CAPÍTULO 23
Brandon llegó esa noche al departamento de Cassandra con la urgencia de prometerle amor eterno, de que ella lo cobijara en su pecho y nunca lo dejara salir de su cama, de perderse entre sus brazos y que con su cuerpo y caricias le hiciera olvidar la difícil jornada que había tenido y a quién había enfrentado.
No sabía cómo iba a reaccionar su novia cuando supiera que Eva estaría con él esa semana, pero entonces recordó que Cassandra volaría al día siguiente a una feria de joyas en Hong-Kong y su conciencia le preguntó al oído si no habría hecho adrede el trato con Eva sabiendo que su novia no estaría en el panorama esos días. No le gustó su propia respuesta.
—Amor —le indicó Cassandra desde la habitación—, abre la botella de vino que está sobre el mesón, ya pedí sushi.
Brandon no tenía ganas de sushi, ni de vino, ni de charla.
Se recostó en la jamba de la puerta de entrada y se quedó observando a la chica que iba de un lado a otro con toda clase de prendas.
Llevaba un pantalón corto y una camiseta sin mangas, el cabello recogido en una cola de caballo.
Se veía placida y elegante. Su corazón no se desbocó al verla, ni pensamientos lujuriosos lo asaltaron en cuanto vio sus esbeltas piernas desnudas, había leído en alguna parte que ciertas culturas tenían la premisa de que, si se sentía lo que él sintió ese día al ver a Eva, había que salir corriendo escaldado, porque una atracción así solo traería problemas y no era el inicio de algo duradero.
Lo mejor era entrar en una relación sin expectativas ni esperanzas.
Los dos años que llevaban como pareja los habían vivido de manera cómoda y previsible y, por ende, ajena a las sorpresas y los altibajos, podía confiar en que nada lo sorprendería, en que llevaría una vida tranquila.
Tocó el estuche donde reposaba el anillo de compromiso.
—Cásate conmigo —soltó de pronto, sacando el estuche de su bolsillo.
Cassandra volteó la cabeza con celeridad y la prenda que llevaba en las manos rodó hacia el suelo.
Lo miró confusa por unos instantes, pero luego una sonrisa descolló en su semblante al ver la caja con el anillo que Brandon le ofrecía.
No importaba que la pedida de mano no fuera como lo había soñado durante tantos años: en un lujoso restaurante, con los padres de ambos y ella vestida de manera formal.
Se negó a sentirse desencantada, ese anillo era el culmen de años de espera, años de sueños, de planes, pero también de juegos sucios y mentiras.
No había sido fácil sostener la fachada de amiga sincera y desinteresada mientras Brandon digería la traición de Eva, no había sido fácil verlo pasar de una mujer a otra para sepultar una pena de la que se sabía en parte responsable.
Pero, ahora, el diamante que brillaba en esa caja y que iba con el hombre que se lo brindaba era su premio y nada más le importó.
Se acercó a él y lo abrazó, mientras su mente trabajaba a toda velocidad.
Hablaría con Gina Davis, la periodista de Sociedad del Chicago Sun Times, y le daría la noticia, la quería en los medios en menos de dos semanas.
En cuanto volviera del viaje pagaría por un reportaje mucho más amplio, con fotos de ellos dos a toda página en el departamento de Brandon; pero mientras tanto se conformaría con una sencilla nota que debería salir en la semana de su vuelta al país.
Extendió la mano y miró de nuevo el anillo.
—Sí, sí —dijo en su pecho.
Brandon le puso el anillo y le dio un largo beso que se desbocó en segundos.
Terminaron en la cama, los gemidos se extendieron por todo el cuarto.
Brandon llegó a una liberación explosiva, pensando en la boca de Eva, en el contorno de su cuerpo, en el brillo insondable de sus ojos y se sintió más miserable que nunca.
Al día siguiente, Eva se presentó en la oficina de Brandon a primera hora de la mañana.
Para esa jornada había escogido un vestido sastre azul petróleo, blusa blanca de seda y zapatos de tacón de color negro.
Llevaba el cabello en un sencillo recogido a la nuca, se había maquillado de forma discreta y el aroma de su perfume de siempre revoloteaba alrededor.
Estaba muy nerviosa, pero lo disimularía, no podía mostrarse vulnerable delante de nadie y mucho menos del mayor de los King, o él saltaría a su yugular enseguida.
Se presentó con la secretaria de Presidencia, una amable y elegante mujer que rondaba los cuarenta años, y que la invitó a tomar asiento y le ofreció algo de beber, que ella declinó.
Lo primero que le pediría a Brandon para poder trabajar junto a él era que le aclarase esas acusaciones indirectas que le había soltado sobre algo que ella supuestamente hizo años atrás y que, estaba segura, tenía relación con lo ocurrido en aquella maldita habitación de hotel.
Sin aclararlo, no podría aportar algo de valor a la empresa, porque era consciente de que, de existir alguna sombra de duda sobre su integridad y ética laboral, estaría perdiendo el tiempo; entonces Brandon no se beneficiaría de sus conocimientos y la empresa de consultoría se vería en serias dificultades.
Era imperativo lograr el contrato con Joyerías Diamond.
Observó el cielo azul a través de la ventana y volvió a sus caóticos pensamientos: no tenía idea de cómo la recibiría Brandon esa mañana, a lo mejor la sensatez lo haría tratarla como la profesional que era.
Ella apenas había podido dormir la noche anterior, el encuentro la había puesto sobre la cuerda floja y tenía miedo de caerse, porque estaba segura de que no habría una malla de contención que la protegiera de un fuerte golpe.
Llevaba mucho tiempo trabajando en el perdón.
Al año y medio de ocurrido todo, se dijo que si no lo soltaba, no podría avanzar en la vida.
No había sido fácil, pero lo había intentado, no por ellos, sino por ella misma.
Sin embargo, el día anterior, al volver a ver a Brandon y estar en el mismo entorno que le había hecho tanto daño, el rencor y el resentimiento se hicieron patentes, se sintió estafada, percibió que había perdido el tiempo en terapias, talleres de perdón y reconciliación: seguía estando enojada, años de dolor bullían en su pecho, años de soledad, de abandono.
Brandon la había traicionado al no querer escucharla, al no creer en ella, y eso fue algo que a duras penas pudo soportar.
Se había hecho el propósito de mirar lo ocurrido desde una óptica objetiva, al fin y al cabo, había una parte de la historia de la que Brandon no tenía idea y ella no podía culparlo por eso.
Ellos pertenecían a mundos distintos sin nada en común, tarde o temprano el romance hubiera fracasado.
Esa mañana se había levantado temprano a meditar.
Trataba de encontrar su punto de equilibrio, era una actividad que había aprendido durante un duro bache depresivo un par de años atrás.
No quería que nada la perturbara durante la jornada.
Lograr la consultoría era lo más importante, debía recordar que no solo luchaba por ella.
Observó su reloj. Los minutos transcurrían sin que Brandon la hiciera pasar a la oficina, conjeturó que estaría en alguna reunión temprana.
Le parecía raro que Cassandra no hubiera hecho notar su presencia, y más sabiendo que ella iba a trabajar a su lado durante una semana.
Brandon miraba el reloj de su escritorio, regalo de Cassandra, como si el transcurrir del tiempo lo preparara para el dictamen de una condena.
Llevaba veinte minutos sin hacer nada más, su mirada iba del reloj a la pintura abstracta de la pared frente a él.
Estaba furioso, se estaba escondiendo como un jodido cobarde y tenía mucho trabajo que hacer.
Estaba arrepentido de las dos decisiones cruciales que en medio de sentimientos encontrados había tomado el día anterior.
Nunca en su vida profesional, y muy pocas veces en la personal, se dejaba llevar por impulsos emocionales, le gustaba decidir con cabeza fría, siempre, sopesando los pros y los contras, era algo que se había arraigado en él después de hacerse cargo de la empresa.
En ese momento se cuestionaba para qué necesitaba a Eva una semana.
¿Para qué? Y luego estaba la propuesta a Cassandra, él quería comprometerse, pero siempre trataba de buscar el momento perfecto que nunca había llegado, esquivaba cada indirecta alusiva al compromiso de su novia y de su madre.
No fue sino que Eva, con sus ojos como abismos sin final y sus endiablados labios, apareciera en el panorama, para que él empezara a hacer estupideces.
Necesitaba buscar un pretexto para deshacerse de ella.
Ya más tranquilo, tomó el intercomunicador.
—Nancy, dile a la señorita James que puede seguir. Tráeme los documentos del departamento jurídico que George envió a primera hora. Gracias.
Brandon sintió un peso en el pecho, como si alguien hubiera estrujado su corazón, cuando Eva caminó hasta él con paso firme y mirada inescrutable.
No podía dejar de observar sus piernas, ese bello hueco asentado en la fosa yugular al comienzo del cuello, que era del tamaño de un pulgar, y que él había besado hasta la saciedad.
“No la mires más”, rogó para sí, desesperado.
Hasta él llegó una bocanada de su maldito perfume, ese mismo aroma que lo ponía a mil cuando estaban juntos y él tenía la potestad de acercarse y olfatear su cuello.
Su perfume, que tiempo atrás él había considerado tan suyo como a la propia Eva.
—Buenos días —saludó ella, profesional y distante, en cuanto llegó hasta él.
Brandon se obligó a levantarse de la silla y con un breve saludo y apretón de manos, la invitó a tomar asiento y le pasó una carpeta con una serie de documentos.
—Necesito que leas detenidamente estos documentos y los firmes.