni de la mitad.
Mi existencia nunca volvió a ser la misma.
—¡Claro! La vida se encarga de pasarnos factura.
—No me refiero a eso, pero no voy a seguir en este tonto debate, necesito saber qué ocurrió.
—¡No me interesa! Como ya te lo dije una vez, el pasado dejémoslo estar. Simplemente te hago una advertencia. ¡Firma!
—Lo siento, no puedo. —Tomó su bolso—. Si no llegamos al fondo de lo ocurrido, no vale la pena el que esté frente a ti un segundo más. Pero te advierto, voy a descubrir lo que pasó con tu ayuda o sin ella.
—Te deseo suerte.
—¡Vete al diablo!
Eva salió de la oficina sin despedirse.
—¡Maldita sea! —bramó Brandon dando un fuerte golpe al escritorio.
Llamó por el intercomunicador a recepción.