CAPÍTULO 20
De: Brandon King
Para: Eva James.
Asunto: Cita.
Hoy, cinco de la tarde, hotel Langham, suite presidencial, sigue todas las instrucciones.
Tuyo,
Brandon.
Eva deseaba tanto hablar con él, que pasó por alto el tono seco y escueto en que estaba escrito el correo que le había enviado Brandon.
De: Eva James.
Para: Brandon King.
Asunto: Cita.
Tengo que hablar contigo de algo importante, ¿puedo ir a tu oficina ahora?
Tuya,
Eva.
De: Brandon King
Para: Eva James.
Asunto: Cita.
Lo que sea puede esperar, no estoy en la oficina ahora, recuerda, cinco de la tarde. Estoy impaciente por jugar.
Tuyo,
Brandon.
Eva se dijo que de pronto no sería tan malo decirle a Brandon toda la verdad.
Miró la hora en su reloj, eran las tres y cuarenta y cinco, decidió irse enseguida para llegar al hotel con tiempo suficiente para darse una ducha.
Iría caminando, el lugar quedaba a pocas cuadras, así calmaría la angustia que apenas la dejaba respirar.
Su Brandon entendería y la perdonaría, estaba segura de ello, su amor era mucho más grande que un malentendido sin importancia.
Decidió ponerse a tono con el talante de su novio y antes de atravesar la puerta, le escribió.
De: Eva James.
Para: Brandon King.
Asunto: Cita.
¿Así que quieres jugar?
Enseguida llegó la respuesta.
De: Brandon King
Para: Eva James.
Asunto: Cita.
Siempre.
En cuanto Brandon llegó a la empresa hizo llamar a Eva, pero le dijeron que había acabado de salir.
Con el ánimo descompuesto, quiso aplazar la reunión con Anne y las diseñadoras e irse directamente a confrontarla, pero sería poco profesional con la empresa, no podía aplazar más los tiempos, necesitaban ceñirse a las fechas estipuladas.
Además, eso le permitiría calmarse un poco antes de enfrentarla.
La llamó en dos oportunidades y el teléfono lo envió a buzón.
Con un nudo en el pecho, se presentó en la sala de juntas, donde Anne, Cassandra y Elizabeth ya estaban esperándolo.
—Buenas tardes —saludó a las tres mujeres y se sentó al lado derecho de su madre, que le lanzó una mirada triunfal y quedó frente a Cassandra, quien le destinaba risas nerviosas. Desvió la mirada fastidiado, estaba a punto de decir que dieran inicio a la reunión cuando su madre anunció, expectante.
—Brandon, a Cassandra se le han ocurrido dos maravillosas ideas para cambiar el logo de la empresa, sabes que me he opuesto por principio, pero contigo al mando creo que es momento de hacer varios cambios.
Elizabeth miró a la diseñadora sorprendida.
—Precisamente le había pedido a Elizabeth que preparara un nuevo diseño del logo para mostrarlo hoy —señaló el hombre—. Me parece bien que Cassandra haya tenido también la iniciativa de hacerlo.
La mujer sonrió como gato ante platón de leche.
Anne habló de otras cosas y los sombríos pensamientos de Brandon se llenaron de las frases proferidas por Maurice.
A cada minuto que pasaba, la grieta de los celos y la desconfianza hacía estragos en su corazón.
“Tu chica, Eva James. Es preciosa”. Quiso soltar un taco, pero se contuvo a tiempo.
“Me la presentó como tu novia. Espero que tengas cuidado, a veces la fruta prohibida del paraíso se nos presenta en forma de chica rubia con curvas de infarto”.
—¿Te pasa algo, Brandon? —preguntó Anne ante el gesto furibundo del hombre.
—Nada —contestó brusco—, continuemos.
—Cassandra, muéstranos tus diseños, por favor —exigió Anne acomodándose los lentes.
La chica repartió una carpeta a cada uno de los asistentes.
La diseñadora colombiana se puso pálida a medida que observaba los diseños. Se levantó de manera brusca, la silla chocó contra una pared, con lo que se ganó la atención de los presentes.
—No sé cómo lo hiciste, pero copiaste mis diseños —acusó a Cassandra.
La aludida se veía genuinamente preocupada.
—¿De qué estás hablando? Déjame ver tu trabajo.
Brandon observaba a una y a otra esperando una explicación. Elizabeth abrió la carpeta en una de las figuras.
—Mira —señaló exaltada Elizabeth—, copiaste la idea original, lo único diferente es que variaste las aristas del diamante, hasta la maldita letra es igual.
—¿Alguien me puede explicar qué diablos ocurre? —preguntó Brandon ante los dos diseños—. Cassandra, ¿tienes algo que decir?
Lo que le faltaba para completar un día de mierda, caviló comparando los dos trabajos, Elizabeth tenía razón, las diferencias eran mínimas.
—Cassandra, Elizabeth, por favor déjennos solos unos minutos, tengo que hablar con Brandon —ordenó Anne.
—¡Eres una tramposa! —aseveró Elizabeth señalando a Cassandra con el dedo.
La chica la miraba con fingido estupor.
—No tengo idea de lo que estás hablando, los King me conocen muy bien. Saben que soy incapaz de hacer algo así.
Brandon no metería las manos en el fuego por ella, pero ante un gesto de su madre, supo enseguida que Anne se pondría de su lado.
—Llegaremos al fondo del asunto —dijo Brandon a los presentes—. Desde este momento quedan confiscados sus ordenadores, las fechas de creación de los archivos deben estar en las carpetas de cada uno. Eso nos dará una pista de quién dice la verdad.
Brandon llamó enseguida al departamento de sistemas, cuando las mujeres volvieran a la oficina, ya los ordenadores estarían retenidos.
En cuanto se quedaron solos, Brandon se llevó los pulgares a los ojos.
—¡Qué día de mierda!
—Cuida tu vocabulario, jovencito.
—Sí, señora —afirmó con dientes apretados.
—¿No creerás que Cassandra tenga los alcances para haber copiado un simple logotipo? ¡Por Dios! Si estudió en una de las mejores escuelas de Italia. Es una joven muy talentosa.
—Elizabeth también lo es. No voy a emitir ningún juicio hasta tener la certeza de quién lo hizo y deberías pensar igual, madre.
Brandon agitó su lapicero contra la mesa, en su gesto de siempre.
—Tengo absoluta confianza en Cassandra.
—Y yo en Elizabeth.
—Hijo, ten cuidado en dónde pones tu confianza.
Anne le pasó una tableta a Brandon.
—¿Qué es esto? —preguntó resoplando, al tiempo que pasaba una serie de fotografías que a medida que las observaba le rompían el corazón. El rostro se le puso caliente de la impresión. La boca se le secó y los latidos del corazón los sintió en las sienes.
—Lo siento, hijo, es hora de que sepas quién es en realidad esa mujer con la que te enredaste.
—No puedo creer que me estés diciendo esto, esa mujer no puede ser ella —adujo en tono ronco y tembloroso soltando el dispositivo de manera brusca encima de la mesa, no supo cómo no se rompió.
Se levantó de la mesa y se alejó unos pasos. Anne se acercó a él sin atreverse a tocarlo.
—Es ella, esto apenas es la punta del iceberg, no sé qué tipo de relación tiene con Ryan, almuerzan juntos, a lo mejor es una mujer calculadora, ambiciosa que quiere escalar posiciones sin importar a quién se lleva por delante.
—Me imagino que lo dices por experiencia personal.
La mujer se envaró.
—¡Soy tu madre y merezco respeto!
—¡Actuando como lo haces no te has ganado mi respeto ni el de mis hermanos! —Bajó el tono de voz—. La mujer de la que hablas no es la Eva que conozco.
Anne tomó la tableta en sus manos y observaba una a una cada fotografía. Le acercaba el aparato a Brandon.
—¡Unas estúpidas fotografías no me van a hacer variar de opinión!
Sentía que se ahogaba, se aflojó el nudo de la corbata.
—Lo sé. ¿La has conocido verdaderamente? Muchas personas se acercan a nosotros con intenciones escondidas, son lobos disfrazados de ovejas, ya deberías saberlo.
Brandon ya no escuchaba a su madre. En su mente resonaba la voz de Eva.
“Quiero ser una mujer poderosa”. “Quiero hacer la diferencia y no me importa lo duro que tenga que trabajar”.
“Soy consciente de que para escalar tendré que ensuciarme las manos”.
Esas palabras dichas en medio del entusiasmo, ahora, en este contexto, adquirían otros visos.
—Ha estado fingiendo todo el tiempo —continuaba Anne—, a lo mejor lo hizo desde que estaban en la universidad, y créeme, cuando una mujer se pone un objetivo, no hay talanquera que no se salte para lograr llegar a él.
—¡Cállate! Esas fotografías no me dicen nada.
Brandon le arrancó el dispositivo de las manos, lo partió en dos y lo estrelló contra una pared cercana. Eso pareció calmarlo. La mujer ni se inmutó.
—Almuerza con Maurice, es peligrosa para la empresa.
Él soltó una risa carente de humor.
—Oh, sí, claro que sí, pero se te olvida incluir a Ryan, que estoy seguro es la serpiente en todo este asunto. No entiendo cómo has tolerado a ese tipo. No me cabe en la cabeza.
—Ryan dejará la empresa. Si no fuera por el dinero que nos suministró ya estaría lejos de aquí. Ya ves, a veces puede ser útil.
—Eres muy cínica, madre. ¿Hace cuánto la estás vigilando?
—Alguien tenía que hacerlo. La he hecho seguir desde la primera semana.
—¿Por qué te tomaste tantas molestias? ¿Por qué con ella? —Seguía sin entender esa animadversión de su madre hacia Eva, aunque las malditas fotografías le dieran la razón.
—Lo presentí. No me he equivocado y a riesgo de que rompas también mi móvil, mira esta fotografía, tomada hoy. ¿No te parece raro que Eva y Elizabeth estén almorzando en un lugar que apenas pueden pagar y con el mayor competidor que tiene esta empresa?
—¿Quién la está siguiendo?
—Paul Meyer.
Brandon soltó otra risa estrangulada, mezclada con una tremenda angustia.
—¡Qué conveniente! Otro de tus esbirros, que juraría por ti en vano.
Anne tomó el móvil a Brandon con la fotografía de Elizabeth y Eva sentadas brindando con Maurice.
—¿Me vas a decir que no es ella?
La miró con un gran resentimiento.
—¡Vete al diablo!
Salió del lugar tirando la puerta. Llegó como una fiera a la oficina, abrió el mueble-bar y se sirvió un whisky en un vaso que tomó de un solo trago.
El licor quemó su garganta y bajó como fuego hasta su estómago; dejó el vaso en la mesa y bebió de nuevo directo de la botella.
No entendía lo ocurrido, su cabeza y su corazón se habían disociado, su entendimiento trataba de ver la mano de Ryan y de su madre en el asunto, pero las fotos eran evidentes.
No sabía qué se traía Eva entre manos. Él la creyó enamorada, íntegra, por encima de las manipulaciones y ambiciones de los demás, pero por lo visto, había estado equivocado.
Su corazón necesitaba confrontarla. Necesitaba saber.
¿Qué diablos le había faltado? ¿Una promesa matrimonial?
La hubiera tenido. ¿Un puesto de envergadura en la empresa?
Con el tiempo y sus capacidades lo habría logrado. ¿Entonces?
Se le hacía difícil conciliar esa imagen de Eva al lado de sus mayores enemigos con la de la mujer a la que había amado esa misma mañana. Tomó el móvil y marcó a seguridad.
—¿Ya llegó al departamento? —preguntó a Paul, obviando el nombre, estaba seguro de que sabía de quién le hablaba—. ¿¡Cómo!?
Ni siquiera tuvo que anotar los datos del lugar en donde que estaba Eva en ese momento; salió como alma que lleva el diablo.
Eva llegó a la recepción del hotel, donde al dar su nombre, una amable mujer le dio la tarjeta electrónica de una de las suites.
Al entrar al lugar, toda su angustia por lo ocurrido se evaporó de inmediato.
Había una canasta de flores y chocolates en una mesa de la sala de la suite; abrió una puerta doble y entró a una habitación romántica, con una amplia cama con doseles, encima de la cual había un negligé transparente de color negro, que nunca hubiera creído que fuera del gusto de Brandon, al que le gustaba la lencería sugerente y elegante.
Miró los presentes con algo de aprensión.
Un corsé negro y dorado, un tanga con una abertura, medias negras y liguero.
Un labial rojo pasión de Chanel y un nuevo perfume Seven Veils, de Byredo, que al olerlo desprendió en el aire un aroma a especias, vainilla y sándalo.
Algo confusa por esa elección de ropa y aroma, se desnudó en la habitación y entró al baño.
Se dio una larga ducha con un fino jabón, perfumado con la misma esencia del perfume, que la ayudó a relajar los músculos de la espalda que sentía agarrotados.
Al salir de la ducha se secó el cabello y lo dejó suelto, luego salió del baño envuelta en una bata que se quitó para ponerse las prendas de ropa.
Se miró al espejo para pintarse la boca con el labial, que resultó de un tono rojo encendido que nunca antes había usado.
Se alejó para observar el efecto, parecía una puta elegante y de pronto ya no le pareció buena idea, quiso cambiarse; luego se reprendió por tonta y se imaginó todo el placer que le prodigaría a Brandon; al fin y al cabo, él había escogido el lugar y el atuendo.
A lo mejor todo eso la ayudaba a aminorar el efecto de la confesión que le haría en cuanto llegara. Se acomodó en la cama a esperar.
En otra habitación, Ryan observaba a través de un ordenador todos los movimientos de Eva.
Había sido buena idea poner esa cámara en una esquina de la pared frontal: la mujer era hermosa, de cuerpo perfecto y elástico, no pudo evitar excitarse al observar su sexo liso y depilado, sus pechos firmes y abundantes, el lunar en la parte interior del muslo y que fue evidente cuando se agachó a ponerse una de las medias de seda.
Supo que tendría fantasías sexuales con ella durante mucho tiempo al verla rociarse su perfume favorito, el que usaba con todas las mujeres con las que se acostaba.
Ese era un detalle que Brandon conocía por el tiempo que había vivido con ellos, ya que él siempre tenía un frasco en su habitación, en el mismo lugar de los condones.
En cuanto ella empezó a vestirse, tampoco pudo evitar darse alivio mientras imaginaba que entraba al cuarto, la esposaba a la cama y la embestía con violencia hasta devorarla y dejarla en los huesos.
Tuvo un orgasmo explosivo al imaginar eso y a Brandon mirándolo con estupor desde la puerta.
Sería el culmen de su fantasía perfecta.
Aun excitado, se levantó, era el momento de empezar la faena; la adrenalina zumbó por su cuerpo, estaba preparado.