HERMANOS KING CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Brandon salió como un loco del hotel y caminó de nuevo hasta la oficina, cruzó calles y sorteó autos sin importar el estupor de la gente al verle el rostro golpeado, los labios partidos y la mirada de demente que asustaba a los transeúntes.

Con la respiración agitada, como si fuera a sufrir un ataque de asma, y el alma en carne viva, como si alguien hubiera estrujado su corazón causándole un ahogo terrible, llegó a la empresa y subió en el ascensor hasta la oficina de su madre.

Aún incrédulo por todo lo ocurrido, se dijo que a lo mejor estaba en medio de una maldita pesadilla de la que se despertaría para encontrar a Eva acurrucada a su lado.

No, la vida no era tan generosa con él. ¿Así de ciego había estado?

Eva era la primera mujer que le había visto la cara de estúpido.

Nada lo había sorprendido tanto como lo visto esa tarde en la habitación de ese hotel.

No se reconocía en esa bestia furiosa que sin contemplaciones pudo haber matado a alguno de esos dos.

No valía la pena ensuciarse las manos por culpa de ella, pero en ese momento sentía que se le acababa la vida, que se le congelaba la razón, se sentía caer en un abismo profundo y oscuro con astillas que lo desgarraban a su paso.

Entró a la oficina de su madre, que se levantó de la silla con talante sorprendido y preocupado.

—¿Brandon? ¿Qué te pasó?...

Él la apaciguó con un gesto de ambas manos.

—No te molestes, no te levantes.

Se acercó al escritorio y puso ambas manos en la superficie de la mesa.

—Necesitas que alguien vea esas heridas, por Dios, Brandon, dime qué pasó.

—Tengo el presentimiento de que sabes de dónde vengo —señaló con tono de voz estrangulado.

Una ligera sombra de culpa pasó por la expresión de Anne, pero se volatilizó en un santiamén—.

No quiero volver a ver a Ryan Winthrop, ni en esta empresa, ni alrededor de mis hermanos y de mí por lo que me resta de vida.

—¿Qué pasó?

Brandon chasqueó los dientes y dio un puñetazo sobre el escritorio.

—Es eso o nos pierdes enseguida y mando todo al infierno.

Venderemos todo y Joyerías Diamond desaparecerá del panorama en un momento, no dudes de que mis hermanos me seguirán a donde vaya y harán lo que yo les diga —afirmó enfurecido.

Sentía que el cuerpo como una gelatina, las piernas le temblaban.

—No entiendo nada, Brandon, hijo, cálmate, por favor y cuéntame qué sucedió.

—No te voy a dar los sórdidos detalles. Te vas a ir de la presidencia en seis meses, luego harás con tu vida lo que se te antoje, pero yo tomo el control de las joyerías en ese plazo.

Él no iba a ser el único perdedor de esa jornada. ¡Qué se jodieran! Él había perdido a Eva, Anne y Ryan perderían mucho más.

—Hijo, te falta experiencia. Ocuparás la presidencia, pero a su debido tiempo, aún eres muy joven.

Brandon la miró implacable.

—¿Lo tomas o lo dejas?

La mujer se quedó en silencio unos segundos, sabía que ese día había llevado a Brandon al límite y no podía darse el lujo de estirar la cuerda un poco más.

No se arriesgaría. Asintió en silencio. Brandon no dijo más, cuando puso la mano en el pomo de la puerta para salir de la estancia, la mujer dijo en tono de voz bajo:

—Lo siento, mucho.

Brandon se quedó quieto, mientras pensaba en cómo diablos haría para tapar las grietas de ese amor tan profundo, si ya en sus huesos empezaba a calar el hielo de su ausencia.

—Yo despediré a Elizabeth, no podría confiar en ella después de verla reunida con Maurice.

No quiero que nadie sepa lo ocurrido con Eva hoy, ni mis hermanos, ni Parker.

Si escucho el más mínimo comentario de que Ryan o tú abrieron la boca, y créeme, me enteraré, ya sabes lo que ocurrirá, soy un hombre de palabra.

El nombre de Eva James desparecerá como si nunca la hubiéramos conocido. ¿Está claro?

—Se hará como digas.

En la noche, salió rumbo a la mansión King, pero no estacionó frente a la gran casa, sino en la casita aledaña.

La puerta se abrió antes de que él tocara el timbre.

La señorita Selma observó con estupor el rostro golpeado de Brandon.

Sin decirle una sola palabra, lo llevó hasta la pequeña cocina, llenó un recipiente con agua y hielo y le hizo hundir el rostro en el agua, le hizo repetir la labor por varios minutos, hasta que Brandon sintió la cara entumecida.

Ojalá, pensó, hubiera podido entumecer también el dolor en el alma.

La mujer le pasó una toalla y Brandon se secó el rostro, ella le arrebató la prenda y le secó la cara con suavidad.

Le limpió las heridas y le echó un ungüento.

La señorita Selma tarareaba una canción mientras lo curaba y a Brandon se le aguaron los ojos.

Ella y sus hermanos eran lo único seguro que tenía en la vida.

Le tomó la palma de la mano, se la besó y luego se desató en un amargo llanto.

Impotente, Eva observó a Brandon salir de su vida y con él llevarse un pedazo de su alma.

No le importó lo afectado del pensamiento, las penas de amor eran así, cursis y vergonzosas.

Soltó un lamento profundo y lloró desconsolada durante un buen rato.

Espero impotente durante media hora, deseando, suplicando que Brandon regresara y la escuchara, la tomara en sus brazos y le dijera que todo había sido un mal sueño.

No supo cómo logró cambiarse y salir de la habitación, desorientada y confusa, trató de calmarse hasta salir del hotel.

Al llegar a la calle pensó que se desmoronaría, una brisa helada caló sus huesos, ¿dónde estaba la primavera ese año?

Un botones, al verla en ese estado, le preguntó si se encontraba bien y Eva le susurró que la ayudara a parar un taxi.

Ya dentro del vehículo, su primer impulso fue el de dar la dirección del piso de Brandon.

Soltó un sollozo fuerte, ya no volvería a ese lugar que había considerado su casa nunca más.

Por lo poco que conocía a Brandon, sabía que era implacable; todo había terminado y ahí estaba ella pasando el trago amargo de ser la culpable sin serlo.

Le dio la dirección del dormitorio de la universidad a un perplejo chofer que le pasó una caja de pañuelos desechables.

Sentía como si alguien hubiera rastrillado el músculo de su corazón, podría jurar que su alma estaba partida en pedazos y que el hombre que había salido de su vida se había llevado una gran parte con él.

A Eva le dolió su frialdad, esa que había vislumbrado en contadas ocasiones y de la que nunca pensó ser depositaria.

Le parecía increíble que Brandon ni siquiera la hubiera escuchado.

También estaba furiosa consigo misma por no haber visto más allá de lo que mostraban los hechos ocurridos.

Ella, que se consideraba medianamente inteligente, había actuado como una completa tonta, obnubilada por el entorno, no había visto las señales de que la estaban llevando directo a una trampa.

En cuanto entró en la habitación, Janeth alzó la mirada del computador.

—¿Qué diablos?... —Se levantó de la cama al ver que Eva se quedaba al lado de la puerta que acababa de cerrar, dejaba el bolso tirado en el suelo y rompía a llorar con un desconsuelo que le puso a la chica la piel de gallina.

No le habló por largos minutos, Janeth se limitó a llevarla hasta la cama, donde se sentaron y Eva se abrazó a ella como si su amiga fuera el salvavidas que necesitaba para no ahogarse entre tanta pena, injusticia y dolor.

—Me estás asustando.

Eva levantó la mirada de ojos hinchados y le dijo:

—Te vas a asustar más cuando te lo cuente.

—Shh, deja, deja —la consoló Janeth acariciándole la cabeza mientras escuchaba que el llanto de Eva arreciaba—. Cálmate primero, ya habrá tiempo de hablar.

A los pocos minutos, la dejó en la cama y fue hasta la pequeña nevera que tenían en la salita y sacó un botellín de agua que destapó y la obligó a tragar unos sorbos. Eva se sintió mareada y no alcanzó a llegar hasta la puerta del baño, cuando una fuerte arcada hizo su aparición.

—¿Estás…?